La fluidez sexual se refiere a uno o más cambios en la sexualidad o identidad sexual (a veces conocida como identidad de orientación sexual). En palabras de la psicóloga Lisa Diamond, a quien se le atribuye el término, se refiere a una «capacidad de cambio dependiente de la situación de las atracciones sexuales propias»que permite a las personas experimentar flexibilidad en el deseo hacia el sexo propio o hacia el otro sexo, tanto a corto como a largo plazo. Para la gran mayoría de personas la orientación sexual es estable e invariable, pero algunos estudios han mostrado que algunas personas pueden experimentar cambios en su orientación sexual, y que esto es ligeramente más probable en el caso de las mujeres que en el de los hombres. A la vez, no hay evidencia científica de que la orientación sexual pueda cambiarse por medio de la psicoterapia. La identidad sexual puede cambiar a lo largo de la vida de una persona y no tiene por qué alinearse con el sexo biológico, la conducta sexual ni la orientación sexual real. Sinclair, Karen, About Whoever: The Social Imprint on Identity and Orientation, NY, 2013
De acuerdo con el consenso científico contemporáneo, la orientación sexual no es una elección. Si bien no existe un consenso sobre las causas exactas de las que depende el desarrollo de la orientación sexual, se han examinado influencias genéticas, hormonales, sociales y culturales. La opinión científica considera que es el resultado de una compleja interacción de influencias genéticas, hormonales y ambientales. Aunque ninguna teoría específica sobre la causa de la orientación sexual ha obtenido apoyo generalizado, la comunidad científica respalda teorías con base biológica. Investigaciones realizadas durante varias décadas han demostrado que la orientación sexual puede ubicarse en cualquier punto de un continuo, desde la atracción exclusiva hacia el sexo opuesto hasta la atracción exclusiva hacia el mismo sexo.
En un estudio longitudinal a gran escala de 2012 se encontró que era más común que la identidad de orientación sexual (esto es, el término o rótulo utilizado por una persona para identificar su estatus sexual: gay, lesbiana, bisexual, heterosexual) se mantuviera estable a lo largo de un período de seis años a que cambiara, y que la estabilidad era mayor entre hombres y entre quienes se identifican como heterosexuales. Si bien es más común la estabilidad que el cambio en la orientación sexual, cambios en la identidad de orientación sexual ocurren y la gran mayoría de las investigaciones sugiere que la sexualidad femenina es más fluida que la masculina. Esto se ha atribuido a diferentes factores, particularmente a una mayor plasticidad erótica de las mujeres (es decir, es el grado en que el deseo sexual puede modificarse por factores culturales o sociales) o a factores socioculturales que socializan a las mujeres para que estén más abiertas a tales cambios. Debido a las diferencias sexuales en la estabilidad de la identidad de orientación sexual, es posible que las sexualidades masculina y femenina no funcionen a través de los mismos mecanismos. Los investigadores continúan analizando la fluidez sexual para determinar mejor su relación con subgrupos de orientación sexual (es decir, bisexuales, lesbianas, gais, etc.).
El uso del término fluidez sexual se ha atribuido a la psicóloga estadounidense Lisa M. Diamond . El término y el concepto han ganado reconocimiento en la psicología académica y en los medios.
Contexto La fluidez sexual se ha definido como una capacidad de variación respecto a qué tanto se responde sexualmente ante otra persona, capacidad debida a influencias situacionales, interpersonales y contextuales. A menudo, la orientación sexual y la identidad sexual no se distinguen, lo que puede afectar a la evaluación precisa de la identidad sexual propia, así como las actitudes respecto a si la orientación sexual puede cambiar o no. El consenso entre la comunidad académica es que la identidad de orientación sexual (es decir, el término que usa una persona para definirse) puede cambiar a lo largo de la vida de una persona y puede coincidir o no con el sexo biológico, el comportamiento sexual o la orientación sexual real. La Asociación Estadounidense de Psiquiatría afirma que la orientación sexual es innata, continua o fija a lo largo de la vida para algunas personas, pero es fluida o cambia con el tiempo para otras.American Psychiatric Association. (2018). Position Statement on Conversion Therapy and LGBTQ Patients. Consultado el 20 de marzo de 2024. Por su parte, la Asociación Estadounidense de Psicología distingue entre orientación sexual (una atracción innata) e identidad de orientación sexual (que puede cambiar en cualquier momento de la vida de una persona). En general, científicos y profesionales de la salud mental no creen que la orientación sexual sea una elección.
De acuerdo con la Asociación Estadounidense de Psicología «la orientación sexual no es una elección que pueda cambiarse a voluntad, y [...] es muy probablemente el resultado de una interacción compleja de factores ambientales, cognitivos y biológicos [...] se forma a una edad temprana. ... [y la evidencia sugiere que] factores biológicos, incluyendo los genéticos o los hormonales innatos, juegan un rol importante en la sexualidad de una persona». Se señala que «la identidad de orientación sexual—no la orientación sexual—parece cambiar a través de la psicoterapia, grupos de apoyo y acontecimientos vitales». Por su parte, la Asociación Estadounidense de Psiquiatría afirma que las personas pueden «tomar conciencia en diferentes momentos de sus vidas de que son heterosexuales, gais, lesbianas o bisexuales» y «se opone a cualquier tratamiento psiquiátrico, tal como la terapia de 'conversión' o 'reparativa', que esté basada en el supuesto de que la homosexualidad per se constituye un trastorno mental, o que esté basada en un supuesto previo según el cual el paciente debería cambiar su orientación homosexual». No obstante, las dos organizaciones académicas fomentan la psicoterapia afirmativa gay, una forma de psicoterapia enfocada en que la persona se sienta cómoda trabajando hacia la autenticidad y la aceptación propia en relación con la orientación sexual, y que no intenta «cambiarlos» a heterosexuales, ni «eliminar o disminuir» los deseos o comportamientos hacia personas del mismo sexo.
