Alfredo Zitarrosa (Montevideo, 10 de marzo de 1936-17 de enero de 1989) fue un cantautor, poeta, periodista y escritor uruguayo, considerado una de las figuras más destacadas de la música popular de América Latina en el siglo .*
Su obra, profundamente enraizada en la tradición folclórica del Río de la Plata, especialmente en el género de la milonga, aunque incursionó también en el candombe y la zamba, entre otros, se caracterizó por una estética sobria y un lirismo de fuerte contenido social, político y existencial. Su voz grave y profunda, su particular estilo interpretativo y su compromiso con las causas populares lo convirtieron en un ícono cultural no solo en Uruguay, sino también en Argentina, Chile, Perú y otros países del continente.
Comenzó su carrera profesional en el periodismo y la radio, desempeñándose como locutor, recitador de poesía y guionista, antes de lanzarse plenamente a la música a mediados de la década de 1960. Su aparición en la escena musical fue recibida con un fuerte impacto por su combinación de raíces tradicionales con una sensibilidad moderna y crítica, en un momento de grandes transformaciones culturales y políticas en la región. Su repertorio, que incluía principalmente composiciones propias, le valió un lugar destacado en la llamada Nueva Canción, un movimiento que abogaba por una música comprometida, latinoamericanista y popular.
En el ámbito político, fue militante de izquierda, siendo un firme defensor de la justicia social, la democracia y los derechos humanos. Debido a sus posturas políticas y su cercanía con el Frente Amplio, debió exiliarse tras el golpe de Estado en Uruguay en 1973. Durante su exilio, vivió en Argentina, España y México, donde continuó su labor artística, colaboró con otros músicos exiliados y mantuvo su voz como símbolo de resistencia; su regreso a su país natal en 1984, en plena apertura democrática, fue un acontecimiento cultural y político de gran repercusión, con conciertos multitudinarios que marcaron su reinserción en la vida pública del país.
Con su fallecimiento en 1989, dejó un legado artístico y ético de enorme influencia en generaciones posteriores de músicos y escritores. Su obra, que incluye decenas de discos, poemarios y textos periodísticos, sigue siendo objeto de estudio, homenaje y reinterpretación, mientras que su figura es un emblema de la identidad uruguaya, de la dignidad del artista comprometido y de la potencia poética de la música popular.
Biografía Infancia y juventud izquierda|miniaturadeimagen|269x269px|Zitarrosa a los 4 años de edad, Alfredo Zitarrosa nació el 10 de marzo de 1936. Hijo natural de Jesusa Blanca Nieve Iribarne, que con 19 años lo dio a luz en el hospital pediátrico Pereira Rossell, fue anotado como Alfredo Iribarne. A poco de nacer, bajo circunstancias especiales, su madre lo dio a criar al matrimonio compuesto por Carlos Durán, hombre de varios oficios, y Doraisella Carbajal, empleada en el Consejo del Niño. Pasó entonces a ser Alfredo «Pocho» Durán. Con esa pareja vivió en diversos barrios de la capital uruguaya y luego, entre 1944 y fines de 1947, se trasladó al pueblo de Santiago Vázquez, con frecuentes visitas a la campaña cerca de Trinidad, capital del departamento de Flores, de donde era oriunda su madre adoptiva. Se ha señalado que esta experiencia infantil lo marcó para siempre, dado que en su repertorio resalta la inclusión mayoritaria de ritmos y canciones de origen campesino, fundamentalmente milongas.
