thumb|José Canalejas. El gobierno de José Canalejas fue el gobierno español presidido por el liberal José Canalejas entre febrero de 1910 y noviembre de 1912 durante el periodo constitucional del reinado de Alfonso XIII. Su importancia radica en que, tras el gobierno largo de Antonio Maura, fue el segundo intento de «regeneración desde dentro» del régimen político de la Restauración pero el asesinato de Canalejas por un anarquista en la Puerta del Sol de Madrid truncó su proyecto de democratización de la Monarquía de Alfonso XIII.

La caída de Moret y el acceso al poder de Canalejas El gobierno del liberal Segismundo Moret, que había sucedido al gobierno largo de Antonio Maura, duró pocos meses. Su aproximación a los republicanos abrió una crisis en el partido liberal que fue aprovechada por el rey para intervenir y nombrar en febrero de 1910 a José Canalejas como nuevo presidente del gobierno. Moret había comenzado a negociar el encasillado de las próximas elecciones —en las que el gobierno se dotaría de una mayoría amplia en las Cortes— con el líder republicano Alejandro Lerroux y con el reformista Melquiades Álvarez, sus aliados para derribar a Antonio Maura, lo que provocó el descontento entre el resto de líderes liberales que se sintieron relegados y que hicieron llegar su inquietud al rey. A principios de febrero de 1910, Alfonso XIII declaró, sin mencionar a Moret, que «el partido liberal tiene necesidad de estar unido, de suerte que queden en él ponderados todos sus matices y tendencias y yo deseo para él una vida larga y fecunda». Pocos días después Moret solicitó al rey el decreto de disolución de las Cortes para convocar nuevas elecciones pero Alfonso XIII no se lo otorgó y Moret tuvo que dimitir. Según sus allegados Moret se mostró «dolido y amargado con la conducta del rey para con él». El rey por su parte le explicó al embajador francés que Moret se encontraba en una «situación falsa» al no tener el apoyo del resto de líderes liberales y que además había sido demasiado complaciente con los republicanos. También contó en su decisión de retirarle la confianza la avanzada edad de Moret, 76 años, y su delicado estado de salud. Tras las consultas preceptivas el rey nombró en febrero de 1910 nuevo presidente del gobierno a José Canalejas, de quien el monarca consideraba que «tiene ideas avanzadas pero es inteligente y activo; sabrá imponer su autoridad». Se abría así una nueva etapa política.

El proyecto de «regeneración democrática» de Canalejas Canalejas pertenecía al ala más radical del liberalismo pero a partir de su llegada al gobierno consiguió hacerse con la jefatura del Partido Liberal del que había dicho que «necesita completar su organización democrática popular, propagandista, educadora, combatiente». En el gobierno moderó su radicalismo —«todo lo que sea forzar la evolución es destruirla», dijo— aunque en cuanto ocupó el cargo remarcó que «no he venido a ocupar la Presidencia del Consejo; he venido a ejercerla». Al mismo tiempo intentó recomponer las relaciones con el Partido Conservador y superar la «implacable hostilidad» que había manifestado Maura hacia los liberales, cuando éstos forzaron su desalojo del poder tras la crisis de la Semana Trágica. Con este fin le escribió a Maura: «Yo no puedo ser, yo no debo ser, yo no quiero ser jefe de una situación política en condiciones de incompatibilidad radical con el partido conservador, y añado que, para mí, el partido conservador no puede ni de debe tener, ni en lo que yo alcance a influir, tendrá otro jefe que usted». Por otro lado, el giro moderado de Canalejas le valió las críticas de socialistas y republicanos. Gumersindo de Azcárate llegó a decir que «la primera etapa de gobierno del señor Maura fue incomparablemente mejor que la suya».

El proyecto político de Canalejas, calificado de «regeneración democrática», «se asentaba sobre una nacionalización completa de la monarquía, en línea con las experiencias inglesa o italiana». Paradójicamente en este proyecto Canalejas concedió un especial protagonismo al rey que no debía asumir un papel simbólico sino implicarse en el proyecto de reformas que proponía, por lo que, como señala Moreno Luzón, «no es de extrañar que [Alfonso XIII] encajase a la perfección con su nuevo primer ministro». El rey le había confesado al embajador francés: «Yo he sido muy reaccionario, quizá más absolutista que ninguno de mis abuelos en el momento en que mis ideas se formaban, pero después he viajado, he visto las cosas de mi tiempo y estoy convencido de que [debo] cumplir en España una obra de progreso en el orden civil y social».

El programa de gobierno de Canalejas era el propio del intervencionismo liberal que «concebía al estado como el principal agente modernizador del país». Así abordó todos los problemas del momento, desde la cuestión social hasta la cuestión religiosa pasando por el problema de Marruecos o el problema catalán, y tuvo que hacer frente a una fuerte oposición por parte de la conjunción republicano-socialista, que entre otras cosas reclamaba la revisión del caso Ferrer, y, sobre todo, del Partido Conservador, que centró su confrontación en el proyecto de restricción de las actividades de las órdenes religiosas conocido como la Ley del Candado.

La cuestión religiosa: la «Ley del Candado»

thumb|290px|Canalejas y sus ministros a la salida del Palacio tras jurar los cargos durante la crisis de gobierno de marzo de 1912.

