thumb|El Monje y el Indio, escultura de Hugo Daini que conmemora en Cumaná a los frailes pioneros en la Evangelización de la tierra firme americana La evangelización en América fue la conversión al cristianismo y educación en la fe cristiana que realizaron misioneros católicos, promovida y organizada por los reyes de España, mediante una concesión del papa expresada en varias bulas papales.The Cambridge History of Latin America: Volume 1. Leslie Bethell, 666 pag. Cambridge_University_Press; (1984). ISBN 0521232236, ISBN 978-0521232234

Historia Desde que los Reyes Católicos toman conocimiento del descubrimiento del Nuevo Mundo, a la Corona española se le conceden diversas concesiones, que les reconocen los derechos sobre las tierras descubiertas y sus habitantes, mediante una donación del papa. El papa procedió a repartir América entre España y Portugal. De esta manera, a partir de 1493, los papas Alejandro VI, Adriano VI, Julio II y Pablo III emitieron las bulas Inter Caetera, Eximiae devotionis, Romanus Pontifex, Dudum siquidem, Universalis Eclesiae, Sublimis Deus y Omnímoda, mediante las cuales les concedieron los territorios y les encargaron la evangelización de los habitantes indígenas que en ellos moraban, prohibiendo que fueran esclavizados, a la vez que determinaron ciertos derechos y obligaciones de la Corona.Evangelización y teología en América (siglo XVI) (Colección teológica). José Ignacio de Saranyana, 1584 páginas. Servicio de Publicaciones, Universidad de Navarra (1990). ISBN 8487146333, ISBN 978-8487146336"Slavery and the Catholic Church, The history of Catholic teaching concerning the moral legitimacy of the institution of slavery", John Francis Maxwell, 1975, Chichester Barry-Rose, ISBN 0-85992-015-1

De esta manera, la Corona española pasó a adquirir una serie de derechos que anteriormente eran exclusivos de la Iglesia católica, tales como: organizar la presencia de la Iglesia en los territorios de América, cobrar el diezmo, organizar la distribución y presencia de misioneros, decidir en cuanto a la ubicación y oportunidad de construir iglesias y catedrales y presentar posibles candidatos para cargos eclesiásticos. Estos derechos y responsabilidades quedaron definidas bajo el Patronato Real y el Vicariato Regio, las cuales le conferían a la Corona española la supervisión y protección de la Iglesia.Esplendores y miserias de la evangelización de América: antecedentes europeos y alteridad indígena (Pluralisierung & Autoritat). Wulf Oesterreicher, Roland Schmidt-Riese. 451 páginas. Walter de Gruyter (2010). ISBN 3110236133, ISBN 978-3110236132

Entre las primeras órdenes religiosas que comienzan a operar en el continente americano se destacan la de los dominicos y la de los franciscanos.Cf. Historia de la Iglesia en América y Filipinas, a cargo de Pedro Borges, I, BAC, Madrid, 1992, p. 211. Prácticamente al mismo tiempo que los franciscanos llegan al continente los mercedarios, y más tarde lo hacen la Orden de San Agustín y la Compañía de Jesús (jesuitas). Hacia el los franciscanos tenían distribuidas por América unas treinta y dos misiones, en las que alojaban unas nueve mil personas.Gareis, Iris. La evangelización de la población indígena y afro, y las haciendas jesuitas de la América española: logros y desencuentros. Marzal, Manuel María & Tua, Sandra Negro (2005). Esclavitud, economía y evangelización: las haciendas jesuitas en la América virreinal. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2005.

Entre los misioneros de la época que destacan en la evangelización de América están fray Bartolomé de las Casas, fray Antonio de Valdivieso, fray Antonio de Montesinos, fray Juan de Zumárraga, fray Toribio de Benavente, fray Pedro de Córdoba, fray Pedro de Gante, fray Julián Garcés y el padre António Vieira. Otros clérigos destacados en la época colonial son fray Vasco de Quiroga, fray Diego Álvarez de Osorio, fray Domingo de Betanzos, fray Alonso de Montufar, fray Jodoco Ricke, fray Toribio de Mogrovejo y el padre Luis de Valdivia. Dichos religiosos también sobresalen en la historia por defender los derechos humanos de los indígenas.

Entre los recopiladores de la cultura indígena, que destacan por sus obras historiográficas, están los siguientes clérigos: Francisco Javier Clavijero, Diego López de Cogolludo, Bernardino de Sahagún, Francisco Ximénez, Juan de Palafox, Gregorio García, José de Acosta, Diego Durán, Juan de Tovar, Andrés de Olmos, Juan de Torquemada, José de Anchieta, Alonso de Molina, Jerónimo de Mendieta, Ramón Pané y Domingo de Santo Tomás, entre otros.

Primera fase: Los Concilios Limenses Una vez consolidada la invasión, suprimidas las encomiendas y ante la necesidad de organizar de manera sistemática el aprovechamiento de recursos y de la mano de obra, durante el siglo XVI se celebraron tres Concilios en la ciudad de Lima. Su finalidad principal fue la “evangelización de los naturales”, en cumplimiento de la donación que el Papa otorgó al monarca sobre estos territorios. Estos concilios establecieron “normas y principios” para regular el funcionamiento de las doctrinas de indios, el accionar de los doctrineros y el control ideológico de la población indígena. A través de estas disposiciones se buscaba eliminar las idolatrías, consideradas así desde una perspectiva subjetiva y dogmática, al interpretarse las prácticas rituales y costumbres originarias como expresiones erróneas.

