El Grupo de Acción Republicana —inicialmente denominado Grupo de Acción Política y conocido también simplemente como Acción Republicana— fue una agrupación política española surgida hacia 1925, durante la dictadura de Primo de Rivera. Su ideario consistía básicamente en la intención de sustituir la monarquía de Alfonso XIII por un régimen republicano, manteniendo un gran pluralismo interno en otras materias. Promovió la creación de la Alianza Republicana para unir a las distintas fuerzas de esta tendencia, y apoyó en un plano secundario los distintos pronunciamientos que intentaron acabar con la Dictadura. Tras la caída de Primo de Rivera, participó en los intentos de formar un frente unitario que culminaron en el Pacto de San Sebastián. Después de que la coalición así formada fracasase en su intento de acabar con la monarquía mediante un pronunciamiento militar, participó en la Conjunción Republicano-Socialista, coalición que triunfó en las principales ciudades en las elecciones municipales de abril de 1931 cuyo resultado produjo la proclamación de la Segunda República. Formó parte del primer Gobierno Provisional presidido por Alcalá-Zamora, en el que su representante, el ministro del Ejército Manuel Azaña, se distinguió por promover diversas reformas. Finalmente, a finales de mayo de 1931 se convirtió definitivamente en partido político con el nombre de Acción Republicana.

Antecedentes: la dictadura

El sistema político de la Restauración tenía graves defectos debido al falseamiento del sufragio, el caciquismo y la intromisión del rey en la lucha política. Sin embargo, mantenía el pluripartidismo y las libertades públicas, y la existencia de elecciones mantenía abierta una cierta posibilidad de regeneración del sistema. Esto cambió con el golpe de Estado perpetrado por el general Primo de Rivera. Al liquidar el sistema parlamentario, impidió cualquier posibilidad de evolución de este; y lo hizo con la anuencia del rey Alfonso XIII.

El republicanismo era un movimiento político débil desde hacía tiempo. Su principal representante, el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, tenía una estructura difusa basada en pequeños partidos locales. Sin embargo, la perspicacia política de su líder le permitió darse cuenta de que era necesario emprender una labor de reorganización que permitiera recibir la herencia que la Dictadura iba a dejar al movimiento. Muy distinta fue la reacción del Partido Reformista de Melquíades Álvarez, que no llegó a comprender la trascendencia del cambio político y se limitó a esperar la vuelta de la normalidad constitucional.

Fundación

El Grupo de Acción Republicana nació en 1925, cuando la dictadura de Primo de Rivera llevaba un año y medio de existencia. Sus primeros impulsores fueron el farmacéutico y catedrático de Biología José Giral y el abogado y catedrático Enrique Martí Jara. Ambos estaban vinculados a la Escuela Nueva, una institución cultural de carácter izquierdista, y habían mantenido en 1924 correspondencia con Miguel de Unamuno. Ya en febrero de ese año le anunciaron al escritor que querían formar una «agrupación, sin dogma, de toda o la más sana parte de la política española». Comenzaron celebrando lo que se denominaban «novenas», es decir, reuniones de un máximo de nueve personas para no incurrir en el delito de reunión ilegal instaurado por la Dictadura. A las citas en la rebotica de Giral incorporó Martí a Manuel Azaña, que había abandonado el Partido Reformista tras el pronunciamiento de Primo de Rivera. A principios de 1925, contaban también con el concurso del escritor Ramón Pérez de Ayala, del penalista Luis Jiménez de Asúa y del médico Teófilo Hernando.

150px|thumb|izquierda|El escritor Ramón Pérez de Ayala se incorporó al Grupo ya en 1925.

En mayo de 1925, el grupo hizo público su manifiesto fundacional, aunque la censura de la Dictadura impidió que fuera publicado y difundido. Había sido redactado por Azaña. El texto expresaba «toda la rabia de nuestro espíritu liberal, sometido a la tiranía, y toda la esperanza de nuestro vigor de españoles, deseosos de redimirse». Hacía un llamamiento a la libertad, que identificaba nítidamente con la República. Su propósito parecía ser el de unir a todos los republicanos, con independencia de que militaran ya o no en alguna otra organización. Sin embargo, también manifestaba el grupo su deseo de ser un «embrión de partido» y hacía un llamamiento a la colaboración de las distintas organizaciones republicanas y proletarias. El texto también defendía la propia identidad del grupo, que no deseaba ser confundido con los desprestigiados partidos republicanos. Aspiraba más bien a tener una autoridad de tipo moral sobre los partidos existentes. No era un partido político y parecía tener la ambición de convertirse en organización suprapartidaria como lo acabaría siendo más tarde la Alianza Republicana. De momento, era perfectamente compatible la pertenencia al grupo con la militancia en un partido político. No obstante, el manifiesto no alcanzó los treinta firmantes.

Aunque algunos sitúan en ese momento la creación del Grupo de Acción Republicana, lo cierto es que solo se le conocía como «el grupo». Poco a poco se le empieza a llamar «grupo de acción política»; y luego, con mayúsculas, «Grupo de Acción Política». Hacia finales de diciembre de 1925, ya se le denomina «Grupo de Acción Republicana». Durante ese año, carece de organización, estatutos o cuotas, y su carácter informal es patente. De hecho, su primera aparición pública puede ser considerada como un fracaso; el manifiesto tuvo pocos firmantes y no fue publicado; y el Grupo de Acción Política no llegó a tener cotizantes, junta directiva ni asamblea representativa. Esa situación se mantendría durante cuatro años. Aunque Azaña tuvo un cierto protagonismo inicial —que fue siempre apoyado por Giral y Martí— pronto perdió entusiasmo.

