La batalla de Navarino fue una batalla naval librada en 1827, durante la guerra de independencia de Grecia, en Navarino (hoy Pilos). Combatieron las flotas otomana y egipcia contra las flotas combinadas británica, francesa y rusa, siendo el triunfo de esta última alianza. La derrota otomana motivó la retirada de la flota, aunque no de las tropas de tierra, que permanecieron en la península en la región hasta el fin de la expedición francesa de Morea. Los combates entre griegos y otomanos continuaron, pero estos perdieron el apoyo logístico de la Armada.
Al frente de la flota británica se encontraba el vicealmirante sir Edward Codrington, que debía mediar entre los independentistas griegos y sus gobernantes turcos. Codrington se adentró en la bahía para impedir que zarpara la flota de Ibrahim bajá, el hijo del bajá egipcio Mehmet Alí. Ambos países no estaban en guerra, pero el marino británico estaba dispuesto a emplear la fuerza. La flota del Imperio otomano (al mando de Ibrahim, pero comandada por Amir Tahir Pasha, almirante del sultán Mahmud II y compuesta por tres navíos de línea, diecinueve fragatas y numerosas embarcaciones de pequeño tamaño) estaba anclada formando un semicírculo para que las embarcaciones se protegiesen mutuamente y poder hacer converger el fuego de sus cañones. Codrington comenzó a fondear su flota (compuesta por once navíos de línea y once fragatas) en el interior de esta formación a las dos de la tarde. La batalla se inició hacia las dos y media, después de que una nave turca abriera fuego contra una embarcación británica y causara la muerte de parte de su tripulación. En esos momentos, aún no habían fondeado las escuadras francesa ni rusa.
Las naves británicas, a pesar de ser menos numerosas y hallarse en una posición táctica desventajosa, fueron capaces de derrotar a sus enemigas debido a su potencia de fuego y superior organización y cubrieron la llegada de sus aliados. Al cabo de cuatro horas, las dos flotas otomanas habían sido aniquiladas. A la mañana siguiente, todos sus grandes buques de guerra estaban hundidos, en llamas o dañados sin posibilidad de reparación. La flota turco-egipcia perdió al menos cuatro mil hombres. Las bajas de los aliados europeos fueron de 174 muertos y 475 heridos.
Ibrahim bajá accedió a evacuar Grecia, con lo que prácticamente concluyó la Guerra de independencia griega. No obstante, la victoria no se recibió con agrado en Gran Bretaña. El primer ministro británico Arthur Wellesley, duque de Wellington, que temía un ataque ruso a Turquía, calificó esta batalla de «acontecimiento desfavorable» y destituyó a Codrington.
El combate de Navarino constituye un acontecimiento fundamental de la historia contemporánea de Grecia y fue uno de los momentos más gloriosos para la Armada rusa. La participación en la batalla de Rusia desencadenó a su vez la guerra ruso-turca de 1828-1829.
Circunstancias
La guerra de independencia griega En 1821, los griegos se habían alzado contra la Administración otomana. Al principio habían logrado numerosas victorias y proclamaron la independencia en enero de 1822. Las victorias griegas habían sido efímeras, sin embargo, en parte porque los insurgentes se habían dividido pronto en facciones rivales, que se enfrentaron en dos guerras civiles. El sultán Mahmut II había solicitado la ayuda de su vasallo egipcio Mehmet Alí, que, en 1824, había despachado a Grecia a su hijo Ibrahim bajá con una flota con ocho mil hombres, a los que luego se unieron otros veinticinco mil. La intervención de Ibrahim resultó decisiva: los otomanos dominaban de nuevo el Peloponeso en 1825; la fortaleza de Mesolongi cayó en su poder en 1826 y retomaron Atenas en 1827. Los griegos no controlaban ya más que Nauplia, Hidra, Spetses y Egina. izquierda|miniaturadeimagen|El juramento de Aghia Lavra. Este cuadro de Theodoros Vryzakis (1865) conmemora el alzamiento del 25 de marzo de 1821. Óleo sobre lienzo, Galería Nacional de Arte y Museo Alexandros Soutzos, Atenas. La actitud de las potencias europeas era entonces ambigua, como la de sus representantes en el Levante. El alzamiento griego, considerado liberal y nacional, no convenía a la Austria de Metternich, principal artífice de la política de la Santa Alianza. No obstante, Rusia, otro gendarme reaccionario de la Europa del momento, favorecía la insurrección por solidaridad religiosa ortodoxa y por interés geoestratégico (con el afán de obtener el dominio de los estrechos de los Dardanelos y del Bósforo). La Francia de Carlos X, otro miembro activo de la Santa Alianza (acababa de intervenir en España contra los liberales), mantenía una posición equívoca: los griegos, en efecto liberales, eran primeramente cristianos y su alzamiento contra los otomanos musulmanes podía entenderse como una nueva cruzada. El Reino Unido, país liberal, se interesaba sobre todo por la situación de la región debido a su relación con la ruta de la India, y por esta deseaba ejercer un cierto control en ella.
No obstante, ciudadanos de los diferentes países europeos combatían en Grecia junto a los insurgentes. Entre estos filohelenos, se encontraban militares franceses como el coronel Fabvier o marinos británicos como Frank Abney Hastings o Thomas Cochrane. Asimismo, el almirante británico Edward Codrington y el francés Henri de Rigny, que mandaban las flotas de sus respectivos países en la región, no eran desfavorables a la causa griega. A menudo, infringían levemente la neutralidad que les imponían sus Gobiernos para sostener a los griegos. Se justificaban arguyendo que la misma política de sus Gobiernos hacia la contienda era ambigua.
