Las Fuerzas Armadas de México son el conjunto de instituciones militares constituidas legalmente para garantizar la soberanía, integridad territorial, independencia y seguridad interior del país; además de colaborar con las autoridades para auxiliar a la población en situaciones de emergencia social, así como promover acciones cívicas o de beneficio comunitario. El presidente de México es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas, lo que lo convierte en el único facultado para disponer de ellas; sin embargo la legislación normativa y la autorización de sus acciones bélicas están supeditadas al Senado de la República.
Están integradas por cuatro instituciones militares permanentes, agrupadas en dos Secretarías de Estado que son: Secretaría de la Defensa Nacional (a cargo del Ejército Mexicano, la Fuerza Aérea Mexicana y la Guardia Nacional de México) y Secretaría de Marina (a cargo de la Armada de México).
La trayectoria histórica de las fuerzas armadas mexicanas tiene un involucramiento destacado con el propio devenir histórico de este país; se desenvolvió de manera activa en las luchas internas de las facciones políticas del , y desde luego en las guerras externas contra varias invasiones extranjeras en esa misma centuria; por otro lado, diversos personajes ligados a su estructura, estuvieron vinculados en los procesos políticos y sociales que definieron las características generales del estado mexicano como la Reforma y Revolución. Desde la década de 1940 ejercen una política estrictamente defensiva, sin pretensiones de influencia regional, armamentismo o posicionamiento en bloques militares; esto en concordancia con la política exterior pacifista y neutral del país. En ese mismo decenio iniciaron un proceso de institucionalización para desvincularse de su histórico papel político; no obstante se volvieron pieza fundamental en el mantenimiento del orden social del sistema de partido hegemónico en la segunda mitad del . Aunque desde la década de 1980 comenzaron su participación en labores de combate al crimen organizado, es desde 2006 que entraron plenamente en la llamada «guerra contra el narcotráfico»; de manera simultánea, después del terremoto de 1985, empezaron su evolución plurifuncional al profesionalizarse en materia de protección civil.
Estas fuerzas armadas tienen la singularidad de ser las únicas del mundo que no están en una misma Secretaría o Ministerio, y que no tienen un «Estado Mayor Conjunto de Operaciones». En el contexto de América Latina, las FF. AA. de México son una de las más grandes, pero a la vez, de las que menor cantidad del producto interno bruto dedica, menos del uno por ciento. De acuerdo al Global Firepower de 2026, las fuerzas armadas mexicanas ocupan el lugar 36 entre 145 instituciones armadas del mundo (2.º en América Latina), en términos generales de acuerdo a un conjunto de sesenta métricas que incluyen: la cantidad de personal, el número y calidad de vehículos de combate terrestre, aéreo y naval, el gasto en relación con el PIB, el total de reservas que pueden ser movilizadas, las materias primas disponibles, las características del territorio nacional, la capacidad de fuego (armamento pesado), entre otros.
Síntesis histórica
miniatura|Ruta de la campaña militar de Miguel Hidalgo y zona de propagación del levantamiento armado de 1810 a 1811. miniatura|Primeras campañas de José María Morelos y Pavón (1810-1812).
Las Fuerzas Armadas de México tiene como primer antecedente el «Ejército Insurgente» encabezado por Miguel Hidalgo y Costilla en el contexto del inicio de la guerra de independencia. Integrado por campesinos, agricultores, mineros y trabajadores de las haciendas sin ningún conocimiento castrense; el «Ejército Insurgente» comenzó a organizarse el 21 de septiembre de 1810 en la ciudad de Celaya, cuando el ayuntamiento tomado por los insurgentes, otorgaron los primeros nombramientos por aclamación de los levantados, correspondiendo a Hidalgo el de «Generalísimo de América», a Ignacio Allende «teniente coronel» y a Ignacio Camargo el de «mariscal de campo». Bajo la dirección de algunos líderes que aprovecharon de los pobladores, su álgido conocimiento del terreno, la cantidad de efectivos que se unieron a su causa y la adhesión de (probablemente dos compañías) los «Dragones del Regimiento Provincial de la Reina», leales a Allende, comenzó un proceso de estructuración en términos de la táctica y la estrategia que habrían de seguir. La campaña de Miguel Hidalgo logró triunfos significativos en Guanajuato y el Monte de los Cruces, para luego caer derrotado por el «Ejército virreinal» en Aculco y Puente de Calderón. Tras la captura y muerte de los principales líderes insurgente en julio de 1811, el cuerpo armado se desintegró parcialmente en algunas regiones.
El 19 de agosto de 1811 se estableció en Zitácuaro la Suprema Junta Gubernativa de América; este órgano colegiado, integrado por dieciséis jefes insurgentes, entregó el mando de las tropas a José María Morelos y Pavón, nombró a Ignacio López Rayón, José María Liceaga y José Sixto Verduzco como dirigentes políticos. Morelos, quien había recibido la orden directa de Hidalgo de encabezar la revolución en la Sierra Madre del Sur, se desenvolvería como jefe militar de manera destacada a pesar de carecer de preparación, pero fundamentado sus avances en el conocimiento geográfico y social que tenía de la zona sur novohispana. Entre los triunfos más sonados de Morelos y su ejército, del que formaban parte, entre otros, Hermenegildo Galeana, Mariano Matamoros y Nicolás Bravo, se encuentra el sitio de Cuautla (1812), que fue roto tras casi un año de asedio realista, la toma de Oaxaca (1812) y el sitio de Acapulco (1813). Morelos emprendió cuatro exitosas campañas; logrando ocupar buena parte de las provincias de Michoacán, México, Oaxaca y Puebla. Controló un amplio radio de acción que iba del puerto de Acapulco (en el Pacífico) hasta Orizaba (cerca de Veracruz en el Golfo de México) y de ahí a Oaxaca. Cuando Napoleón Bonaparte y los franceses se retiraron de España, y regresó el rey Fernando VII, se envió refuerzos a Nueva España y los realistas terminaron por minar la capacidad bélica del ejército insurgente. Morelos fue derrotado en la Batalla de Temalaca, Puebla y conducido a la Ciudad de México, donde fue enjuiciado, degradado y excomulgado. Finalmente, fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec, el 22 de diciembre de 1815.
