El auto de fe de Sevilla de 24 de septiembre de 1559 fue un auto de fe celebrado por el Tribunal del Santo Oficio en la plaza de San Francisco de Sevilla (España). Junto con los dos autos de fe de mayo y octubre de ese mismo año en Valladolid, constituyó la operación con que la Inquisición desarticuló los dos focos protestantes organizados de la Corona de Castilla. Fueron sentenciadas setenta y tres personas; veintiuna fueron relajadas en persona y se quemaron cuatro estatuas.

A diferencia del foco vallisoletano, el sevillano se articulaba en torno a un círculo urbano de clérigos, maestros de escuela, artesanos y beatas, y muy señaladamente relacionados con el monasterio de San Isidoro del Campo, de cuya comunidad salieron tanto varios de los relajados como los frailes que lograron huir y difundir después la Reforma española en el exilio, entre ellos Casiodoro de Reina.

El acto se conoce por tres relaciones independientes conservadas en la Biblioteca Nacional de España y el Archivo General de Simancas, editadas por el hispanista Ernst Schäfer en 1902, y por el testimonio notarial de la sentencia de Juan Ponce de León.

Contexto Según la relación más extensa, el primero en recibir libros luteranos llegados de Alemania fue Juan Ponce de León, hijo del conde de Bailén. Introducidos clandestinamente por Julián Hernández "Julianillo", quien los había dejado ocultos en el campo por no poder meterlos en la ciudad sin riesgo, Ponce de León acudió personalmente con su mula y unas árganas, los cargó, los llevó a su casa y comenzó al día siguiente a repartirlos entre personas de confianza, entregando además veinte ducados al portador para gastos.

De ahí surgieron los conventículos. La misma relación refiere que el grupo acordó habilitar un local donde leer y adoctrinarse, y que Ponce de León se ofreció a comprar una casa para ello. También reproduce la declaración de que acudía al quemadero, subía al horno y pedía verse pronto reducido a ceniza en aquel lugar en defensa de su fe.

Preparativos y desarrollo En la plaza de San Francisco se levantaron dos grandes tablados, uno para los inquisidores, el cabildo catedralicio, la audiencia y los frailes de San Francisco, y otro para los penitentes, con un altar dispuesto para la degradación del licenciado Juan González. Se añadieron sendas tribunas para el cabildo municipal y para la duquesa de Béjar y otros títulos, y todo el perímetro de la plaza se cerró con andamios.

La afluencia fue extraordinaria. La gente empezó a llegar tres días antes, no quedó posada libre en la ciudad y muchos hubieron de alojarse en el campo; desde el castillo de San Jorge (sede de la Inquisición) hasta las atarazanas se levantaron andamios, y en el puente de Triana se instalaron portones para que el gentío no tapase la vista desde los barcos y barcas fondeados a ambos lados, de modo que contemplar el río resultaba tan vistoso como el auto mismo.

La noche anterior se distribuyeron los reos entre las órdenes religiosas: ocho padres de la Compañía de Jesús, doce dominicos, cuatro trinitarios, seis mínimos, cuatro agustinos, otros tantos carmelitas y otros de San Francisco y de la Merced. Reunidos entre las cuatro y las ocho de la tarde, a las nueve de la noche se llamó en primer lugar al rector de la Compañía (a la que se dio precedencia sobre las demás órdenes) y se le entregó a Ponce de León, que llevaba dos años preso sin abandonar sus posiciones y que aquella noche se retractó.

Hacia las cuatro de la madrugada, cincuenta clérigos con la cruz de Santa Ana acudieron al castillo, donde aguardaban unos cuarenta frailes. Entre doscientos y trescientos hombres armados con alabardas escoltaron la procesión, que marchó con tambor y bandera. El orden fue el siguiente: la cruz de Santa Ana con abades y frailes; veinte alguaciles con su alguacil mayor y el alguacil mayor del Santo Oficio, Luis Sotelo; los penitentes con hábito y vela; los veintiún condenados al fuego con la estatua del beneficiado Francisco de Zafra, huido del castillo; el cabildo municipal; el cabildo catedralicio; y por último los inquisidores, precedidos de un pendón de tela roja hecho para la ocasión, con las armas de San Pedro en una cara y las del rey en la otra. Asistieron tres obispos.

Presidió el acto Juan González de Munébrega, obispo de Tarazona y miembro del Consejo Real, como presidente del Santo Oficio, con los inquisidores Andrés Gasco y Juan de Ovando. Figuran como testigos de la sentencia Juan Suárez de Carbajal, obispo de Lugo, el licenciado Juan de Briviesca de Muñatones, del Consejo Real, y Juan Manuel de la Cerda, deán de la Santa Iglesia de Sevilla.El mismo Juan Manuel de la Cerda predicaría dos años más tarde el sermón del auto de fe de Valladolid de 28 de octubre de 1561. Posteriormente fue obispo de Zamora y de Sigüenza.

