miniaturadeimagen| Retrato de Nicolás Maquiavelo El realismo político nace como una escuela de pensamiento en la teoría de las relaciones internacionales que, en respuesta al idealismo político, percibe al Estado como entidad suprema. Esta escuela se ha desarrollado en general en Alemania, Gran Bretaña y los Estados Unidos, aunque algunos exponentes de habla hispana se destacan también.
Fundamentos El realismo político había dominado el pensamiento en los años 30. Es una escuela con bases filosóficas tan antiguas como Tucídides, Maquiavelo, y Hobbes, quienes de primera mano ilustraron el lenguaje realista.
Se percibe al Estado como una entidad suprema y de valiosa relevancia. Sin embargo, sobre este concepto existe también una variabilidad que permite dilucidar la misma importancia del interés, puesto que el realismo clásico también objeta la inmutabilidad del propio Estado como producto histórico, y supone que con el tiempo esta entidad también habrá de cambiar, pero guarda la protección del interés a esta nueva organización, lo que refuerza la importancia del interés nacional.
La sociedad y la política se encuentran gobernadas por leyes objetivas, basadas en la propia naturaleza humana. Estas leyes son objetivas, por esto permiten el buen vivir de la sociedad, y coaccionan al hombre a no resistirlas. Luego, se busca realizar una teoría que busque representar esas leyes, y para esto usa dos elementos: la evidencia y la razón. En el sentido del realismo, esto consiste en cotejar los hechos y buscarles el sentido usando la razón. La reafirmación de esta tesis en palabras prácticas, es el situarnos en la posición de un estadista que enfrenta un problema de política exterior, buscar las posibles alternativas y suponer, de manera racional, cual va a ser la elección que el estadista va a hacer. La demostración de esta hipótesis de tipo racional con la confrontación con los hechos reales es lo que le da forma teórica a los hechos de la política internacional. Es abordar la realidad desde un esquema racional.
El elemento necesario conductor entre la razón y los hechos, que es por lo cual entendemos los hechos, es el interés definido en función del poder. Es este el principal indicador de la política internacional. Este permite hacer una relimitación de lo político que permitiría pensar que un estadista piensa y actúa en el marco del interés definido, como el acrecimiento de poder. En esta medida hay que pensar en la forma del interés definido puesto que en esa misma forma piensa el estadista y así podemos llegar a entender las acciones del mismo. El realismo refiere que las motivaciones del estadista y sus inclinaciones ideológicas son inútiles para estudiar la política internacional. Supone que las buenas intenciones tampoco justifican ni moral ni políticamente la satisfacción de las políticas. Además no solo de considerar el interés definido su concepto clave, no lo reviste con un significado establecido eternamente. El tipo de interés que determina la acción política depende del contexto político y cultural.
La identificación del sistema internacional, permite observar las relaciones entre las entidades y el concepto de interés nacional. El realismo clásico supone que el mundo esta políticamente organizado por Naciones, y por esto el interés nacional es el elemento clave, y para esto surge el Estado nacional. El mundo está lleno de Naciones que compiten entre sí y se enfrentan por poder, y todas las políticas exteriores de todas las naciones referencian la supervivencia, y entonces ahí surge el patrón del Estado, para proteger la identidad física, política, y cultural, frente a la amenaza constante de todos las demás naciones. Se distingue la relación entre interés y Estado nacional como un todo, un producto histórico.
La relación entre actores internacionales no es benévola sino que es egoísta y competitiva, en contraste con otras teorías de relaciones internacionales como la liberal. También asume que el sistema internacional es anárquico, en el sentido que no existe ninguna autoridad por encima de los Estados que sea capaz de regular sus interacciones; los Estados deben de relacionarse entre ellos y por sí solos, más que guiarse por las directrices de una entidad de control supranacional (pues no existe de hecho un gobierno mundial con autoridad). Asimismo el realismo parte de la convicción de que los Estados soberanos, y no las instituciones internacionales, las ONG o las corporaciones multinacionales, son los principales actores en las relaciones internacionales. Según el realismo, cada Estado es un actor racional que actúa siempre según sus intereses, y el objetivo principal de cada Estado es el de garantizar su propia seguridad. El realismo mantiene que buscando esta seguridad los Estados intentarán amasar los máximos recursos que estén a su disposición y que las relaciones interestatales están condicionadas por su nivel relativo de poder. Ese nivel de poder viene determinado por las capacidades estatales, tanto económicas como militares. Además, los realistas creen que los Estados son inherentemente agresivos ("realismo ofensivo"), y que la expansión territorial tan solo se limitará mientras existan otros poderes en oposición. Los teóricos principales del realismo en relaciones internacionales son E.H.Carr, Hans Morgenthau, y Reinhold Niebuhr.
Después de la Segunda Guerra Mundial, una nueva escuela de realismo estructuralista o neorrealismo se desarrolló en la tradición americana de ciencias políticas, redefiniendo la teoría realista como una ciencia positivista rigurosa al incorporar un concepto de estructura política dentro de la idea central de la anarquía.
