En la disputa por el trono de España durante la primera guerra carlista, se denomina Expedición Real al intento de Carlos María Isidro de Borbón de tomar Madrid en 1837 y destronar a su sobrina Isabel II, partiendo con un ejército desde el territorio vasco-navarro dominado por los carlistas. La estrategia consistía en marchar por Aragón a Cataluña, reforzar el ejército con las tropas carlistas allí existentes, cruzar el Ebro y reunirse con la tropa de Ramón Cabrera en el Maestrazgo, tras lo cual el ejército tendría fuerza suficiente para enfrentarse a cualquiera de los ejércitos isabelinos, teniendo asegurado el camino para apoderarse de Madrid y sentar en el trono al pretendiente.

Pero los informes que tenían de las tropas existentes en Cataluña eran falsos, ya que allí no existían más que carlistas agrupados en bandas sueltas, que no pudieron aportar fuerza alguna a la Expedición Real. Esta atravesó el Ebro, reuniéndose con Cabrera y tras obtener una brillante victoria sobre un ejército isabelino en la batalla de Villar de los Navarros, la expedición marchó sin encontrar obstáculos hasta las puertas de Madrid.

Los carlistas no realizaron ningún intento de ocupar la capital, solo explicable por la cercanía de un ejército que estaba a las órdenes de Baldomero Espartero, iniciando la retirada a los territorios de los que habían partido. La retirada fue considerada por los soldados carlistas como una derrota, iniciándose las desavenencias en el seno tanto militar como civil que habrían de facilitar la finalización de la guerra.

Los periódicos europeos dedicaron mucho espacio para contar día a día los acontecimientos de la Expedición con los datos facilitados por sus corresponsales de Madrid y Bayona (Francia). Hubo periodistas británicos que fueron desde Madrid al encuentro de los expedicionarios y los entrevistaron. En las librerías extranjeras se agotaban los mapas de España.

Antecedentes Al fallecer Fernando VII el 29 de septiembre de 1833, dejando como sucesora en el trono de España a su hija Isabel II, hubo levantamientos a favor de que Carlos María Isidro de Borbón, hermano del rey fallecido, ocupase el trono.Ramón Menéndez Pidal. La Era Isabelina. Madrid, 1981. Págs. 92-93.ISBN 84-239-4982-6. Estos partidarios fueron llamados carlistas, siendo conocido Carlos María Isidro de Borbón como pretendiente; mientras que los partidarios de la reina fueron llamados indistintamente «isabelinos», «cristinos»La reina era menor de edad, ocupando su madre María Cristina de Borbón la regencia y en ello se basaba la expresión «cristinos». y «liberales».Luis Bordas. Hechos Históricos y Memorables acaecidos en España desde la última enfermedad de Fernando VII hasta la conclusión de la Guerra de los Siete Años. Madrid, 1846. Págs. 42-50. Las rebeliones carlistas solo se afianzaron en el reducido territorio cercano al río Ega en Navarra, creándose batallones bajo las órdenes de Tomás de Zumalacárregui, antiguo oficial del rey difunto. Durante el año 1834 también se fueron formando batallones carlistas, siempre organizados por antiguos oficiales, en las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. Paralelamente se crearon en estas provincias juntas y diputaciones civiles para hacerse cargo de la recaudación de impuestos y proveer con alimentos, armas y ropa a los combatientes. Los ejércitos creados aceptaron como comandante supremo a Zumalacárregui, siendo su modo de combatir el de la guerrilla, no consiguiendo hasta finales de abril de 1835 tener posesión de localidad alguna en el territorio en el que actuaban. Pero la abrumadora victoria que obtuvieron en la acción de Artaza obligó al ejército isabelino a retirarse a la orilla sur del río Ebro, a abandonar las guarniciones establecidas en numerosas localidades de la comarca en la que actuaban las guerrillas carlistas y a recluirse en Bilbao, Pamplona, San Sebastián, Vitoria y algún pequeño puerto de mar. Ante esta situación, las tropas de Zumalacárregui ocuparon en seis semanas casi totalmente las provincias de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa.

