thumb|Franco y su esposa Carmen Polo de Franco en 1968. El segundo franquismo (1959-1975), también llamado franquismo desarrollista, fue la segunda gran etapa de la dictadura del general Franco, después del primer franquismo (1939-1959). Fue el período durante el cual se produjo un crecimiento económico espectacular —se habló del «milagro económico español»— que dio lugar a una «gran transformación» social, pero que no estuvo acompañada de cambios políticos. Se suele dividir en dos subetapas: la primera, de 1959 a 1969, caracterizada por los fracasados intentos de «apertura» del régimen y que termina con el triunfo de los «inmovilistas» encabezados por el almirante Carrero Blanco; y la segunda, de 1969 a 1975, también llamada del «tardofranquismo», que ocupa los años finales de la dictadura, marcados por el asesinato de Carrero Blanco en diciembre de 1973 y la enfermedad final de Franco, que murió el 20 de noviembre de 1975.

El franquismo de 1959 a 1969

La crisis final del modelo autárquico: el Plan de Estabilización de 1959

Entre 1957 y 1959 la economía española se encontraba «al borde del abismo», en expresión del economista de la época Juan Sardá, uno de los padres del Plan de Estabilización de 1959: inflación desbocada; déficit en la balanza de pagos, con una situación próxima a la bancarrota por el agotamiento de las reservas de divisas y en peligro de suprimirse importaciones imprescindibles como el petróleo; una moneda sobrevalorada cuyo tipo de cambio había que ajustar al real; una desaceleración del crecimiento económico cercana ya a la recesión.

Para afrontar la difícil situación, el equipo de «tecnócratas» del Opus Dei del gobierno nombrado en 1957 procedió en primer lugar a la desregulación parcial del mercado de trabajo al reducir —que no eliminar— la potestad exclusiva que tenía el Ministerio de Trabajo para fijar los salarios y las condiciones laborales en todo el país. Así, en abril de 1958 fue promulgada la Ley de Convenios Colectivos, por la que la determinación de las condiciones de trabajo —incluidos los salarios— quedaba en manos de empresarios y de trabajadores que negociarían libremente los convenios —aunque dentro de la Organización Sindical franquista—. thumb|Franco en 1959. Costó mucho convencerle para que aprobara el Plan de Estabilización, especialmente la devaluación de la peseta. A continuación, los «tecnócratas» tuvieron que convencer a las altas jerarquías del régimen —y especialmente al propio general Franco, tarea que no fue nada fácil— de que la aguda crisis económica que se estaba padeciendo respondía en última instancia al agotamiento del modelo autárquico e intervencionista iniciado tras la guerra civil, que aunque había sido corregido desde 1951, aún «estrangulaba» al sistema económico español. Por tanto, había que poner fin a ese modelo y desregular la economía para que fuera el mercado el que asignara los recursos. Además había que abrirla al exterior importando lo que fuera se producía con menores costes y dando entrada al capital extranjero para la renovación y la ampliación del aparato productivo, que permitiera a su vez aumentar las exportaciones.

Fue así como nació el Plan de Estabilización y Liberalización económicas, un conjunto de disposiciones decretadas entre el 17 de julio y el 5 de agosto, con la finalidad de «dar una nueva dirección a la política económica, a fin de alinear la economía española con los países del mundo occidental y liberarla de intervenciones heredadas del pasado que no se corresponden con la necesidades de la situación», según consta en el Memorándum aprobado el 30 de junio y dirigido por el gobierno español al FMI y a la OECE.

Según José Luis García Delgado, las medidas que pusieron en marcha siguieron tres ejes centrales de actuación, «aunque no todos gozasen de igual firmeza». El primero pretendía «conseguir la disciplina financiera, imprescindible para afrontar una situación de intercambios más abierta, con medidas monetarias y presupuestarias» que constituyeron el plan de estabilización propiamente dicho: subida de impuestos indirectos y recorte de gastos para corregir el déficit presupuestario; establecimiento de un «tope máximo» en el crédito bancario y eliminación de la pignoración automática de las nuevas emisiones de deuda pública, para reducir la oferta monetaria y controlar la inflación. El segundo eje buscaba «alcanzar cierto grado de liberalización económica interior»: se cerraron decenas de organismos de control e intervención del mercado interior; se liberalizaron los precios de algunos productos. El tercero y último eje, y que resultó decisivo, lo constituyeron las «medidas de liberalización exterior»: se suprimieron las licencias de importación de numerosos bienes, aunque se mantuvieron sobre otros; se unificó el tipo de cambio de la peseta y se devaluó en un 30%, pasando de 42 a 60 pesetas por dólar; se levantaron muchas restricciones a las inversiones extranjeras.

Los objetivos del Plan se alcanzaron con bastante rapidez: estabilización de los precios, tipo de cambio de la peseta mantenido, saneamiento de la balanza de pagos, al combinarse la caída de las importaciones con el aumento de los ingresos por turismo y las primeras inversiones extranjeras; y así se conjuró el peligro de la suspensión de pagos.

