Montserrat Ordóñez Vilá (Barcelona, 11 de noviembre de 1941-Bogotá, 21 de enero de 2001) fue una escritora feminista, crítica literaria, investigadora, editora, traductora y docente de literatura.
Su extensa producción crítica le permitió posicionarse como una de las figuras más importantes de Colombia y Latinoamérica a finales del .
Su línea de pensamiento es asociada a obras modernistas como La vorágine de José Eustasio Rivera y a autoras latinoamericanas como Soledad Acosta de Samper. Gran parte de su trabajo como crítica y editora gira en torno a la tradición literaria y se orienta, fundamentalmente, con enfoques feministas a la marginalidad del papel de la mujer.
Biografía Sus padres se conocieron durante la Guerra civil (1936 - 1939) en Barcelona. Su padre, colombiano, odontólogo de la Universidad Nacional, viajó a Barcelona mucho tiempo antes con su familia y empezó a trabajar allí en 1918. Su madre, catalana, nació y creció en una “masía”, la tradicional casa de campo, junto a la montaña de Queralt, y se mudaría con una hermana a la ciudad. Del matrimonio nació Montserrat y su hermano, dos años menor.
Su padre era un bon vivant, degustaba de las mujeres, la comida y la bebida. Su mamá era una mujer bella e inteligente, que no se le escapaba nada, era cálida y muy maternal.
Tras hacer insostenible su vida en España, en 1956 viajan a Colombia y se instalan en la ciudad de Bucaramanga.
Infancia A temprana edad comenzó a hablar y con un vocabulario que sorprendía a los adultos, además, sus primeros pasos los dio con autonomía. No le gustaba que la acosaran. De allí nace el respeto por su propio ritmo y también el entusiasmo y curiosidad que la acompañaron el resto de su vida. Desde pequeña se integró en el mundo adulto con facilidad pues con mucha propiedad opinaba sobre todo. Los amigos de su padre veían en Montserrat una excelente gracia y buena compañía. A lo mejor se debía a que fue la primera hija de un padre de más de cuarenta años, con un grupo de amigos mayores, muchos sin hijos.
La lectura fue siempre una actividad natural en su vida, y fue su descanso y refugio, no solo su trabajo. Desde pequeña, gracias a que contaba con una gran biblioteca, leía siempre todos los libros que había en su casa, sin mayor censura por parte de los papás. Mucha poesía, colecciones completas de Espasa-Calpe y Aguilar. Pérez Galdós, Unamuno, Valle-Inclán, Blasco Ibáñez, Pereda, Casona, Palacio Valdés, Martínez Sierra. Su papá tenía una buena selección de literatura latinoamericana, y a los diez o doce años Montserrat estaba leyendo María, La vorágine, Doña Bárbara, Rubén Darío, Amado Nervo. Leía lo que caía en sus manos. También las colecciones juveniles, desde la Condesa de Segur y Enid Blyton hasta Julio Verne, Conan Doyle, Salgari, todos los de aventuras que le regalaban a su hermano y las novelas históricas. Sus favoritos eran Heidi, Mujercitas, La isla del tesoro, Cumbres borrascosas, Jane Eyre, Ivanhoe, Quo vadis, Ben Hur y El diario de Ana Frank. "Recuerdo que leía libros que me impresionaban mucho, pero no mostraba nada de lo que sentía para que no me los fueran a prohibir. Por ejemplo los cuentos de Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Washington Irving y Oscar Wilde, que de cuentos no tenían nada y me daban un miedo terrible".