A partir de 1815 los independentistas entraron en una guerra defensiva y fragmentada; los principales focos de resistencia popular entre 1816 y 1820 los encabezan Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria. En el caso del primero, concentró sus esfuerzos en atacar y hostigar a las poblaciones ocupadas por las tropas realistas desde la cuenca del río Mezcala hasta la costa del Pacífico, atreviéndose a atacar al puerto de Acapulco. Hizo de la guerra de guerrillas el medio para mantener vivo el movimiento en el suroeste y sureste del país; en tanto el segundo combate en la sierra de Oaxaca, Nautla y el Puerto de Veracruz.
La rehabilitación de la Constitución de Cádiz en 1820 afectó a la élite novohispana, que organizada en la Conspiración de La Profesa inician un proceso para separarse de España; sin embargo consideran que para ello es necesario derrotar las revueltas populares independentistas, por lo que nombran al militar realista Agustín de Iturbide como encargado de vencer a los últimos insurgentes. No obstante Iturbide, que además de ser consciente de la dificultad de vencer a los rebeldes en su territorio, pretende dar vuelta a las pretensiones de La Profesa para gestar su propio proyecto, decide pactar con los insurgentes la independencia del virreinato.
miniatura|derecha|250px|Entrada del Ejército Trigarante en la Ciudad de México.
El 10 de febrero de 1821, se reunió con Vicente Guerrero y acordaron en Acatempan la unión de ambos movimientos; posteriormente promulgaron el Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821 para definir los pormenores del final de la lucha; el documento se resumía en alcanzar el objetivo sosteniendo tres garantías comunes: independencia, unión y religión, así como el establecimiento de una monarquía constitucional como forma de gobierno. El avance del llamado Ejército Trigarante no pudo ser contenido por las disminuidas fuerzas realistas; el último combate armado ocurrió el 19 de agosto en Azcapotzalco. Cuando Juan O'Donojú —último gobernante designado por la metrópoli— llegó a Nueva España, firmó los Tratados de Córdoba el 24 de agosto del mismo año, reconociendo la independencia del nuevo país. El 27 de septiembre de 1821, el ejército trigarante entró a la Ciudad de México y al día siguiente en el antiguo Palacio Virreinal se firma el Acta de Independencia del Imperio Mexicano.
El gobierno transitorio encabezado por la Junta Provisional Gubernativa, tuvo entre sus primer prioridades, la organización de las fuerzas armadas surgidas del Ejército Trigarante. El 8 de noviembre de 1821, mediante el decreto que estableció los ministerios de gobierno, se fundó la Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, quedando como encargada de diseñar, planear, ejecutar y coordinar las políticas públicas relacionadas con el ejército y la armada (fundada el 4 de octubre del mismo año). Tanto los ordenamientos de la Junta, como los del Congreso Constituyente, y lo marcado por el «Reglamento Provisional Político del Imperio Mexicano», facultaban como Comandante en Jefe a quien ocupara la titularidad del poder ejecutivo, estableciendo la tradicional línea de mando.
El surgimiento de una clase política integrada primordialmente por los antiguos líderes militares realistas e insurgentes; las amenazas exteriores venidas de Europa y Estados Unidos, que requerían de un ejército bien preparado; y la serie de fueros y privilegios fundados en la ley para el aparato castrense, se convirtieron en los factores decisivos para el rol protagónico de las fuerzas armadas en la historia temprana del México independiente.
En el ámbito interno, la primera participación política del Ejército, fue el respaldo y presión ejercida para la entronización de Agustín de Iturbide (mando supremo entonces) como Emperador de México en 1822. Pero fueron precisamente los jefes militares quienes se sublevaron en la Revolución del Plan de Casa Mata para derrocarlo y establecer la república. A partir de ahí comenzó una serie de golpes de estado, asonadas y revueltas cívico-militares para influir en la conformación de los Poderes de la Unión, no solo por seguir liderazgos conservadores y liberales de manera indistinta, sino para la conservación misma de los privilegios militares. Las intervenciones militares se dieron de manera prácticamente ininterrumpida (Motín de la Acordada en 1828, Plan de Jalapa en 1829, Plan de Veracruz en 1832, Plan de Cuernavaca en 1834, Bases de Tacubaya en 1841, entre otros). A esto se sumaron las operaciones de combate contra los pueblos indígenas de la península de Yucatán y el norte extremo del país; y los movimientos separatistas en diversos estados, en respuesta a la instauración de la república centralista, siendo el de mayores consecuencias la guerra de independencia texana encabezada por los colonos estadounidenses Stephen Austin y Samuel Houston; esta se libró entre el 2 de octubre de 1835 y el 21 de abril de 1836; luego de ser derrotado en la batalla de San Jacinto, Antonio López de Santa Anna fue obligado por Samuel Houston a firmar el Tratado de Velasco, que declaraba la rendición y retiro de las tropas nacionales, y que implícitamente consideraron los anglo-texanos como el reconocimiento de su independencia.