La conquista de La Palma fue el proceso histórico por el cual la isla de La Palma, en el archipiélago de Canarias ―España―, fue incorporada a la corona de Castilla mediante la toma militar del territorio habitado por los aborígenes benahoaritas. Fue una empresa particular dirigida por el capitán andaluz Alonso Fernández de Lugo con el patrocinio de los Reyes Católicos y se desarrolló entre 1492 y 1493.

Los derechos de conquista pertenecían a la Corona, por lo que la de La Palma se encuadra en la denominada etapa realenga de la conquista de las islas Canarias. Fue la penúltima isla del archipiélago en ser incorporada a Castilla, tras Gran Canaria (1478-1483) y justo antes de Tenerife (1494-1496).

La conquista fue breve, pues duró siete meses desde el primer desembarco hasta la rendición de los últimos focos de resistencia. La rapidez de la campaña se debió principalmente a la existencia de pactos previos de los castellanos con varios bandos aborígenes, que aceptaron convertirse al cristianismo y reconocer la autoridad de los reyes de Castilla. La resistencia aborigen fue escasa y se concentró en el bando de Aceró, cuyo caudillo Tanausú se negó a someterse a los conquistadores. Finalmente su captura por parte de Alonso de Lugo puso fin oficial a la conquista.

La victoria castellana provocó que la isla pasara a ser territorio de realengo bajo la gobernación de Alonso de Lugo, iniciándose su repoblación. Por su parte, la cultura aborigen colapsó y los supervivientes fueron integrándose poco a poco en la nueva sociedad.

Fuentes para su estudio

La isla de La Palma no poseyó una crónica contemporánea de su conquista, si bien el cronista Andrés Bernáldez hace una pequeña alusión a ella en su obra Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel.

La fuente principal para su conocimiento es la obra de Juan de Abréu Galindo Historia de la conquista de las siete islas de Canaria confeccionada en la segunda mitad del . También aparece resumida en la obra Descrittione et historia del regno de l'isole Canaria del ingeniero Leonardo Torriani, y muy brevemente reseñada en Del origen y milagros de la Santa Imagen de nuestra Señora de Candelaria del fraile Alonso de Espinosa.

Los autores a partir del como Tomás Arias Marín de Cubas solo compilan e interpretan las crónicas preexistentes. Un caso diferente es la descripción que hace el licenciado tinerfeño Juan Núñez de la Peña en su Conquista y antigüedades de la isla de la Gran Canaria… publicada en 1676, pues su reseña difiere significativamente de la obra de Abréu.

A partir del con José de Viera y Clavijo comienzan los estudios críticos y la contrastación de los textos clásicos con la documentación de los archivos, que se intensificará ya en el .

En este sentido destacan las investigaciones de historiadores modernos realizadas en los archivos peninsulares, como el de protocolos notariales de Sevilla o el Archivo General de Simancas.

Antecedentes

La isla de La Palma antes de la conquista

thumb|Elementos del mundo material benahoarita.

A la llegada de los conquistadores castellanos La Palma se hallaba habitada por los benahoaritas, un pueblo aborigen cuyos ancestros norteafricanos habían colonizado la isla entre los siglos y , según las estimaciones más recientes.

En el momento final de su cultura en torno al , los benahoaritas se encontraban organizados en una sociedad tribal con varias demarcaciones territoriales diferenciadas, a cuya cabeza se encontraba un caudillo o capitán. Para su subsistencia se dedicaban principalmente a la cría de cabras y ovejas, así como al aprovechamiento de los recursos naturales tanto terrestres como marinos. Habitaban en cuevas naturales y vestían con pieles. Poseían una cultura material basada en los útiles de piedra, madera y hueso, dada la inexistencia de metales en la isla, y una cerámica hecha a mano sin torno. Creían en un Ser Supremo que habitaba en el cielo y en un espíritu o demonio que se les aparecía en forma de perro. También practicaban la adoración a los astros y el culto a los ancestros.

Los guerreros aborígenes y su armamento

Los benahoaritas eran un pueblo relativamente belicoso, pues solían tener enfrentamientos entre sí sobre todo por cuestiones de honor.

Es de destacar la presencia de las mujeres en los conflictos, mencionada por la mayoría de los cronistas. Así, Alonso de Palencia indica que la isla era de difícil asalto no solo por su geografía, sino por «la fortaleza de las mujeres, que se distinguen por su forma maravillosa, por la fortaleza de sus cuerpos y el vigor de sus espíritus». Por su parte, Abréu Galindo dice que los antiguos palmeros «hacían a ellas cabeza de gobierno en la guerra».

La única cifra dada por los historiadores sobre el contingente guerrero de la isla es la aportada por el cronista portugués Gomes Eanes de Zurara para mediados del . Este autor indica que La Palma contaba con quinientos guerreros. Por su parte, un autor tardío como Juan Núñez de la Peña dice que a la arribada de los conquistadores se juntaron «más de cuatro mil naturales» de toda la isla. Sin embargo, esta cifra parece apuntar más al total de la población y no al número de guerreros.

Como armas utilizaban unas lanzas de madera endurecidas al fuego, a las que colocaban un cuerno afilado en el extremo a modo de hierro. Eran asimismo muy hábiles en el lanzamiento de piedras y en esquivar todo tipo de proyectiles. Según Alonso de Palencia, las mujeres llevaban una especie de petos hechos con corteza de árboles.

Primeros contactos con los europeos e intentos previos de ocupación

thumb|Jean IV de Béthencourt intentó sin éxito la conquista de La Palma.

Las islas Canarias, olvidadas tras la caída del imperio romano en el , fueron redescubiertas para el mundo europeo en el por exploradores genoveses. Posteriormente navegantes mallorquines, portugueses, aragoneses y castellanos comenzaron a frecuentar el archipiélago principalmente para capturar esclavos y explotar sus recursos, tales como la sangre de drago, la orchilla o los cueros.

