miniaturadeimagen|upright=1.2|Índice de aprobación del presidente de los Estados Unidos George W. Bush entre 2001 y 2006. Los repuntes coinciden con los atentados del 11 de septiembre, la invasión de Irak y la captura de Sadam Huseín. En ciencia política, el efecto de cierre de filas en torno a la bandera —también conocido por la expresión inglesa rally 'round the flag effect o, de forma abreviada, efecto bandera— consiste en un aumento a corto plazo del apoyo popular al gobierno o a los líderes políticos de un país durante una crisis internacional o una guerra. Como puede reducir las críticas a las políticas gubernamentales, se ha considerado un factor de las estrategias de distracción en política exterior. El concepto surgió del análisis de Estados Unidos durante la Guerra Fría, pero posteriormente se ha aplicado a gobiernos de todo el mundo.
Definición de Mueller El politólogo John Mueller propuso el concepto en el contexto estadounidense en 1970, en el artículo «Presidential Popularity from Truman to Johnson». Lo definió a partir de tres características del acontecimiento desencadenante:
«Es internacional» «Implica directamente a Estados Unidos y, en especial, al presidente» «Es concreto, impactante y claramente delimitado»
Además, Mueller distinguió cinco categorías de acontecimientos susceptibles de generar el efecto:
Intervenciones militares estadounidenses repentinas (por ejemplo, la guerra de Corea o la invasión de bahía de Cochinos) Acciones diplomáticas importantes (por ejemplo, la doctrina Truman) Avances tecnológicos espectaculares (por ejemplo, el Sputnik) Cumbres entre Estados Unidos y la Unión Soviética (por ejemplo, la conferencia de Potsdam) Acontecimientos militares importantes en guerras en curso (por ejemplo, la ofensiva del Tet).
Estas categorías se consideran hoy obsoletas, pues dependen en gran medida de acontecimientos propios de la Guerra Fría.
El nombre del efecto procede de «Battle Cry of Freedom», una canción de la guerra civil estadounidense que exhortaba a los partidarios de la Unión a «reunirse en torno a la bandera» y que se utilizó en la campaña de reelección de Abraham Lincoln.
Causas y duración Desde las teorías iniciales de Mueller han surgido dos explicaciones principales. La «escuela del patriotismo» sostiene que, en tiempos de crisis, la ciudadanía percibe al jefe de Estado como símbolo de la unidad nacional y no como una figura partidista. La «escuela del liderazgo de opinión» atribuye el efecto a la reducción temporal de las críticas de la oposición, sobre todo en el Congreso de los Estados Unidos. Si la oposición respalda al jefe de Estado, los medios encuentran menos conflicto político que cubrir y la actuación presidencial parece suscitar un consenso mayor. Aunque ambas explicaciones han recibido críticas, suele considerarse que el patriotismo explica mejor el inicio del efecto y el liderazgo de opinión, su duración. También se ha propuesto que cuanto menor sea la aprobación presidencial antes de la crisis, mayor será el margen para que aumente. Así, la aprobación de Franklin D. Roosevelt subió 12 puntos porcentuales —del 72 % al 84 %— tras el ataque a Pearl Harbor, mientras que la de George W. Bush aumentó 39 puntos —del 51 % al 90 %— después de los atentados del 11 de septiembre.
Otra explicación se refiere a la doble condición del presidente de Estados Unidos como jefe de Gobierno y jefe de Estado. Su función de jefe de Estado le confiere una importancia simbólica que puede elevar temporalmente su popularidad; con el tiempo, sin embargo, sus decisiones como jefe de Gobierno reintroducen el conflicto partidista y reducen ese apoyo. Esta explicación se aproxima a la escuela del liderazgo de opinión.
Dado que el estudio del fenómeno depende en buena medida de series de encuestas, el politólogo John O'Neal, de la Universidad de Alabama, lo examinó mediante modelos cuantitativos. Sus ecuaciones incorporan factores como el número de titulares de The New York Times sobre la crisis, la presencia de apoyo u hostilidad bipartidista y la popularidad previa del presidente. A partir de ellos, O'Neal consideró más precisa la explicación del liderazgo de opinión.
El politólogo Matthew A. Baum, de la Universidad de California en Los Ángeles, concluyó que el aumento procede principalmente de independientes y simpatizantes de la oposición que pasan a respaldar al presidente. También halló que el efecto es mayor cuando el país está más dividido o atraviesa una peor situación económica, pues existe más margen para captar apoyo entre quienes antes rechazaban al mandatario.
Terrence L. Chapman y Dan Reiter observaron que los aumentos de aprobación eran mayores cuando el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas respaldaba una disputa interestatal militarizada. Ese apoyo se asociaba con un incremento adicional de entre ocho y nueve puntos porcentuales frente a las disputas sin respaldo del Consejo.
Según un estudio de 2019 realizado en diez países durante el período 1990-2014, se observan indicios de un efecto bandera al inicio de una intervención con bajas militares (al menos durante el primer año), pero los votantes comienzan a castigar a los partidos gobernantes después de 4,5 años. Un estudio de 2021 encontró indicios débiles del efecto bandera. Un estudio de 2023 encontró que las disputas interestatales militarizadas, en promedio, disminuyen el apoyo público a los líderes nacionales en lugar de aumentarlo.
Un estudio de 2022 aplica la misma lógica del efecto bandera al fin de una crisis, en lugar de solo a su inicio. Utilizando todos los datos disponibles sobre encuestas presidenciales y crisis internacionales desde 1953 hasta 2016, los investigadores descubrieron que un presidente recibía un aumento de tres puntos porcentuales en su índice de aprobación, en promedio, cuando ponía fin a una crisis internacional. Sugieren que el aumento del apoyo está relacionado tanto con una muestra de competencia del presidente en asuntos exteriores como con un sentimiento de unidad en defensa de la nación. Además, la sugerencia de que un presidente puede lograr un aumento de la aprobación poniendo fin a un conflicto en lugar de iniciarlo plantea suposiciones menos cínicas sobre las opciones que tiene a su disposición y proporciona una vía adicional para investigar las teorías de la guerra de distracción.