Tras la muerte de este general en junio de 1835, cuantos intentos realizaron los carlistas –que ocupaban el denominado en aquella época «territorio carlista vasco-navarro»– por conquistar las capitales de estas provincias, así como de extender sus dominios al sur del Ebro y al este del río Arga, no tuvieron éxito, como tampoco lo tuvieron los de las fuerzas isabelinas para recuperar al menos parcialmente el territorio citado.

El mando carlista envió en 1836 varios ejércitos, conocidos como «expediciones», hacia Cataluña y Castilla, para establecer allí un modo de guerrear semejante al de la época de Zumalacárregui, pero también estos intentos fracasaron. Por ello, en abril de 1837 los carlistas vasco-navarros no ocupaban más territorio que el que había sido conquistado por Zumalacárregui en junio de 1835.

Motivación de la Expedición Real thumb|Carlos María Isidro de Borbón. A comienzos del año 1837, la penuria económica en el territorio vasco-navarro ocupado por los carlistas era muy preocupante debido a que en 1836 el mando enemigo había establecido una línea de bloqueo que impedía el comercio vasco-navarro con el territorio isabelino de mercancías que habitualmente importaban y revendían a la población que vivía al sur del Ebro; por otro lado, los banqueros europeos habían cortado las líneas de crédito que hasta entonces les habían concedido.

En abril de 1837, «las juntas y diputaciones de las provincias habían manifestado a D. Carlos la imposibilidad de continuar suministrando, y la de Navarra fijó en una exposición el término de quince días como únicos en que se obligaba a responder del alimento de las tropas y de los demás subsidios que gravitaban sobre el país, ampliando sus razones a demostrar la situación en que éstas se hallaban y la necesidad de extender la guerra a otras provincias si la causa realista había de continuar defendiéndose».José Manuel de Arízaga, Memoria militar y política sobre la guerra de Navarra. Madrid, 1840. Pág. 86.

El ejército carlista había obtenido poco antes importantes victorias al rechazar los intentos realizados por las fuerzas isabelinas de penetrar en su territorio desde Pamplona, San Sebastián y Bilbao, por lo que la moral de los soldados carlistas era muy alta. Dadas todas estas circunstancias, el mando preparó una nueva expedición, que resultó ser la más importante que se llegó a realizar, y es conocida como Expedición Real debido a que en ella participó el pretendiente.

Composición del cuerpo expedicionario La infantería se compuso con cuatro batallones de Navarra, cuatro de Álava, cuatro de Castilla, dos de Aragón, uno de granaderos y otro con desertores de la División Auxiliar Francesa, encuadrados todos ellos en cuatro divisiones. La caballería constaba de doce escuadrones.Adolfo Loning, Das spanische Volk. Hannover, 1844. Pág. 291. El mando lo recibió el infante Sebastián y el general González Moreno fue nombrado jefe del estado mayor. Ninguna de estas dos personas estaban cualificadas para dirigir un ejército que precisaba el complejo sistema táctico y operativo para llevar a cabo la estrategia que se pretendía realizar.Adolfo Loning, op. cit. Pág. 292.

