160px|thumb|El general Franco. Su nombramiento como generalísimo fue el primer paso de su ascenso al poder.
El nombramiento del generalísimo Franco tuvo lugar el 21 de septiembre de 1936 en el aeródromo de San Fernando (Salamanca), durante una reunión de altos mandos militares del sector del ejército que se había sublevado el anterior mes de julio. El nombramiento fue hecho oficial por la Junta de Defensa Nacional el día 30 del mismo mes, de forma simultánea con el nombramiento de Franco como jefe del Gobierno que tuvo lugar el 28 de septiembre.
El general Franco no había participado de forma significativa en los preparativos del golpe de Estado, aunque siempre se le había reservado en ellos un papel importante: la dirección del alzamiento en el Protectorado de Marruecos y la jefatura del Ejército de África. Tras la inesperada muerte del general Sanjurjo, líder de la rebelión, una serie de factores beneficiaron la candidatura de Franco al mando militar supremo: el establecimiento de importantes acuerdos con Alemania e Italia, el exitoso paso del estrecho de Gibraltar, el rápido avance de sus fuerzas hacia Madrid y el decidido apoyo del pequeño sector monárquico.
Aunque se trataba de un cargo meramente militar y estaba inicialmente previsto que la Junta de Defensa Nacional siguiera detentando el mando político, el nombramiento supuso el inicio del rápido ascenso de Franco hacia el poder absoluto que permitiría su larga dictadura. Desde un punto de vista militar, la creación de un mando único confirió una importante ventaja al bando rebelde sobre el disperso bando republicano.
La conspiración
Las vacilaciones
150px|thumb|izquierda|El jefe del Gobierno, Casares Quiroga, minusvaloró el peligro de la conspiración derechista.
La ajustada victoria del izquierdista Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 hizo patente el grado de enfrentamiento social existente. Ya en los días inmediatos, los generales Goded, Fanjul y Rodríguez del Barrio sopesaron la idea de dar un golpe de Estado, pero fueron disuadidos por el jefe del Estado Mayor, general Franco, quien consideraba que el intento no podía triunfar. En el período posterior, se acentuó la violencia política, con atentados a líderes y enfrentamientos callejeros entre grupos falangistas y revolucionarios. A ello ayudaba la actitud cada vez más radicalizada de las dos principales fuerzas políticas, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA).
Dado que el Gobierno de Casares desconfiaba de buen número de generales, realizó ciertas actuaciones preventivas. Dejó a los generales Fanjul, Orgaz, Villegas y Saliquet en situación de disponibles y trasladó a Franco a las islas Canarias, a Goded a las Baleares y a Mola a Navarra. Esa política irritó a algunos de ellos, como en el caso de Franco, que consideraba su nuevo destino como un injusto destierro. El 8 de marzo, el día anterior de su viaje a las islas, Franco participó en una reunión que se celebró en Madrid, en casa de José Delgado —amigo de Gil Robles—. Participaron en ella también Mola, Fanjul, Orgaz, Villegas, Varela, Rodríguez del Barrio, Saliquet, García de la Herrán, Ponte, González Carrasco y el teniente coronel Galarza —este último en representación de la Unión Militar Española (UME)—. Se trató de la preparación de un alzamiento y se acordó que el líder sería el general Sanjurjo —por entonces desterrado en Portugal— no tanto por su participación en el golpe de Estado fallido de 1932 cuanto por su condición de militar de mayor graduación y antigüedad entre los conspiradores. Mola traía también el compromiso de sus antiguos subordinados en África Sáenz de Buruaga, Beigbeder, Yagüe y Tella. Goded estaba ausente pero todos contaban con él. El acuerdo era dar el golpe de Estado si se desataba una revolución, si el gobierno suprimía la Guardia Civil o reducía la oficialidad, o si Largo Caballero llegaba a la presidencia del gobierno. No se llegó a acordar el carácter político del «movimiento militar» pero sí se llegó a fijar la fecha del golpe: el 20 de abril. Mola fue puesto al frente de los preparativos teniendo plenos poderes organizativos pero no mando supremo. Pese a su asistencia a la reunión, Franco evitó comprometerse a fondo en la conspiración.
En realidad hubo varias conspiraciones simultáneas. La UME, una asociación clandestina de varios cientos de jefes y oficiales antiizquierdistas, tuvo un papel destacado. También los carlistas pretendían iniciar una rebelión. Y la Falange, consciente de su propia debilidad, tuvo que confiar en los militares. En Madrid, una conservadora «junta de generales» intentaba coordinar esfuerzos con poco éxito. La destitución del Presidente Alcalá-Zamora a principios de abril y la violencia callejera estuvieron a punto de adelantar el golpe, pues la mencionada junta señaló el 20 de abril para un golpe que encabezaría el general Rodríguez del Barrio. Sin embargo, la intentona fue cancelada pocas horas antes de su ejecución debido a su evidente falta de preparación. Las sospechas del Gobierno habían conducido a la detención de Orgaz en Canarias y Varela en Cádiz. Fue a partir de entonces cuando Mola comenzó a ejercer como «El Director» de la conspiración y comenzó a redactar y difundir una serie de circulares o Instrucciones reservadas en las que fue perfilando la compleja trama que llevaría adelante el golpe de Estado, convirtiéndose en el nexo de unión entre las diversas tramas. En su primera instrucción recalcó la importancia de llevar a cabo una represión violenta e inmediata —en la que dictó el 25 de mayo decía: «Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades y sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándose castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas»—. Fue también Mola quien mantuvo contactos, que serían trascendentales, con los generales Queipo de Llano y Cabanellas. A finales de junio, la operación estaba planeada. No hay constancia de que Franco participara activamente en los preparativos a pesar de las versiones posteriores en este sentido. Las exigencias de los diversos sectores exasperaron a Mola, que estuvo a punto de abandonar y hasta pensó en volver a su Cuba natal, pero siguió adelante con la trama.
