El Valle de los Caídos, denominado oficialmente Valle de Cuelgamuros desde 2022, es un conjunto monumental formado por una basílica católica, una abadía y una cruz de 150 m de altura asentada sobre la cumbre de un risco que domina todo el valle circundante; con la peculiaridad de que la basílica es subterránea en su totalidad. Se encuentra situado en el valle de Cuelgamuros de la sierra de Guadarrama, en el municipio de San Lorenzo de El Escorial, Comunidad de Madrid, España, a 9,5 km al norte del monasterio de El Escorial y unos 50 al noroeste de Madrid. Fue construido entre 1940 y 1958 principalmente con mano de obra de presos políticos republicanos, y también trabajadores contratados.

En su diseño participaron los arquitectos Pedro Muguruza y Diego Méndez; las esculturas corresponden a Juan de Ávalos y Taborda, entre otros. Está considerado uno de los mayores exponentes de la arquitectura franquista. La cruz tiene 150 m de altura (con brazos de 24 metros cada uno), coronándose así como la más alta del mundo.

El conjunto sigue perteneciendo a la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, cuya disolución está prevista en el artículo 54 de la Ley de Memoria Democrática. Hasta la publicación del correspondiente Real Decreto (en julio de 2025 aún no había sido aprobado), sus funciones han sido asumidas por Patrimonio Nacional, según lo establecido en la Disposición Transitoria primera de dicha ley. Desde 1990 el número anual de visitantes varía entre ciento cincuenta mil y quinientos mil.

El general Francisco Franco ordenó su construcción en 1940 y que fuesen enterrados allí José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española, y los caídos de la «Gloriosa Cruzada». Poco antes de su inauguración en 1959 fueron llevados allí restos de soldados del bando republicano, por lo que finalmente quedaron enterrados 33 833 combatientes de ambos bandos de la guerra civil española. Los columbarios están detrás de las dos grandes capillas del Santísimo y del Sepulcro (ambas a los lados del crucero) y de las seis laterales de la Virgen ubicadas en la nave. No hay separación por bandos, unos y otros están entremezclados. Con oficialmente restos de personas distintas, y calificada la «mayor fosa común de España», de acuerdo con una fuente del Valle incluida en un artículo publicado en El País en 2008, la exhumación de cadáveres sería imposible dado que estos habrían acabado formando parte de la propia estructura del edificio, al haber sido empleados para rellenar cavidades internas de las criptas, y que, por efecto de la humedad, habrían acabado conformando un «cadáver colectivo indisoluble». Pruebas de CSIC en 2018 así lo confirman.

En 2012 finalizó una restauración parcial. En 2018 las visitas crecieron en un 103 % y alcanzaron más de 4000 por fin de semana con motivo del anuncio de la entonces posible exhumación de Franco. El desenterramiento se llevó a cabo finalmente el 24 de octubre de 2019. Los restos del que fuera jefe del Estado, fueron trasladados al cementerio de Mingorrubio, junto con los de su viuda Carmen Polo, cumpliendo así la voluntad de Franco de ser enterrado junto a su esposa fuera del monumento y una reforma ad hoc de la Ley de Memoria Histórica aprobada en 2018 con la finalidad exclusiva de la exhumación.

También se exhumó en 2023 a José Antonio Primo de Rivera por deseo de su familia, cuyos restos descansan actualmente en el cementerio de San Isidro, junto a sus familiares.

Ubicación miniatura|Panorámica, donde se aprecia el monumento y su entorno. El monumento está situado en el valle de Cuelgamuros, en el extremo sur de la sierra de Guadarrama. Como el resto de la sierra, el entorno del valle está compuesto por grandes formaciones graníticas, y su vegetación predominante son los bosques de coníferas, aunque también destacan los robles, algunos olmos y, entre los arbustos, jaras, romero y tomillo. Está flanqueado por varias colinas y lo surcan algunos arroyos; uno de ellos, el Boquerón Chico, tiene una presa y surte de agua al monasterio.

Está enclavado en el término municipal de San Lorenzo de El Escorial. El recinto, con sus edificaciones, constituye un predio, acotado y tapiado, de 1365 hectáreas, que limita al norte con el municipio de Guadarrama y al sur con el arroyo del Guatel, finca de la Solana y el monte de La Jurisdicción. Discurre al este la carretera de El Escorial a Guadarrama y la finca La Solana, y al oeste los términos municipales de Peguerinos y Santa María de la Alameda. Su altitud está comprendida entre 985 y 1758 metros sobre el nivel del mar; esta última pertenece al Risco de los Abantos.

En el Registro de la Propiedad de mediados del la finca aparece inscrita con el nombre de Pinar de Cuelga Moros, que se convierte en Cuelgamuros en la inscripción registrada en 1875 y en todas las siguientes. Su último propietario antes de la expropiación forzosa por el Estado fue Gabriel Padierna de Villapadierna, marqués de Muñiz. La cuantía de la expropiación, ejecutada por la vía de urgencia, fue de . Su altitud se sitúa entre los 985 y lo sobre el nivel del mar. Esta última cota máxima corresponde al Risco de Abantos, mientras que el Risco de la Nava, sobre la que se levantaría la gran cruz, se sitúa en torno a los . La idea era que el monumento fuera visible desde Madrid en los días claros.

Cuelgamuros se encuentra en la sierra de Guadarrama y está casi equidistante de Madrid (58 km), Ávila (55 km) y Segovia (50 km). Al Valle de los Caídos solamente es posible acceder a través de la carretera M-527.

