thumb|Dibujo alegórico de Tomás Padró publicado en La Flaca el 6 de marzo de 1873 que representa, elevada sobre un pedestal con la fecha del 11 de febrero de 1873, a la República recién proclamada como una matrona vestida con túnica clásica y el gorro frigio de la libertad. Levanta en su mano izquierda la balanza de la justicia y en la derecha sostiene las tablas de la ley en las que aparece el acrónimo «R. F.» rodeado de una corona de laurel. Junta a ella el gallo que representa la tradición republicana francesa y el triángulo de la equidad con el lema «Libertad, Igualdad, Fraternidad». En los laterales y al fondo fondo se pueden observar varios elementos que representan el progreso, la ciencia, las artes, el comercio y el trabajo. En el cielo se dibuja la bandera de España en forma de arco iris.

La proclamación de la Primera República española tuvo lugar el 11 de febrero de 1873 tras la abdicación el día anterior de AmadeoI. Ante el vacío de poder creado por la renuncia del rey a la Corona el Congreso de los Diputados y el Senado, reunidos conjuntamente y constituidos como Asamblea Nacional, decidieron proclamar la República, gracias a que los diputados del monárquico Partido Demócrata-Radical que ostentaba una amplia mayoría se sumaron a la propuesta del Partido Republicano Democrático Federal que sólo contaba con 77 diputados. Fue aprobada por 258 votos y 32 en contra, pero sin definirla como unitaria o como federal, postergando la decisión a las futuras Cortes Constituyentes.

Coincidiendo con otros historiadores, Manuel Suárez Cortina ha señalado que «la república llegó más por el agotamiento de la monarquía que por la propia fuerza política de los republicanos». Así lo reconoció el republicano Emilio Castelar en el discurso que pronunció en las Cortes el mismo día 11 de febrero: «El Partido Republicano no reivindica la gloria que sería para él de haber destruido la Monarquía. Nadie ha destruido la Monarquía en España; nadie la ha matado. La Monarquía ha muerto por una descomposición interior». El también republicano Francisco Pi y Margall escribió: «La República vino por donde menos esperábamos». Por su parte la historiadora Ester García Moscardó ha indicado que, tras «el fracaso de la vía monárquica de democratización del sistema liberal» y «sin alternativa viable al trono en aquel momento, la república se presentaba como una solución de compromiso para la salvaguarda de los principios revolucionarios de 1868».

Antecedentes: el fracaso de la monarquía de AmadeoI

En junio de 1872 el rey AmadeoI encargó la formación de gobierno al líder del Partido Demócrata-Radical Manuel Ruiz Zorrilla, pero este puso como condición la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones, a pesar de que las últimas se habían celebrado hacía solo dos meses —lo que podía contravenir el artículo 43 de la Constitución española de 1869 que establecía que «las Cortes estarán reunidas a lo menos cuatro meses cada año»—. El rey aceptó y los conservadores del Partido Constitucional, el otro gran partido de la Monarquía de AmadeoI, reaccionaron denunciando «el golpe de Estado inaudito y desvergonzado» que, según ellos, se había producido.

thumb|left|«El entusiasmo, inmenso; la muchedumbre, indescriptible», caricatura de AmadeoI en la revista Gil Blas, obra de Pellicer y publicada el 4 de agosto de 1872. El rey saluda extendiendo el brazo derecho con el sobrero en la mano, pero como está de espaldas se comprueba que ante él no hay nadie, tan sólo su sombra proyectada en el vacío.

La convocatoria de elecciones, que se celebrarían en agosto, abrió un arduo debate en el seno del Partido Constitucional entre los partidarios y los detractores de participar en ellas. Aunque al final la junta del partido decidió el 5 de julio la participación la resolución fue acogida con poco entusiasmo por los comités locales, por lo que, seguros de su derrota dada la «influencia moral» del gobierno en las mismas, el partido Constitucional presentó muy pocos candidatos y en la mitad de las provincias no presentó ninguno. El retraimiento, según Ángel Bahamonde, constituyó «una peligrosa actitud que ponía en cuestión no ya las mismas elecciones, sino el sistema en su conjunto», a lo que se unía el hecho de que el propio líder del Partido Constitucional, el general Serrano, tampoco se presentó por lo que no podría suceder a Ruiz Zorrilla en el Gobierno según las prácticas parlamentarias al uso. La sensación de soledad del rey, que ya solo contaba con el apoyo de los radicales de Ruiz Zorrilla, se vio acentuada por el atentado que sufrió en la calle del Arenal de Madrid el 18 de julio junto a su esposa, que, aunque lograron salvar la vida, le dejó muy impresionado.

Las elecciones celebradas el 24 de agosto de 1872, tal como se esperaba, dieron la victoria a los candidatos del Partido Radical —274 diputados, frente a 77 republicanos, catorce constitucionalistas y nueve moderados—, aunque más de la mitad de los electores no fueron a votar a causa del «retraimiento» del Partido Constitucional, de la campaña abstencionista de los carlistas (que ya habían iniciado su levantamiento) y de los republicanos «intransigentes» y del desinterés general (dada la falta de cultura política entre una población mayoritariamente analfabeta).

thumb|Manuel Ruiz Zorrilla.