Con el inicio de la conquista de Canarias en 1402 por parte de los franceses no existió un intento serio de ocupar La Palma, limitándose los expedicionarios a explorar superficialmente la isla y a calibrar el potencial militar de los aborígenes. No obstante, hay que indicar que en 1405 el capitán normando Jean IV de Béthencourt invadió la isla y permaneció guerreando contra los aborígenes durante seis semanas, pero finalmente abandonaron la empresa, no sin antes provocar más de cien bajas entre los benahoaritas.

Más tarde, ya en el periodo señorial castellano, el nuevo señor de las islas Hernán Peraza el Viejo envió hacia 1446 o 1447 a su hijo Guillén Peraza con una armada de conquista a La Palma. Los aborígenes se resistieron y lograron vencer a los castellanos, matando al propio Guillén y a unos doscientos de sus hombres.

La Palma: campo de presas y cabalgadas

Tras el fin de la conquista betencuriana y el asentamiento de europeos en las islas de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro, La Palma se convirtió en campo preferente de cabalgadas en busca de esclavos y ganado.

Documentalmente consta el asalto que realizó en algún momento entre 1436 y 1440 Maciot de Béthencourt, pariente y heredero de Jean de Béthencourt, junto con el obispo de Canarias. Este asalto se saldó con la captura de 75 personas.

Posteriormente, fueron los vasallos de la familia Herrera-Peraza avecindados en El Hierro los que frecuentaron la isla en busca de esclavos.

Entre 1442 y 1447 están documentadas además varias expediciones esclavistas llevadas a cabo por portugueses, quienes frecuentaban las islas en su pugna con Castilla por la expansión en el Atlántico. En uno de estos asaltos fue capturada una mujer «de la que decían que era reina de una parte de la isla».

A partir de 1483, con el final de la conquista de Gran Canaria y el asentamiento europeo en la misma, fueron los nuevos colonos quienes llevaron a cabo las cabalgadas en La Palma.

Pactos entre aborígenes y castellanos: los bandos de paces

A pesar de los asaltos esclavistas, los aborígenes de La Palma también tuvieron algunos contactos pacíficos con los castellanos, principalmente con los misioneros del obispado de Canarias. Aunque en la documentación no existen prácticamente datos sobre estas misiones evangelizadoras en la isla, sí consta que ya en 1488 existían algunos grupos benahoaritas que solicitaban ser bautizados. Por ello, los reyes encargaron al custodio de Sevilla fray Antón Cruzado la conversión de los aborígenes, permitiéndole llevar a cabo pactos con dichos bandos.

Estos pactos convertían a los territorios que aceptaban el cristianismo en «bandos de paces», lo que les aseguraba plena libertad ante las cabalgadas. Por su parte, los castellanos obtenían acceso al comercio de recursos como la orchilla y los reyes recibían diezmo de los ganados. Estos pactos tenían protección de la Corona, debiendo ser respetados tanto por las autoridades reales establecidas en Gran Canaria como por los señores de Canarias.

Hacia 1490 el gobernador de Gran Canaria Pedro de Vera firmó paces con algunos bandos de la isla por mediación de Juan Mayor. Posteriormente, el nuevo gobernador Francisco Maldonado y el provisor de Canarias Pedro de Valdés enviaron en la primavera de 1492 a Francisca de Gazmira a La Palma para concertar nuevas paces. Esta logró que cinco caudillos la acompañaran a Gran Canaria, se bautizaran y prometieran sometimiento a los reyes de Castilla. Luego fueron devueltos a la isla, salvo uno que había fallecido.

Los derechos de conquista de La Palma

miniatura|En 1477 los reyes de Castilla Isabel y Fernando asumieron para la Corona la conquista de las islas de Gran Canaria, Tenerife y La Palma.

La isla de La Palma junto con el resto del archipiélago quedó integrada en el señorío de las islas Canarias a finales de 1402 al ser concedidos los derechos de conquista a Jean de Béthencourt por el rey Enrique III de Castilla, previo pleito homenaje del normando.

No obstante, el dominio sobre La Palma por Bethencourt era nominal, y a partir de 1420 los derechos de conquista fueron pasando por diversos dueños por merced real unas veces y por intercambios otras hasta que en 1455 todos quedaron unificados y en poder de Inés Peraza.

Finalmente, la incapacidad de Inés y su marido Diego de Herrera de someter las islas hicieron que los Reyes Católicos asumieran a partir de 1477 los derechos de conquista, previo acuerdo y promesa de indemnización a los señores de Canarias. La renuncia definitiva de Inés a sus derechos tuvo lugar en 1487.

Los reyes se concentraron primeramente en la conquista de Gran Canaria, continuando La Palma como escenario de cabalgadas. No obstante, con el avance de la campaña grancanaria los reyes encomendaron en 1481 la conquista de La Palma al capitán Juan Rejón, quien puso rumbo a la isla con una armada compuesta por cuatro navíos con trescientos peones y veinte jinetes. Sin embargo, Rejón fue asesinado por los vasallos de Hernán Peraza el Mozo durante una escala en La Gomera, por lo que el proyecto palmero se abandonó.

Capitulaciones con Alonso Fernández de Lugo

thumb|El capitán Alonso Fernández de Lugo recibió de los Reyes Católicos el derecho de conquista de La Palma en 1492.

En la primavera de 1492 el capitán Alonso Fernández de Lugo, que había participado activamente en la conquista de Gran Canaria, se presentó en el real de Santa Fe y solicitó de los reyes la merced de la conquista de La Palma, a la que estos accedieron.