miniaturadeimagen|300px|Escolares estadounidenses recitando el juramento de lealtad a la bandera en 1899 El nacionalismo estadounidense es la forma de nacionalismo propia de los Estados Unidos que, como movimiento o como ideología, considera a los estadounidenses una nación que debe corresponderse con el Estado federal y estar representada por él, y que defiende lo que entiende como los intereses de esa nación. Puede recibir influencias cívicas, culturales, económicas o estatales.En este contexto, «estatal» remite al Estado nacional —los Estados Unidos como país— y no a los cincuenta estados que integran la federación.Sobre la definición de quién es estadounidense y sobre el contenido de la ciudadanía, véanse: ; ; ; ; . En esencia, señala los rasgos que caracterizan y distinguen a los Estados Unidos como comunidad política autónoma, y el término suele describir los esfuerzos por reforzar la identidad nacional y la autodeterminación del país en sus asuntos internos y exteriores.
El nacionalismo estadounidense se ha manifestado a lo largo de toda la historia del país. Surgió a mediados del siglo entre los habitantes de las Trece Colonias, se afirmó con la independencia y con la Constitución de 1789 y encontró su primera definición legal de pertenencia en la Ley de Naturalización de 1790, que reservaba la naturalización a las personas blancas libres. La guerra de Secesión enfrentó ese nacionalismo con el nacionalismo sureño, y la decimocuarta enmienda fijó después un criterio de ciudadanía basado en el lugar de nacimiento. Las dos guerras mundiales, la Guerra Fría y los atentados del 11 de septiembre de 2001 impulsaron nuevas oleadas de sentimiento nacional, primero bajo la consigna del «americanismo al cien por cien» y después en torno al papel del país como potencia mundial. La convicción de que corresponde a los Estados Unidos difundir por el mundo unos principios liberales de vocación universal ha marcado buena parte de su política exterior.
En el debate académico conviven dos lecturas del fenómeno. Una lo describe como un nacionalismo étnico, por la definición racial de la ciudadanía vigente hasta 1952; otra subraya el peso de un nacionalismo cívico fundado en la adhesión a principios liberales, abierto a cualquier ciudadano con independencia de su origen. A ellas se suma el nacionalismo cultural, que basa la lealtad al grupo en una herencia cultural común. Un estudio de 2016 de los sociólogos Bart Bonikowski y Paul DiMaggio distinguió cuatro tipos de nacionalistas estadounidenses —fervientes, restrictivos, del credo y desvinculados—, una clasificación que otros investigadores han cuestionado. En las dos primeras décadas del siglo , el nacionalismo se ha ido alineando con la división entre partidos, y numerosos autores describen al Partido Republicano de la era de Donald Trump como una formación neonacionalista y de populismo de derecha.
Historia del nacionalismo estadounidense
Raíces coloniales y primera conciencia americana Los Estados Unidos tienen su origen en las Trece Colonias que Inglaterra y, desde 1707, el Reino de Gran Bretaña fundaron en América del Norte durante el siglo y comienzos del . Cada colonia contaba con su propio autogobierno, aunque todas permanecían bajo soberanía británica. Sus habitantes se identificaron con la metrópoli hasta mediados del siglo , cuando apareció el primer sentimiento de ser «americanos». En junio de 1754, ya iniciada la guerra franco-india, el Congreso de Albany aprobó un plan de unión redactado por Benjamin Franklin que preveía un consejo general con capacidad limitada para recaudar impuestos. Ni la Corona ni las asambleas coloniales lo ratificaron, pero el proyecto anticipó la unificación posterior.
miniaturadeimagen|300px|izquierda|El cuadro Declaración de Independencia de John Trumbull suele interpretarse como la firma del documento, pero en realidad representa al comité redactor de cinco miembros presentando su trabajo ante el Segundo Congreso Continental.
