Inicio. La Semana Santa de Lucena es una fiesta de carácter cristiano que conmemora la pasión, muerte y resurrección de Cristo, constituyendo uno de los más importantes acontecimientos que se desarrollan cada año en la ciudad.
Entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Resurrección, 17 cofradías hacen su salida procesional, que es el principal culto externo de las hermandades y cofradías, aunque éstas realizan diversos actos cultuales a lo largo del año a sus titulares, tales como triduos, quinarios, septenarios, novenas y besamanos.
Esta festividad es declarada Interés Turístico desde el año 2003. El órgano rector de estas cofradías que realizan estación de penitencia es la Agrupación de Cofradías de Lucena.
Historia. El origen de la Semana Santa lucentina se remonta a mediados del Siglo XVI, pues en esta época comienzan a germinar las 5 grandes cofradías que acabarán dando lugar a su configuración actual.
Ya en 1554 se tiene constancia de la existencia de su primera hermandad de penitencia, la de la Santa Vera Cruz, que poseía su propia ermita y cuyo principal acto religioso era la procesión de disciplinantes que recorría las calles en la noche del Jueves Santo, acompañada tanto de hermanos de azote como de luz, vestidos con túnica y cubrerrostro de lienzo blanco.
Tan sólo 10 años más tarde, en 1564, surge la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, desfilando cada Viernes Santo acompañada de San Juan y la Magdalena bajo la Cruz y ante el Sepulcro. También del mismo periodo, 1576, es la corporación franciscana de Pasión, que procesionaba en la tarde del Miércoles Santo, y a fines del siglo se añade la de Jesús Nazareno, que será la devoción que más recorrido histórico tenga.
A ellas se añade en 1606 la Cofradía de pasión y gloria de Nuestra Señora del Carmen con un desfile muy popular que englobaba figuras, alegorías, romanos, ángeles, aspados, flagelantes y nazarenos que desfilaba cada Martes Santo.
Nos encontramos en una época en la que la sociedad se debatía entre varios frentes desde un punto de vista social y religioso. De una parte estaban los cristianos viejos, nobleza, clérigos y afines; de otro lado, las minorías raciales como judíos, gitanos, moriscos… y, finalmente, el movimiento impulsado por las herejías protestantes.
El Siglo XVII sería un periodo de esplendor para las cofradías lucentinas, dada la bonanza económica y el desarrollo del Barroco lucentino. Así la archicofradía de Pasión experimentó su incremento iconográfico y la construcción de la capilla con las correspondientes sepulturas de hermanos en el cuerpo del nuevo templo de Madre de Dios. No obstante, será a mediados de siglo siguiente cuándo la cofradía viva un aletargamiento, que se verá frenado por la reorganización y redacción de nuevas constituciones en 1770.
Asimismo, la Archicofradía del Carmen alcanzó su máximo esplendor entre 1650 y 1720, coincidiendo con una época de bonanza económica grande y con el desarrollo del barroco lucentino. Durante el cortejo se realizaban escenificaciones por figurantes que representaban a los apóstoles, profetas, pecados, romanos, ángeles, evangelistas, apodados, disciplinantes, que daban lugar a un concepto de procesión distinto del que a día de hoy se conoce en Lucena y más próximo al que puede observarse en pueblos como Puente Genil o Moriles.
Sin embargo, la centuria del 600 sería contradictoria para la cofradía de la Vera Cruz, pues a mediados de ésta entraría en declive como consecuencia de la creación por su hermano mayor de una hermandad que, a pesar de estar emparentada con la ya existente, pretendía estimular la devoción a la Santa Cruz y que evitaría la desaparición de la procesión con la incorporación de sus hermanos en el cortejo. No obstante, la segunda mitad del siglo sería más brillante, pues se pudo costear la adquisición de gran parte de las imágenes que hoy en día procesionan gracias a la potenciación de su corral de comedias, que fue la principal fuente de financiación de la corporación.
Mientras que en la segunda mitad del siglo XIX la Archicofradía del Carmen viviría un nuevo período de pujanza, debido a la aportación imaginera del artista lucentino Pedro Muñoz de Toro, la cofradía de la Santa Vera Cruz entraría en su decadencia absoluta, pues una serie de desavenencias entre sus hermanos y el ruinoso estado en que se encontraba la ermita, sumado a las penurias económicas de la propia corporación, dieron lugar a que durante algunos años no pudiera organizarse la salida procesional, pese a los esfuerzos de crear cuadrillerías para salvar esta situación. Estas cuadrillerías consistían en encomendar a una persona de cierto nivel económico, denominada cuadrillero, los gastos derivados del culto a las imágenes y que se daría en otras cofradías, habiéndose encontrado también a mediados del siglo XVIII en la Archicofradía de Pasión y en la del Carmen.
La institución de las cuadrillerías se convertiría con el tiempo en un arma de doble filo, pues era costumbre que, dado el lamentable estado de la ermita, los cuadrilleros trasladasen a las imágenes hasta oratorios que se encontraban situados en sus domicilios particulares, lo que dio lugar a litigios sobre la titularidad de las imágenes que, en ocasiones, debieron ser dirimidos ante los tribunales.
El siglo XX será el principal impulsor de la Semana Santa como hoy en día se conoce en Lucena, pues en los años 20 del pasado siglo comienzan a surgir cofradías con las imágenes que estos cuadrilleros poseían en sus domicilios, suponiendo la escisión de las mismas de la cofadía primigénia y ocasionando ya en los años 30 la inactividad de la cofradía de la Vera Cruz, cuya ermita fue vendida y cuyo archivo fue trasladado al archivo parroquial de Santiago.
