500px|miniaturadeimagen|derecha|Vista desde el «Cerro de la Paz» de los molinos de viento de Campo de Criptana. Campo de Criptana es un municipio manchego situado en el noreste de la provincia de Ciudad Real, cerca donde su límite confronta con los de las vecinas provincias de Toledo, Cuenca y Albacete. Su historia se inicia con la de los poblamientos que existieron dentro de su término municipal, algunos de los cuales se unieron en el para formar Campo de Criptana, que, a la postre, fue el único que ha continuado habitado hasta la actualidad.

Por los restos arqueológicos encontrados se puede afirmar que el término municipal de Campo de Criptana ha sido un área habitada desde el neolítico. Una vez iniciada la época de los metales, los asentamientos quedaron dentro del área de la cultura del vaso campaniforme y posteriormente en la denominada cultura de Cogotas I. Ya en la Edad del Hierro, formaron parte del extremo sureste del territorio de los carpetanos.

Iniciada la época histórica, se puede considerar que la primera reseña de sus poblaciones fueron las menciones que el historiador romano Tito Livio hizo de Alce y Cértima durante su relato de la conquista romana de Hispania. Ya en época romana, el ascenso a la categoría de municipium de la vecina Consabura (Consuegra) y su desarrollo consiguiente hizo que las localidades del término experimentasen un marcado declive. Durante el bajo imperio, parece que la comarca se articuló en torno a una importante villa surgida en la actual Alcázar de San Juan.

Tras la caída del Imperio romano, el término municipal inicialmente formó parte del efímero reino alano para pasar después al dominio visigodo. Durante esta época, la población parece centrarse en el poblado de «Villajos» y en torno al puesto fortificado existente en el «cerro de la Virgen», lugares donde se mantuvo en época musulmana, en la cual quedaron bajo la esfera de la ciudad de Toledo, tanto en la etapa del Califato de Córdoba como en la posterior Taifa de Toledo a la cual pertenecieron.

Durante el proceso de reconquista —iniciado en la región por Alfonso VI con la toma de la antigua capital visigoda— las poblaciones pasaron de manos musulmanas a cristianas y viceversa en varias ocasiones, no quedando consolidada la pertenencia al territorio castellano hasta la victoria cristiana en Las Navas de Tolosa. El término municipal quedó integrado en el Reino de Toledo y al poco pasaría a formar parte de los territorios pertenecientes a la Orden de Santiago que, durante las siguientes décadas, fue otorgando cartas pueblas, fueros y privilegios para fomentar la repoblación de los varios núcleos habitados dentro del término, entre los cuales se incluía uno denominado «El Campo» —surgido alrededor del 1300— que sería el que más prosperaría, para acabar absorbiendo a los habitantes de los restantes y cambiar su denominación a Campo de Criptana.

El pueblo experimentó un notable crecimiento en el , durante el que se construyeron buena parte de los monumentos hoy existentes en la población además de iniciarse la producción de harina en sus molinos de viento. En contraste, el significó para la localidad una época de decadencia, en la que perdió buena parte de sus habitantes, cuyo número no comenzaría a recuperarse hasta el siguiente .

El área de Campo de Criptana fue escenario de la actuación de las guerrillas durante la guerra de la Independencia y se dieron varios combates en la villa entre fuerzas españolas y napoleónicas. Tras la muerte de Fernando VII, también la primera guerra carlista tuvo que sufrirse en la comarca y el municipio fue objeto de ataques por parte de los combatientes anti–isabelinos.

Pasado el reinado de Isabel II, la localidad experimentó un considerable desarrollo ayudada por la pronta llegada del ferrocarril que la conectó con Madrid y con el puerto de Alicante. Durante la segunda mitad del , sufrió la crisis cerealista europea de la que salió reconvirtiendo gran parte de sus cultivos en viñedos. Este hecho la marcó de manera importante ya que, la mayor necesidad de jornales necesarios para su cultivo ayudó a fijar e incrementar el número de habitantes, a la vez que, también, se desarrolló un importante tejido industrial —bodegas y fábricas de alcohol— en torno al procesamiento de la uva y en el que participaron inversores llegados de otras regiones de España.

Campo de Criptana continuó con su crecimiento en el primer tercio del , periodo durante el cual duplicó su población. El desarrollo del sector vitivinícola permitió una buena situación económica y el surgimiento de una importante actividad cultural, con mejora de la escolaridad, actividades en el teatro municipal, publicaciones de prensa local o la fundación de su equipo de fútbol en 1925. La evolución de este periodo se truncó en los años 30, cuando el sector del vino sufrió una importante crisis y la localidad no fue ajena a los conflictos sociales que desembocaron en la Guerra Civil, contienda durante la cual la villa permaneció todo el tiempo dentro del territorio republicano.

Tras los difíciles años de posguerra, el municipio sufrió durante la década de los 50 una importante crisis demográfica debido a la mecanización agrícola que dejó sin ocupación a buena parte de sus habitantes. Esta crisis se agravó en décadas siguientes debido al esquema desarrollista de la dictadura, que fijó unos polos de industrialización que significaron la emigración de una parte importante de sus vecinos. No sería hasta bien entrado el periodo democrático —en los años 80— cuando la población pudo recuperarse y aumentar su número de habitantes, a lo que finalmente contribuyó de manera importante el bum constructor del y la llegada de inmigrantes desde otros países.

Prehistoria

Edad de Piedra 200px|miniaturadeimagen|izquierda|Útiles líticos encontrados en el paraje de «El Minguillo» en Campo de Criptana. Los restos más antiguos de presencia humana dentro del término municipal de Campo de Criptana son objetos del Paleolítico inferior ( – ) localizados en varios puntos, principalmente en el paraje de «El Minguillo». En esta zona se han hallado elementos como triedros, que han sido asociados, más bien a movimientos humanos que perseguirían a la fauna en sus migraciones estacionales siguiendo las corrientes de agua. El origen de estos humanos se encontraría más al sur, en el área donde el río Guadiana cobra una mayor entidad tras confluir en él sus afluentes superiores.

Procedentes del Paleolítico medio ( – ) se han localizado también diversos útiles de sílex y cuarcita, como láminas, cuchillos, puntas, perforadores y lascas; elementos hallados cerca del río Záncara que discurre por la parte central del término.

Del Paleolítico superior ( – ) y el Mesolítico ( – ) no se han encontrado restos en la comarca, algo que se ha asociado a un despoblamiento generalizado debido al clima del último periodo glacial o a una actividad volcánica cuyos gases de azufre habrían hecho poco habitables estos territorios. No fue hasta alrededor del 3000 a.C. —ya superado el Neolítico— cuando la presencia humana se volvió a hacer visible en la zona, en un contexto de mejora en las condiciones de alimentación que propició un crecimiento sustancial de la población en la Meseta Sur.

Calcolítico (3300–1700 a.C.)

Un grupo debió de establecerse durante el Calcolítico en la zona.. Esta pequeña comunidad —asociada a una cultura megalítica y de cerámica campaniforme— habitó un poblado en alto situado en un paraje conocido como «El Pico», cerca de un pequeño manantial. Por los restos encontrados se ha determinado una ocupación que llegó hasta al Bronce final. En este lugar se han localizado restos de un posible dolmen y son abundantes tanto los cuchillos como las puntas de flechas con una gran variedad de formas. También se han encontrado molinos de mano y dientes de hoz bastante erosionados, que denotan una utilización habitual. Por otro lado, la presencia de yunques y percutores permite suponer la existencia de una significativa actividad de manufactura.

Edad del Bronce (2200–700 a.C.)

Cultura del vaso campaniforme de Ciempozuelos (2200–1700 a.C.) thumb|left|Petroglifo hallado en la «senda de los cantareros». Fue realizado por los pobladores de la zona durante la Edad del Bronce. La cultura del vaso campaniforme se inició en el centro peninsular en el periodo Calcolítico y se prolongó —en su estilo «Ciempozuelos»— hasta bien entrada la Edad del Bronce. Este grupo cultural tuvo su área nuclear en los valles medios del Tajo y del Duero.

Los individuos que habitaron la zona de Campo de Criptana durante el Bronce Inicial formaron parte de su área sureña, ya que los restos hallados son del tipo de los encontrados en Ciempozuelos, cuyo horizonte temporal se estima entre el 2200 y el 1700 a.C. En varios parajes del término —«el Pico», «Valrepiso», «la Atalaya», «Montón de Trigo» y «el Real»— se han encontrado fragmentos cerámicos correspondientes a recipientes de tipo campaniforme. Relacionados también con esta cultura son los petroglifos localizados en la denominada «senda de los cantareros», de los que el mejor conservado muestra varios signos dentro de un cerramiento circular de metro y medio de diámetro.

Los abundantes asentamientos descubiertos en la comarca alrededor de Campo de Criptana permiten suponer una importante densidad de población durante el periodo del Bronce Pleno. Son varios los yacimientos localizados que se pueden datar en esta época. Estos se corresponden mayoritariamente a pequeños poblados que aprovecharon puntos elevados para su ubicación y que tuvieron que ser habitados por grupos de entre 30 y 50 personas, de manera similar a lo que se detecta habitualmente en la península ibérica hasta la Edad del Hierro. 400px|miniaturadeimagen|Antiguos poblamientos de Campo de Criptana. Se situaron casi todos en la zona norte y alta del término municipal mostrando una mayor vinculación con las culturas del valle medio del Tajo. Durante este periodo, La Mancha debió de sufrir entre 2200 y 1500 a.C. una grave crisis ambiental que redujo dramáticamente los recursos hídricos, con desecación de los cauces fluviales y un descenso generalizado de los niveles freáticos. En este contexto climático aparecieron las denominadas «motillas», un tipo de poblamiento fortificado en llano situado sobre un acuífero y cuyo objetivo parece que fue la defensa de puntos de agua, alrededor de los cuales se establecieron los asentamientos humanos. Estas construcciones se han localizado dentro de esta comarca, mayoritariamente al sur del río Záncara: entre Alcázar de San Juan y Manzanares (Motilla de Los Romeros), o al sureste de Daimiel (Motilla del Azuer). En Campo de Criptana solo se ha descubierto la denominada «motilla del Juez» de muy pequeña entidad —con unos de diámetro— y situada bastante al sur del citado río, allí donde el término municipal confronta al de Argamasilla de Alba. Esto parece ser indicativo de que el grupo local de poblamientos del Bronce se situó inmediatamente al norte de la zona dominada por este tipo de singulares fortificaciones.

Los asentamientos localizados con signos de haber sido habitados durante la Edad del Bronce son:

«La Atalaya»: situado sobre una elevación donde aparecen restos de construcción, abundante tierra de ceniza y cerámica manual negruzca. «El Pico»: ya citado anteriormente como poblamiento de Calcolítico; se localiza en el extremo oeste de un pequeño cerro. El material del Bronce hallado en él es, igualmente, cerámica manual negruzca así como cerámica fina pintada de rojo y pequeñas vasijas pulimentadas. También se han descubierto objetos de adorno, como pequeños discos de hueso y cuentas de collar.