La Revolución estadounidense y la fundación de la nación Poco después, las colonias compartieron varias quejas contra las leyes que aprobaba el Parlamento de Gran Bretaña, entre ellas la de tributar sin contar con representación parlamentaria. Los colonos coincidían en que solo sus propias asambleas coloniales, y no el Parlamento de Londres, podían establecer impuestos internos. El Parlamento sostuvo con firmeza lo contrario y ninguna de las dos partes cedió. El gobierno de Londres castigó a Boston por el Motín del té, y las Trece Colonias se unieron en el Congreso Continental, que funcionó entre 1774 y 1789.
Los combates comenzaron en 1775 y el sentimiento independentista se impuso a principios de 1776. En ese giro influyó de manera decisiva la apelación al nacionalismo estadounidense que hizo Thomas Paine: su panfleto Common Sense se convirtió en el mayor éxito editorial de 1776 y se leyó en voz alta en tabernas y cafés. El Congreso aprobó por unanimidad la Declaración de Independencia, que anunciaba el nacimiento de una nueva nación de estados independientes: los Estados Unidos de América.
Los patriotas ganaron la guerra de Independencia y obtuvieron de Gran Bretaña unas condiciones de paz generosas en 1783. La minoría lealista, fiel al rey Jorge III, pudo quedarse o marcharse; alrededor del 80 % permaneció en el país y adquirió la ciudadanía estadounidense plena. Los desfiles frecuentes, los nuevos rituales y ceremonias y una bandera propia ofrecieron ocasiones populares para expresar ese espíritu nacional.
La nueva nación funcionó bajo el gobierno central muy débil que establecían los Artículos de la Confederación, y la mayoría de los estadounidenses anteponía su estado a la nación. Un grupo de nacionalistas encabezado por George Washington, Alexander Hamilton y James Madison consiguió que el Congreso convocara una convención constitucional en 1787. De ella salió la Constitución, que creaba un gobierno nacional fuerte; todos los estados la debatieron y la adoptaron por unanimidad. Entró en vigor en 1789 y dio forma a la primera democracia liberal constitucional moderna basada en el consentimiento de los gobernados, con Washington como primer presidente.
La primera definición legal de quién podía incorporarse a la nueva nación llegó con la Ley de Naturalización de 1790, que el Congreso aprobó y George Washington firmó. La norma reservaba la naturalización a «toda persona blanca libre» que llevara dos años residiendo en el país y acreditara «buen carácter» ante un tribunal. Los juristas estadounidenses Gabriel J. Chin, catedrático de la Universidad de California en Davis, y Paul Finkelman sostienen que esa cláusula racial se mantuvo en todas las leyes de naturalización posteriores hasta 1952 y que sirvió de base a la exclusión de las personas no blancas de la ciudadanía; el propio presidente del Tribunal Supremo Roger B. Taney la invocó en la sentencia Dred Scott contra Sandford (1857). Ese recelo hacia la inmigración precedió a la ley. Según la Encyclopedia of Nationalism dirigida por el politólogo estadounidense Alexander J. Motyl, varios de los primeros presidentes lo expresaron abiertamente: George Washington advirtió de los efectos que la inmigración podía tener sobre el carácter nacional del país, y John Adams y Thomas Jefferson se opusieron a la entrada de personas procedentes de monarquías absolutas, por temor a que difundieran ideas contrarias a la democracia. Por esa razón, algunos historiadores describen la definición inicial de la ciudadanía estadounidense como una forma de nacionalismo étnico, es decir, de nacionalismo que hace depender la pertenencia a la nación del origen o la ascendencia. Otros estudiosos subrayan, en cambio, que el Estado federal institucionalizó un nacionalismo cívico basado en conceptos legales y racionales de ciudadanía, sostenido por una lengua común y unas tradiciones culturales compartidas, y que los padres fundadores levantaron el país sobre principios liberales e individualistas.
