Siete sermones a los muertos (en el original en latín: Septem Sermones ad Mortuos) es una colección de siete textos místicos o «gnósticos» escritos y publicados privadamente por el psiquiatra y psicólogo suizo C. G. Jung en 1916, bajo el subtítulo Atribuidos a Basilides de Alejandría, la ciudad donde Oriente y Occidente se encuentran (en el original en alemán: Die sieben Belehrungen der Toten Geschrieben von Basilides in Alexandria, der Stadt, wo der Osten den Westen berührt).

Jung no se identificó como el autor de la publicación, sino que la atribuyó al maestro religioso gnóstico del cristianismo primitivo, Basilides. Siete sermones forma parte del Libro rojo de Jung y puede describirse como la «síntesis de su revelación».Septem Sermones ad Mortuos Constituye la única parte del material contenido en los manuscritos del Libro rojo que Jung compartió privadamente durante su vida.The Search for Roots C. G. Jung and the Tradition of Gnosis, Alfred Ribi, prólogo de Lance S. Owens (Gnosis Archive Books, 2013); , pp. 14–16. (disponible online) El Libro rojo fue publicado póstumamente en octubre de 2009.C. G. Jung, The Red Book: Liber Novus, ed. Sonu Shamdasani, Norton, 2009 La introducción y las notas al texto de este, a cargo de Sonu Shamdasani, proporcionan documentación primaria hasta entonces inaccesible sobre este importante período de la vida de Jung.

Introducción Para poder llegar a entender la necesidad de escribir el presente texto es preciso conocer los antecedentes en los cuales se sitúa la biografía de su autor, partiendo desde 1913, año en el que se producirá su ruptura con Sigmund Freud, hasta 1916, fecha de elaboración del opúsculo. Tres años en los que se generará una etapa de descubrimiento y transformación personal y en los que correrá parejo la evolución de toda su obra.

El análisis del inconsciente: apunte biográfico Duelo y renacimiento Tras la separación de Freud en 1913 se inició en Jung una época de inseguridad y desorientación interior. Inicialmente focalizado en hallar una nueva actitud frente a sus pacientes, no tardaría en realizar una recapitulación de sí mismo, llegándose a formular la siguiente pregunta: «¿Pero, cuál es, pues, tu mito, el mito en el que tú vives?». Es en este punto donde considera que «había llegado al límite».

Al infructuoso análisis inicial de sus sueños y fantasías diurnas desde una perspectiva psicoanalítica, siguió la aceptación del desconocimiento acerca de lo que hacía y de lo que le sucedía. Así pues, decidió «abandonarse conscientemente a los impulsos del inconsciente». De ello derivó la necesidad del juego, la construcción y edificación infantiles como elementos preliminares en el hallazgo de su propio mito. Salvó la distancia existente entre el adulto y el niño de once años repleto de una vida fecunda que a él le faltaba: el vehículo fue la repetición de sus juegos infantiles rememorados a través de las fantasías emergidas de su inconsciente.

Todo ello continuó teniendo lugar en su vida posterior. Siempre que ésta se quedaba atascada recurría a la pintura o a la escultura como «un rite d`entrée para las ideas y trabajos subsiguientes».Ibídem 207-209.

Hacia otoño de ese mismo año, Jung alude a una transposición de su sintomatología interna de carácter psíquico, hacia afuera, como si se tratara de una realidad concreta. Es entonces cuando tiene varias visiones, la primera estando de viaje llegaría a durar una hora, y que irían repitiéndose a lo largo del tiempo. La conclusión inicial a la que llegaría sería la del inicio de una psicosis. Durante la primavera y principios del verano de 1914 volverían a sucederse episodios similares pero esta vez en forma de tres sueños sucesivos. El carácter de los mismos continuaba siendo de tipo catastrofista. El 1 de agosto estallaría la Primera Guerra Mundial y con ella la confirmación del carácter premonitorio de sus sueños y visiones, arrinconando sus primeras tentativas diagnósticas.