La indecisión de Franco se mantuvo casi hasta el final, haciendo decir a Sanjurjo «con Franquito o sin Franquito salvaremos a España». A pesar de su falta de determinación, Franco era visto por muchos como un posible líder de un golpe militar. El dirigente socialista Indalecio Prieto lo dijo así en un discurso pronunciado en Cuenca: Hacia el final de mayo, el general recibió en las islas la visita de un dirigente de la UME que le hizo llegar un mensaje de Goded ofreciéndole su apoyo para asumir la jefatura de la rebelión. Sin embargo, seguía sin estar convencido. En cuanto a los conspiradores, querían contar con él por su gran ascendiente sobre la oficialidad —logrado en su etapa de director de la Academia General Militar— y sobre el Ejército de África. Era un claro referente; en palabras de José María Pemán, «el semáforo de la política militar». Con todo, incluso en fecha tan tardía como el 12 de julio, Franco envió un mensaje a Kindelán mostrando su indecisión, lo que enfureció a Mola y le obligó a trazar un plan alternativo por el que Sanjurjo se trasladaría al Protectorado para dirigir al Ejército de África en vez de Franco. De hecho, parece que lo que decidió a algunos generales a unirse finalmente a la conspiración fue la convicción de que sería más peligroso para su propia seguridad personal permanecer inactivos que afrontar los riesgos que implicaba un golpe de Estado. Solo el día 14 de julio Mola recibió la seguridad de que Franco iba a trasladarse a Marruecos para encabezar allí el golpe. En la noche del 13 al 14, Franco había escrito el manifiesto que debía proclamarse al iniciar el alzamiento.
El detonante
170px|thumb|derecha|Sanjurjo era el líder indiscutido de la sublevación
A principios de julio de 1936 la preparación del golpe militar estaba casi terminada, aunque el general Mola reconocía que «el entusiasmo por la causa no ha llegado todavía al grado de exaltación necesario». Fue el asesinato de José Calvo Sotelo lo que terminó de convencer a los conspiradores de no demorar más su actuación y sumó al golpe a personas hasta entonces indecisas por miedo a comprometer sus carreras y sus propias vidas.
A primeras horas del 13 de julio, un grupo de guardias de asalto dirigidos por el capitán Condés de la Guardia Civil salió a matar a algún político de derechas para vengar el previo asesinato del teniente Castillo. Tras no localizar a Antonio Goicoechea y a José María Gil-Robles, secuestraron en su propio domicilio a José Calvo Sotelo, el líder de los monárquicos alfonsinos de Renovación Española, le asesinaron y abandonaron su cadáver en el depósito del cementerio de la Almudena. Se trataba de un crimen sin parangón en las democracias de Europa occidental.
En el entierro de Calvo Sotelo el dirigente monárquico Antonio Goicoechea juró solemnemente «consagrar nuestra vida a esta triple labor: imitar tu ejemplo, vengar tu muerte y salvar a España, que todo es uno y lo mismo». Por su parte el líder de la CEDA, José María Gil Robles en las Cortes les dijo a los diputados de la izquierda que «la sangre del señor Calvo Sotelo está sobre vosotros» y acusó al gobierno de tener la «responsabilidad moral» del crimen por «patrocinar la violencia», aunque reconoció que no estaba involucrado.
El suceso conmocionó al país dado que se trataba de uno de los líderes de la oposición, y terminó de decidir al general Franco a participar en el golpe. Probablemente decidió también a muchas otras personas y es muy posible que los conspiradores no hubieran llegado a dar el paso definitivo de no ser por este factor imprevisto. La clase media española quedó conmocionada por el asesinato. Durante décadas, los sublevados en julio alegarían que el asesinato de Calvo Sotelo formaba parte de un plan comunista para hacerse con el poder en pocos días. Sin embargo, nunca han aparecido pruebas fiables del supuesto plan. Aunque posteriormente los sublevados mostraron lo que dijeron eran pruebas documentales del complot comunista, se demostró que tales documentos eran una falsificación elaborada por Tomás Borrás.
En cuanto al plan de los sublevados, Mola lo había preparado como un golpe de Estado tradicional. Era esencial hacerse con Madrid para poder traspasar los poderes desde la autoridad civil a la militar. Sin embargo, pronto Franco y él tuvieron la convicción de que el golpe tendría pocas posibilidades de éxito en la capital. Por ello, a sugerencia de Franco, se recomendó a los líderes que no se encerrasen en los cuarteles sino que se replegaran hacia la sierra para esperar la llegada de refuerzos. Al Ejército de África se le asignaba un papel determinante en toda la operación.
Mola decidió aprovechar la conmoción que habían causado en el país los dos crímenes, y el día 14 adelantó la fecha de la sublevación que quedó fijada para los días 18 y 19 de julio de 1936. Envió telegramas a los conjurados con el siguiente texto: «El pasado día 15, a las 4 de la mañana, Elena dio a luz un hermoso niño». Significaba que el alzamiento comenzaría en el Protectorado de Marruecos el 18 de julio a las cinco de la mañana, seguido del levantamiento de las guarniciones de la península al día siguiente.
El golpe
El éxito
El golpe de Estado se anticipó al día 17 de julio en el Protectorado, donde se impuso con facilidad. En el resto de España, el resultado fue dispar.