La creación de la Alianza Republicana

Aunque el grupo era poco más que una mera tertulia del Ateneo compuesta de profesores y escritores, realizó una labor clave para la unión de las distintas corrientes del republicanismo. Conscientes de su debilidad pero celosos de su independencia, establecieron contacto con el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux. A pesar del desprestigio de los tradicionales partidos republicanos, el grupo los necesitaba para salir de su aislamiento. Por su parte, a Lerroux también le interesaba el renombre que podía conferirle ese grupo de intelectuales. Giral y Azaña tuvieron que emplearse a fondo para vencer las reticencias de otros miembros del colectivo al trato con los radicales. Con ayuda de Antonio Marsá —miembro del Partido Radical vinculado también a la Escuela Nueva— Giral y Martí organizaron el 11 de febrero de 1926 una celebración conjunta del aniversario de la proclamación de la República que tuvo gran eco en toda España y que supuso el nacimiento de la Alianza Republicana. La junta de esta nueva organización unitaria estuvo formada por Lerroux en representación del Partido Radical, el principal partido del republicanismo aunque no tuviera implantación en todo el territorio; Hilario Ayuso por el Partido Federal, una fuerza política seguidora de la tradición de Pi y Margall bastante dividida; Marcelino Domingo por el Partido Republicano Catalán, una organización que, tras afiliarse fugazmente a la Internacional Comunista en 1920, había quedado muy mermada por la violencia que azotó Barcelona entre la CNT y los Sindicatos Libres; Roberto Castrovido por la prensa republicana, un veterano periodista que había sido diputado en varias legislaturas; y Manuel Azaña, que fue designado en representación del Grupo de Acción Republicana. Giral, Martí Jara y Marsá figuraban como secretarios. El manifiesto de la Alianza, que presentaba un programa moderado, fue firmado por un buen número de intelectuales gracias en buena medida a la labor del grupo de Giral y Jara.

150px|thumb|derecha|Luis Araquistáin formó parte del Grupo antes de volver a afiliarse al PSOE.

Aunque el comienzo de la Alianza fue alentador y se crearon órganos suyos en numerosas provincias, parece que su actividad en años sucesivos se limitó casi a conmemorar el aniversario de la proclamación de la República. Según diría más tarde el Partido Radical, los intelectuales independientes que se vinculaban a ella quedaban encuadrados de forma genérica en Acción Republicana.

A través de la Alianza Republicana, el grupo apoyó el fallido pronunciamiento monárquico de 24 de junio de 1926 conocido como la Sanjuanada. Dada la debilidad del republicanismo, se consideró conveniente colaborar con sectores monárquicos moderados contrarios a la Dictadura que contarían con mayores apoyos dentro de las fuerzas armadas. Sin embargo, el apoyo de la Alianza al fracasado pronunciamiento de Sánchez-Guerra en 1929 hizo que el sector más izquierdista, encabezado por Marcelino Domingo y Álvaro de Albornoz, se separara del frente común y creara el Partido Radical Socialista (PRRS) como reacción a esa colaboración con sectores monárquicos y al excesivo peso del Partido Radical. También la abandonaron parte del Partido Federal y algunos intelectuales como Gregorio Marañón, Jiménez de Asúa y Pérez de Ayala. El PRRS fue un claro competidor de Acción Republicana al situarse igualmente a la izquierda del Partido Radical, alcanzar un rápido éxito organizativo frente a los inconexos grupos locales de la agrupación de Azaña, disponer de medios de comunicación que le apoyaban y contar sus líderes con mayor popularidad como dirigentes republicanos antiguos.

En diciembre de 1926 se formó la logia masónica «Dantón», en la que participaron Giral y Martí. Pertenecía al sector de la masonería más «político» y partidario de la lucha contra la Dictadura. Otros miembros del grupo se adscribirían a la masonería de una u otra forma.

La «dictablanda»

Revitalización

El 8 de febrero de 1930 se celebró por primera vez una asamblea del grupo de Madrid a la que asistieron más de doscientas personas. En ella, Azaña no solo fue confirmado como representante del grupo en la Junta Nacional de la Alianza Republicana, sino que también fue designado para ocupar la nueva secretaría de Acción Republicana. Se subsanaba así la imposibilidad de elegir representantes debida a las circunstancias políticas de la Dictadura. En esta como en otras ocasiones, y a falta de un órgano representativo de ámbito nacional, el grupo de Madrid actuaba como tal. Tres días después, en un banquete celebrado para conmemorar la República, Azaña pronunció un importante discurso en el que perfiló los principales puntos de su programa político futuro: condena tanto del clericalismo como del militarismo, búsqueda de una fórmula de concordia para todos los pueblos hispánicos, creación de una escuela republicana y reforma social. Tras decir que había que barrer «el infecto clericalismo de Estado» y «la demagogia frailuna que a los liberales moderados de hace un siglo ya les parecía repugnante» expuso su concepción de la república por la que luchaba en una frase que todavía hoy sigue siendo objeto de distintas interpretaciones entre los estudiosos de la época: