La mayor parte de las religiones tienen una posición ambigua en la moralidad de la pena capital. Si bien en la actualidad la mayoría de las religiones se oponen en mayor o menor medida a la pena de muerte, lo cierto es que durante siglos, clérigos, sacerdotes y mandatarios creyentes la han aplicado, siendo ello solicitado, aprobado o bendecido por todo tipo de autoridades religiosas. Los movimientos abolicionistas han tenido históricamente un carácter más político e ilustrado que religioso; así como en la lucha por la abolición de la esclavitud las distintas iglesias cristianas jugaron un papel relevante, esto no ha sucedido en la lucha contra la pena de muerte. En ningún país se ha abolido la pena de muerte fundamentalmente por presión de las autoridades religiosas locales, y ciertas creencias religiosas parecen dificultar en ocasiones la erradicación de la pena capital en determinados países.
Las religiones suelen basarse en un cuerpo de enseñanzas y escrituras que pueden ser interpretadas tanto a favor como en contra de la pena de muerte. El catolicismo no acepta, actualmente, la pena de muerte como forma de obtener justicia, tras la modificación de su catecismo en agosto de 2018.
En el pasado, algunas religiones sentenciaban a personas a muerte tanto por convertirse a su religión (ej.: brujas que se convierten al cristianismo) como por convertirse a otra; Otras apuntaban en la dirección escrita en el Corán: No hay compulsión en la religión (2:256).
Budismo
A partir de su aparición, hacia el año 500 a. C., el budismo desarrolló un conjunto de doctrinas que proscriben el derramamiento de sangre. El primero de los Cinco Preceptos (Panca-sila) prescribe abstenerse de la destrucción de vida, mientras que el Capítulo 10 del Dhammapada establece que “todos temen el castigo, todos temen la muerte, tal como tú. Por ello no mates o causes la muerte”. Estos conceptos han sido alegados por funcionarios japoneses como justificación para abstenerse de firmar sentencias de muerte.
Cristianismo
miniaturadeimagen|Ejecución de Mariana de Carvajal (judía conversa), Ciudad de México, 1601.
Argumentos a favor de la pena capital basados en la Biblia y concretamente en el Antiguo Testamento
La Biblia propone, ordena o presupone la pena capital, u ordena matar a ciertas personas o grupos de personas en múltiples pasajes de las Escrituras del Antiguo Testamento, como:
Génesis 9:6 “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada“, Apocalipsis 13:10 “Si alguno mata a espada, a espada debe ser muerto“, Núm. 35:30-34 VRV: “Cualquiera que diere muerte a alguno, por dicho de testigos morirá el homicida; mas un solo testigo no hará fe contra una persona para que muera. Y no tomaréis precio por la vida del homicida, porque está condenado a muerte; indefectiblemente morirá". La pena por violar el mandamiento de Éxodo 20:13 (no matarás) es precisamente la pena de muerte (Ex. 21:12; Nm.35:16-21). Éxodo 21: 12-14: "El que hiere a alguien causándole la muerte morirá irremisiblemente. Pero si él no lo premeditó, sino que Dios permitió que cayera en sus manos, entonces yo te pondré el lugar al cual ha de huir. Pero si alguno se acalora contra su prójimo y lo mata con alevosía, lo quitarás de mi altar para que muera". Levítico 24:17,21: "Asimismo, el hombre que hiera de muerte a cualquier persona morirá irremisiblemente. El que mate a un animal lo restituirá, pero el que mate a un hombre morirá". Éxodo 21:23-25: "Pero si ocurre un daño mayor, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe". Levítico 20:6,9: "Si alguien consulta a los nigromantes, y a los adivinos, prostituyéndose en pos de ellos, yo volveré mi rostro contra él y lo exterminaré… Todo hombre que maldijere a su padre o a su madre, de cierto morirá". Levítico 20,10-21: "Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos… Si alguno se cohabitare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos... El que tomare mujer y a la madre de ella, comete vileza; quemarán con fuego a él y a ellas… Cualquiera que tuviere cópula con bestia, ha de ser muerto, y mataréis a la bestia. Y si una mujer se llegare a algún animal para cohabitar con él, a la mujer y al animal matarás… El varón que se acueste con mujer durante el tiempo de la regla… Ambos serán exterminados de entre su pueblo". Levítico 21,9: "Y la hija del sacerdote se profana prostituyéndose, a su padre deshonra; quemada será al fuego". Levítico 24,16: "El que blasfemare el nombre de Dios, ha de ser muerto irremisiblemente. Toda la congregación lo apedreará; así el extranjero como el natural, si blasfemare el Nombre, que muera". Deuteronomio 21,18-21: "Si alguno tuviere un hijo contumaz y rebelde, que no obedeciere a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y habiéndole castigado, no les obedeciere; entonces lo tomarán su padre y su madre, y lo sacarán ante los ancianos de su ciudad, y a la puerta del lugar donde viva… Entonces todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá; así quitarás el mal de en medio de ti". 