Ante tales circunstancias intentó averiguar qué le sucedía y por qué su propia vida dependía ahora de la colectividad.Ibídem 209-211.

Los arquetipos de lo inconsciente colectivo El carácter de experimento científico implícito en la confrontación con su inconsciente terminó siendo también «un experimento que tuvo lugar en mí». El contenido de dicha experimentación consistía en «traducir mis emociones en imágenes, es decir, hallar aquellas imágenes que se ocultaban tras las emociones». Seguidamente procedía a anotar las fantasías emergidas dando expresión a las condiciones psíquicas implícitas a través de un lenguaje poético, dado que este es el lenguaje de los arquetipos y de lo inconsciente. Es a partir de ahora cuando empezarían a vislumbrarse las esperadas respuestas a las preguntas formuladas en el vacío, y con ello a la edificación de su propio corpus teórico y psicoterapéutico.

El héroe y la sombra Sería el 12 de septiembre de 1913 cuando «me decidí a realizar el primer paso». Tras una primera visión, con alusiones al mito del héroe y del sol, «un drama de muerte y renovación», le siguió seis días después un sueño donde se mostraban el arquetipo de la sombra y nuevamente el arquetipo del héroe, esta vez representado por Sigfrido, al que había que asesinar. Este representaba la voluntad consciente del yo, la imposición heroica de la propia voluntad, sin embargo «había que dar fin a esta identidad con el ideal del héroe; pues existe algo más alto que la voluntad del yo y a lo cual había que someterse». Jung debía sacrificar su ideal y su actitud consciente.Ibídem 213-216.

El viejo sabio, el ánima y el héroe A fin de agilizar su experimento con el inconsciente recurrirá a representarse mentalmente una pendiente con la finalidad de captar mejor sus fantasías y descender a los estratos más profundos de la psique. De ahí surgirá el episodio en donde llega a vislumbrar tres nuevas figuras. Elías, arquetipo del viejo sabio, encarnación del logos, el elemento racional; Salomé, arquetipo del ánima, o arquetipo de lo femenino, representada ciega, encarnación de eros, el elemento erótico; y una serpiente negra, que anunciaba de nuevo el mito del héroe.Ibídem 216-217.

Filemón Finalmente, y desde esta misma tríada, emergerá una nueva figura derivada del arquetipo del viejo sabio a la que llamará Filemón, describiéndola como «un pagano que aportaba una influencia egipcio-helenística con matiz gnóstico», «un gurú», «un espíritu», «un maestro del alma».

Será Filemón la figura deseada por Jung en esos momentos de confusión, «una sabiduría y un poder supremos que me desenmarañasen las espontáneas creaciones de mi fantasía». Quién, por un lado, comience a representar la motivación subyacente en la elaboración de los Septem Sermones, y quien, por otro, de lugar a una recapitulación teórica y a una validación en la existencia autónoma de los arquetipos, más allá de los complejos, extendiendo «ad infinítum» la conceptualización limitante del inconsciente freudiano.

Ka Posteriormente, Filemón quedaría condicionado a otra figura que entraría en escena y a la que Jung asociaría con el ka egipcio. Con el tiempo lograría integrar ambas figuras gracias a la alquimia. Filemón representaba lo espiritual, el sentido; ka, un espíritu de la naturaleza, una especie de demonio terrestre o metálico.Ibídem 220.

La ambivalencia del ánima Ante la disyuntiva proveniente entre si lo que estaba experimentando era arte y no ciencia, logró afrontar y aprehender nuevamente al ambivalente arquetipo del ánima, el alma en el sentido primitivo, o lo femenino en lo inconsciente colectivo de un hombre (a lo masculino en lo inconsciente colectivo de una mujer lo denominó ánimus).