En la década de 2000, la psicóloga Lisa M. Diamond y un grupo de investigadores llevaron a cabo un estudio en el que participaron 80 mujeres no heterosexuales a lo largo de varios años. Se descubrió que en este grupo eran comunes cambios en la identidad sexual, si bien por lo general se trataba de cambios entre categorías de identidad adyacentes (p. ej., de ‘lesbiana’ a ‘bisexual' o viceversa). Si bien entre muchas de las mujeres se evidenció algún cambio en sentimientos sexuales autorreportados, fue de magnitud pequeña, con un promedio de apenas un punto en la escala de Kinsey. El rango de atracciones potenciales de estas mujeres se vio limitado por sus orientaciones sexuales, pero la fluidez sexual permitía un movimiento dentro de tal rango.
En su libro Sexual Fluidity, que recibió el Premio al Libro Distinguido sobre Asuntos de Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transgénero en 2009 de la División 44 de la Asociación Estadounidense de Psicología, Diamond discute la sexualidad femenina y sugiere tratar de dejar atrás el lenguaje de «fases» y «negación», argumentando que los rótulos tradicionales para referirse al deseo sexual son inadecuadas. En el caso de unas 100 mujeres no heterosexuales que participaron en su estudio a lo largo de un período de 10 años, el término bisexual no expresaba genuinamente la naturaleza versátil de sus sexualidades. En su libre Diamond hizo un llamado hacia «una comprensión más amplia de la sexualidad entre personas del mismo sexo».
Tras una revisión de la literatura investigativa sobre las identidades sexuales de lesbianas y mujeres bisexuales, Diamond señaló que se encuentra en los estudios «cambios y fluidez en la sexualidad hacia personas del mismo sexo que contradicen modelos convencionales de la orientación sexual como un rasgo fijo y de desarrollo temprano y uniforme». En su opinión, el asunto de la orientación sexual se relaciona más con la sexualidad femenina no heterosexual, arguyendo que «mientras que en los hombres la orientación sexual parece operar como una 'brújula' erótica y estable que confiablemente canaliza la excitación y motivación sexuales hacia un género u otro, en las mujeres la orientación sexual no parece funcionar de tal manera... Como resultado de estos fenómenos, la sexualidad de las mujeres hacia otras mujeres se expresa de manera diferente a la sexualidad de los hombres hacia otros hombres en cada etapa del curso de la vida».
Tipos de fluidez sexual Diamond y cols. han sugerido que es posible que bajo el constructo de fluidez sexual se cubran formas distintas de variabilidad sexual con diferentes orígenes, y que en consecuencia se trata de un fenómeno polifacético que puede adoptar distintas formas y que tiene distintas implicaciones para la experiencia sexual. De esta manera, han propuesto cuatro posibles tipos de fluidez sexual: (1) una capacidad de respuesta erótica general hacia el género menos preferido, (2) una variabilidad situacional en la capacidad de respuesta erótica hacia el género menos preferido, (3) una discrepancia entre el patrón de género de las atracciones sexuales propias y el patrón de género de las parejas sexuales (p. ej., lesbianas autoidentificadas que reportan haber tenido o querer tener sexo con hombres, y mujeres autoidentificadas como heterosexuales que reportan haber tenido o querer tener sexo con mujeres), y (4) una inestabilidad en las atracciones cotidianas a lo largo del tiempo.
Biología y estabilidad La llamada «terapia de conversión» (es decir, intentos psicoterapéuticos de cambiar la orientación sexual de una persona) es rara vez exitosa. En una revisión de la literatura sobre la eficacia de la terapia de reorientación sexual, Maccio (2011) menciona dos estudios que afirman haber convertido con éxito a gais y lesbianas en heterosexuales y cuatro estudios demostrando lo contrario. Maccio intentó resolver el debate utilizando una muestra de participantes que no procedía de organizaciones religiosas. En su estudio participaron 37 exparticipantes de terapias de conversión (62,2% de los cuales eran hombres) de orígenes culturales y religiosos diversos que actual o previamente se identificaban como lesbianas, gais o bisexuales. No se encontraron cambios estadísticamente significativos en términos de orientación sexual antes y después del tratamiento. En sesiones de seguimiento, los escasos cambios en orientación sexual que habían ocurrido tras la terapia no se mantuvieron. Este estudio apoya la idea del origen biológico de la orientación sexual, si bien el hecho de que la muestra haya estado constituida mayoritariamente por hombres confunde los hallazgos.Maccio, E.M. (2011). Self-reported sexual orientation and identity before and after sexual reorientation therapy. Journal of Gay and Lesbian Mental Health, 15. 242-259.