Expansión hacia el oeste y el discurso de Lincoln de 1858 En un discurso de 1858, el futuro presidente Abraham Lincoln describió una forma de nacionalismo cívico estadounidense nacida de los principios de la Declaración de Independencia. Lincoln la presentó como un instrumento de unidad capaz de fundir en una sola nacionalidad a pueblos de ascendencias distintas:
La guerra de Secesión y el nacionalismo sureño
Los blancos del Sur se sintieron cada vez más ajenos a la nación y llegaron a verse como ciudadanos de segunda clase, en la medida en que los abolicionistas del Norte trataban de impedir que la esclavitud se extendiera a los territorios occidentales en rápido crecimiento. Muchos sureños se preguntaron si su lealtad a la nación pesaba más que su compromiso con su estado y con una forma de vida ligada por completo a la esclavitud.
Así empezó a formarse un nacionalismo sureño que en 1860 seguía siendo rudimentario, cuando la elección de Lincoln llevó a la mayoría de los estados esclavistas a separarse y fundar una nación nueva. El gobierno de los Estados Confederados de América insistió en que ese nacionalismo era real e impuso cargas crecientes a la población en nombre de la independencia. La tenacidad de los confederados en el combate muestra hasta qué punto asumieron ese compromiso. El gobierno y el ejército confederados se negaron a pactar y sufrieron una derrota militar completa en 1865.
Hacia la década de 1890, el Sur blanco se consideró reivindicado por el recién construido recuerdo de la Causa Perdida. El Norte aceptó, o al menos toleró, la segregación racial y la privación del derecho de voto a los votantes negros del Sur. El espíritu del nacionalismo estadounidense había regresado así al Sur profundo.
La Reconstrucción, la Edad Dorada y la era progresista miniaturadeimagen|325px|Viñeta de Thomas Nast de 1869: estadounidenses de distintas ascendencias comparten la mesa de Acción de Gracias con Columbia mientras el Tío Sam sirve. La imagen defiende un nacionalismo cívico en el que la pertenencia a la nación no depende del origen étnico.
El triunfo del Norte en la guerra de Secesión marcó un cambio profundo en la identidad nacional estadounidense. La ratificación de la decimocuarta enmienda resolvió la cuestión de fondo: quién podía ser ciudadano de los Estados Unidos. A partir de entonces, toda persona nacida en territorio estadounidense y sujeta a su jurisdicción era ciudadana, con independencia de su origen étnico o de su posición social. Los pueblos indígenas que vivían fuera de las reservas ya eran ciudadanos, y los que vivían en ellas lo fueron desde 1924.
A principios del siglo , uno de los defensores más visibles del nacionalismo estadounidense fue Theodore Roosevelt. Sus políticas interiores y exteriores, conocidas como el Nuevo Nacionalismo, incorporaban una identidad nacional fuerte. En un discurso pronunciado en 1915 ante los Caballeros de Colón, Roosevelt sostuvo que no había sitio en el país para los «estadounidenses con guion», es decir, para quienes conservaran un vínculo declarado con su país de origen.
Con una economía industrial en rápida expansión, los inmigrantes procedentes de Europa, Canadá, México y Cuba fueron bienvenidos y llegaron por millones. Obtener la ciudadanía plena resultaba sencillo: bastaba con completar unos trámites a lo largo de cinco años.
En cambio, los recién llegados de Asia no fueron bien recibidos. Estados Unidos restringió la entrada de la mayoría de los inmigrantes chinos en la década de 1880 y aplicó restricciones informales a los japoneses desde 1907. Hacia 1924, la entrada al país resultaba difícil para casi cualquier persona de origen asiático, aunque los hijos nacidos en territorio estadounidense de padres asiáticos eran ciudadanos de pleno derecho. Estas restricciones desaparecieron para los chinos en la década de 1940 y para el resto de asiáticos en 1965.
miniaturadeimagen|250px|Periódico que informa de la anexión de la República de Hawái en 1898