Escuela y juventud Estudió desde quinto de bachillerato en un colegio de monjas en Bucaramanga, Colegio Nuestra Señora de Loreto, a pesar de no practicar la fe de forma ferviente. Lo que aprendió de religión, lo aprendió más en el colegio que en la casa. Lo que más le gustaba era el teatro y el baile, los ensayos y las presentaciones. También tomaba clases de piano y ballet. Siempre tuvo conciencia de su inteligencia y eso jugó algunas veces en su contra. A veces, la acusaban de orgullosa, dominante y autosuficiente. Eso claro, entraba en conflicto con la humildad de la educación de monjas a la que fue sometida. Después, en su colegio de Bucaramanga, también de monjas, donde cursó quinto y sexto. Tenía que ocultar todo lo que sabía, que era aún más notorio que el hecho de ser o no inteligente. Allí, Ordóñez sabía más que sus profesoras. Para ella las monjas franciscanas tenían mala ortografía, no entendían lo que leían, no sabían lo que enseñaban y todo era siguiendo el libro y de memoria. Su deseo de hacer cosas importantes y llamar la atención no tenía límites. Al buscar apoyo para lograr seguir adelante, se encontraba con la misma respuesta vacía de que tenía una idea demasiado inflada de sí misma. Pese a su rechazo, hoy en día se ve su nombre impreso, en periódicos, afiches y libros recordando con gran admiración su gran labor como escritora."Esto de la inteligencia es un aspecto muy difícil en la época adolescente, cuando ni siquiera se sabe lo que es, ni cómo medirla. Seguramente en esa época era algo relacionado solo con las notas. Hoy tengo otra idea de lo que es la inteligencia, nada que ver con acumulación de conocimientos, ni con el éxito, ni la plata, ni la exhibición. La inteligencia es sabiduría en el sentido de saber vivir, de entender y querer a los demás, compartir y crecer. Es saber adaptarse, mantener siempre el interés por lo desconocido. Es ver relaciones entre cosas que aparentemente no tienen nada en común. Es la curiosidad, y el hacerse preguntas. Y vivir procesos y cambios, y estar siempre abierto a las sorpresas. Es una idea de inteligencia que incluye todo el cuerpo, no solo el cerebro. Eso parece muy abstracto, pero lo he ido aprendiendo con la vida, especialmente con un cierto horror que siento por los llamados intelectuales, por esa valoración exagerada de la lógica y la letra, como si los seres humanos estuviéramos cortados por la garganta y solo contara la cabeza".Para Montserrat Ordóñez su vida en Bucaramanga representó un incómodo choque cultural y lo que más la afectó fue el cambio de valores. Pese a los esfuerzos de su padre para hacer de sus hijos auténticos colombianos, ella se sentía como Alicia a través del espejo, en un mundo incomprensible y al revés. Para la sociedad colombiana de esa época, una señorita debía ir maquillada, en tacones, medias largas, grandes armarios y tenía que aprender a bailar para las fiestas. Una mujer de veinte años era vieja, pues se planeaba casarse a los diecisiete o dieciocho años. El brillo del piso definía el valor de las amas de casa. Era todo un mundo de apariencias en el que las mujeres vivían en función de cosas superfluas. De ahí en adelante, su única meta era salir y hacer una carrera.
Trayectoria Desde muy niña supo que lo suyo sería la escritura, era algo que llevaba en sus genes, pues su abuela paterna había compartido la misma vocación. Pero cuando terminó el colegio, en 1958, en su casa no había los recursos suficientes para que fuera a Bogotá a estudiar. Ella admite que los peores años de su vida fueron entre 1959 y 1962. Una época de total desamparo. Trabajó como asistente de un profesor en la Universidad Industrial, como profesora de colegio, como vendedora en un almacén de decoración, y tomaba cursos de todo. Gracias a sus amigas en Barcelona logró conseguir trabajo au pair en Inglaterra. Allí se interesa por la política, por la historia, por el trópico, por las colonias y por los viajes. Además se encuentra con gente de otras religiones de las que aprendió y con ello acabó con el poco respeto que le quedaban por las prácticas católicas tal como las vio y vivió en Colombia. Descubre, con enorme sentido de liberación, lo que es vivir con una ética propia.
Luego de tres años en Europa, decide volver a Bucaramanga con fuerza y perspectiva. Trabajó seis meses como profesora de inglés en un colegio de la ciudad, y en 1966 viaja a Bogotá a presentar el examen de admisión a la Universidad de los Andes para estudiar Lenguas modernas.