La prohibición de tomar notas Una relación del auto refiere que muchos de los asistentes acudieron provistos de papel y tinta para escribir lo que viesen y oyesen, pero que los inquisidores mandaron desde el principio recoger todo lo escrito y prohibieron seguir escribiendo, costumbre que se mantuvo desde entonces. La Inquisición advirtió pronto el riesgo de que estas relaciones circulasen y pudieran leerse por los correligionarios de los condenados como relatos del martirio de los suyos, convirtiéndose en material de construcción de una identidad disidente. Esa desconfianza llevaría al tribunal a publicar una relación oficial del auto sevillano de 1560, de la que no se conserva ningún ejemplar. Es una de las razones por las que de los autos sevillanos han sobrevivido menos relaciones que de los vallisoletanos, que tampoco tuvieron el mismo eco político.

Figuras destacadas Juan Ponce de León Hijo de Rodrigo Ponce de León, conde de Bailén, y emparentado con los duques de Arcos y de Béjar, confesó haber demorado su confesión creyendo que por su condición no lo quemarían. La sentencia, conservada por testimonio notarial, lo declara hereje y apóstata luterano, dogmatizador y maestro de la secta, y añade que, por ser el delito de herejía tan grave que no basta castigarlo en la persona que lo comete, sus hijos y nietos por línea masculina quedaban inhabilitados para todo oficio público de honor y beneficio eclesiástico. Los inquisidores fijaron el comienzo de sus delitos a principios de marzo de 1557, fecha desde la cual debía tenérselo por hereje a efectos de confiscación. Ya convertido, en el propio cadalso intentó persuadir a los demás de que se retractasen.

Juan González Predicador muy conocido en Sevilla, morisco, hijo del cristiano nuevo Martín del Campo y natural de Palma del Río. Había sido penitenciado en Córdoba a los doce años por errores mahometanos, circunstancia que lo convertía en relapso. Fue degradado con gran solemnidad sobre el tablado. La relación refiere que, estando allí con dos de sus hermanas, habló con ellas «en la lengua de los luteranos» y ellas le respondieron del mismo modo, por lo que se le puso mordaza. Nunca quiso declarar con quién había tratado sus errores, dando a entender que, si él padecía sin culpa, no quería que otros padeciesen. Sus dos hermanas, Catalina y Mari González, fueron quemadas con él.

María de Bohórquez Hija ilegítima de Pero García de Jerez, de veintiséis años, sabía bastante latín y algo de griego. Los frailes enviados a reducirla -dominicos primero, y después casi todos los de las restantes órdenes por turnos- no lo consiguieron: les propuso disputar uno y otro credo, respondió a cada error que le oponían con citas del Antiguo y del Nuevo Testamento y sostuvo que entendía la Escritura en su sentido literal y espiritual. Su propia sentencia hizo constar que ninguno de los luteranos penitenciados había alegado razones en defensa de la secta salvo ella. En el cadalso discutió con Ponce de León, que la exhortaba a convertirse: le respondió con pocas palabras, llamándole necio y hablador y diciéndole que no era hora de hablar tanto, sino de que cada cual pensase en su corazón en el Salvador. Su hermana Juana de Bohórquez quedó presa y fue solemnemente absuelta en el auto de 22 de diciembre de 1560.

Isabel de Baena En su casa se celebraban los conventículos. Además de la relajación, se ordenó derribar la casa, sembrar el solar de sal y colocar en él una inscripción que declarase la causa del derribo, pena idéntica a la impuesta el mismo año en Valladolid a la casa de Leonor de Vivero y Agustín de Cazalla.

Los frailes de San Isidoro del Campo Del monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo, extramuros de Sevilla, salieron dos relajados: fray Miguel Carpintero, lego, y fray Francisco Morcillo; y un reconciliado, fray Benito. La relación menciona además a fray Casiodoro como quien había predicado a María de Bohórquez sus proposiciones «en ciertos lugares y rincones»: se trata de Casiodoro de Reina, que había logrado huir y que sería relajado en estatua el 26 de abril de 1562.

Relación de reos Las cifras y los nombres varían entre las relaciones. Schäfer advierte que la lista de la Biblioteca Nacional (la única conocida hasta entonces y la que al parecer manejó Llorente) es inexacta, y que debe estarse a la relación oficial de Simancas. Según esta, el total de castigados fue de setenta y tres, de los que veintiuno fueron relajados en persona: catorce hombres y siete mujeres, y entre los primeros tres mahometanos.

Relajados en persona por luteranismo