En 1545, el arzobispo Loayza elaboró un documento titulado “La Instrucción”, donde se fijaban directrices básicas para la evangelización y, especialmente, para la extirpación de idolatrías. Entre sus indicaciones figuraba la “Destrucción de monumentos paganos”, además de delinear las futuras visitas de idolatría:

El Primer Concilio Limense (1551)

Este concilio fue dirigida por el primer arzobispo de Lima, Gerónimo de Loayza. Se dictó normas concretas que ordenaban la eliminación de las manifestaciones religiosas autóctonas, con el fin de erradicar las idolatrías y acelerar la conversión indígena. Se establecieron mandatos explícitos para destruir y quemar ídolos y santuarios, así como prohibir los cultos tradicionales. Esto implicaba la destrucción de huacas, templos e ídolos:

Se evidencia claramente una política de imposición de la doctrina cristiana mediante la coerción y sanciones físicas hacia las poblaciones indígenas que no cumplían con la confesión obligatoria:

Además de sancionar a quienes practicaban rituales vinculados a los muertos o entierros según la ritualidad prehispánica:

Asimismo, se identificó a los “sacerdotes y hechiceros” como principales responsables del fracaso evangelizador, siendo perseguidos y castigados:

El Segundo Concilio Limense (1567)

Este concilio se realizó en el año de 1567, en este periodo la Iglesia fue adquiriendo progresivamente un conocimiento sólido de la religión indígena. Por ello, este Concilio puede entenderse como el primer gran encuentro de carácter etnográfico dentro de la Iglesia en el Perú, y es claro que uno de los principales instrumentos de información y análisis fue el "Tratado" elaborado por Polo de Ondegardo en 1559 o 1560. Asimismo, en este Sínodo se reunieron numerosos informes, tanto escritos como orales, tal como se indica en la constitución 105: “Los informes relativos a supersticiones, presentados a este sínodo por persona de toda fe, son tan numerosos que es imposible enumerarlos ad unguen”.

El Concilio reconoce de manera implícita que los primeros esfuerzos de evangelización no tuvieron un éxito completo, ya que admite que muchos indígenas ya bautizados continuaban practicando sus antiguas creencias de forma oculta, evidenciando una expansión del paganismo. También pone en evidencia conductas que reflejan un dualismo ritual, es decir, la coexistencia de ídolos paganos junto a imágenes cristianas. Desde ese momento, la idolatría pasa a asociarse menos con los no cristianos y más con los propios indígenas bautizados. Si bien estos podrían ser considerados apóstatas, el Concilio evita catalogar a toda la población del Tahuantinsuyo dentro de una apostasía general. En su lugar, opta por verlos como neófitos aún inseguros, como creyentes recientes que necesitan orientación y acompañamiento prolongado. Sin embargo se mantiene la severidad en la eliminación de lugares de culto y en la represión religiosa:

Se institucionaliza el castigo corporal a los que se hallare culpable de adorar huacas:

Se crea una normativa oficial para la destrucción de las apachetas:

El Tercer Concilio Limense (1582-1583)

Este Concilio no se ocupó mucho de la idolatría, aunque hay un párrafo dedicado al encarcelamiento de los hechiceros:

El tercer concilio ratifica las constituciones del segundo Concilio de 1567 y amplia su validez. En efecto, para formarse una idea de la actitud de este Concilio con respecto a la idolatría es necesario recurrir a las constituciones del segundo concilio.

Por otra parte, la obra del tercer Concilio no se limita a sus constituciones, es necesario tener en cuenta también la literatura complementaria producida por él. Esta incluye un manual bilingüe (español, quechua/aymara) para la enseñanza de los indios; un catecismo, un confesionario y un sermonario. Los dos últimos constituyen, además, instrumentos para la lucha contra la idolatría.

El Confesionaro para curas de indios (1585) En el prólogo de este manual se presenta la doctrina del Concilio en relación con la enseñanza orientada a la extirpación de idolatrías. El autor, anónimo —posiblemente José de Acosta—, señala que las creencias y prácticas paganas eran muy numerosas en el Perú y que, hasta ese momento, los doctrineros se habían limitado a transmitir el catecismo a los indígenas de forma mecánica, como si repitieran sin comprender, sin intentar corregirlos evidenciando la falsedad y el error de sus ideas. En ese sentido, el prefacio afirma que resulta inútil limitarse a hacer repetir de manera insistente los principios de la fe, de la misma forma que "sería en balde y sin fruto sembrar en un matorral espesso sin desmontalle primero y rompelle muy bien”.

Por ello, se plantea que es necesario explicar claramente a los indígenas en qué consiste el error, siguiendo el ejemplo de San Pablo en su predicación a los gentiles. Para que los sacerdotes puedan aplicar este método, el manual les brinda un compendio de los ritos y supersticiones más comunes en el Perú, aunque también advierte que no es obligatorio conocer en detalle todas las variantes locales. Estos ejemplos de idolatría pueden emplearse en los sermones; además, se considera relativamente sencillo demostrar a los indígenas la inconsistencia de sus creencias. Se sostiene que son tan susceptibles a la persuasión que basta señalar un error para que acepten los argumentos presentados, quedando confundidos como un ladrón sorprendido en el acto. Sin embargo, se recomienda que el sacerdote no abuse de estos casos, ya que no se busca enseñar nuevas prácticas idolátricas, sino trabajar sobre las ya conocidas.Asimismo, se permite a los curas confesar con mayor conocimiento a los indígenas mayores y a los hechiceros. El autor del prólogo añade que su utilidad va más allá de la enseñanza doctrinal: también resulta fundamental para visitadores y jueces de indios, quienes podrán enfrentar eficazmente la idolatría en las situaciones cotidianas.