La rebelión de Juan Santos Atahualpa fue un levantamiento indígena contra el Imperio español que tuvo lugar en el Virreinato del Perú entre 1742 y 1752. Toma su nombre de Juan Santos Atahualpa, un indígena originario del Cuzco que la encabezó. Juan Santos había trabajado como ayudante de los misioneros franciscanos españoles en la región de las Yungas peruanas y, con el tiempo, llegó a indignarse por los abusos cometidos por los religiosos contra el pueblo asháninka, lo que lo llevó a planear un alzamiento contra los españoles. Se declaró reencarnación del emperador inca Atahualpa y consiguió reunir un amplio respaldo entre los asháninka.

Juan Santos Atahualpa y sus seguidores iniciaron el alzamiento en 1742 y destruyeron rápidamente las misiones españolas establecidas en las Yungas. Las autoridades españolas de Lima respondieron con sucesivas expediciones militares contra los rebeldes, pero estas eran derrotadas una y otra vez gracias a las tácticas de guerra de guerrillas del caudillo. A medida que aumentaban sus éxitos militares, más personas se sumaban a su causa, y los insurrectos llegaron a reunir un importante arsenal de mosquetes y cañones. La mayor parte de los sublevados eran asháninka, aunque también participaron yaneshas, shipibos, piros y quechuas.

La rebelión se prolongó durante una década. En 1752, Juan Santos Atahualpa condujo a sus rebeldes en una incursión hacia las tierras altas occidentales del Perú y capturó la localidad de Andamarca, aunque se retiró al cabo de pocos días. Tras esa entrada, los españoles renunciaron a recuperar las Yungas y se replegaron a una estrategia defensiva para impedir que el movimiento se extendiera hacia el oeste, en dirección a la costa. A partir de entonces, las tropas españolas y los rebeldes prácticamente dejaron de atacarse y el conflicto fue extinguiéndose. Gracias al éxito del levantamiento, los pueblos indígenas de las Yungas conquistaron su autonomía frente a los españoles y la conservaron durante el resto del periodo colonial peruano.

miniaturadeimagen|La región de las «yungas» del Perú, donde se desarrolló la rebelión.

Los pueblos indígenas y las misiones franciscanas

Los asháninka y otros pueblos amazónicos

Los asháninka eran el pueblo más numeroso de la Amazonía peruana y ocupaban un territorio de unos 100.000 km² entre los 10 y los 14 grados de latitud sur, en las estribaciones de los Andes y en las tierras bajas de la cuenca amazónica. Las estimaciones académicas situaban su población en torno a las 52 000 personas; el censo nacional peruano de 2017 contabilizó 55 489 personas autoidentificadas como asháninka, lo que confirma a este pueblo como el indígena amazónico más numeroso del país. No todos los grupos asháninka, ampliamente dispersos, ni los demás pueblos vecinos tomaron parte en la rebelión. El movimiento de Juan Santos comenzó en el Gran Pajonal, una meseta elevada, y su zona de influencia se extendió por las regiones del Cerro de la Sal y de Chanchamayo. Otros grupos indígenas que apoyaron el alzamiento fueron los amuesha y los nomatsiguenga.

Las misiones franciscanas en la selva central

La zona en la que estalló la rebelión era la parte de la cuenca amazónica más próxima y accesible a Lima, capital y mayor ciudad del Perú, por lo que cuanto sucedía allí despertaba un interés y una preocupación particulares en las autoridades coloniales.

Las actividades misionales de los franciscanos comenzaron en 1635. Desde el principio encontraron oposición de los asháninka y de otros pueblos: los asháninka mataron a varios sacerdotes y numerosas misiones fueron abandonadas por la hostilidad de la población local. Un intento decidido y de amplio alcance por evangelizar a los indígenas empezó en 1709 con la fundación de muchas misiones nuevas. La labor franciscana llegó al aislado Gran Pajonal en 1733. En 1736, desde una base situada en Santa Rosa de Ocopa, los misioneros informaban de la existencia de 24 estaciones misionales con 4835 habitantes. Los franciscanos mantenían la disciplina en sus misiones mediante hombres armados, con frecuencia esclavos africanos. Varias misiones contaban con guarniciones militares dotadas de mosquetes y cañones. Los franciscanos también promovían el asentamiento de agricultores y artesanos venidos de fuera que empleaban mano de obra esclava indígena en sus talleres.

A los indígenas los atraían a las misiones tres motivos. El primero podía ser el interés por la religión cristiana. El segundo era que los misioneros distribuían herramientas de acero, como hachas y palas, que facilitaban la vida del agricultor asháninka, dedicado a la agricultura de roza y quema, y que además podían transformarse en armas, lo que daba ventaja a quien las poseía sobre sus enemigos en la guerra. El tercero era la sal, indispensable como condimento y para conservar los alimentos: los misioneros intentaban controlar el acceso a las vetas salinas del Cerro de la Sal. En contrapartida, la vida en las misiones tenía aspectos poco atractivos. Los frailes pretendían sedentarizar a aquellos pueblos seminómadas y regimentar de forma estricta su vida diaria, lo que generaba problemas de producción de alimentos, ya que los suelos selváticos son poco fértiles y se agotan con rapidez, y a un pueblo sedentario le resultaba difícil cultivar lo suficiente. Sin embargo, el problema más grave de las llamadas «reducciones» —el nombre que los españoles daban a la política de animar o forzar a los indígenas a vivir en asentamientos permanentes— eran las epidemias de enfermedades europeas que diezmaban a las poblaciones nativas de todo el continente, especialmente a las que vivían apiñadas en estos núcleos. Por ejemplo, una epidemia en la misión de Eneno entre 1722 y 1723 redujo a sus habitantes de 800 a 220, porque la mayoría murió a causa de la enfermedad o huyó del asentamiento.