Inicialmente impresionado por el aspecto negativo del ánima, llegaría a describirle a partir de su capacidad para «generar timidez ante su presencia», por su «influencia funesta sobre los hombres», por su «carácter persuasivo e insinuativo», por la «fuerza tentadora y astucia profunda en lo que expresa», por su «doblez, altavoz del inconsciente, capacidad de aniquilación sobre un hombre». Todo ello, sin embargo, permitió a Jung comprender lo decisiva que era en último término la consciencia a la hora de equilibrar las manifestaciones arquetípicas del inconsciente, recordando que el orden de importancia no radicaba en ningún sistema preferente sino en una articulación de opuestos psíquicos que se presentaba en forma de conflictos, compensaciones y complementariedades. El fin último debía consistir en apropiarse de una totalidad integradora desde una inmadura unilateralidad disociativa. Como paso previo al establecimiento de una comunicación con el inconsciente, y a fin de no vernos a merced del arquetipo, era ineludible poder llegar a diferenciar entre la consciencia y el contenido del inconsciente. Ello se lograba aislando a este último a través de un proceso de personificación.

Pero el ánima tiene también su aspecto positivo dado que «es la que facilita a la consciencia las imágenes del inconsciente».

Individuación: meta vital y terapéutica Contenido en el proceso biográfico relatado por Jung en sus memorias se deduce una interrelación recíproca entre sujeto y objeto, redescubriéndose un conocimiento que se autovalida a su vez en el propio experimentador. El ser humano como microcosmos del macrocosmos.

La psicología analítica creada por Jung parte de una estructuración psíquica constituida por lo inconsciente colectivo en la psique de cada individuo, de tal modo que la consciencia centralizada en el yo ya no establecerá relaciones exclusivas de reciprocidad a nivel de los complejos de lo inconsciente personal, sino que habrá de vérselas a su vez con los constituyentes transpersonales de lo inconsciente colectivo: los arquetipos.

Al proceso de interrelación consciencia-inconsciente colectivo a lo largo de la biografía del individuo lo denominó Jung proceso de individuación. En cada momento de dicho proceso vital va emergiendo paulatinamente el carácter del individuo o individualidad psíquica, personificada a través del arquetipo del sí-mismo, yo nuclear tanto de lo consciente como de lo inconsciente colectivo, a diferencia del yo nominativo, sujeto unilateral de la consciencia.

La finalidad última de la psicología de los complejos va a situarse por lo tanto en el despliegue de dicho arquetipo central a lo largo y ancho de la ininterrumpida corriente sobre la que navega «aquel proceso que engendra un individuo psicológico, es decir, una unidad aparte, indivisible, un Todo», en la constitución, diferenciación y consciencia relativa de los arquetipos, un diálogo en definitiva entre consciente e inconsciente.

Tres serán las vías que propicien el proceso de «llegar a ser un individuo», «llegar a ser uno mismo»: El desarrollo vital ineludible. La interpretación de los sueños. Y la imaginación activa, o método desarrollado por Jung para establecer un diálogo activo en estado de vigilia con lo inconsciente. Estando relajado, como en trance, se centra la atención en una imagen (proveniente de un sueño, por ejemplo), interrogándola acerca de su origen, significado, etc., como si se tratara de otra persona.

Schwarzes Buch y Rotes Buch

thumb|Los Siete sermones tuvieron su origen en 1916 en los Libros negros, posteriormente Jung los extrajo y publicó independientemente como un opúsculo el mismo año; tras su fallecimiento fueron incluidos como el último apéndice de su autobiografía en 1962. Y finalmente aparecieron transcritos en la sección «Escrutinios» del Libro rojo que se editó póstumamente en 2009. Las fantasías que por entonces se le presentaban a Jung las escribía primeramente en el Schwarzes Buch (Libros negros) y posteriormente las transcribía al Rotes Buch (Libro rojo), ampliado con ilustraciones, una de ellas la del propio Filemón.