300px|right|thumb|El general Franco junto al dirigente nazi Heinrich Himmler, durante su visita a Madrid, en 1940. A la izquierda de Franco Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores.

La política exterior franquista durante la Segunda Guerra Mundial se suele dividir en dos etapas. La primera (1939-1942) estuvo caracterizada por el alineamiento de la dictadura de Francisco Franco con las potencias del Eje, y la segunda (1942-1945) por la neutralidad forzada por la presión de los aliados y por la necesidad del general Franco de sobrevivir a la derrota de la Italia fascista y de la Alemania nazi.

Acabada la Segunda Guerra Mundial la propaganda franquista ensalzó la figura del general Franco, presentándolo como «Caudillo de la Paz», y difundió el mito que se mantendría durante los treinta años siguientes de que Franco había salvado a España de la guerra.

Alineamiento con el Eje (1939-1942)

Firma del Pacto Antikomintern y proclamación de la neutralidad (marzo 1939-mayo 1940) 250px|thumb|Europa al iniciarse la guerra en septiembre de 1939 con la invasión de Polonia.

Tras el final de la guerra civil española se acentuaron los vínculos de la dictadura franquista con los regímenes fascistas. El 31 de marzo se firmaba en Burgos un tratado de amistad con Alemania, en el que en caso de guerra, los dos Estados se comprometían a evitar «cualquier acto o hecho en el terreno político, militar y económico que pudiera ser perjudicial para un miembro del tratado ventajoso para su enemigo». El 7 de abril de 1939, solo una semana después de la emisión del último parte de la Guerra Civil Española, el general Franco anunciaba la adhesión al Pacto Antikomintern que habían suscrito Alemania, Italia y Japón. La decisión de adherirse al pacto Antikomintern se había tomado el 20 de febrero de 1939, pero se mantuvo en secreto hasta que terminara la guerra civil. Y la firma del documento había tenido lugar el 27 de marzo en Burgos.

Al día siguiente de la proclamación de la adhesión al Pacto Antikomintern, el general Franco anunciaba también el abandono de España de la Sociedad de Naciones, cumpliendo así la promesa hecha a Mussolini. Estas declaraciones de alineamiento con el Eje se hicieron en un momento de agravamiento de las tensiones en Europa. El 4 de abril, Francia y Gran Bretaña habían firmado una alianza para garantizar la independencia de Polonia ante la amenaza de la Alemania nazi, y el 7 la Italia fascista había iniciado la invasión de Albania.

Poco después de la celebración del Desfile de la Victoria el 19 de mayo, el general Franco se trasladó a León para despedir a la Legión Cóndor que volvía a Alemania —«por primera vez desde 1871 soldados alemanes regresaban victoriosos a la Patria», escribió uno de sus integrantes—. El general Franco, después de manifestarles el orgullo que había sentido al tenerles bajo su mando, les pidió que se llevaran con ellos a Alemania «la imperecedera gratitud de España». «Italianos y portugueses fueron también despedidos en ambiente de fiesta». En todos los casos en el viaje de regreso fueron acompañados por personalidades políticas españolas y por altos mandos del Ejército.

thumb|left|Visita del conde Ciano a España escoltado por la guardia mora de Franco (San Sebastián, 1939).

A las fuerzas italianas les acompañó en su viaje de regreso Ramón Serrano Suñer, quien era portador de una carta de Franco para Mussolini dándole las gracias por su ayuda. Serrano Suñer les dijo al Duce y al conde Ciano que España necesitaría dos o tres años para estar preparada militarmente, pero que si estallaba la guerra, «España estará al lado del Eje, porque le guiará el sentimiento y la razón. Un España neutral estaría condenada a un futuro de pobreza y humillación». En una entrevista concedida a un diario italiano Serrano Suñer afirmó que Mussolini era «uno de los pocos genios que la Historia crea cada dos o tres mil años». Durante su estancia en Roma también se entrevistó con el rey exiliado Alfonso XIII, que se sorprendió cuando Serrano le saludó brazo en alto, y con el papa Pío XII.

El acercamiento a la Alemania nazi no fue buen visto por parte de la jerarquía católica. Cuando a principios de 1939 se anunció que se iba a firmar un tratado cultural con la Alemania nazi, el cardenal Isidro Gomá se entrevistó con el general Franco para mostrarle su desaprobación. El Generalísimo le dijo que «nunca consentiríamos pudiera rozar el respeto y fervor por la Santa Iglesia y el profundo sentimiento católico de nuestro país y de su Gobierno», pero a pesar de las seguridades que le había dado Franco Gomá redactó una pastoral con fecha del 5 de febrero de 1939 bajo el título Catolicismo y patria que se inspiraba en la encíclica Mit brennender Sorge sobre el nazismo.

En ella tras calificar la guerra civil que estaba a punto de concluir de «catástrofe sin igual en nuestra Historia si no presagiara el resurgimiento de los valores del espíritu que la revolución impía trató de aniquilar», y de definir «la Patria» como «una asociación de orden espiritual y moral que, por ley natural y bajo la providencia de Dios, se ha formado, bajo la fuerza unitiva de unos mismos lazos de Historia, de cultura, de aspiraciones, de religión y raza, de tierra y de lengua», prevenía «contra un peligro que ha surgido en nuestros tiempos… [de] una nueva forma de atentar contra la persona humana, tal como la quiere la doctrina cristiana. Nos referimos a la tendencia de algunos Estados a absorber toda actividad social. Los lemas de libertad, igualdad y fraternidad, y la proclamación de los Derechos del Hombre fue el señuelo que engañó a los hombres haciéndoles creer en la fábula de su soberanía… Tan temible es… que se formara un artificio de fuerza, más o menos brillante, que regulara, en cuadrícula inflexible, el pensamiento y las actividades de todos… Que los poderes humanos que moderan la actividad de la nación lo hagan según el orden establecido por Dios y lo demás se nos dará por añadidura…». El convenio finalmente no se firmó.

thumb|Países europeos firmantes del Pacto Anti-Komintern en noviembre de 1941. En rojo oscuro, países firmantes europeos (Alemania se muestra con los territorios ocupados). En rojo claro, países satélite y gobiernos títere no firmantes del Pacto.

