La Revolución de las Lanzas fue un movimiento armado conducido por Timoteo Aparicio —caudillo del Partido Nacional y exoficial del ejército— que se desarrolló en Uruguay entre 1870 y 1872 y culminó con el primer acuerdo de coparticipación en el poder de los partidos tradicionales. Su nombre, se debe a que fue el último conflicto militar acaecido en Uruguay en el cual se utilizó esta arma, la lanza de tacuara, como arma fundamental para librar las batallas.

Causas Los tiempos de la dictadura de Venancio Flores, desde que llegó al poder en 1865 hasta 1868,fueron tiempos de muertes y persecuciones a los elementos que se los llamaba por entonces, despectivamente, “blanquillos” (del Partido Blanco). En 1868, se produjo el fracasado intento revolucionario de Bernardo Prudencio Berro, conocido como “El día de los Cuchillos Largos”, que trajo como secuela los asesinatos del expresidente y líder del Partido Blanco, el mismo Bernardo Prudencio Berro y del líder del Partido Colorado, Venancio Flores, cometidos ambos, por distintos hombres, un mismo 19 de enero.

Desalojados del poder por la fuerza y mediante la intervención de las armas extranjeras, perseguidos, expuestos a sufrir duras violencias en sus bienes y en sus personas, los blancos emigraron. El litoral argentino —Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos— albergó y dio refugio a cerca de 25.000 orientales que escaparon del régimen dictatorial del Partido Colorado.

En marzo de 1868 fue elegido como VII Presidente Constitucional de la República el General Lorenzo Batlle, quien formó un ministerio en el cual pretendió incluir a todas las tendencias en que se dividía el Partido Colorado. Era el suyo un intento de devolverle la unidad perdida al coloradismo que, por la muerte de Venancio Flores, se había fraccionado en pequeños grupos reunidos en torno a numerosos caudillos locales existentes. Gregorio Suárez, Máximo Pérez, Francisco Caraballo, Nicasio Borges, todos hombres de prensa y dominando cada uno un departamento, hacían ilusoria la autoridad del poder central.

Sea o no cierta la frase que se le atribuye de gobernar: "Con mi partido, y para mi partido",La expresión que se le atribuye al presidente colorado, que gobernaba, cuando estalló la revolución, Lorenzo Batlle, no está documentada, hasta donde se sabe, pero numerosos testigos de su tiempo la citaban y la daban como pronunciada, libro “Orientales tomo I” de Lincoln R. Maiztegui Casas, Pág. 24 es innegable que Lorenzo Batlle no supo o no pudo sustraerse de los exclusivismos de la época y que bajo su gobierno el Partido Blanco siguió siendo objeto de persecuciones, sobre todo en la campaña, donde los jefes políticos, los comandantes militares y los caudillos locales campeaban sin restricción por sus fueros, enarbolando la divisa roja (divisa del Partido Colorado).

Despojados inadecuamente del poder; excluidos sin contemplaciones de los cargos públicos; obligados con riesgo de muerte a exiliarse en la Argentina, los blancos comprendieron que la única forma de volver a su país, no ya a recobrar el poder, sino a reconquistar el derecho de vivir en ella en paz y tranquilidad, era la de la violencia, la del levantamiento armado.

Inicios thumb|left|200px|Timoteo Aparicio. Una vez planteada la eventual contienda, los nacionalistas se dividieron en dos grandes tendencias, vinculándose con sendos caudillos, sobre quién sería la persona idónea para conducir la revuelta. Una de ellas eligió al coronel Timoteo Aparicio, a quien apoyaba principalmente el elemento intelectualista y urbano del Partido Nacional. Dicho coronel, poseía una gran experiencia en el campo de batalla, ya que era un veterano de la Cruzada Libertadora de 1863, donde combatió a Venancio Flores, además de combatir a Fructuoso Rivera en su sublevación de 1836 bajo las filas de Manuel Oribe, entre muchas otras contiendas. Aparicio era partidario de una postura riesgosa y belicista, impulsando una inmediata invasión al país desde Argentina.

La otra gran facción estaba compuesta por los antiguos e históricos líderes blancos, así como de jóvenes tradicionalistas provenientes del medio rural, quienes encontraron en Anacleto Medina a su líder ideal para conducir la complicada y riesgosa empresa que estaban por iniciar. Consciente de ello, Medina, a diferencia de Aparicio, adoptó una postura mucho más cautelosa. Sin embargo experiencia no le faltaba; en un comienzo colorado de los tiempos de las divisas, Medina combatió en las luchas por la independencia de Uruguay, así como en algunos combates por la independencia de Chile, y combatió al lado del prócer oriental José Gervasio Artigas bajo el mando de Francisco Ramírez, cuando poseía buenas relaciones con el Jefe de los Orientales. Se cambió de bando hacia 1858, cuando se manifestó totalmente en contra de la sublevación de aquel año comandada por César Díaz (Hecatombe de Quinteros).

Las circunstancias se mostraban propicias para la revolución. El partido de gobierno estaba en un estado caótico y la autoridad del presidente Batlle tenía efectividad tan sólo en Montevideo; fuera de la capital imperaban los caudillos locales, cada uno dueño y señor de su departamento.

Los preparativos para la revolución, parecían presentar problemas también en el suelo argentino. A fines de 1868 Domingo Faustino Sarmiento fue elegido presidente de Argentina e instauró una política hostil hacia los emigrados uruguayos, no sólo porque le creaban problemas diplomáticos, sino porque temía que dieran apoyo a caudillos levantiscos de Entre Ríos y Corrientes. Entonces la acción conspirativa se centró en Entre Ríos, donde el caudillo federal Justo José de Urquiza se mostraba más tolerante.

