thumb|Puerta de entrada del cementerio sefardí de Bucarest. El filosefardismo es una concepción ideológica y un movimiento de opinión que surge en España a mediados del y que reivindica la herencia judía de España representada por los sefardíes descendientes de los judíos expulsados en 1492 por los Reyes Católicos. Además pretende un acercamiento a ellos para reintegrarlos en la cultura española y concederles incluso la nacionalidad española.

Historia

El nacimiento del filosefardismo Frente al antijudaísmo de los sectores conservadores, carlistas y católicos, el filosefardismo surge a mediados del entre los medios liberales que consideran a la Inquisición española y a la expulsión de los judíos de 1492 como una de las causas de los males que aquejaban a España. En aquella época varios libros valoraban positivamente la presencia de los judíos en el pasado medieval, entre los que destaca la Historia de los judíos de España publicada por Adolfo de Castro en 1847. En él el autor exalta la cultura judía medieval española y condena la persecución de los judeoconversos por la Inquisición y la expulsión de los judíos en 1492, que achaca al rey Fernando el Católico y no a la reina Isabel I de Castilla, una idea que ya había sido defendida por los liberales durante los debates de las Cortes de Cádiz. En una obra posterior, titulada Vida de Niños célebres (1865), Castro no dudó de la veracidad de la leyenda del presunto crimen ritual contra un niño cristiano de 1491 conocido como el Santo Niño de la Guardia, por el que varios judíos y conversos fueron quemados en la hoguera en 1491.

Mucha más importancia tuvo el libro de Amador de los Ríos Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal publicado en 1877 en el que rectificó en parte ciertas posiciones antijudías que había mantenido en una obra anterior, Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos en España (1848). Amador de los Ríos como buen católico siguió manteniendo la visión tradicional de los judíos como el pueblo deicida y defendió la realidad del caso del Santo Niño de la Guardia y la expulsión de los judíos para salvaguardar la unidad espiritual de la nación, pero censuró las matanzas de judíos de 1391 y la actuación de la Inquisición, aunque en la época de Felipe II, en la que "fue un terrible embarazo a la marcha filosófica del espíritu humano".

Más claramente filosemita fue la novela Gloria de Benito Pérez Galdós publicada en 1877 en la que ensalza al judío protagonista, Daniel Monzón, aunque su madre es retratada como la encarnación del "fanatismo de la acera de enfrente".

El descubrimiento de los sefardíes El conocimiento por parte de los españoles de que existían judíos descendientes de los expulsados en 1492 que habían conservado el castellano medieval y sus costumbres de entonces se produjo durante la guerra de África cuando en febrero de 1860 las fuerzas desembarcadas en la costa de Marruecos al mando del general O'Donnell fueron recibidas con júbilo y en un castellano un poco raro por los judíos de Tetuán, quienes acababan de padecer el saqueo de sus propiedades por los las fuerzas musulmanas que antes de abandonar la ciudad habían asaltado la judería causando decenas de víctimas. "La sorpresa fue mayúscula. Los sefardíes acogieron a los españoles como libertadores; vieron en ellos algo así como unos compatriotas que podrían ayudarlos a salir de la miseria en la que muchos de ellos estaban hundidos", comenta Joseph Pérez. Estos hechos fueron conocidos en la península, especialmente gracias al Diario de un testigo de la guerra de África de Pedro Antonio de Alarcón, a pesar del antijudaísmo de su autor —"raza parásita, grey desheredada y maldita, dice de los judíos que se encontró en Tetuán—, y a la novela Aita Tettauen de Benito Pérez Galdós.

En 1862 el gobierno español tuvo que ordenar la evacuación de Tetuán y dejó allí un cónsul que mantuvo unas relaciones estrechas con la comunidad sefardí. Algunos judíos marcharon a Ceuta y a algunas ciudades de Andalucía donde fueron bien recibidos, pero fueron muy pocos. Poco más hizo por ellos el gobierno español. Mucha más ayuda les llegó a través de la francesa Alianza Israelita Universal, que fundó varias escuelas pero en las que la lengua que se utilizaba era el francés, lo que, según Joseph Pérez, junto con el hecho de que la mayor parte de Marruecos quedaría como protectorado de Francia, explicaría que en "en el siglo XX, los sefardíes de Marruecos, serán más bien francófonos, cuando no ciudadanos franceses; pocos se acordarán de sus raíces hispánicas".

Una de las primeras entidades en ocuparse de los sefardíes y en reivindicar la herencia judía fue la Institución Libre de Enseñanza que mantuvo contactos con las comunidades sefarditas y en su revista publicó artículos criticando la Inquisición y la expulsión de los judíos de 1492. Esta nueva visión del papel de los judíos en el pasado español quedará plasmada en la Historia de España de Rafael Altamira, uno de los miembros más prestigiosos de la Institución. En ella Altamira desmiente además algunos tópicos sobre los judíos como el del crimen ritual del Santo Niño de La Guardia.

