El periodo constitucional del reinado de Alfonso XIII constituye el primer periodo del reinado personal de Alfonso XIII comprendido entre su acceso al trono en mayo de 1902 y el golpe de Estado de Primo de Rivera de septiembre de 1923 que dio paso al segundo periodo del reinado, la Dictadura de Primo de Rivera. Se denomina constitucional porque durante el mismo el rey Alfonso XIII se atuvo al papel que le confería la Constitución de 1876 que rigió durante la Restauración borbónica en España. Durante este periodo el régimen político de la Restauración no fue capaz de transformarse en una verdadera Monarquía parlamentaria, entre otras razones porque el rey no se limitó a ejercer un papel simbólico sino que intervino activamente en la vida política, especialmente en los temas militares, gracias a los relativamente amplios poderes que le concedía la Constitución. El rey político, el político en el trono, fue así una pieza decisiva en la evolución del sistema y su intervención «se hizo más acusada en los momentos en los que los partidos mostraban poca cohesión interna y la opinión no se decantaba por un líder de un modo claro. En esas circunstancias, la decisión del monarca de entregar el poder a uno u otro líder político constituía una participación decisiva en la política interna de los partidos».

Por otro lado, como ha señalado el historiador Manuel Suárez Cortina, «en los años que estuvo al frente de los destinos del Estado, Alfonso XIII pudo observar un cambio notable en la sociedad española: la consolidación de un movimiento obrero autónomo, la afirmación de los regionalismos y nacionalismos periféricos, la formación de un sistema económico de acusados rasgos proteccionistas y varios intentos de modernizar el sistema político, que parecieron inviables desde mediados de la segunda mitad del siglo». Según el historiador Javier Moreno Luzón, los cambios que se produjeron durante su reinado «provocaron gravísimos conflictos sociales y políticos... España no se asemejaba a Gran Bretaña, pero tampoco a una colonia africana, más bien se aproximaba a Italia y otros estados europeos de segunda fila que, al comenzar el siglo XX, se adentraban en la compleja política de masas».

Los primeros años (1902-1907)

El acceso al trono de Alfonso XIII thumb|El futuro Alfonso XIII con su madre, la regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, en 1901, un año antes de su acceso al trono. Alfonso XIII inició su reinado personal el 17 de mayo de 1902 cuando cumplió los dieciséis años de edad y juró la Constitución de 1876. Madrid se engalanó para el acontecimiento y más de 100.000 personas llegaron a la capital gracias a los billetes baratos que ofrecieron las compañías ferroviarias para la ocasión. Hubo desfiles con bandas de música, una gran parada militar y una corrida de toros, y también batallas de flores, campeonatos de polo y de tiro y un campeonato de foot-ball, origen de la Copa del Rey. Cuando el rey salía de palacio para ir al Congreso de los Diputados se produjo un incidente. Un hombre se subió al carruaje y recibió un puñetazo de Alfonso XIII, siendo reducido por sus escoltas. Hizo temer que se trataba de un atentado pero en realidad era un loco que quería entregar una carta a la infanta María Teresa de Borbón, hermana del rey, de la que decía estar enamorado.

Al día siguiente el joven rey inauguró el monumento a Alfonso XII en el Retiro. También envió un mensaje al papa León XIII en el que se proclamaba «Rey de una nación en donde la fe religiosa no ha vacilado un solo instante», para recordar a continuación que era «Hijo de la insigne Reina que por espacio de más de dieciséis años ha sabido mantener a su Pueblo en las más perfecta y cabal armonía con la Iglesia en cuya sublime creencia queremos vivir y morir los españoles». Al siguiente papa Pío X le escribió que durante su «glorioso pontificado» su antecesor «no dejó un solo instante de demostrar las más vivas simpatías por mi amadísima madre, por mi Real Familia, por mí y por la noble Nación cuyo gobierno Dios me ha confiado». thumb|left|Monumento a Alfonso XII en los Jardines del Retiro de Madrid, inaugurado por Alfonso XIII al día siguiente de su acceso al trono. Como era de esperar, los republicanos no acogieron con el mismo entusiasmo al nuevo rey. El diario "El País" abominaba «de las dinastías extranjeras que establecieron el absolutismo y el clericalismo, relajaron la fibra de nuestra nacionalidad, haciéndola perder en trescientos años todo su imperio y su grandeza». Los nacionalistas vascos también manifestaron su rechazo. El líder del Partido Nacionalista Vasco, Sabino Arana, envió un telegrama de felicitación al presidente de Estados Unidos por haber reconocido la independencia de Cuba, lo que dio lugar a su encarcelamiento durante varios meses. En cuanto a los nacionalistas catalanes la recién creada Lliga Regionalista consiguió que el Ayuntamiento de Barcelona aprobara que los gastos de las celebraciones por el nuevo monarca (75.000 pesetas) se destinaran a las recuperadas fiestas patronales de la Virgen de la Merced, aunque esta decisión no se debió a un rechazo de la monarquía o del joven rey, sino que fue una medida de protesta por la política represiva llevaba a cabo por el gobierno de Sagasta contra el catalanismo. En marzo había sido detenido Enric Prat de la Riba, director del órgano de la Lliga La Veu de Catalunya, bajo la acusación de «rebelión y de incitación al separatismo» por haber reproducido un artículo publicado en Perpiñán titulado Separatisme al Rosselló. Estuvo veinte días en prisión y durante ese tiempo contrajo la enfermedad de Basedow. Asimismo el gobierno había prohibido la celebración de los Jocs Florals, así como otros actos y manifestaciones públicas catalanistas y habían sido multados diarios y revistas escritos en catalán.