El «milagro económico español»

A partir del Plan de Estabilización de 1959 la economía española experimentó un crecimiento sin precedentes que acabó transformando radicalmente la estructura social española. La razón de este crecimiento hoy no ofrece dudas. Gracias a las medidas liberalizadoras puestas en marcha, la economía española pudo aprovechar, por fin, las favorables condiciones del mercado internacional y los impactos positivos del «hipercrecimiento» que se estaba produciendo en las economías occidentales desde el final de la II Guerra Mundial. Incluso el ritmo de crecimiento aún podría haber sido mayor si se hubiera continuado la política de flexibilización y liberalización emprendida en 1959, que se detuvo en 1964. thumb|300px|Plaza de Cibeles de Madrid en 1968. thumb|Imagen del Barrio de las Flores en La Coruña, de protección oficial, construido entre 1964 y 1967 e inaugurado por Francohttps://www.lavozdegalicia.es/noticia/coruna/2019/08/22/nacia-barrio-flores-2000-viviendas/0003_201908H22C6998.htm. Así pues, se puede decir que el crecimiento de los «dorados sesenta» fue el resultado de una recuperación de oportunidades anteriormente perdidas a causa de las limitaciones que imponían la política autárquica e intervencionista, ya que a partir de 1959 se pudieron aprovechar cuatro componentes esenciales: los bajos precios de las materias primas, en general, y de los productos energéticos en particular, especialmente el petróleo; la mayor disponibilidad de nuevas fuentes de financiación exterior, nutrida ahora de remesas de emigrantes [6.000 millones de dólares entre 1960 y 1975], divisas de turistas [de 6 millones de visitantes en 1960 se pasó a más de 34 millones en 1973] y entradas de capital [cerca de 7.000 millones de dólares entre 1960 y 1973], a modo de elementos compensadores de los fuertes déficits comerciales registrados en el periodo; la fácil adquisición, en un mercado internacional expansivo, de la tecnología y de los productos necesarios para secundar los cambios que el propio crecimiento impone en los patrones de la demanda de bienes de producción y de consumo; y las abundantes disponibilidades de mano de obra, que tenía sus dos grandes reservas en la población femenina y en la población agraria deseosa de incorporarse a puestos de trabajo industriales, con la válvula de seguridad adicional que permitía desviar hacia mercados laborales de otros países europeos la mayor parte de la fuerza de trabajo excedente (alrededor de dos millones de emigrantes), lo que hizo posible que la tasa de desempleo se mantuviera en unos niveles muy bajos —alrededor del 2% a lo largo de la década de los 60—.

Durante este periodo de enorme crecimiento —entre 1960 y 1973 fue superior al 7% anual y en la industria cerca del 10%— se produjo un cambio estructural en la economía: España dejó de ser un país predominantemente agrario para convertirse en un país industrial—la participación del producto agrario en el PIB bajó del 22,6% en 1960 al 11,6% en 1973 y la población activa agraria pasó del 39,8% en 1960 al 24,9% en 1970—. A principios de los años 1970 España se había convertido en la 12.ª potencia industrial del mundo. thumb|200px|left|Carro por una carretera (1960). El sector agrario sufrió una gran transformación.

El sector agrario experimentó una profunda transformación provocada por el crecimiento industrial que tuvo dos efectos demoledores sobre el modelo tradicional de la agricultura española —es decir, sobre la agricultura cerealista basada en los bajos salarios, gracias a la abundancia de la mano de obra—. Por un lado, la demanda de mano de obra industrial dio lugar a un éxodo masivo de jornaleros y campesinos que emigraron a las ciudades y al resto de Europa. Por otro, el mayor grado de urbanización y el incremento de la renta provocaron un cambio en la demanda de productos agrarios, pasando a predominar los hortofrutícolas y los ganaderos, en detrimento de cereales, leguminosas y féculas. Así pues, el precio más elevado del trabajo —ante la reducción de la mano de obra disponible— forzó a los propietarios a sustituirlo por capital —se reduce el número de trabajadores en el campo en casi dos millones, mientras que se multiplica por tres el número de tractores—, y por otro, los propietarios se ven obligados a abandonar los cultivos tradicionales por otros nuevos para satisfacer a la nueva demanda —lo que implica un mayor uso de semillas selectas, fertilizantes, pesticidas, piensos, etc.—. Todo esto hace aumentar el nivel de capitalización necesario para mantener la rentabilidad de las explotaciones, lo que hace desaparecer a muchas pequeñas, aumentando el tamaño medio de las que permanecen. La consecuencia final es que la «agricultura tradicional» entra en crisis, siendo sustituida por una agricultura moderna, más intensiva en el uso de los factores productivos, lo que se traduce en notables aumentos de la productividad tanto de la tierra como del trabajo. thumb|300px|Playa de Tosa de Mar en 1974. El sector turístico fue clave en el crecimiento económico de los años dorados. El sector industrial fue el que actuó como motor central de la expansión de la economía española en esta etapa. Según José Luis García Delgado, «los subsectores que obtienen las mayores ganancias de productividad, al tiempo que lideran el proceso de avance y cambio técnico, introduciendo y difundiendo las innovaciones tecnológicas desde la posición central que ocupan en la malla fabril, son las industrias químicas, sobre todo las básicas, las energéticas, salvo las extractivas [la minería del carbón siguió recibiendo por ello fuertes ayudas estatales], y las de construcción de maquinaria de todo tipo, en especial eléctrica».

Por su parte el peso del sector servicios comienza a superar al industrial a mediados de la década de 1960, tanto en población activa como en aportación al PIB. Así el proceso de industrialización va acompañado de un proceso de terciarización de la economía española. Los factores que lo explican son, según García Delgado, «el vigor del proceso de urbanización entre 1960 y 1975, las transformaciones en los medios de transporte y comunicación, la duradera expansión del turismo,.. y los renovados requerimientos que proceden del crecimiento industrial y de las mayores necesidades financieras y de comercialización de la agricultura».

La reanudación de la «gran transformación» de la sociedad española