La autodefensa digital feminista, fundamentada en la autodefensa física y el activismo digital, es una práctica política, de educación y colectiva que busca responder a la violencia de género desarrollada en espacios digitales y a las normas de ciberseguridad androcéntricas.
Antecedentes y contexto El origen del concepto autodefensa en los movimientos feministas se remonta a las décadas de 1970 y 1980 en Norteamérica y Europa, donde designaba el entrenamiento físico y psicológico desarrollado por las mujeres frente a agresiones machistas en el espacio público. El desplazamiento al entorno digital se dio por la importancia que cobraron los entornos virtuales como espacios de disputa de derechos y manifestación de violencia con implicaciones reales, por lo que los datos personales y la identidad digital operan como extensiones del cuerpo que requieren ser defendidas ante ataques.
El cambio conceptual se vincula estrechamente con la evolución del activismo digital. Durante la década de 1990, el ciberfeminismo promovió una visión utópica y libertaria de internet en el cual las categorías de género quedarían anuladas. Sin embargo, la rápida mercantilización y privatización de internet llevó a un espacio como el mundo real con divisiones de género. Dicha situación propició a inicios del siglo XXI la transición hacia el hackfeminismo, una corriente que dice que el internet ajeno no se separa del cuerpo para asumir y la infraestructura material de internet se encuentra atravesada por relaciones de poder geopolíticas.
Principios fundamentales Al desafiar el modelo tecnocrático que tiene el internet, se busca darle un enfoque a la sostenibilidad de la vida y a la justicia social a través de varios principios como:
Relacionalidad: Experiencias de seguridad se median por relaciones sociales, afectivas y materiales. Por lo tanto, experiencias de seguridad digital deben buscar proteger no solo dispositivos sino cuerpos y emociones. Responsabilidad política: Un compromiso ético para que el diseño, regulación y uso de tecnologías busquen minimizar el daño y reparar desigualdades de género considerando interseccionalidad. Interdependencia: La seguridad de un grupo de individuos no puede proveerse a cambio de la inseguridad de otro grupo. La seguridad digital es un bien común que se construye con infraestructura colectiva y cooperación. Soluciones que solo benefician a individuos específicos o impuestos por corporaciones son rechazadas. No violencia activa: Oponerse a lógicas de control patriarcales y en vez fomentar espacios digitales seguros basados en el diálogo y el consentimiento previniendo agresiones como el discurso de odio o el acoso. Agenciamiento y autonomía: Ante todo, se busca pasar de ver a las mujeres en espacios digitales como víctimas a sujetos con capacidad de acción y soberanía tecnológica.
Hitos políticos La autodefensa digital ha sido determinada por hitos globales en materia de privacidad y derechos digitales. Revelaciones realizadas por Edward Snowden sobre programas gubernamentales de vigilancia masiva influyeron mucho a la creación de este concepto. Este acontecimiento evidenció que la infraestructura de internet carece de neutralidad política, la vigilancia estatal y corporativa opera desproporcionadamente. Se reconfigura el concepto de privacidad para ser teorizado como un bien común para la organización política de las mujeres.
Otro antecedente fundamental son los principios Feministas de Internet, formulados originalmente en 2014 durante un encuentro global en Malasia coordinado por la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC). Estos principios facilitaron al movimiento de un marco conceptual unificado a nivel internacional para exigir un entorno digital libre de violencias patriarcales.
Surgimiento de la violencia digital y de las desigualdades tecnológicas A mediados de la década de 2010, la masificación de las plataformas de redes sociales comerciales incrementaron la exposición pública de mujeres, dando un entorno digital hostil caracterizado por el acoso sistemático, la suplantación de identidad y la difusión de material íntimo sin consentimiento. El despliegue de conductas como el doxeo, el ciberacoso y las campañas coordinadas de desprestigio exacerbaron la necesidad de estructura para protegerse en el espacio digital.
Este incremento de la hostilidad digital se da mayormente por la persistente brecha digital de género y la exclusión histórica de las mujeres de las disciplinas CTIM. El analfabetismo digital relativo de la población femenina en una posición de vulnerabilidad frente a las tecnologías privativas, cuyos diseños de interfaz y términos de servicio suelen omitir sus necesidades de seguridad. A este panorama técnico contribuyen empresas de Silicon Valley, cuyos algoritmos de optimización se diseñan para monetizar el conflicto y la polarización, resultando cómplices en la propagación de discursos de odio en la red.
Factores institucionales y el contexto latinoamericano La violencia de género en línea es una extensión directa de las violencias estructurales del espacio físico, donde las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) amplifican, ramifican y perpetúan el control y la opresión.En América Latina, este fenómeno ha estado ligado a crisis generalizadas de derechos humanos, violencia estatal y dinámicas del crimen organizado.Dispositivos telefónicos y cuentas de redes sociales de activistas, periodistas y defensoras del territorio son intervenidos ilegalmente para agredir su integridad física.
La ineficacia judicial para procesar los delitos informáticos con perspectiva de género consolida escepticismo hacia la vía penal ordinaria, ya que operadores de justicia minimizan el impacto del acoso en línea.Igualmente, las instituciones se limitan a la criminalización o a recomendar que las víctimas abandonen los espacios digitales, limitando su libertad de expresión y genera revictimización.
Respuestas comunitarias Diversas colectivas y comunidades optan por desarrollar estrategias autónomas basadas en la gestión comunitaria de los riesgos, el cuidado mutuo y la soberanía tecnológica.
Se promueve el software libre, el uso de servicios con cifrado de extremo a extremo como Proton Mail o Tuta, aplicaciones de mensajería segura como Signal, sistemas de navegación anónima como la Red TOR, implementación de gestores de contraseñas como Bitwarden y la autenticación en dos pasos (2FA). Se consolidan estas prácticas como modalidades de acción colectiva dentro de las redes tecnopolíticas.
Iniciativas como las editatonas y los encuentros de hackfeminismo surgen para desmitificar el uso de la tecnología y convertir a las usuarias pasivas en creadoras y defensoras de la infraestructura digital.Se suma la creación de redes e técnico, legal y emocional a las víctimas, como las líneas de ayuda de la APC, el portal Tecnoresistencias de Hiperderecho en Perú o los protocolos desarrollados por Luchadoras en México, con el objetivo de evitar la revictimización institucional.
A través de la apropiación política y creativa de estas herramientas, las comunidades activistas buscan construir bienes comunes digitales y alternativas tecnológicas orientadas a garantizar la libertad de expresión frente a ecosistemas digitales hostiles.
Referencias
Categoría:Ciberfeminismo Categoría:Cultura hacker