Pedro de Cazalla (Valladolid, c. 1525-Valladolid, 8 de octubre de 1559) fue un sacerdote castellano, cura párroco de la iglesia de Santa Cruz de Pedrosa del Rey (Valladolid) y hermano del doctor Agustín de Cazalla. Fue una de las figuras centrales del foco luterano castellano desarticulado por la Inquisición española en 1558, y el principal responsable de su implantación rural: su parroquia se convirtió en el segundo núcleo del grupo, junto al vallisoletano, y de ella salieron una decena de procesados. Murió relajado al brazo seglar en el auto de fe celebrado en Valladolid el 8 de octubre de 1559.

Su proceso, conservado en el Archivo General de Simancas y editado íntegramente por el hispanista Ernst Schäfer, es el más extenso de cuantos se conservan del grupo vallisoletano.El Archivo Histórico Nacional conserva asimismo un proceso de fe a su nombre, descrito como el del "clérigo de Pedrosa natural de Valladolid seguido por luteranismo en el tribunal de esa ciudad".

Biografía En su primera audiencia, el 2 de mayo de 1558, declaró tener treinta y tres años y ser natural de Valladolid, lo que sitúa su nacimiento hacia 1525. Dio como nombres de sus padres los de Pedro de Cazalla (contador real) y Leonor de Vivero, y afirmó no haber conocido a ninguno de sus abuelos. Preguntado por sus hermanos, respondió que eran diez: los varones Agustín, Gonzalo Pérez de Vivero, Juan de Vivero y Francisco de Vivero, además de él mismo, y las mujeres Constanza, Juana, María, Beatriz y Leonor de Vivero.

La familia procedía de ascendencia conversa y contaba con antecedentes de heterodoxia: era sobrino del obispo Juan de Cazalla y de la beata alumbrada María de Cazalla. De los diez hermanos, seis acabaron procesados en los autos de mayo y octubre de 1559: además de Pedro, fueron relajados Agustín, Francisco y Beatriz, y reconciliados Juan y Constanza; su madre, ya difunta, fue relajada en estatua.

Introducción al protestantismo por Carlos de Seso El episodio que las fuentes sitúan en el origen del foco lo tuvo por protagonista involuntario. Según relató después Carlos de Seso en su propia confesión, hacia 1554, volviendo de Zamora de una entrevista con el presidente Antonio de Fonseca, el noble veronés le dijo que dudaba que hubiese purgatorio para quienes muriesen unidos en amor con Cristo, si era cierto que la pena de los pecados había recaído sobre él y que su muerte era satisfacción bastante ante Dios. Cazalla se escandalizó y al parecer lo puso en conocimiento de fray Bartolomé de Carranza, el futuro arzobispo de Toledo, que citó a Seso en Valladolid y lo recibió en presencia del propio Cazalla.

Con el tiempo, sin embargo, Cazalla asumió aquellas posiciones y se convirtió en su principal difusor en el medio rural. Durante su proceso, el tribunal lo mantuvo deliberadamente incomunicado de Seso: un certificado del secretario Esteban Monago, de 5 de julio de 1558, hace constar que ambos ocupaban las dos celdas más alejadas entre sí de cuantas tenía el Santo Oficio en Valladolid.

Comunidad protestante de Pedrosa del Rey thumb|Torre de la antigua iglesia de Santa Cruz de Pedrosa del Rey, donde Cazalla fue párroco y difusor del pensamiento reformado protestante La parroquia de Santa Cruz de Pedrosa del Rey se convirtió en el segundo núcleo del movimiento. De ella salieron procesados en los autos de 1559 los labradores y artesanos Antonio Domínguez, carpintero, y Daniel de la Cuadra, así como Catalina Román, Isabel de Estrada, Juana Velázquez, Isabel de Pedrosa y Catalina Becerra, además de su propio hermano Juan de Vivero y de la mujer de este, Juana de Silva, que residían allí. Su ama de llaves, Isabel de Pedrosa, salió también reconciliada.

El testimonio más detallado sobre las reuniones lo prestó Isabel de Estrada el 13 de julio de 1558. Refirió que en el carnaval de aquel año acudieron a Pedrosa fray Domingo de Rojas y Francisco de Vivero, y que se escribió a Toro para que viniese el bachiller Antonio Herrezuelo; reunidos junto al fuego, Rojas y Herrezuelo llevaron el peso de la conversación mientras los demás escuchaban en silencio, y cuanto trataron se encaminaba a sostener que no existía el purgatorio. Francisco de Vivero salía riendo de cuando en cuando diciendo que no hacía falta tanta teología, pues también a ellos les había hecho Dios la merced.

La misma testigo describió el episodio más singular del proceso, ocurrido a finales de febrero de 1558. La mañana en que fray Domingo de Rojas iba a partir hacia Valladolid, mientras se le preparaba el desayuno, se mandó a una criada disponer una mesa con pan y vino en un aposento del piso alto y bajar después. Subieron entonces Rojas, Pedro de Cazalla, Juan de Vivero, Juana de Silva, Catalina Román, Antonio Domínguez y la propia testigo; cuando Domínguez preguntó si debía subir también Ana de Estrada, que aguardaba abajo, los presentes se miraron y Cazalla respondió que subiese, pues era callada.