El Tratado de Londres
miniaturadeimagen|George Canning, primer ministro del Reino Unido. La matanza de Quíos, la muerte de lord Byron y la caída de Mesolongi habían emocionado suficientemente a las opiniones públicas occidentales como para que los Ejecutivos se inquietaran y realizasen para empezar acciones diplomáticas.G. J. Bass, op. cit., p. 110-122. Además, desde el mes de agosto de 1824, el Ejecutivo griego había pedido al Reino Unido que interviniese para detener las hostilidades. El 4 de abril de 1826, Wellington, en San Petersburgo, firmó un protocolo anglo-ruso que preveía mediar entre griegos y otomanos con el fin de regular el conflicto. Este acuerdo, sin cláusulas militares, no tuvo consecuencias prácticas en la guerra. Sirvió, no obstante, al primer ministro británico, George Canning, como documento de base para las negociaciones siguientes con los demás países europeos. Los franceses estaban dispuestos a aceptarlo siempre y cuando los austríacos y los prusianos lo aceptasen también. Además, los rusos querían un acuerdo que fuese más allá de la mera amenaza de retirar los embajadores de Constantinopla y que incluyese la posibilidad de emprender una intervención militar.
Las negociaciones dieron fruto en julio de 1827. Francia, el Reino Unido y Rusia firmaron el 6 de julio en Londres el Tratado de Londres. El texto oficial era prácticamente equivalente al protocolo de San Petersburgo. No obstante, en el trato se incluyeron sanciones, en una cláusula secreta que desvelo una semana más tarde el Times. Esta cláusula preveía que, en caso de rechazo del Imperio otomano, las potencias reconocerían de hecho a Grecia enviando cónsules y se interpondrían entre los beligerantes.
Desde el 9 de junio de 1827, el Imperio otomano había hecho saber que rechazaría toda tentativa de mediación y armisticio presente o futuro. El Tratado de Londres no cambió nada. Además, las flotas francesa y británica presentes en el Mediterráneo oriental no eran suficientemente fuertes para impresionar a la Sublime Puerta e impelirla a aceptar los términos del tratado. El 16 de agosto, el texto de este fue presentado oficialmente al Reis-Effendi, el ministro de Asuntos Exteriores otomano. El 30 de agosto, este negó haber recibido ningún documento. En cambio, informado el 2 de septiembre, el Ejecutivo griego aceptó el armisticio al día siguiente, a pesar de las reticencias de sus jefes, los filohelenos Richard Church y Thomas Cochrane, que acababan de emprender una operación conjunta terrestre y naval.
La ambigüedad de las órdenes a los almirantes izquierda|miniaturadeimagen|Edward Codrington, el contraalmirante británico al mando de la flota del Mediterráneo oriental. Las flota británica, mandada por el contraalmirante Edward Codrington, y francesa, con el almirante Henri de Rigny al frente, patrullaban las aguas del Mediterráneo oriental desde hacía años para luchar contra la piratería. Las órdenes poco precisas que habían recibido sobre la actitud que debían adoptar en la situación creada por la guerra de independencia griega dejaban cierta autonomía a los almirantes.
Cuando regresó a su puesto en febrero de 1826, Codrington heredó las órdenes de su predecesor, sir Harry Burrard-Neale: mantener la seguridad de los súbditos británicos y de la República de Islas Jónicas, protectorado británico. Tenía que también pedir a Ibrahim bajá que renunciase a su proyecto de «barbarización» de Morea y, en caso de que rechazase hacerlo, informar al soberano británico. Este proyecto de «barbarización» era un rumor persistente, propagado principalmente por Dorothea von Benckendorff, la esposa del embajador de Rusia en Londres, el príncipe de Lieven. Este rumor debió de ser una maniobra diplomático-política con el fin de fomentar el filohelenismo en Europa. Se acusaba a Ibrahim bajá de querer reducir a la totalidad de la población griega del Peloponeso a la esclavitud, de planear deportarla a sus tierras egipcias para reemplazarla por musulmanes norteafricanos. Aunque Ibrahim bajá desmintió siempre ese rumor, perduró sin embargo mucho tiempo, incluso después de la batalla de Navarino.
La escuadra rusa que debía interponerse entre griegos y otomanos comenzó a reunirse en Kronstadt un mes antes de que se firmase el Tratado de Londres. El zar Nicolás I, cuando la pasó revista el 10 de junio, declaró que «en caso de operaciones militares, el enemigo [sería] tratado a la rusa». La orden era así más clara. miniaturadeimagen|Henri de Rigny, el almirante francés al mando de la flota francesa destacada en el Mediterráneo oriental, pintado por François-Gabriel Lépaulle, 1836. Las instrucciones dadas a los almirantes francés, británico y ruso por sus Gobiernos respectivos figuraban en los anexos D y F del Tratado de Londres. La hipótesis que se asumía era que los otomanos rechazarían la propuesta de armisticio y de mediación, mientras que los griegos (que la habían solicitado) la aceptarían. Los almirantes deberían entonces «tomar las medidas más eficaces y más expeditivas para poner fin a las hostilidades y al derramamiento de sangre», «utilizar todos los medios […] para obtener un armisticio inmediato» y organizar escuadras encargadas de impedir que cualquier refuerzo turco o egipcio alcanzase Grecia. No obstante, la violencia debía reservarse como último recurso, para el caso de que los otomanos persistiesen en intentar forzar el bloqueo. Para todos los casos no previstos en las instrucciones, los almirantes contaban con permiso para actuar como considerasen oportuno.