La marcha desde Navarra a Cataluña El movimiento de la tropa se inició el 15 de mayo de 1837 en Estella. Suponiendo que al mando isabelino no le pasarían desapercibidos los preparativos de la expedición, los carlistas acantonaron entre Sesma y Los Arcos, muy cerca del Ebro, las tropas navarras que habían de quedar en el país al mando del general Uranga. Efectivamente, el general Miguel María Iribarren, jefe de las tropas isabelinas destacadas en el sur y este de Navarra, al tener noticia de ello, pensó que los carlistas podrían tratar de iniciar la expedición cruzando el Ebro entre Logroño y Lodosa, ya que los vados situados más río abajo no eran practicables en aquella época del año. Por ello reforzó la vigilancia de este tramo con la división de Buerens. Mas los expedicionarios abandonaron su territorio cruzando el río Arga a la altura de Echauri. Ocultos en la boscosa orilla derecha del río habían construido balsas, empleando para ello barcas de pescadores, toneles y tablones. En la noche del 15 al 16 de mayo bajaron las balsas al río y uniéndolas con maromas, consiguieron construir un puente flotante que llegaba hasta la orilla opuesta.Adolfo Loning. op. cit. Pág. 289. Por él pasó a la orilla izquierda el ejército expedicionario durante los días 16 y 17 de mayo, poniéndose ya entonces de manifiesto la carencia de organización que había de caracterizar a la expedición, puesto que no se habían provisto de barcazas suficientemente robustas para soportar el peso de la artillería, por lo que esta tuvo que quedarse en la orilla derecha, partiendo la tropa sin ella en dirección a Aragón. «Nada se había prevenido. Ni había armeros, ni fraguas de campaña, ni pontones, sino una gran cantidad de mulas cargadas de bagajes inútiles».Príncipe Félix Lichnowsky, Recuerdos de la Guerra carlista, 1837-1839.. Madrid, 1942. Pág. 81. thumb|Reproducción parcial del mapa dibujado por Rahden sobre las expediciones Gómez y Real. La Real está marcada con trazo rojo. A la derecha figura el recorrido de la Expedición Real con distancias en leguas. El día 18, tras desfilar a la vista de Pamplona, pernoctaron en Monreal. Al día siguiente doblaron hacia el sureste, llegando al río Aragón en Gallipienzo. La guarnición isabelina de la cercana localidad de Cáseda había destruido dos arcos del puente, pero fue reparado por los carlistas, aunque «...remediamos el mal imperfectamente poniendo en su lugar unos tablones. Los caballos tenían que pasar uno a uno por este puente vacilante y la tropa tardó toda la noche en pasarlo. Hubo muchos desórdenes durante el paso y recuerdo que al cura Merino le robaron un par de botas nuevas».Príncipe Félix Lichnowsky, op. cit. Pág. 82. El pretendiente se despidió aquí de la población vasco-navarra mediante una optimista y poética alocución. Continuaron la marcha por Luna y cruzaron el día 23 el río Gállego a la altura de Marracos. No habiendo puente, construyeron uno con los carros que había en el pueblo, llegando al siguiente día a Huesca. Durante el trayecto de Navarra hasta aquí se pusieron ya de manifiesto otras dos carencias del ejército expedicionario: ni eran recibidos con alegría por las poblaciones por las que transitaban, incluso los habitantes masculinos en edad de servir como soldados habían desaparecido, ocultándose en los montes, para evitar ser incorporados a la fuerza al ejército carlista, ni la alimentación que recibía la tropa era suficiente, comenzando los soldados a estar obligados a mendigar. Este mendigar en las jornadas siguientes terminaría por convertirse en robo, pillaje y saqueo. «El Alto Aragón nos era hostil...el país era demasiado pobre y miserable para que pudiera sentir ningún entusiasmo...tuvimos que continuar sufriendo la falta de víveres y de forrajes».Príncipe Félix Lichnowsky, op. cit. Pág. 83.

Eran las 10 de la mañana del día 24 de mayo cuando el ejército carlista se formó ante Huesca, esperando ansioso tanto la comida como el reparto de las papeletas de acuartelamiento. La tropa había dormido al raso desde que habían cruzado el Arga, las noches habían sido muy frías, poca la comida y en Huesca les habían de recibir «[...] aquellas gentes en cuyas moradas nos aguardaban placeres insólitos. Las ollas de Egipto se habían volcado en ellas y sus dueños escanciaban sin cesar el néctar de las cepas».Wilhem von Rahden, Andanzas de un veterano de la guerra de España. (1833-1840). Pamplona, 1965. Pág. 58. thumb|Infantería carlista de Navarra.