La política religiosa fue una de las prioridades del gobierno de Canalejas. El objetivo final de la misma, según Javier Tusell, era lograr una separación «amistosa» de la Iglesia y del Estado «a la que [Canalejas] quería llegar a través de negociaciones llevadas lo más discretamente posible». El problema fue que el Vaticano, «que por aquellos años estaba obsesionado con la condena del modernismo», no estaba dispuesto a modificar la posición de privilegio que tenía la Iglesia Católica en España.

Para fortalecer la posición del Estado Canalejas se propuso reducir el peso de las órdenes religiosas, mediante una ley que las tratara como asociaciones, excepto a las dos reconocidas en el Concordato de 1851. Mientras las Cortes debatían la nueva ley, se aprobó en diciembre de 1910 una disposición transitoria y temporal conocida como Ley del Candado según la cual no se podrían establecer nuevas órdenes religiosas en España durante los dos años siguientes. Pero la ley quedó prácticamente sin efecto al aprobarse una enmienda según la cual si pasados dos años no se había aprobado la nueva ley de asociaciones se levantaría la restricción. Y eso fue lo que acabó sucediendo pues esa ley nunca vio la luz y el número de religiosos siguió creciendo. A pesar de todo Canalejas, devoto católico, fue considerado el enemigo de la religión católica, en un momento en que se vivía bajo la conmoción producida por la revolución portuguesa de 1910 que había acabado con la Monarquía y proclamado la Primera República Portuguesa.

A Canalejas se le acusó de pretender '«descatolizar»' España y de estar al servicio de la masonería. En la campaña contra él tuvo un especial protagonismo la recién creada Asociación Católica Nacional de Propagandistas, encabezada por el abogado y periodista Angel Herrera Oria, y su periódico El Debate. La campaña católica se inició antes incluso de la discusión y aprobación de la "Ley del Candado" ya que comenzó en junio de 1910 con motivo de la aprobación por el gobierno de una norma que permitía a las confesiones no católicas exhibir algún signo externo en sus templos que los reconociera como tales. La confrontación entre el gobierno y la Iglesia Católica fue tan intensa que España llegó a retirar a su embajador ante la Santa Sede.

En cuanto al papel del rey, según Julio de la Cueva Merino, Alfonso XIII «hizo cuanto pudo para moderar los extremos más afilados de la política anticlerical del gabinete», insistiendo en que se restablecieran las relaciones diplomáticas con la Santa Sede y en que las medidas adoptadas por el gobierno se acordaran con ella. Según parece Alfonso XIII llegó a decir: «Es un gran corazón y una gran cabeza este Canalejas. No tiene más inconveniente que el estar un poco verde en la cosa religiosa, pero yo acabaré por catequizarlo». Además se dijo que la enmienda que dejó sin efecto la "Ley del Candado" fue introducida a propuesta del marqués de Comillas, un personaje muy próximo al rey. Pero la intervención más importante y polémica del rey en esta cuestión se produjo con motivo del XXII Congreso Eucarístico Internacional que se celebró en junio de 1911 en Madrid.

El día 28 de junio el rey se presentó sin previo aviso en la basílica de San Francisco el Grande donde se celebraba el acto de clausura del Congreso, lo que causó un gran escándalo en los medios liberales. Este fue aún mayor cuando al día siguiente reunió en el Palacio Real a los asistentes al Congreso, celebrándose allí de dos ceremonias religiosas: la entronización de la Eucaristía y la lectura por parte del secretario del Congreso, el padre claretiano Juan Postius, de una consagración de España a la Eucaristía.

El conde de Romanones escribió en sus Memorias que la demostración de fuerza católica del Congreso, revalidada con la presencia del rey, hacía presagiar que «todos los avances que [los liberales] intentábamos… en aquel medio no podían prosperar; estaban de antemano condenados al fracaso». Así pues, según la mayoría de los autores, el rey con su presencia desautorizó la política religiosa de Canalejas, y de ahí que la prensa liberal criticara el hecho argumentando que había identificado a España con el clericalismo. Sin embargo, los historiadores Javier Tusell y Genoveva García Queipo de Llano afirman que Canalejas tuvo conocimiento de lo que iba a hacer el rey y que no puso impedimentos a que acudiera al acto de clausura y a que invitara a 55 de los prelados que intervinieron en él a un banquete en el Palacio Real, aunque sí le aconsejó que no fuera a la inauguración. De esta forma la presencia del rey cabría interpretarla como una prueba de la voluntad de conciliación del gobierno con Roma.

Por su parte el historiador Julio de la Cueva Merino afirma que en la época se dijo que el gobierno no tuvo conocimiento de lo que el rey iba a hacer, y en cuanto a los motivos que tuvo Alfonso XIII para actuar de la forma que lo hizo este historiador señala que el rey intentaba mejorar la imagen de España en los medios católicos presentándola en el discurso que pronunció en la basílica como «creyente, afable, hospitalaria, no áspera ni ceñuda como la describen nuestros enemigos», y que también pretendió suavizar las tensas relaciones que entonces mantenían el gobierno y el papa. Por otro lado, De la Cueva Merino resta importancia al acto de la consagración ya que «no la hizo el rey, sino un religioso, aunque fuera con la aprobación regia; ya se había realizado otra durante el Congreso Eucarístico Nacional de Valencia de 1893 y se realizaron otras dos, días después, en el Templo Nacional Expiatorio del Tibidabo de Barcelona y en la cripta de Nuestra Señora de la Almudena de Madrid.

La cuestión social y el orden público