thumb|250px|Le sermon sur la montagne (El sermón de la montaña, 1895-1897), obra del francés James Tissot (1836-1902), ubicada en el Museo Brooklyn. El Evangelio de Mateo ubica la enseñanza del amor a los enemigos en el marco del sermón del Monte pronunciado por Jesús de Nazaret.

El amor a los enemigos como extensión del amor al prójimo destaca entre las exigencias más novedosas y graves presentadas por el cristianismo desde sus inicios. «Este mandamiento destaca entre las exigencias más nuevas de Jesús. [...] Le dieron muerte, y él en la cruz los perdonó (Lucas 23, 24). [...] El cristiano que perdona no se hace ilusiones acerca del mundo en que vive, como tampoco Jesús se hacía ilusiones acerca de los fariseos y de Herodes.» «[...] se considera como lo propio y nuevo en el cristianismo respecto a sus competidores del judaísmo y el mundo helenístico [...]» El Evangelio de Mateo (5, 38-48) y el de Lucas (6, 27-36) ponen esta enseñanza en labios de Jesús de Nazaret.

Además, aparecen alusiones a la exigencia de amar a los enemigos en tres de las cartas auténticas de Pablo de Tarso: en orden cronológico, la Primera epístola a los tesalonicenses (5,15), la Primera epístola a los corintios (4,12), y la Epístola a los romanos (12,14.17.20), como así también en la Didaché (1, 3), el escrito de los Padres apostólicos probablemente más antiguo.

El precepto del amor a los enemigos fue valorado casi de forma unánime por las principales corrientes del cristianismo primitivo y por los Padres de la Iglesia como una enseñanza fundamental, Beyschlag señala al gnosticismo como la única excepción a la aceptación temprana de este mandato por parte del cristianismo. En cambio, el precepto de amar a los enemigos fue aceptado por Marción. y los estudiosos actuales lo consideran como auténtico del Jesús histórico, «[...] las palabras de Jesús (sobre el amor a los enemigos) que en general se consideran auténticas [...]» Tom Holmén indica además una sucesión de autores que adhieren a la postura de que este mandato es propio del Jesús histórico: Victor Paul Furnish (1972), Dieter Lührmann (1972), Luise Schottroff (1975), John Piper (1979), Wolfgang Huber (1982), Gerd Theissen (1989), Gordon Zerbe (1993), Robert W. Funk & Roy W. Hoover (1996), Hubert Meisinger (1996), William Klassen (1999). y característico de él: «amor a los enemigos, extranjeros y desclasados como cima del mandamiento del amor».

En varias civilizaciones, religiones y corrientes filosóficas se verificó la existencia de consejos o enseñanzas tendientes al trato benevolente de los enemigos. Sin embargo, la radicalidad de las palabras de Jesús de Nazaret —quien otorga al amor a los enemigos el carácter de mandato—, sumada al perdón y excusa de sus propios enemigos durante su crucifixión, distinguen su mensaje de todas las concepciones anteriores. «La diferencia entre estas concepciones y la palabra de Jesús [...] consiste en que la doctrina en labios de Jesús, adquiere forma de mandato.»

Antecedentes y marco de situación

Babilonios, egipcios, griegos y romanos John Nolland propuso algunos posibles precedentes históricos del precepto de amar a los enemigos. En los Consejos de la sabiduría de la literatura asirio-babilónica se sugiere el apartamiento de los altercados y la pacificación de los enemigos. La obra egipcia Instrucciones de Amenemope (5, 3-6; 22, 3-8) aconseja la misericordia hacia los enemigos o rivales.

En la Antigua Grecia regía en general la idea fundamental de hacer el daño a los enemigos, principio enunciado por distintos poetas, oradores y filósofos renombrados.Para revisiones del material, ver: ;

Hesíodo () recomendó en su obra Trabajos y días (libro 1): «Invita a tus convites a quien te quiere y rechaza al enemigo».