Gracias a su necesidad innata de expresarse escribiendo, en la universidad se encuentra con profesores como Andrés Holguín que valoraron su escritura pues fue el primero que publicó artículos en Razón y Fábula hechos por ella. Al terminar su carrera en 1969, se queda trabajando en la universidad enseñando castellano, inglés, literatura y humanidades. Años más tarde viaja a Estados Unidos, en compañía de su pareja, Rodrigo Parra Sandoval, para hacer su maestría en Literatura Comparada en la Universidad de Wisconsin - Madison, en la época de los hippies, de la meditación trascendental, del yoga y la comida natural; con lecturas de marxismo, psicoanálisis y feminismo, fue un período de gran extroversión, de descubrirlo y de probarlo todo. Un año más tarde, cuando termina su maestría, consigue una beca para hacer el doctorado. Cumplió así con un máster, un doctorado y su tesis sobre Manuel Puig y la novela experimental en cuatro años y medio.
La carrera que estudió estaba dirigida a formar investigadores, críticos y teóricos, con un gran énfasis en historia literaria y crítica cultural. Hablaba tres idiomas: español, inglés y catalán. Allá aprendió portugués para estudiar literatura brasileña y meterse más en América Latina. Se dedicó a la narrativa —desde la épica clásica hasta la novela contemporánea— la novela de caballerías, el diario y la novela epistolar, la literatura fantástica y el realismo del , las rupturas de la modernidad con Joyce, Proust y Virginia Woolf. Virginia Woolf fue su gran modelo feminista. Trabajó también la teoría de la narrativa, la poesía y teatro del .
Al regresar a Colombia, en 1978, volvió a enseñar en la Universidad de los Andes pero por poco tiempo. Ese mismo año, le ofrecieron un puesto en Carvajal como directora de la revista de Avianca y otros proyectos editoriales. Dejando de lado la literatura, para probar en el ámbito editorial, se hizo cargo durante 5 años de la revista y preparó ediciones de cómics, de Disney, del Hombre Araña y libros infantiles. También consiguió los derechos y publicó cuentos de escritores colombianos y latinoamericanos, como Antonio Di Benedetto, Pedro Gómez Valderrama, Víctor Giudice, Manuel Mejía Vallejo, Cristina Peri Rossi, Tomás Vargas Osorio, Rosario Ferré, Margarita Aguirre, Álvaro Cepeda Samudio, Ramón Vinyes, Silvina Bullrich, Carme Riera, Dalton Trevisan, Luisa Valenzuela, Rubem Fonseca. En 1981 publicó un cuento de Álvaro Mutis, La muerte del estratega.
En 1982 regresa a su carrera académica como profesora de la Universidad de los Andes pues la literatura, definitivamente, era lo suyo, algo que tiene desde siempre y que no puede dejar, por nada ni por nadie. En 1985 fue a la Universidad de Pittsburgh como profesora Fulbright, y se actualizó en investigación y publicaciones sobre literatura latinoamericana. Escribió mucho, fue a congresos y dictó un curso sobre escritoras latinoamericanas, el primero que se dictaba en la Universidad; tema que le llevaría a comprobar el interés que tenía por la escritura feminista y los escritos de género. Desde entonces trabajó en lo que se llama la revisión del canon, la reescritura de la historia literaria, estudiando principalmente a escritoras. Allí empieza a trabajar en su ensayo sobre La vorágine para el Manual de literatura colombiana.
En sus años de docencia tuvo el privilegio de ser profesora invitada en varias universidades extranjeras de Alemania, Inglaterra, Escocia y Estados Unidos, como la Universidad de Massachusetts, la Universidad de la Florida y Dartmouth College; en Germersheim dictó un seminario sobre José Eustasio Rivera y Álvaro Mutis. También se desempeñó como docente en las universidades Javeriana y Nacional de Colombia en la cátedra de literatura.
Se retiró de la Universidad de los Andes en 2000 y un año después falleció en la capital colombiana en enero de 2001.
Estilo