Sin embargo, el gobierno radical de Ruiz Zorrilla, a pesar de la amplia mayoría con que contaba en las Cortes, no pudo sacar adelante su anunciado programa de reformas, excepto la nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal aprobada el 22 de diciembre y que reguló el juicio oral y el jurado. No consiguió que se aprobara la que posiblemente era su medida más ambiciosa: la abolición inmediata de la esclavitud en Puerto Rico, acompañada de la aplicación del régimen provincial a la isla y la separación de la autoridad política de la militar. Dos ministros dimitieron en desacuerdo con la propuesta y los constitucionales también se opusieron, pero como solo contaban con catorce diputados, el peso de la campaña en contra del proyecto de ley lo llevaron los Centros Hispano Ultramarinos, que agrupaban a los comerciantes y hombres de negocios con intereses en las plantaciones esclavistas en Cuba y en Puerto Rico y en el tráfico de esclavos. Estos centros, que habían conseguido la adhesión de los partidos conservadores y formado una Liga Nacional, llegaron a presionar al rey AmadeoI para que no firmara los decretos que le presentara el gobierno sobre reformas del régimen colonial. De entrada ya habían conseguido que el Gobierno descartara el proyecto inicial de abolir la esclavitud en todas las Antillas y que quedara restringido a Puerto Rico, donde había unos 30 000 esclavos, dejando fuera Cuba, cuya población esclava era diez veces mayor.

Tampoco pudo cumplir la promesa de suprimir las quintas debido al recrudecimiento de la guerra carlista y de la de Cuba lo que obligó al gobierno a llamar a nuevos reemplazos de reclutas, produciéndose algaradas de protesta en muchas localidades encabezadas por los republicanos federales «intransigentes» —el levantamiento más grave tuvo lugar el 11 de octubre en Ferrol, protagonizado por los trabajadores del Arsenal, que fracasó al no encontrar apoyos en la ciudad, ni ser secundado en otros lugares y que fue condenado con dureza por Pi y Margall—.

Ante la «la situación extremadamente inestable y conflictiva» del país Ruiz Zorrilla intentó restablecer las relaciones con el Partido Constitucional, pero se encontró con la oposición de los diputados de su partido de procedencia demócrata, los antiguos cimbrios, liderados por el presidente del Congreso Nicolás María Rivero y por dos de sus ministros, Cristino Martos y José Echegaray. Esta división en el partido radical alentó a los republicanos federales «benevolentes» a proseguir en su estrategia de atraerlos a su campo y conseguir una mayoría en el parlamento para poner fin a la monarquía y proclamar la República. De hecho hubo contactos secretos de los republicanos federales Castelar y Figueras con los líderes de los cimbrios y «a finales de año existía un proyecto conspirativo que tenía el apoyo de varios generales del ejército».

La abdicación de Amadeo I thumb|Retrato del rey AmadeoI de España, por Carlos Luis de Ribera y Fieve (Banco de España).

El 29 de enero de 1873 los radicales más extremistas tomaron como pretexto un supuesto desaire del rey a las Cortes —al haber aplazado un día el bautismo del heredero al trono que acababa de nacer a causa de que el parto había sido difícil, mientras el gobierno y los presidentes del Congreso y del Senado, vestidos de gala para la ocasión, esperaban en una antesala del palacio— junto con el rumor de que el rey pretendía destituir al gobierno y sustituirlo por otro del partido constitucional —se sabía que el rey se había entrevistado con el general Serrano en Palacio para que asistiera al bautismo del príncipe, aunque tras consultar con la junta directiva de su partido, había declinado la invitación alegando motivos de salud para no dar a entender que aflojaban en su oposición al gobierno radical—, y propusieron en las Cortes que se declarasen en sesión permanente, en Convención, que solo la rápida llegada del Gobierno logró atajar. Sin embargo, la Cámara declaró sin más estar «enterada» del nacimiento del infante y no hubo ningún tipo de celebración ni discursos. El rey le comunicó a Ruiz Zorrilla su disgusto por la actitud de las Cortes y que no estaba «dispuesto a sufrir imposiciones de nadie» y que se hallaba «preparado para proceder según lo aconsejaran las circunstancias». AmadeoI escribió a su padre a principios de febrero que se estaba planteando abdicar porque:

Un conflicto mucho más grave, que sería el definitivo en el enfrentamiento del gobierno y de las Cortes con el rey, fue el provocado por la propuesta de disolución del arma de artillería. Ese mismo mes de enero de 1873 los oficiales de artillería habían desafiado al gobierno amenazando con dimitir si éste mantenía como capitán general de las Vascongadas al general Hidalgo, al que acusaban de ser responsable de las muerte de compañeros suyos en la abortada sublevación del cuartel de San Gil de junio de 1866. La respuesta del gobierno, con el apoyo de las Cortes, fue reafirmar la supremacía del poder civil sobre el ejército manteniendo el nombramiento y procediendo a reorganizar el arma, por lo que los oficiales cumplieron su promesa y dimitieron en bloque. El 6 de febrero una delegación de los artilleros dimitidos se entrevistó con el rey para pedir su intervención en el conflicto y ofreciéndose para apoyar un golpe de fuerza que disolviera las Cortes y suspendiera por algún tiempo las garantías constitucionales hasta preparar nuevas elecciones para unas nuevas Cortes que aprobaran más prerrogativas para la Corona. El rey rechazó la propuesta del golpe de fuerza, pero prometió que se opondría a la reorganización del arma de artillería que preparaba el gobierno.

thumb|Caricatura de José Luis Pellicer titulada «El misterio radical: PADRE, HIJO Y ESPIRITU SANTO» publicada en Gil Blas el 29 de septiembre de 1872. Aparecen Nicolás María Rivero («el PADRE»), presidente del Congreso de los Diputados (a la izquierda); Manuel Ruiz Zorrilla («el HIJO»), presidente del Gobierno (a la derecha); y Cristino Martos («el ESPIRITU SANTO»), ministro de Estado (arriba con forma de paloma).