Cerrada la puerta, Rojas se sentó a la cabecera en un sillón y los demás alrededor, sobre arcas. Predicó el evangelio del Jueves Santo y anunció que iba a darles la comunión como Cristo a sus discípulos; arrodillados todos en torno a la mesa y los hombres descubiertos, tomó el pan, lo bendijo, partió un pedazo y lo repartió diciendo que aquel era su verdadero cuerpo, e hizo lo propio con un vaso de vino. Preguntada la testigo si Rojas había consagrado antes de repartir, respondió que lo vio bendecirlo, alzar los ojos al cielo y decir palabras que no entendió. Terminado el acto se repartieron por las arcas, medio llorando, y la testigo comentó a Catalina Román que aquello le recordaba a cuando Cristo cenó con sus discípulos y fue después prendido, y que ya verían en qué acababa.

Proceso inquisitorial El fiscal Ramírez solicitó su prisión alegando que constaba en los registros del Santo Oficio la acusación de herejía contra el párroco de Pedrosa, hermano del doctor Cazalla. La orden de detención se dio el 23 de abril de 1558, precedida de los testimonios de Ana Enríquez, Juana de Fonseca, fray Alonso de Orozco, Isabel de Benavides y otros; ingresó en las cárceles secretas el 26 de abril y compareció por primera vez el 2 de mayo.

El expediente enumera veintitrés testigos publicados, entre ellos Ana Enríquez, Luis de Rojas, Pedro Sarmiento, Mencía de Figueroa, Juan de Ulloa Pereira, Francisco de Vivero, fray Domingo de Rojas, Isabel de Estrada, Francisca de Zúñiga, Cristóbal de Padilla, Juan de Vivero, Juana Velázquez, Leonor de Cisneros, Daniel de la Cuadra, Antonio Domínguez, Catalina Román, Juana de Silva y el bachiller Herrezuelo; casi todos serían a su vez procesados en los autos de 1559.

El 15 de febrero de 1559 el fiscal presentó su réplica pidiendo que se lo declarase hereje luterano apóstata pertinaz y maestro de herejes y se lo relajase al brazo seglar previa degradación. Argumentó que sus confesiones no debían servirle para obtener la reconciliación, porque no había confesado bien ni voluntariamente, porque callaba maliciosamente otros delitos y otras personas, y porque sus declaraciones, más que retractar los errores, exponían y reforzaban las razones que lo habían movido a sostenerlos. Añadió que, aun en el supuesto de que se hubiese convertido sinceramente, su condición de sacerdote y pastor de almas agravaba el caso, pues en lugar de predicar la doctrina católica había pervertido a sus propios feligreses, que antes eran cristianos fieles.

Ya en la fase conclusiva, Cazalla pidió audiencia para declarar cuanto, dijo, le había alumbrado el Señor, y solicitó que se le leyese de nuevo la acusación para confesar más cumplidamente. Expuso entonces de forma ordenada sus posiciones: que el hombre se justifica ante el Padre por la pasión y los méritos de Jesucristo, sin necesidad de obras por su parte, sino solo de la confianza en aquello, si bien las obras de caridad debían hacerse como prueba y manifestación de esa justificación (quien no las diese, añadió, era como el árbol que no da fruto); que las obras de penitencia, ayunos y abstinencias no eran meritorias ni aprovechaban para la remisión de los pecados; que no había purgatorio, puesto que a los justificados no les quedaba pena que purgar en la otra vida, y que en consecuencia los sufragios por los difuntos eran superfluos e infructuosos; que no era necesaria la intercesión de los santos; que la confesión auricular no era obligatoria, aunque sí útil por vía de consejo; que no había más que dos sacramentos, el bautismo y la comunión; y que no era necesario creer en la transustanciación, siendo preferible administrar el sacramento bajo ambas especies.

Reconoció haber celebrado la comunión de la cena junto con otras personas en determinados lugares, tomando un poco del pan ordinario y vino, y haber enseñado los artículos de la justificación y el purgatorio a las personas que nombró, aunque negó haber sido el primero en sostenerlos, pues aquellas ya los seguían. Declaró que cierta persona le había entregado libros heréticos de Lutero, Calvino y otros autores prohibidos, y que él los había pasado a otras, circulando de mano en mano. Admitió, por último, que era cierto el cargo del fiscal de no haber confesado todo lo que debía: aunque en su primera declaración había dicho verdad, faltó en no añadir cuanto ahora confesaba. Dada la publicación de veintitrés testigos, dijo tenerlos a todos por buenos y creer que decían verdad, y pidió que se procediera con él de manera benigna y misericorde.

Ejecución La sentencia lo declaró hereje luterano apóstata, maestro y enseñador de la secta de Lutero, incurso en excomunión mayor, y lo condenó a confiscación de todos sus bienes, a degradación real y efectiva del orden sacerdotal y a ser relajado al brazo de la justicia seglar, en la persona del corregidor de Valladolid Luis Osorio, a quien se rogaba que procediese con él benigna y piadosamente. La firmaron los inquisidores Francisco Vaca, Riego y Guijelmo.

Fue leída en la Plaza Mayor de Valladolid el 8 de octubre de 1559, hallándose los inquisidores pro tribunali en su tablado y Cazalla en el de los penitentes, en presencia de Felipe II y de los príncipes Carlos y Juana. Acto seguido fue degradado del sacerdocio por Pedro de la Gasca, obispo de Palencia, y entregado al corregidor.

Compareció amordazado por impenitente. Según la relación del auto, se retractó junto al palo, por lo que se le concedió el garrote antes de arder. En enero de 1568, a instancia del secretario del Consejo de la Suprema Mateo Vázquez de Leca, se remitió copia de su sentencia y certificación de que había sido maestro de herejes, al parecer con destino a Roma.

Notas

Referencias

Bibliografía

Categoría:Nacidos en Valladolid Categoría:Fallecidos en Valladolid Categoría:Sacerdotes católicos de España del siglo XVI Categoría:Protestantes represaliados en España Categoría:Ejecutados en la hoguera