Regresó con su familia adoptiva por breve tiempo a Montevideo, para luego, a comienzos de su adolescencia, pasar a vivir con su madre biológica y el esposo, el argentino Alfredo Nicolás Zitarrosa, quien le dio su apellido, y su hermana recién nacida, en el Rincón de la Bolsa, hoy llamado Ciudad del Plata, en el km 29.5 de la vieja ruta a Colonia, departamento de San José. Afincado allí, cursó el liceo en Montevideo, adonde finalmente se trasladó en su temprana juventud. Vivió primero con el matrimonio Durán y luego en la pensión de la señora Ema, sita en la calle Colonia esquina Médanos —hoy Barrios Amorín—, para ocupar después la famosa buhardilla de la casa que funcionaba también como pensión y era propiedad de Blanca Iribarne, su madre, ubicada en la calle Yaguarón —hoy Aquiles Lanza— 1021, enfrente de la plaza que actualmente lleva su nombre y a la vista del Cementerio Central. Trabajó, entre otros menesteres, como vendedor de muebles, de suscripciones a una sociedad médica, de oficinista y en una imprenta. Tiempo después recordaba con afecto al que fuera su primer empleador, un tal Pacciello, que le fue presentado por uno de sus compañeros habituales de viaje en sus traslados diarios a Montevideo, durante la época liceal.
Inicios artísticos
Se inició en las lides artísticas en 1954, como locutor de radio (aún no había cumplido 18 años). Una emisora le tomó una prueba (una especie de admisión de ingreso) con Juan Carlos «Pucho» Borde, a quien Zitarrosa siempre reconoció como una de las personas que más le enseñó en ese oficio. Béquer Puig evocó una anécdota de Radio Ariel: cuando comenzó a trabajar allí, una dama lo llamaba con mucha frecuencia y la dama insistía en conocerlo; un día arreglaron para encontrarse, pero al verlo esmirriado y con cara de chiquilín, dijo «¡Ah, no!» y se dio media vuelta.
En Radio Ariel trabajó poco más de un año. Después, a través de un llamado que hizo la dirección de la emisora, entró en Radio CX 14 El Espectador. El cordobés Marcelo Bazán, entonces jefe de locutores, fue el impulsor de la idea de llamar a gente joven. Bazán llegó a Montevideo exiliado en 1950 y estuvo cinco años; a través de Augusto Bonardo entró como locutor en Radio Sarandí, pero a los dos meses, por razones políticas, lo echaron. Ofreció a Alfredo el cargo de jefe de locutores de El Espectador. Apenas asumió en el cargo, habló con la directora y le comentó: «Acá hacen falta voces nuevas, esto está muy chato, hay que revolucionarlo». Por eso se produjo el llamado para locutores jóvenes.
El tímido Zitarrosa no tenía gran experiencia en radio; Bazán lo había percibido: «Lo de la poca experiencia no le importó mucho, tenía muy buena pronunciación y una excelente dicción, lo restante era sobrio y se lo veía una persona muy culta. Cuando comenzó a trabajar, yo le di algunas indicaciones; era un poco rebelde pero era lógico, sus intenciones estaban apuntadas a otras actividades. Yo tenía preferencia por Alfredo y se notaba, eso generó envidias en algunos compañeros… Tenía mucha afinidad con él. Además, como yo de Montevideo estaba solo, Alfredo y su familia me apoyaron mucho».
Cuando cayó Juan Domingo Perón, Bazán retornó a Córdoba a fines de 1955. Tiempo después, él y Alfredo iban a ser los mentores del posterior viaje de Alfredo a Córdoba. En CX 14 El Espectador, bajo la emisora donde Zitarrosa trascendió como locutor y en la que dejó la huella de su inconfundible voz, el destino quiso que en esa emisora se juntaran dos prodigiosas e inmortales voces uruguayas. En el año 1959 cantó en fonoplateas de El Espectador junto a Sosa: «El varón del tango», acompañado por la orquesta de Francini y Pontier. El presentador de esa ilustre visita fue el joven Alfredo Zitarrosa. En fonoplateas, Alfredo hizo presentaciones de otras muchas estelares figuras del tango entre las que se destacó la de Edmundo Rivero. En esos años, Alfredo también le tocó presentar en vivo a Eduardo Falú. De acuerdo al libreto (en esa época estaba todo el programa libretado), El Flaco comenzó a presentar al folklorista salteño pero, para su sorpresa, Falú no estaba; se había quedado conversando en el bar Barrachi y se le había pasado la hora. Mientras gente de la radio bajó raudamente a buscarlo, Alfredo tuvo que ponerse a improvisar un buen rato y cuentan que lo hizo muy bien, como si toda su alocución estuviera en el libreto.