Píndaro (c. 518-438 a. C.) escribió: «Seré amistoso con el amigo, y, como el lobo, seguiré al enemigo por sus torcidos caminos» (Pítica 2, 83-83).

thumb|180px|Busto antiguo que representa a Séneca. Este filósofo romano exhortó a la ausencia de represalias y a las buenas obras hacia los enemigos. Lisias (458-380 a. C.) señaló: «[...] creo que está naturalmente dispuesto que los enemigos hagan mal y los amigos bien [...]» (En pro del soldado —Pro milite—, 20).

Platón (c. 427-347 a. C.) formuló en su Menón (71E): «Hacer el bien a los amigos, hacer el mal a los enemigos» («tous men philous eu poiein, tous d'echthrous kakis»). Así, las palabras de Platón son un ejemplo de lo que el teólogo y académico suizo Ulrich Luz denominó «la ética vulgar del principio de retribución» o «la ética vulgar helenista de pagar con la misma moneda: el amor con amor y el odio con odio».

Sin embargo, esta concepción no fue uniforme. En la Historia de la Guerra del Peloponeso Pericles insistió en vencer a los enemigos mediante la magnanimidad y la tolerancia.

Aunque con limitaciones, la idea del amor a los enemigos tuvo algunos antecedentes en el mundo romano: en ciertas obras de la escuela cínica, Epícteto encomia el amor al enemigo en un cínico, y en sus Discursos III.22.81, 82, manifiesta preocupación por el bienestar de sus enemigos. y en los escritos de Séneca. En su tratado De Beneficiis (IV, 26, 1), Séneca pone en boca de su interlocutor imaginario la misma idea que aparece en el Evangelio de Lucas (6, 35):

En el judaísmo hasta el thumb|180px|En la Antigüedad, la ley del Talión o del «ojo por ojo» dominó buena parte del comportamiento del ser humano frente a sus enemigos. thumb|180px|Llanto del profeta Jeremías en las ruinas de Jerusalén, de Iliá Repin. Galería estatal Tretiakov, Moscú. Siendo una personalidad de gran sensibilidad, Jeremías se vio envuelto en tragedias personales y colectivas que acabaron por generarle gritos de dolor y diálogos interiores contra sus enemigos.

El precepto del amor al prójimo se expresa en Levítico 19,18 pero, a diferencia de lo observado en otros pueblos, no aparece de forma explícita en el pueblo de Israel ningún precepto de «odiar al enemigo», ni en el Antiguo Testamento, ni en la enseñanza rabínica tal como esta se conservó. Para Morton Smith, resulta comprensible que el odio al enemigo no se mencionara explícitamente en el Antiguo Testamento como un mandato: no hace falta enseñar a nadie a odiar a sus enemigos.

En el Libro del Eclesiástico se encuentra un pasaje en el que se ordena hacer el bien solamente a los buenos:

En ciertos pasajes de los Libros proféticos se piden castigos sobre los enemigos y los que obran el mal.

Entre los Libros sapiensales, algunos Salmos enfatizan el pedido de castigo y exterminio de los enemigos:

En general, esos salmos no identifican un enemigo preciso. Del contexto surge que se trata de enemigos muy variados: políticos opresores, conquistadores, explotadores, perseguidores, prepotentes, todos ellos signos del carácter conflictivo de un mundo carente de verdad, de gratuidad y de altruismo.

Mucho más numerosos son los textos del Antiguo Testamento que, sin hablar de odio a los enemigos, limitan el ejercicio del amor a Israel y excluyen de él a los enemigos de Dios, por ejemplo, los paganos. Pero en otros pasajes del Antiguo Testamento se ordena comportarse bondadosamente con los enemigos.