Al año siguiente se constituyó en Buenos Aires un Comité de Guerra con la finalidad de obtener recursos para la revolución blanca. Ese Comité, que estaba presidido por Eustaquio Tomé y del cual formaban parte Agustín de Vedia, Francisco García Cortinas, Darío Brito del Pino y Martín Aguirre, no tuvo mayor éxito en sus gestiones pues los hombres que, poseían más dinero negaron a contribuir. Debido a las condiciones económicas adversas que estaba atravesando Uruguay en aquella época (en parte debido al crac bursátil de Londres) los resultados fueron decepcionantes.

Proclama El 4 de marzo de 1870, en la ciudad de Concordia, los conjurados firmaron la llamada Acta de Compromiso, en la que acordaban la iniciación del movimiento armado. En dicha acta se reconocían como jefe y segundo comandante del «Ejército de Reacción» a los coroneles Timoteo Aparicio e Inocencio Benítez. Al otro día, 5 de marzo, cuarenta revolucionarios cruzaron el río Uruguay un poco al sur de la desembocadura del río Arapey; de inmediato Aparicio emitió una proclama que comenzó a circular por todo el país en la que justifica el movimiento y establecía sus objetivos:

En conclusión, la proclama de Timoteo Aparicio, dejaba en claro, los objetivos de su revolución armada; devolver a todos los ciudadanos, sin distinción de partidos, derecho a elegir sus gobernantes en un clima de respeto a las garantías constitucionales. "Cinco años de persecuciones, ostracismos y martirios (…), expoliaciones, asesinatos, privación total de todos los derechos", afirmaba que el objetivo del movimiento no era la toma del poder, sino la creación de garantías políticas para todos los ciudadanos. De esa forma "El país decidirá quién debe gobernar, y con su buen sentido sabrá elegir los que sean aptos por su ilustración y patriotismo. Este ideal de Aparicio recién cobraría realidad en la reforma constitucional de 1918 – 1919, donde se elimina el sistema de elecciones indirectas, que tantos fraudes había causado al sistema electoral uruguayo de la época. La "patriada" no se consideraba obra de los blancos, sino de "Todos los que combaten por una buena causa".

Junto a los soldados iba un núcleo de intelectuales, que redactaban las proclamas (se supone que Timoteo Aparicio era prácticamente analfabeto); tres de ellos llevaban una imprenta portátil con la que editaban panfletos y periódicos revolucionarios; ellos eran Agustín de Vedia, Tomas de Acha y el doctor Francisco Lavandeira.

Acciones bélicas En la madrugada del 5 de marzo, luego de hacer la proclama, los revolucionarios cruzaron el río Uruguay hacia el departamento de Salto. El primer grupo revolucionario formado por Timoteo Aparicio contaba únicamente con 44 hombres, y llevaban un paupérrimo armamento: cinco fusiles, algunas pistolas y lanzas. Anacleto Medina, líder de la otra facción revolucionaria, participó en la rebelión de Ricardo López Jordán y sólo se sumó al movimiento oriental en agosto de 1870. Aparicio y un puñado de hombres mal armados recorrieron el centro del país de oeste a este.

El 10 de agosto, cinco meses más tarde, cruzó el río Uruguay y desembarcó en la playa de la Agraciada el general Anacleto Medina, quien de inmediato unió sus fuerzas con 800 hombres provenientes de San José y 400 de Mercedes. El manifiesto emitido por Medina tenía las mismas características que el de Aparicio, pero insistía más en el carácter nacional, supra partidista, del movimiento:

Con Medina iban algunos destacados jefes blancos, como el general Lesmes de Basterrica y el coronel Federico Aberasturi, ambos supervivientes de la Defensa de Paysandú. Procuraron de inmediato unirse a Aparicio, cuyas fuerzas, entretanto, habían aumentado extraordinariamente. Los antiguos caudillos blancos se levantaron como un solo hombre (lo que no habían hecho para defender al gobierno de Bernardo Prudencio Berro) y engrosaron las filas revolucionarias Ángel y Justino Muniz (el que luego sería acérrimo enemigo de Aparicio Saravia), de Cerro Largo, José María Pampillón, de San José, Juan Blas Coronel y muchos otros. Belisario Estorba, otro de los defensores de Paysandú, se incorporó en julio al frente de un puñado de guerrilleros. Más tarde llegaron Juan P. Salvañach, que tenía 50 carabinas Rémington y 4 piezas de artillería, y José Visillac.

Los hechos de armas se precipitaron. En agosto de 1870 las fuerzas revolucionarias tomaron la ciudad de Mercedes; el 6 de septiembre Timoteo Aparicio sitió la ciudad de Montevideo seis días después (el 12 de septiembre) Anacleto Medina sumó sus 1.400 hombres a las fuerzas de Aparicio, que entonces totalizaron unos 4.000; ese día los rebeldes triunfaron ante Gregorio Suárez en el primer encuentro de la guerra civil, la Batalla de Paso Severino. El 29 de septiembre, en el paraje de Corralito, departamento de Soriano, volvieron a triunfar los blancos sobre el ejército que comandaba Francisco Caraballo, en lo que posteriormente sería nombrado como la Batalla de Corralito. Después de este combate Caraballo y Aparicio tuvieron una entrevista, junto a otros jefes, en la que intentaron un armisticio (“Ahora mismo me arranco esta divisa si es obstáculo para la unión”, dijo el caudillo blanco a su adversario) que no pudo concretarse. Después se incorporaron Agustín de Vedia y Francisco Lavandeira, quienes, con una imprenta, iniciaron la edición de una hoja de propaganda titulada La Revolución.