Salvador Béquer Puig, reconocido periodista y poeta uruguayo, conoció a Alfredo en 1957 cuando fue a hacer algunas pruebitas a la radio. Por varios años fueron compañeros en El Espectador y compinches en innumerables andanzas. Inclusive llegaron a vivir juntos en «la buhardilla», una habitación del entrepiso de la pensión de Yaguarón 1021, propiedad de Blanca, la madre de Alfredo. «Yo era muy joven y un poco por rebeldía me fui de la casa de mis padres a vivir con El Flaco. En un tiempo, también llegó a vivir con nosotros Nelson Rodríguez (en ese momento jefe de locutores) quien se había separado de su mujer. Trascotchábamos bastante. Una mañana El Flaco se quedó dormido. Se armó un lío bárbaro porque el locutor anterior se tenía que ir y no había nadie para el relevo… Los directivos de la radio se percataron de que por esa falta a Alfredo no se le había hecho ninguna observación, averiguaron un poco y descubrieron el porqué. Nelson Rodríguez lo terminaron sacando del puesto…».
Sus compañeros de la radio cuentan que Alfredo no sentía una gran pasión por su trabajo como locutor; aprovechaba sus dotes naturales y tomaba la locución como una circunstancia que le servía para subsistir. No obstante, era ingenioso y poseía una gran inventiva. «En una oportunidad se le ocurrió hacer unos diálogos para los locutores de turno que seríamos unos diez o doce. Los llamó “Diálogos filosocíticos”, neologismo de filosofar y locutar, locución. En los mismos se trataba de hacer que los locutores se tomaran el pelo entre sí, teniendo en cuenta las características de cada uno. Vertaban sobre algunas lecturas filosóficas y se hacía una especie de juegos con determinadas palabras, era una especie de teatro del absurdo llevado a la radiofonía. El, ceremonioso, siempre decía: “Salen muy bien cuando los diálogos filosocíticos los trabajan Iris Simone y Béquer Puig”».
Iris Simone fue, además de colega en El Espectador, su novia por más de siete años. La relación tuvo muchas idas y venidas, encuentros y desencuentros: marcó mucho a ambos. Fue algo tormentoso, desde los comienzos. El 21 de abril de 1956, la joven locutora Iris Simone había comenzado a trabajar en CX 36 Broadcasting Centenario, que estaba ubicada enfrente de Radio El Espectador. A los dos meses le ofrecieron una suplencia en El Espectador para hacer locución comercial reemplazando a Linda Torres. Sin dejar su trabajo en Centenario, el 1.º de julio Iris Simone pisó por primera vez el estudio de El Espectador. «Ese mismo día conocí a Alfredo y automáticamente lo odié. Era un “poseur” (sic), un tipo que siempre estaba con el ceño fruncido. Trabajábamos mucho tiempo juntos y hablábamos estrictamente lo necesario. Recuerdo que él repetía que estaba en otra cosa, lo cual era ciertos después, conociéndolo, uno se daba cuenta de que realmente estaba en otra cosa… Los primeros 15 días me había parecido repulsivo, al día 16 me desperté y lo adoraba. ¿Por qué? No lo sé. Mi única certeza es que me agarré tal, pero tan metejón, que comencé a quererlo muchísimo… Pero en esos primeros tiempos Alfredo a mí no me quería».
En esos días en los que conoció a Iris, y según el propio testimonio de ella, Alfredo vivía con sus padres adoptivos, Carlos Durán y Doraisella Carbajal, en una casa de la calle Requena, en el barrio del Cordón. Iris Simone brindó el dato de la calle Requena aunque no tenía muy claro a qué altura estaba ubicada la casa. Se constató, según los coincidentes testimonios de Amanecer Dotta y de la señora Rosa Giriboni, que Alfredo vivió, por esa época, en la calle Dante entre Paullier y Requena.