Los mecanismos psicológicos tampoco son uniformes. En cuatro experimentos relacionados con los atentados del 11 de septiembre, Lambert y sus colaboradores observaron que las imágenes de los ataques provocaban ira y ansiedad, pero que solo la ira se relacionaba con un mayor apoyo a George W. Bush, a políticas beligerantes y a símbolos patrióticos.
Un estudio posterior con datos de panel de más de 32.000 entrevistas realizadas en Alemania durante la pandemia de COVID-19 distinguió dos mecanismos de signo opuesto: la amenaza percibida aumentaba la aprobación de los líderes políticos, mientras que la ansiedad la reducía. Los autores concluyeron que una crisis no eleva automáticamente el apoyo al liderazgo, sino que el resultado depende de la respuesta cognitiva y emocional predominante.
Ejemplos históricos Este efecto se ha analizado en el contexto de casi todas las grandes crisis de política exterior desde la Segunda Guerra Mundial. Algunos ejemplos destacados:
Primera Guerra Mundial Durante la Primera Guerra Mundial, la mayoría de los beligerantes experimentaron una reducción del partidismo. La mayoría de los partidos socialistas abandonaron sus compromisos de oponerse a la guerra y respaldaron a sus gobiernos, lo que contribuyó a la ruptura de la Segunda Internacional. Este fenómeno formó parte del llamado Espíritu de 1914.
En el Imperio alemán, el Partido Socialdemócrata facilitó la entrada del país en la guerra al votar a favor de los créditos de guerra en el Reichstag y respaldó al Gobierno durante gran parte del conflicto. Posteriormente, el káiser Guillermo II proclamó un Burgfrieden, por el que se suspendía la política partidista ordinaria. La Tercera República francesa proclamó una Unión Sagrada similar, adoptada por la mayoría de los partidos socialistas. Jean Jaurès, dirigente de la Sección Francesa de la Internacional Obrera, fue asesinado cuando se disponía a pronunciar el que el nacionalista francés Raoul Villain —su asesino— creía que sería un discurso pacifista. El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda también experimentó una reducción de la inestabilidad política y de la militancia, pues disidentes nacionalistas irlandeses, sufragistas y sindicalistas respaldaron la guerra. En particular, el incidente de Curragh —en el que numerosos protestantes del Úlster y algunos oficiales de las Fuerzas Armadas británicas, con el apoyo del Partido Conservador, se negaron a aceptar la inminente implantación del autogobierno irlandés y amenazaron con una guerra civil— concluyó de inmediato con la entrada británica en la guerra y un aumento del apoyo al Gobierno liberal. Más tarde, el Gobierno de coalición liberal-conservador de David Lloyd George aprovechó su apoyo durante la guerra para convocar las elecciones de 1918, conocidas como «elecciones del cupón». Los candidatos avalados por la coalición obtuvieron una victoria aplastante que debilitó gravemente al Partido Liberal.
Segunda Guerra Mundial Durante la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro británico Winston Churchill gozó de una enorme popularidad en el Reino Unido por oponerse a la política exterior de apaciguamiento del Gobierno Nacional hacia la Alemania nazi antes de la guerra y por salvar al país de una derrota casi segura en la batalla de Inglaterra. Todos los partidos principales del Parlamento británico, incluido el Partido Laborista de la oposición, se unieron al gobierno de Churchill durante la guerra. Durante todo su mandato como primer ministro en tiempos de guerra, sus índices de aprobación nunca cayeron por debajo del 78 por ciento. La popularidad personal de Churchill no se extendió al Partido Conservador, que se oponía al Estado del bienestar y a la nacionalización defendidos por el Partido Laborista y siguió asociándose con la política de apaciguamiento, el desempleo y la pobreza del período de entreguerras. Como resultado, los conservadores sufrieron una derrota contundente en las elecciones generales de 1945 frente a los laboristas.
Historia contemporánea
Estados Unidos
Crisis de los misiles de Cuba: según las encuestas de Gallup, la aprobación del presidente John F. Kennedy era del 61 % a comienzos de octubre de 1962. Tras la crisis, subió al 74 % en noviembre y alcanzó el 76 % en diciembre; en junio de 1963 había regresado al 61 %. Crisis de los rehenes en Irán: según las encuestas de Gallup, la aprobación del presidente Jimmy Carter aumentó 23 puntos, hasta el 61 %, tras la toma de la Embajada de Estados Unidos en Teherán en noviembre de 1979. Sin embargo, la gestión de la crisis erosionó el apoyo popular y, en noviembre de 1980, Carter había regresado a su nivel de aprobación anterior. Guerra del Golfo: la aprobación del presidente George H. W. Bush era del 59 % en enero de 1991. Tras la Operación Tormenta del Desierto alcanzó el 89 % en febrero, pero en octubre había vuelto aproximadamente a su nivel anterior a la crisis, con un 61 %. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la aprobación del presidente George W. Bush pasó del 51 % el 10 de septiembre al 85 % el día 15 y alcanzó el 90 % una semana después, el máximo presidencial registrado por Gallup. En noviembre de 2002 aún se situaba en el 68 %, por encima del nivel anterior a los atentados. Por su magnitud y duración, se considera uno de los mayores efectos de cierre de filas documentados; también se ha interpretado que proporcionó a Bush margen político para la invasión de Irak de 2003.