Historia miniatura|Uno de los dos escudos de los Reyes Católicos modificado por la inclusión de las columnas de Hércules, al igual que en el escudo franquista. Nada más terminar la guerra civil la geografía española se llenó de cruces y de monumentos a los caídos del bando nacional, pero «el proyecto más ambicioso del régimen destinado a conmemorar la Victoria y a honrar a los perecidos franquistas fue, sin ningún asomo de duda, el colosal Valle de los Caídos». Tras su inauguración en 1959 se convirtió en uno de los símbolos del franquismo, con la «clara intención de que el régimen contase con un gran monumento que representase todo aquello en lo que se sustentaba», «un recordatorio de la Victoria y de la sangre derramada por ella». Por otro lado, fue el proyecto personal del Generalísimo Franco.

Antecedentes: el culto franquista a los «caídos por Dios y por España» En la «construcción simbólica» del franquismo, como la ha llamado Zira Box, la guerra de la que había surgido fue el referente inequívoco y en especial «todo lo que tuvo que ver con la retórica y el ritual en torno a los caídos». Una valoración compartida por el historiador Javier Rodrigo para quien «de las políticas enfocadas hacia la articulación y la consecución de un consenso activo en torno al Régimen, a su Caudillo y a los valores que representaba, ninguna tuvo, posiblemente, tanta importancia cotidiana ―al margen de las políticas asistenciales― como el culto a la memoria de los caídos». «En definitiva, el perpetuo recuerdo de sus muertos sería una constante en la dictadura española que se manifestaría a través de las más diversas formas», concluye Zira Box.

En el imaginario franquista, «la sangre vertida por los caídos en la guerra era la siembra cuya cosecha se recogía con la Nueva España de la Victoria». Así lo recordó el propio Franco en un discurso pronunciado en Asturias en 1946: «No hay redención sin sangre, y bendita mil veces la sangre que nos ha traído nuestra redención». Ernesto Giménez Caballero le dijo al general Moscardó en mayo de 1939: «¡Soldados de Franco! ¡Ungidos de gloria y de Imperio! Sólo la muerte heroica se hace vida fecunda. Sólo la sangre mueve la Historia. Sólo los Caídos levantaron hacia arriba a España». Tres días después de acabada la guerra, el Generalísimo Franco declaraba por medio del general Saliquet que «en los momentos en que con la victoria final recogemos los frutos de tanto sacrificio y heroísmo, mi corazón está con los combatientes de España, y mi recuerdo, con los caídos para siempre en su servicio».

En efecto, como ha destacado Zira Box, «la dictadura española no escatimó esfuerzos en otorgar un puesto de honor a quienes habían caído por ella». El país se llenó de monumentos y cruces levantadas en su honor y se celebraron masivos funerales, misas, demostraciones y desfiles en su recuerdo. «Por doquier empiezan a surgir cruces y cruceros en homenaje y recuerdo de los héroes, de los mártires, de los caídos en la Cruzada» y en los muros de las iglesias «se inscriben en torno a los brazos de la cruz los nombres de los muertos en el bando de los vencedores».

La retórica y el ritual franquista en torno a los caídos procedían fundamentalmente de Falange Española, cuyos jóvenes «caídos» fueron progresivamente exaltados y sacralizados ―su líder José Antonio Primo de Rivera insistía continuamente en la idea de la muerte como un acto de servicio y de sacrificio―. En el entierro del «cuarto caído» de Falange a principios e 1934 se inauguró el ritual del grito de «¡Presente!» tras pronunciar el nombre del «camarada» muerto ―un ritual que los falangistas habían tomado de los fascistas italianos―. Al cumplirse el primer aniversario de la fundación de falange el 29 de octubre de 1934 quedó instituida esa fecha como el Día de los Caídos del partido y en todos los funerales por los militantes muertos se leería la Oración por los muertos de Falange compuesta por Rafael Sánchez Mazas. Tras promulgar el general Franco el Decreto de Unificación entre la Falange y la Comunión Tradicionalista en abril de 1937 los caídos ya no lo serían por la «Revolución Nacional-Sindicalista» o por España como se decía en los rituales falangistas o «por Dios» o por España como se decía en los carlistas ―que tenían su propia conmemoración a sus muertos, la Fiesta de los Mártires de la Tradición, creada en 1895 y que se celebraba cada 10 de marzo― sino «por Dios, por España y por su revolución nacionalsindicalista» y más adelante, según la fórmula que se acabó imponiendo: «por Dios y por España».

thumb|Placa conmemorativa de los "Caídos por Dios y por la Patria", «¡Presentes!», encabezada con el nombre de José Antonio Primo de Rivera, «¡Presente!» (Iglesia de San Antonio, Rafelbuñol, provincia de Valencia) Poco después de la promulgación del decreto de 16 de noviembre de 1938 por el que se instituía el 20 de noviembre de cada año como día de luto nacional, en conmemoración de la fecha en que fue fusilado José Antonio Primo de Rivera ―y en el que entre otras medidas conmemorativas, se anunciaba que se erigiría un monumento «de importancia adecuada a los honores propios del conmemorando―, la Junta Política del partido único FET y de las JONS ordenó que todas las iglesias exhibieran en sus muros unas placas conmemorativas con la lista de los «caídos por Dios y por la Patria» de cada localidad encabezadas con el nombre de José Antonio Primo de Rivera. Como ha destacado, Zira Box, «si hubo un caído por excelencia dentro del Nuevo Estado franquista, ese fue sin duda José Antonio».