2 Samuel 6,4-7: El pecado de tocar el arca de Dios merece la pena de muerte: "Cargaron el arca de Dios en una carreta nueva… Uzzá y Ajyó, hijos de Abinadab, conducían la carreta… Uzzá caminaba al lado del arca de Dios y Ajyó iba delante de ella… Al llegar a la era de Nakón, extendió Uzzá la mano y la sujetó porque los bueyes amenazaban volcarla. Entonces la ira de Dios se encendió contra Uzzá; allí mismo le hirió Dios por este atrevimiento y murió allí junto al arca de Dios". Deuteronomio 13,6-10: "Si tu hermano, tu hijo o tu hija, la esposa que reposa en tu seno o el amigo que es tu otro yo, trata de seducirte en secreto diciéndote: Vamos a servir a otros dioses, No accederás ni le escucharás, tu ojo no tendrá piedad de él, no le perdonarás ni le encubrirás, sino que le harás morir; tu mano será la primera sobre él para darle muerte, y después la mano de todo el pueblo. Le apedrearás hasta que muera, porque trató de apartarte de Yahvé tu Dios". Deuteronomio 13,12-16: "Si oyes decir que en una de las ciudades que tu Dios te da para habitar en ella, algunos hombres, malvados… han seducido a sus conciudadanos diciendo: Vamos a dar culto a otros dioses… Y si es verdad, si se comprueba que en medio de ti se ha cometido tal abominación, herirás a filo de espada a los moradores de la ciudad, destruyéndola con todo lo que en ella hubiere, y también matarás sus ganados a filo de espada. Y juntarás todo su botín en medio de la plaza, y consumirás con fuego la ciudad y todo su botín, todo ello, como holocausto a tu Dios, y llegará a ser un montón de ruinas para siempre; nunca más será edificada". Deuteronomio 17,5-7: "Entonces sacarás a tus puertas al hombre o a la mujer que hubiere hecho esta mala cosa, sea hombre o mujer, y los apedrearás, y así morirá. Por dicho de dos o de tres testigos morirá el que hubiere de morir… La mano de los testigos caerá primero sobre él para matarlo, y después la mano de todo el pueblo; así quitarás el mal de en medio de ti". Ezequiel 8,6-15: Dios muestra al profeta el culto idólatra que se practicaba en la puerta norte de Jerusalén: "Mira las viles abominaciones que se están cometiendo aquí… y allí, retratadas sobre el muro que rodeaba, estaban todas las clases de cosas repugnantes, y bestias repulsivas, y todos los ídolos de la casa de Israel… Y he aquí que estaban sentadas unas mujeres plañendo a Tamuz… Y me dijo… Verás abominaciones incluso mayores que éstas". Tanto eran las «abominaciones» de los hebreos, que Dios ordena masacrarlos: "Y he aquí que seis varones venían… y cada uno traía en su mano un instrumento para destruir… Y dijo Dios… Pasad por la ciudad… y matad; no perdone vuestro ojo, ni tengáis misericordia. Matad a viejos, jóvenes y vírgenes, niños y mujeres, hasta que no quede ninguno" (Ezequiel 9,2).
La pena capital tuvo, con tales antecedentes, un amplio apoyo de parte de los teólogos cristianos desde el : San Ambrosio (340-397) solicitó a los miembros del clero que se pronunciaran sobre la pena capital e incluso pedía que la ejecutaran; San Agustín (354-430) contestó en su libro La ciudad de Dios a las objeciones a la pena capital que se realizaban a partir del quinto mandamiento. Por su parte Santo Tomás de Aquino (1224-1274) y Duns Scoto (1266-1308) sostenían que las escrituras respaldaban el poder de las autoridades civiles para establecer esta como método de prevención y disuasión necesario, no como forma de venganza. El papa Inocencio III (1161-1216) dijo a Pedro Valdo y a los valdenses que aceptaran que el "poder secular puede, sin pecado mortal, ejercer el juicios de sangre, siempre que se castigara motivado por la justicia, no por el odio, con prudencia y sin precipitación" como prerrequisitos para la reconciliación con la Iglesia. La aplicación de estos conceptos llevó a la persecución y asesinato de personas acusadas de herejía y a la concreción de las cruzada contra albigenses y valdenses.
Durante la Edad Media y en los inicios de la Edad Moderna, la Inquisición fue autorizada por la Santa Sede para que entregara a los herejes a la autoridad secular para su ejecución en la hoguera, y los Estados Pontificios llevaron a cabo ejecuciones por diferentes delitos.
El catolicismo (1566) codificó sus enseñanzas de acuerdo a las cuales Dios encargó a las autoridades civiles poderes sobre la vida y la muerte. Los doctores de la Iglesia Roberto Belarmino y Alfonso de Ligorio, así como teólogos modernos como Francisco de Vitoria, Tomás Moro y Francisco Suárez, apoyaron la pena capital.
Argumentos en contra de la pena capital basados en el Nuevo Testamento y las enseñanzas de Jesucristo
Antes del la postura invariable del cristianismo primitivo había sido contraria a la pena de muerte y al servicio militar.
Celso alude como característica propia de los cristianos el rechazo de estos a servir en la milicia. Tertuliano expresamente condena abiertamente el servicio militar. El rechazo al servicio militar se debe, sobre todo, a la posibilidad de cometer actos de idolatría. Pero también en otros tratados suyos, Sobre los espectáculos (de la época montanista), Sobre la paciencia, alude a la prohibición absoluta de matar, y en un tercero, Sobre la huida en la persecución, alaba la resistencia no armada, basada en el comportamiento no violento de Jesús, en el momento del prendimiento. En Contra Marción, anterior a la época montanista de Tertuliano, este sostiene que la violencia de la espada solo conduce a engaños, injusticias y maldades. En su tratado Sobre los espectáculos presenta a los cristianos como sacerdotes de la paz, y, por tanto, no pueden hacer la guerra, y en el Sobre la idolatría defiende que el ejercicio de una magistratura está prohibido al cristiano, porque está vinculado al ejercicio de la tortura y de la violencia. En su tratado Sobre la resurrección de la carne escribe que un arma bañada de sangre es un arma homicida.