Las rebeliones contra los franciscanos y sus misiones eran frecuentes. La más cercana en el tiempo antes de la aparición de Juan Santos había estallado en 1737, cuando un jefe asháninka llamado Ignacio Torote destruyó dos misiones y mató a trece personas, entre ellas cinco sacerdotes. Un superviviente refirió que Torote había justificado el alzamiento ante un religioso con estas palabras: «vosotros y los vuestros nos estáis matando cada día con vuestros sermones y doctrinas, quitándonos la libertad». Los veinte seguidores de Torote fueron capturados y ejecutados por los españoles, mientras que él desapareció en la selva.

Hacia 1740, Juan Santos se convirtió en ayudante de los misioneros franciscanos de la provincia de Chanchamayo, en la selva central. Esas misiones habían facilitado la llegada de españoles interesados en explotar la sal del Cerro de la Sal, que utilizaban a los nativos asháninka como mano de obra, lo que dio lugar a numerosas crueldades.

En esa época, Juan Santos tenía entre treinta y cuarenta años. Vestía una cushma o túnica típica de los indígenas selváticos y llevaba siempre sobre el pecho una cruz de madera de chonta con remates de plata. Mascaba abundante hoja de coca, a la que llamaba «la hierba de Dios». Sus rasgos eran mestizos. Uno de los frailes franciscanos que lo conoció lo describió como alto y de piel cobriza, y añadió: «tiene algunos pelos en los brazos, tiene la cara muy pequeña, parece bien afeitado… tiene buena cara; pálido; cabello cortado de la frente a las cejas y el resto desde la mandíbula hacia atrás recogido en una cola»; es decir, recogido en coleta, a la moda occidental del siglo . Aunque la versión más extendida sitúa su nacimiento en el Cuzco, la historiadora Scarlett O'Phelan Godoy ha planteado recientemente la posibilidad de que fuera natural de Cajamarca y de que viajara al África en compañía de un clérigo jesuita.

Desarrollo del alzamiento

Aparición de Juan Santos en Quisopango (1742)

En mayo de 1742, Juan Santos, acompañado por un indígena yine (piro) llamado Bisabequi, apareció en la misión franciscana de Quisopango, situada en el extremo meridional del Gran Pajonal, a pocos kilómetros al norte del actual pueblo de Puerto Ocopa. No se conoce con exactitud qué hizo o dijo, pero ganó apoyo entre los amuesha y otros pueblos indígenas, además de los asháninka. En pocos días, media docena de misiones del Cerro de la Sal y de la región de Chanchamayo fueron abandonadas por sus habitantes nativos.

Alcance del movimiento en la selva central

Su conocimiento del quechua y de varias lenguas amazónicas permitió a Juan Santos hacerse entender por los pueblos indígenas de la selva central, que se sumaron a su lucha con gran entusiasmo. La rebelión consiguió unir a los pueblos de esa región —asháninka, yanesha e incluso shipibo—, es decir, a las poblaciones que habitaban las cuencas de los ríos Tambo, Perené y Pichis. Toda esa zona se conocía con el nombre de Gran Pajonal y constituía el territorio de las misiones franciscanas.

Juan Santos llegó a contar con más de 2000 hombres, con los que consiguió dominar la selva central, un territorio que, por lo demás, no estaba efectivamente bajo el poder virreinal.

Primeras campañas y expediciones españolas

El primer objetivo de los rebeldes fue la reducción de Eneno; después siguieron Matranza, Quispango, Pichana y Nijandaris. En total destruyeron veintisiete asentamientos misioneros y amenazaron con atacar la sierra.

El virrey marqués de Villagarcía ordenó a los gobernadores de las fronteras de Jauja y Tarma, Benito Troncoso y Pedro de Milla Campo, internarse en la región conflictiva para cercar al rebelde. Así se hizo: Troncoso llegó hasta Quisopango, donde encontró cierta resistencia, pero logró ahuyentar a los indígenas. Juan Santos, que rehuía el combate, se dirigió al pueblo de Huancabamba. Las fuerzas coloniales salieron de Tarma para buscarlo, pero el caudillo mestizo consiguió escapar.

En junio de 1742, un sacerdote llamado Santiago Vásquez de Calcedo viajó hasta Quisopango para entrevistarse con Juan Santos. De ese contacto y de otros relatados por líderes indígenas se fue perfilando la personalidad y los propósitos del cabecilla. Santos afirmaba ser cristiano y recitaba el credo en latín. Decía haber acudido al Pajonal para reclamar «su reino» y se proclamaba reencarnación de Atahualpa, el último emperador inca. Para alcanzar esa restauración contaría con la ayuda de los pueblos indígenas. Aseguraba oponerse a la violencia, pero anunciaba que expulsaría del Perú a los españoles y a sus esclavos africanos con el apoyo de los británicos. No hay constancia de que Santos estuviera realmente en contacto con los británicos, pero esa afirmación inquietaba a los españoles. El estudioso Stefano Varese señala que las «actitudes» de Santos «eran las de un hombre moderado» lleno de «inspiración mística», y que basaba su movimiento, característico del milenarismo en las sociedades coloniales, en la religión. Esta lectura predominantemente religiosa ha sido revisada por otros autores, como Daniel J. Santamaría, que han propuesto entender el alzamiento como un movimiento insurreccional político del siglo y han sometido a examen crítico el lenguaje mítico y mesiánico que las crónicas atribuyen al caudillo. Juan Santos prometía que la rebelión llevaría paz y prosperidad a todos los Andes, comenzando por la selva y extendiéndose a la sierra y a la costa, y aseguraba que culminaría con su coronación como sapa inca, gobernante supremo del Tahuantinsuyo.