La Serenísima República de Nápoles (1647-1648), fue una república creada en Nápoles algunos meses después de la revuelta popular instigada por Masaniello y Giulio Genoino contra el régimen virreinal español (El primero reiteró su fidelidad a Felipe IV en repetidas ocasiones, pero tras su pronto asesinato la revuelta tomó un carácter netamente antiespañol).

El líder de la república fue el duque de Guisa, descendiente del antiguo rey de Nápoles Renato I el Bueno.

La república tuvo los siguientes nombres oficiales: Serenissima Repubblica di questo regno di Napoli, Reale Repubblica y Serenissima Monarchia repubblicana di Napoli. Todos estos apelativos indicaban la doble naturaleza republicano-monárquica de la República, mientras que el adjetivo de "Serenissima" establecía un paralelismo con la más famosa república italiana, la República de Venecia, también conocida como la Serenissima. El escudo de armas era un escudo rojo con las divisas SPQN, a imitación del conocido SPQR, iniciales de la frase latina Senatus Populusque Romanus (el Senado y el Pueblo Romano). Así, las iniciales napolitanas venían a significar «el Senado y el Pueblo Napolitano». El escudo de armas también contuvo la cresta del duque de Guisa.

Antecedentes: crisis bélica En la primera mitad del siglo , el virreinato de Nápoles se encontraba inmerso en una profunda crisis económica que afectaba a toda Europa. En Nápoles además la situación fue empeorando por un gobierno virreinal poco preocupado por los asuntos locales que se centraba tan solo en ayudar a financiar las guerras en las que España se hallaba inmersa. La economía quedó subordinada a sostener la guerra. La larga guerra de los Treinta Años, las necesidades de financiación de esta, el agotamiento de la Corona de Castilla y la dificultad para aumentar las contribuciones al resto de territorios ibéricos habían llevado al conde-duque de Olivares a cargar en Nápoles y Sicilia gran parte de los costes bélicos. A partir de la entrada en guerra de Francia en 1635, Nápoles fue, tras Castilla, el territorio de la monarquía que más contribuyó a sufragar los gastos militares. La crisis originó amplias revueltas tanto en Nápoles como en Sicilia, a diferencia de los otros territorios italianos de los Austrias (Milán, Cerdeña y los presidios de Toscana), que no se rebelaron durante el siglo.

La crisis social que sufrían los territorios del sur de la península itálica se agudizó en las décadas de 1630 y 1640 por las necesidades bélicas de la monarquía hispánica, sumida en largas guerras a las que se añadieron los levantamientos de Cataluña y Portugal. Las necesidades financieras de la Corona hicieron que aumentase enormemente la deuda pública y la presión fiscal napolitanas. En este, como en otros territorios periféricos de la monarquía, existía una situación de cierta autonomía de los grupos dominantes respecto del poder regio, que les otorgaba a estos la impunidad en sus abusos y el enriquecimiento mediante la recaudación de impuestos a cambio de la satisfacción de las exigencias financieras de la Corona y el mantenimiento de la fidelidad del territorio al rey. El poder dependía del equilibrio entre la tendencia absolutista de la Corona y el poderío de la nobleza. Ambos grupos, sin embargo, se hallaban más estrechamente ligados desde las revueltas de 1585. Los intentos de reforma de la burocracia real habían fracasado en la segunda mitad del siglo y comienzos del . En el reino de Nápoles, la nobleza ostentaba una posición oligárquica tanto en la administración como en el gobierno de la capital. Gracias a que los privilegios de esta clase social no sufrieron en la crisis del reino, la nobleza no participó apenas en las rebeliones de 1647-1648. Los principales protagonistas de esta fueron la burguesía intelectual urbana y la plebe, despreciada por la primera.

El reino, cuya economía dependía de la exportación de materias primas dominadas por comerciantes extranjeros, se caracterizaba por la importancia de los feudos y el gran tamaño de la capital, Nápoles, que antes de la peste de 1656 contaba con unos trescientos mil habitantes y era una de las mayores ciudades de Europa. El resto del territorio era fundamentalmente rural, sin otras grandes urbes. Este contraste dividía el reino en dos sociedades distintas: la capitalina urbana y la del campo. En la vecina Sicilia, donde las revueltas estallaron antes aunque tuvieron menor entidad, existía una tasa de urbanización muy alta y existían dos grandes ciudades, Palermo y Mesina que contaban cada una con unos cien mil habitantes. La primera estaba dominada por la nobleza cerealista, mientras que la segunda lo estaba por la burguesía sedera.

A la depresión económica de principios de siglo se unió la crisis financiera en la década de 1630. En 1636, el reino había sobrepasado su capacidad de endeudamiento; la deuda pública alcanzó los cuarenta millones de ducados. El presupuesto del reino se destinaba casi completamente al pago de la deuda y a los gastos militares, sin que quedasen medios para atender a otras necesidades. Para aumentar los ingresos y tratar de atender las exigencias gubernamentales de contribuciones, se vendió patrimonio real (no solo tierras o rentas, sino también cargos), se incrementaron los impuestos y se solicitaron préstamos. Se dejó incluso de pagar parte de la deuda. Así, y dada la depresión del comercio y las dudas sobre la solvencia del reino para devolver los empréstitos, los banqueros se mostraron reticentes a acordar unos nuevos. Se calcula que, entre 1631 y 1644, el reino aportó a las arcas gubernamentales ochenta millones de ducados. Entre 1622 y 1648, cuando comenzó a ceder la presión fiscal tras las revueltas en el sur de la península italiana, el reino destino a la guerra unos doscientos millones de ducados.