thumb|Destrucción del Templo de Jerusalén (1867), obra de Francesco Hayez que se conserva en la Galería de la Academia de Venecia. La destrucción de la ciudad y del templo en el año 70 fue un punto culminante de un período de luchas y rebeliones judías en tiempos de fragmentación social y religiosa en Judea y Galilea, reflejada en el surgimiento de sectas y partidos políticos hostiles y enemigos entre sí. Cabe notar que en ambos pasajes, el imperativo de mantener un comportamiento bondadoso parece aplicar únicamente a un enemigo privado, porque ambas exhortaciones se formulan en singular («tu enemigo»). Por otra parte, en un pasaje del Nuevo Testamento aparece una antítesis sobre lo que se inculcaba hasta entonces: el amor que se había de practicar con el prójimo y el odio a los enemigos:

Theissen y Merz sugieren que podría tratarse de una referencia directa a los compromisos de los esenios. En la sociedad judía, los esenios constituían un grupo que combinaba el amor ferviente a los miembros de la propia comunidad con el odio a los otros, de lo que existe clara constancia en las fuentes. La praxis de los esenios de Qumrán se resumía en la regla que prescribía «amar a los hijos de la luz... y odiar a todos los hijos de las tinieblas» (1QS 1, 9-10), interpretación que no era de su exclusividad. Según Theissen y Merz, en la tradición del Antiguo Testamento existía sin dudas el compromiso de odiar a los enemigos, por ser «enemigos de Dios». El historiador y político romano Tácito (c. 55-120) escribió que los judíos eran prontos a la misericordia y caritativos entre sí, pero que odiaban como enemigos mortales a todos los demás que no eran de su gente (Historiae V, 5). Como hipótesis alternativa, las palabras «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo» podrían haber sido tomadas simplemente de la sabiduría popular y, por lo tanto, haber sido conocidas por los oyentes de Jesús y por la audiencia del evangelista Mateo.

El amor a los enemigos en el cristianismo de origen La inmensa mayoría de los estudiosos coinciden en señalar que la exigencia del amor a los enemigos fue una enseñanza novedosa y representativa del Jesús histórico, que no se dio en ninguna otra enseñanza moral. Incluso los críticos más radicales de los textos sinópticos —como Rudolf Karl Bultmann y Herbert Braun— consideraron que el amor a los enemigos fue un mandato propio y característico de la predicación de Jesús, Bultmann señaló que si en algún lugar podemos encontrar lo que es característico de la predicación de Jesús es en su mandato de amar a los enemigos («[...] if anywhere we can find what is characteristic in the preaching of Jesus [...]»". y una de las áreas en que Jesús radicalizó las demandas de la Torá.

El biblista Joseph A. Fitzmyer considera que el aspecto novedoso del amor a los enemigos en Jesús de Nazaret es su carácter de mandato. Esa radicalidad distingue las palabras de Jesús de Nazaret de todas las concepciones anteriores. «La diferencia entre estas concepciones y la palabra de Jesús [...] consiste en que la doctrina en labios de Jesús, adquiere forma de mandato.» En palabras del profesor Salvador Vergés, «en una historia comparada de las religiones se puede constatar que ninguna de ellas presenta nada parecido».

Fuentes y alcances de los textos evangélicos En el Evangelio de Mateo 5, 44 y en el Evangelio de Lucas 6, 27 se encuentra una repetición exacta del mandamiento de Jesús de Nazaret en griego koiné: «[...] una réplica exacta [...]» Original griego Transliteración Traducción agapate tous echthrous hymōn amad a vuestros enemigos

Entre aquellos biblistas actuales que aceptan la existencia de la hipotética fuente Q como antecedente del Evangelio de Mateo y del Evangelio de Lucas, la gran mayoría considera que los pasajes en que Jesús de Nazaret hace referencia al amor a los enemigos provienen de esa fuente. thumb|250px|Los improperios, de Gerard van Honthorst (ca. 1617). Según los Evangelios canónicos, la práctica de Jesús de Nazaret del amor a sus enemigos fue el denominador común durante su proceso y su ejecución en la cruz.

Para la comunidad en que se habría conformado la fuente Q, el mandato de amar a los enemigos podría significar el rechazo del odio que propugnaban los zelotes y los esenios y la superación del amor dirigido únicamente al prójimo.