También en 1923 cesó la actividad procesional de la Archicofradía del Carmen, recuperándose su presencia en las calles lucentinas a mediados de siglo, procesionando de forma discontinua hasta que en 1997 se reorganiza la Archicofradía.
La Santería. La santería es la tradición más genuina de Lucena, y consiste en la forma de sacar sus imágenes sobre los pasos, denominados tronos, siendo portadas sobre el hombro al son de los tambores. Los portadores se denominan santeros y procesionan con el rostro descubierto y de manera desinteresada bajo las órdenes del manijero, que es el que da las órdenes bajo la procesión, decidiendo cuándo anda y cuando para el paso, ayudándose para ello de una campana o timbre. Al parar, el trono se deposita sobre unas horquillas que son sujetadas por los santeros Este manijero es designado por cada cofradía, sucediéndose cada año este puesto entre distintos devotos de las imágenes sin solución de continuidad.
La santería encierra en torno a sí una serie de ritos, tales como las juntas de santeros, entre los que destaca la junta sitios y la junta marca. En la primera de ellas se designa que puesto va a ocupar bajo el trono cada uno de los santeros, mientras que en la segunda se iguala a todos para posteriormente confeccionar una cuña de madera que irá atornillada al trono y servirá para compensar la diferencia de alturas, y se les entrega las túnicas con las que procesionarán, que son proporcionadas por las cofradías para que vistan el color que está establecido y que, habitualmente, suele coincidir con el de las túnicas de los hermanos de vela.
También sirven las juntas para crear un clima de armonía y fraternidad, siendo así un importante pilar en la sociedad lucentina; así como para que el manijero imparta las instrucciones a cerca del modo de llevar la procesión. Es característico de los cristos pasionistas el paso botao, consistente en una recreación del movimiento para que parezca que la imagen se acerca andando; mientras que los cristos crucificados o las imágenes marianas procesionan mecidas, con un paso amplio y acompasado al tambor, que genera el movimiento del palio y facilita el trabajo del santero, impregnándole cierta majestuosidad a las imágenes marianas.
También es característico en las procesiones lucentinas el sonido del torralbo, una corneta que precede a las imágenes de la Pollinita, de San Mateo y del Carmen, el Cristo de la Columna, Nuestro Padre Jesús Nazareno y el Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo.
Historia. En un principio las procesiones sólo incluían un crucifijo en una cruz arbórea, aunque tras la celebración del Concilio de Trento comenzaron a procesionar imágenes de Cristo, la Virgen y los santos, portadas inicialmente sobre parihuelas por 4 hermanos, siendo la primera que procesionaría de esta forma la Archicofradía de la Vera Cruz, tal como se recoge en sus libros de cuentas, sabiendo así que en 1592 se gastaron 11.817 maravedíes “en cera y pintar una imagen de Ntra. Sra. de Bulto y renovar un Cristo”. La siguiente de la que se tiene constancia en procesionar a hombros sobre parihuelas es la Archicofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, pues en acta de la junta que tuvo lugar el 17 de marzo de 1647 se anotan como bienes cuatro almohadillas de lienzo morado y nueve horquillas. Dado que el archivo de esta corporación ha sido el mejor conservado hasta nuestros días, la mayoría de los datos extraídos proceden del mismo. Hay constancia de que en 1656 la imagen del nazareno ya iría procesionada por 8 hombres. También hay constancia de que la imagen de Nuestro Padre Jesús Amarrado a la Columna procesionaría en parihuelas en 1676 en el seno de la corporación veracruceña.
No obstante, en 1670 se implantaría el correón, consistente en llevar la imagen con una correa de cuero que se enganchaba en la peana y descansaba en el hombro del santero. Su origen puede obedecer a distintos motivos. Uno de ellos es que al llegar la imagen del Nazareno la Plaza Nueva, las imágenes de los santos y la Virgen quedaban apartadas en la iglesia mayor o en el Llano de Palacio de los duques de Medinaceli, fuera del alcance de la vista de los que se congregaban en el lugar, para realizar una representación consistente en la limpieza del rostro por la verónica, y una serie de cortesías por San Juan, la Magdalena y la Virgen; acto que, dada la cercanía que requería entre las imágenes, era difícil de realizar sobre las parihuelas y se facilitaba mediante el uso del correón. Es por ello que en los inventarios de la época se recogen junto a los correones, almohadillas y horquillas. Otro posible uso del correón podría ser para subir las imágenes al interior de las casas, hospitales y conventos.
No obstante, el uso del correón trajo consigo considerables problemas, pues aunque empezó siendo una tradición respetuosa y con mucho fervor, acabó dando lugar a que los hermanos que portaban la imagen tuvieran mal comportamiento, ocasionando probaturas de fuerza y desórdenes. Es por ello que en 1794 se intentó acometer la hechura de tres tronos para los titulares de la Archicofradía nazarena, que finalmente no se llevaría a cabo. Ante estos malos comportamientos en la procesión nazarena y de la Vera Cruz el prelado denunció en 1807 ante la real chancillería de Granada en la que exponía sus quejas al respecto de la celebración de la Semana Santa en los pueblos de Córdoba, y el obispo Trevilla prohibió el uso del correón, además de el pregón de la procesión del Viernes Santo o que se representase en la Plaza Nueva la despedida de Cristo de su Madre.
Será en 1808 cuando un cambio de hermano mayor en la Archicofradía del Viernes Santo propició las negociaciones con el obispo a fin de “llevar la imagen de Nuestro Padre Jesús en hombros”, solicitando “la intervención de la fuerza pública”... “para evitar todo alboroto sobre la llevada a hombros de Nuestro Padre Jesús”.
Finalmente sería prohibido en 1839 el uso del correón, pasando así a la historia y procesionando en adelante el nazareno sobre los hombros de 12 hermanos.