El 5 de junio el general Franco pronunció un discurso ante el Consejo Nacional de FET y de las JONS reunido en Burgos en el que dijo que había conseguido la victoria contra los deseos de las «falsas democracias» —en referencia a Gran Bretaña y a Francia—, la masonería y el comunismo. Un mes después le dijo al embajador italiano que había suspendido la desmovilización del ejército posterior a la Guerra Civil para hacer frente a las «imposiciones» de británicos y franceses y que sería desplegado entre los Pirineos y Gibraltar para «hacer sentir el peso de España en el desarrollo de los acontecimientos». Francia «nunca podrá estar tranquila respecto a España», añadió. También le dijo que «en las presentes condiciones no podría afrontar una guerra europea», pero si estallaba su neutralidad sería favorable al Eje y le sería difícil «permanecer ajena al conflicto». Pocos días después, durante la visita que hizo a España el conde Ciano, ministro de Asuntos Exteriores italiano, el general Franco le reiteró que en caso de guerra se mantendría neutral pero que estaría al lado del Eje porque no creía que su régimen sobreviviera a la victoria de las democracias.

El 2 de julio apareció en el periódico Arriba, órgano oficial del partido único FET y de las JONS, un artículo firmado por José María de Areilza en el que reivindicaba la soberanía española sobre Gibraltar.

thumb|izq|Firma del pacto germano-soviético en Moscú. En la mesa Molotov, y al fondo de pie Ribbentrop y Stalin. El pacto causó un gran desconcierto en el régimen franquista.

A finales de julio el almirante Canaris, jefe de la Abwehr, visitó al general Franco con el que acordó que España proporcionaría puertos de apoyo logístico a los submarinos alemanes en Santander, Vigo y Cádiz —y posiblemente Barcelona— si estallaba la guerra. Hitler quedó muy impresionado. «El ofrecimiento de instalaciones navales reflejaba la preocupación de Franco porque, si el Eje ganaba la próxima guerra antes de que él estuviera preparado, el mundo se reconstruiría sin reparar en sus ambiciones». Las concesiones hechas a la Armada alemana y el posterior cambio de gobierno, por el que el anglófilo Gómez Jordana fue sustituido por el entonces germanófilo Beigbeder, complacieron a Hitler quien comentó a los jefes militares que iban a dirigir la invasión de Polonia que los dos únicos aliados seguros que tenía Alemania eran Mussolini y Franco.

El anuncio del 22 de agosto de la firma del pacto germano-soviético causó un enorme desconcierto en el régimen franquista. Al día siguiente el diario Arriba titulaba: «Sorpresa, tremenda sorpresa». Los generales españoles manifestaron su indignación al conocerlo y el propio Franco se mostró consternado, pero valoró el beneficio estratégico que suponía para la Alemania nazi y le comentó a Serrano: «Es raro que ahora seamos aliados de los rusos».

El 1 de septiembre de 1939, el día en que comenzó la II Guerra Mundial, el embajador alemán en Madrid le dijo a Beigbeder que España no podía permanecer neutral «pues su futuro y el cumplimiento de sus esperanzas nacionales dependían de nuestra victoria». Sin embargo, el general Franco se vio obligado a proclamar «la más estricta neutralidad» debido a las precarias condiciones económicas por las que atravesaba el país tras una guerra civil que hacía solo cinco meses que había terminado. Pero la prensa dirigida desde el gobierno adoptó inmediatamente una postura abiertamente favorable a la Alemania nazi, utilizando profusamente el material de propaganda que le proporcionaba su embajada en Madrid. El material aliado, por el contrario, no aparecía prácticamente nunca. Así se culpó a Francia y a Gran Bretaña de la anexión de Polonia por Alemania y la Unión Soviética por haber rechazado las peticiones de Hitler.

thumb|right|Adolf Hitler a bordo del Mercedes-Benz w31 540, modelo de coche que le regaló al general Franco (los otros dos únicos ejemplares los tenían Josef Goebbels y Benito Mussolini).

«A medida que transcurrían los meses, el entusiasmo de Franco por el Eje se volvió cada menos contenido» y ello a pesar de que «aumentaba la evidencia del deterioro de la situación económica española». El 26 de septiembre ante el Consejo Nacional de FET y de las JONS Franco habló de su disposición para tomar «decisiones heroicas si lo requerían las circunstancias». En el mensaje de fin de año de 1939 atacó a Gran Bretaña y a Francia y alabó la política antisemita de los nazis: «Ahora comprenderéis los motivos que han llevado a distintas naciones a combatir y alejar de sus actividades a aquellas razas en que la codicia y el interés es el estigma que les caracteriza». El líder nazi y ministro de propaganda Joseph Goebbels anotó en su diario: «Al menos algo a cambio de nuestro dinero, nuestra aviación y nuestra sangre». Al día siguiente, con motivo del Año Nuevo, Hitler le regaló a Franco un Mercedes de seis ruedas idéntico al suyo. En aquel momento los submarinos alemanes ya utilizaban los puertos españoles para reabastecerse y el Ministerio de Asuntos Exteriores remitía a la embajada alemana todas las informaciones que recibía de las misiones diplomáticas en el extranjero, especialmente de Francia, lo que constituía una fuente de inestimable valor para Alemania.