La antigua nobleza y la burguesía ennoblecida aprovecharon los apuros de la Corona para apoderarse de nuevos feudos y acaparar cargos, obteniendo potestades administrativas y judiciales que les permitieron consolidar su poder y, a la vez, suministrar al Gobierno los ingresos que exigía, a costa de aumentar las cargas del campesinado y de las clases populares urbanas. El grupo más afectado por la política virreinal fue, sin embargo, el formado por la pequeña burguesía: artesanos, pequeños comerciantes... La venta de patrimonio real favoreció la feudalización del reino y la recuperación económica de la vieja aristocracia. Pese a los roces entre esta y los nuevos nobles, finalmente estos se asimilaron a las antiguas casas. La nobleza acaparó la administración de justicia y el sistema tributario, y debilitó el gobierno virreinal, sumido en el caos. La Corona perdió el control de los municipios y del campo, que quedó en manos de la nobleza. Los abusos de esta supusieron el detonante de las rebeliones de 1647-1648. Existieron además algunas conjuras nobiliarias apoyadas por Francia contra los Austrias que, sin embargo, contaron con escaso apoyo tanto en la población en general como entre la propia aristocracia, más interesada en implantar un modelo de gobierno que la favoreciese aún más que en cambiar de soberano. La nobleza mantuvo fundamentalmente su apoyo a los Austrias, cuya política en Nápoles les favorecía.

La crisis financiera no solo acreció enormemente la deuda del reino y desvió los capitales a los gastos bélicos, sino que originó además una inflación galopante que afectó en especial a los comestibles y, como consecuencia, perjudicó principalmente a los más pobres. Las medidas del virrey, dictadas por las exigencias de la corte, suscitaron el malestar social. Finalmente, el detonante de la revuelta de Masaniello fue precisamente esta situación, que se había tornado insoportable. Para entonces la ciudad de Nápoles, muy dominada ya por la nobleza, cargaba con el grueso de las contribuciones que, además, soportaban casi totalmente los artesanos, comerciantes y las clases populares mediante los gravámenes de artículos de consumo habitual. Así las cosas, la implantación de una nueva gabela sobre la fruta precipitó el estallido de la rebelión.

Auge y caída de la República thumb|200px|Masaniello es una de las más importantes figuras de la tradición napolitana. Símbolo de la revuelta, la encabezó en realidad apenas unos días, antes de ser asesinado a mediados de julio por una fracción de los insurrectos. La rebelión pasó por varias fases: una primera y breve dominada por Masaniello en la que destacaron reformistas urbanos que habían fracasado en sus aspiraciones década antes; una segunda corporativa y una final independentista y fundamentalmente antifeudal. Los rebeldes, en esta última etapa, trataron de hacer de Nápoles el centro de un movimiento de reforma social y política, opuesto a la nobleza, que tenía por premisa la obtención de la independencia de la Corona.

Masaniello dominó la revuelta apenas unos días de julio (del 7 al 16, día en que fue asesinado). Lo hizo al frente de los grupos más perjudicados por la inflación y de los marginados del poder. La insurrección, sin embargo, unió a una serie de clases y agrupaciones sociales diversas, sin objetivos comunes, lo que la debilitó. Los diversos focos rebeldes no lograron compenetrarse para resistir la reacción de la Corona. En el campo, la rebelión fue fundamentalmente antifeudal y en pro de mayor poder para los municipios, mientras que en la ciudad unió las protestas por la carestía de la vida, con las aspiraciones políticas de mayor igualdad de la pequeña burguesía. Los reformistas y los gremios apoyaron en un principio a Masaniello, pero organizaron luego su asesinato.

Los rebeldes asaltaron el palacio del virrey, que se refugió en el Castelnuovo, quemaron casas de los que creían beneficiados por la crisis y abrieron las cárceles. Para contener la revuelta, el virrey ordenó aumentar el peso del pan y abolir las gabelas creadas tras el reinado de Carlos V. La fracción intelectual de los alzados redactó un documento político, los capítulos de julio, que ampliaban el poder popular, reducían los impuestos y aseguraban la lealtad del territorio a la Corona. Se redactaron el 9 del mes y el virrey los juró el día 13, antes de remitirlos a la corte madrileña. El 16, no obstante, Masaniello fue asesinado; se agudizó la crisis en la capital napolitana y la rebelión se extendió a otras ciudades y territorios del reino. Las aspiraciones de los rebeldes de los distintos sitios eran variopintas y no pudieron unificarse. Los conflictos entre distintos sectores rebeldes fueron continuos. En la capital del reino, los antiguos reformistas, que pretendían reducir el poder de los nobles y la presión fiscal, se hicieron brevemente con la dirección de la rebelión. Enrique de Guisa. Aventurero francés que asumió la dirección de la Serenísima Real República Napolitana, aunque en constante competencia con Gennaro Annese, sin lograr un apoyo decidido de la nobleza, en la que deseaba cimentar su poder autoritario.|miniatura A mediados de agosto, la rebelión se transformó, reforzándose la organización militar, encabezada por Gennaro Annese, hostil a España y partidario de Francia, tratándose de acabar con la especulación e intentándose establecer una alianza entre los sectores populares y parte de la nobleza. El 21 del mes comenzaron los combates entre los rebeldes y los soldados del virrey. Pero los principales combates empezaron el 5 de octubre, entre las fuerzas de la flota de Juan José de Austria, recién llegada para acabar con la rebelión a comienzos mes, y los rebeldes. A mediados de mes, estos abandonaron la lealtad a Felipe IV y solicitaron ayuda a las potencias extranjeras; el 21 Annese fue nombrado generalísimo y el 22 se proclamó la república bajo protección francesa. El Gobierno francés, dominado a la sazón por Mazarino, desconfiaba, empero, de la fracción profrancesa en Nápoles, y únicamente apoyo a los rebeldes como distracción, para desgastar las fuerzas españolas en Italia y debilitar otros frentes.