Realismo político y justicia de la guerra Dentro de la vasta producción teórica sobre el realismo en política internacional, uno de los debates más relevantes y, a la vez, más controvertidos es el que atañe a la legitimidad y la regulación de la guerra. Las teorías realistas clásicas (desde Tucídides hasta Morgenthau, pasando por Hobbes) han abordado la guerra no como una anomalía moral, sino como un instrumento normal de la política de poder. Sin embargo, rara vez se ha explicitado de forma sistemática cómo el realismo se posiciona frente a los dos grandes principios de la tradición iusnaturalista y del derecho internacional humanitario: el jus ad bellum (derecho a declarar y emprender la guerra) y el jus in bello (derecho a la conducta correcta durante la guerra).
El presente apartado tiene como objetivo exponer de manera técnica y académica la articulación específica que el realismo político realiza de ambos principios. Esta inclusión se justifica por tres razones fundamentales:
Clarificación doctrinal: Frente a la confusión frecuente entre realismo, belicismo y teoría de la guerra justa, es necesario establecer con precisión qué entiende el realismo por "guerra justa" (si es que usa esa expresión) y cómo concibe los límites éticos de la acción bélica. Relevancia contemporánea: El realismo sigue siendo una de las escuelas dominantes en el análisis de las relaciones internacionales y la toma de decisiones de los Estados. Comprender su posición sobre el jus ad bellum y el jus in bello es indispensable para analizar conflictos actuales, políticas de defensa y discursos gubernamentales. Diferenciación frente a otras perspectivas: El realismo no es belicismo (no alaba la guerra como un bien en sí mismo) ni pacifismo (no la rechaza como mal absoluto). Mostrar su peculiar articulación de la justicia de la guerra ayuda a trazar los límites entre estas tradiciones rivales dentro del pensamiento internacionalista.
Por todo ello, este apartado se incorpora como una subsección especializada dentro de la entrada general "Realismo en política internacional", destinada a profundizar en el tratamiento realista de uno de los problemas ético-políticos más acuciantes de nuestro tiempo: cuándo y cómo es admisible hacer la guerra.
Jus ad bellum desde la perspectiva realista
Desde el realismo político, el jus ad bellum no se define en términos de justicia, legitimidad moral o causas justas, sino en términos de necesidad política y utilidad estratégica. Así:
La guerra es concebida como un elemento más de la política, no como una excepción moral o jurídica. Cuando las circunstancias lo aconsejan, los gobernantes pueden, e incluso deben, recurrir a las armas. La decisión de ir a la guerra no es susceptible de juicio moral, sino que se justifica por su adecuación a los intereses colectivos de la comunidad política. El realismo subordina lo militar a lo político, lo que supone que la iniciativa bélica (el jus ad bellum) es una prerrogativa de los dirigentes, no una cuestión de debate público o de justificación ética universal.
En consecuencia, el jus ad bellum realista no establece condiciones justas previas (como la causa justa, la ultima ratio o la autoridad legítima en sentido moral), sino que se reduce a una decisión estratégica basada en la relación de fuerzas y en la preservación o incremento del poder propio.
Jus in bello desde la perspectiva realista
En lo que atañe al jus in bello (conducta en la guerra), el realismo político también presenta una posición diferenciada:
La guerra es vista como una continuación de la política por otros medios, lo que implica que las normas de conducta bélica no derivan de imperativos morales universales, sino de las necesidades de la efectividad política. Los realistas no niegan la existencia de límites a la acción bélica, pero estos límites son operativos y contextuales, no deontológicos. Por ejemplo, la proporcionalidad o la discriminación entre combatientes y no combatientes solo se observan en la medida en que favorecen la consecución de los fines políticos. El realismo tiende a sustraer la guerra a la opinión y al debate públicos, lo que impide un control social o jurídico efectivo sobre las prácticas bélicas. El jus in bello queda, así, subordinado a la racionalidad instrumental de los gobernantes.
Diferencia con otras doctrinas
La articulación realista del jus ad bellum y del jus in bello se distingue claramente:
Del belicismo, porque el realismo no proclama la bondad de la guerra en sí misma, sino que la considera un instrumento político excepcional y selectivo. Del pacifismo, porque el realismo no rechaza la guerra como mal absoluto, sino que la admite como recurso legítimo al servicio del interés colectivo. De la teoría de la guerra justa, porque el realismo no somete la guerra a condiciones morales previas (justicia de la causa) ni a límites éticos universales durante su conducción, sino a una lógica de poder y efectividad.
Corrientes que se derivan del Realismo Político Realismo Clásico (Classical realism): la concepción de este enfoque sería decir que la política posee leyes invariables enraizadas en la naturaleza humana, donde el ansia de poder para alcanzar intereses de contenido variable es muy amplia y fuerte. Además hay un cálculo racional de costes y beneficios para la política nacional. Aquí el Estado se sitúa como estructura que trasmite el ansia de poder a la esfera internacional. Las relaciones internacionales serán más o menos conflictivas en función de las características internas de los Estados. En este enfoque hay una escasa validación empírica, se ha probado o experimentado pocas veces con los mismos resultados.