Por otro lado, mientras Madrid festejaba el acceso al trono de Alfonso XIII, Barcelona llevaba varios meses sometida al estado de guerra a causa de una huelga general revolucionaria que en febrero de 1902 había paralizado la ciudad una semana, por primera vez en su historia. Durante la misma se habían producido todo tipo de incidentes violentos hasta que el ejército logró controlar la situación. Hubo decenas de muertos y cientos de heridos. Alrededor de 500 personas fueron encarceladas. El cuadro de Ramón Casas titulado La carga, que mostraba a la guardia civil a caballo arremetiendo contra unos manifestantes, fue rebautizado Barcelona 1902.

Problemas de liderazgo en los partidos del turno e inicio de la crisis del sistema caciquil thumb|250px|Gobierno presidido por Práxedes Mateo Sagasta (segundo por la izquierda), con Segismundo Moret (primero por la izquierda) y el conde de Romanones (primero por la derecha) Cuando Alfonso XIII accede al trono en mayo de 1902 el gobierno está presidido por Práxedes Mateo Sagasta, anciano líder del Partido Liberal, uno de los dos partidos del turno junto con el Partido Conservador, y que estará en el poder hasta diciembre de ese año. Sagasta murió un mes después de dejar el cargo, a los 77 años de edad.

Le sucedió al frente del gobierno otro político veterano Francisco Silvela, 60 años, líder del Partido Conservador desde que fue asesinado en 1897 Antonio Cánovas del Castillo. Como era habitual en el régimen político de la Restauración cuando se producía el relevo entre los dos partidos del turno, el presidente obtuvo del rey el decreto de disolución de las Cortes y convocó elecciones que se celebraron en abril de 1903 para dotarse de una amplia mayoría en las Cortes. Silvela prometió que serían unas elecciones sinceras, aunque sin poner en riesgo la mayoría conservadora, lo que permitió que los partidos republicanos coaligados obtuvieran un resonante triunfo en varias capitales, como Madrid, Barcelona y Valencia. Este relativo éxito republicano fue muy mal recibido en la Corte que hizo responsable del mismo al gobierno, en concreto al ministro de la Gobernación Antonio Maura, por no haberlo impedido. Asimismo agudizó las tensiones en el seno del Partido Conservador. «Sivela, un hombre cansado, no aguantó la presión y tras la primera de las crisis llamadas orientales –con el significado de decisión despótica, puesto que en el Palacio se resolvían todas las crisis al ser el rey el que nombraba y separaba libremente a sus ministros, según la Constitución, siendo Urzáiz el autor de la expresión para calificar la crisis de 1903-, dimitió la presidencia del gobierno y la jefatura del partido conservador». Javier Tusell y Genoveva García Queipo de Llano, apoyándose en la documentación diplomática, especialmente en los despachos enviados a París por el embajador francés, afirman que ni el rey ni la reina madre fueron responsables de la caída de Silvela –en realidad le suplicaron que continuara en el cargo- sino que se debió a las divisiones internas que se produjeron en el seno del gobierno conservador. Buena parte de la prensa de la época, en cambio, no lo interpretó así y consideró la crisis «caprichosa e innecesaria» que recordaba los «días de la Reina Isabel». thumb|Francisco Silvela (1903), sucesor de Antonio Cánovas del Castillo al frente del Partido Conservador. thumb|left|Raimundo Fernández Villaverde, líder de una de las facciones del Partido Conservador tras la retirada de Silvela. La desaparición de los líderes históricos desató la lucha entre las diversas facciones que integraban tanto el partido liberal como el conservador para hacerse con el liderazgo. En el Partido Conservador se enfrentaron la facción encabezada por Raimundo Fernández Villaverde, quien había sucedido a Silvela al frente del gobierno, y la encabezada por Antonio Maura, que en diciembre de 1903 le sustituyó. La división en el seno del Partido Liberal fue aún mayor, pues había hasta cinco aspirantes para suceder a Sagasta, Eugenio Montero Ríos, José López Domínguez, Francisco Romero Robledo, Segismundo Moret y José Canalejas. El resultado fue un debilitamiento de los partidos, aunque el turno no se alteró. El Partido Conservador gobernó entre 1903 y 1905 y el Partido Liberal entre 1905 y 1907, pero fueron años de una gran inestabilidad. Durante el período conservador hubo «cinco crisis totales [de gobierno] con el paso por el gobierno de cuatro diferentes presidentes y nada menos que 66 ministros». Durante el año y medio que estuvieron en el poder los liberales hubo cinco gobiernos.

Como ha señalado Santos Juliá, «con la muerte de Sagasta [y la retirada de Silvela] se hizo evidente lo que venía gestándose tiempo atrás: aquellos partidos [del turno] funcionaban como coalición de facciones, cada una de ellas bajo la batuta de un jefe que controlaba tan sólo a un sector de los notables y de la red de caciques. Para la clase política de la Restauración el problema, al comenzar su reinado Alfonso XIII, consistía en mantener, bajo nuevos liderazgos, la cohesión de las elites fundadoras del régimen a la vez que lo "regeneraba", esto es, que limpiaba sus procedimientos con objeto de adquirir verdadera fuerza en la opinión; tarea complicada porque la cohesión de los partidos formados por facciones clientelares exige unos métodos contradictorios con la limpieza del sufragio, destinada a medir la fuerza de partidos de masa».

La quiebra del sistema del turno comenzó por Cataluña. Allí la movilización ciudadana consiguió poner fin al sistema caciquil, empezando por la ciudad de Barcelona, y los resultados de las elecciones sí que responderán a los cambios en la opinión de los votantes. Ello fue posible porque los partidos dinásticos fueron desplazados por dos fuerzas políticas de fuera del sistema: los catalanistas de la Lliga y los republicanos de Alejandro Lerroux.