España tardó más tiempo en preocuparse de los judíos de la diáspora sefardí. A raíz de los pogromos antijudíos que se produjeron en los Balcanes y en Rusia en las dos últimas décadas del , el embajador español en Estambul informó al gobierno de Madrid de la existencia en el Imperio Otomano de muchas comunidades sefardíes que seguía hablando castellano, destacando las de Salónica y las de la capital. El embajador, el conde de Rascón, sugirió al gobierno que acogiera en España a los judíos sefardíes que quisieran huir y que además se mantuviera un contacto permanente con los que siguieran viviendo en los Balcanes y en Oriente Próximo poniendo en marcha una política de acercamiento cultural. Propuso también que se establecieran "líneas de vapores desde Sevilla hasta Odesa, al modo de lo que hacen ingleses y franceses" y que se crearan institutos de segunda enseñanza en Salónica y en Estambul. "De este modo tendrá España en Oriente medios más fáciles de aumentar sus relaciones mercantiles y de extender algún día su influencia", concluía el conde de Rascón. Al final fueron a España muy poco judíos, entre otras razones, porque el gobierno español no estaba dispuesto a pagarles los gastos del viaje.

La campaña prosefardí del doctor Pulido

thumb|220px|Busto del Doctor Pulido en Madrid (1954), por Miguel Blay. Gracias al informe del conde de Rascón de 1881 el gobierno español supo que no sólo había sefardíes en el norte de África sino que la inmensa mayoría vivían en los territorios del Imperio Otomano, una información que fue conocida por la opinión pública gracias a un artículo publicado en el diario El Liberal por el doctor Ángel Pulido Fernández que en el verano de 1883 había realizado un viaje por el Danubio y Europa oriental durante el cual, y para su sorpresa, se había encontrado con varios judíos que hablaban castellano y que le informaron de la existencia de importantes comunidades sefardíes en Serbia, Bulgaria y Rumanía, países recientemente independizados del Imperio Otomano, así como en la propia Turquía.

A partir de entonces el doctor Pulido, que fue nombrado senador, inició una intensa campaña a favor del acercamiento a los sefardíes, en colaboración con el rabino de Bucarest, Enrique Bejarano. En 1903 presentó en el Senado una proposición para que se nombrasen cónsules en las ciudades principales de los Balcanes con el fin de atender a los sefardíes, además de abrir escuelas en castellano y establecer relaciones comerciales con ellos. Para apoyar la propuesta publicó artículos en la prensa que luego fueron recogidos en un libro titulado Intereses nacionales. Los judíos españoles y el idioma castellano, al que le siguió otro publicado en 1905: Intereses de España. Españoles sin Patria y la Raza Sefardí, en el que proponía "reconquistar al pueblo judeo-español", pero no su regreso masivo a España, lo que sería a su juicio "un desatino". Pulido no está libre de antijudaísmo cuando afirma que los sefardíes son superiores a los judíos askenazíes a los que considera que "están hoy en su mayor parte degenerados y mezquinos". Esta diferenciación es esencial "porque desde entonces se distinguirá en España entre los sefardíes y los demás judíos, llegándose a dar incluso la figura del filosefardí antisemita".

La campaña de Pulido tuvo una gran resonancia y consiguió el apoyo de varios intelectuales como Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, José de Echegaray, Emilia Pardo Bazán, Juan Valera, e incluso Marcelino Menéndez Pelayo, y logró que en 1909 se permitiera la apertura de sinagogas en España. Al año siguiente fundó la Alianza Hispano-Hebrea, que tuvo el apoyo de Galdós, Vicente Blasco Ibánez, Segismundo Moret, Canalejas o Cansinos Assens; y en 1920 la Casa universal de los sefardíes, en cuya creación participaron también importantes políticos conservadores –Antonio Maura, de la Cierva-, liberales –conde de Romanones, Niceto Alcalá-Zamora-, reformistas –Melquiades Álvarez- y republicanos –Alejandro Lerroux-, a la que se adhirió la Federación de Asociaciones Hispano-Hebreas de Marruecos. Ese mismo año se constituyó legalmente la comunidad judía de Madrid presidida por el banquero Ignacio Bauer y que en 1917 había inaugurado su sinagoga en un piso de la calle Príncipe en presencia de las autoridades municipales —en 1913 se había constituido la de Sevilla y en 1918 la de Barcelona—. Por todo ello los sectores tradicionalistas arremetieron contra el judaizante Pulido.

La campaña de Pulido también se reflejó en el mundo académico en el que creció el interés por los estudios hebraicos. El éxito más notable del doctor Pulido y del grupo que lo apoyaba —entre los que destacaban el escritor Cansinos Assens y la escritora y periodista Carmen de Burgos, Colombine— fue conseguir que un profesor de Jersusalén, Abraham Yahuda, fuera nombrado profesor de lengua y literatura rabínica de la Universidad central de Madrid, en 1915, gracias también al apoyo del rey Alfonso XIII. El tema que mayor interés despertó fue el folklore judeo-español, estudiado por los medievalistas y los especialistas en historia de la literatura de la escuela de Ramón Menéndez Pidal y por los musicólogos.

En 1915, el financiero judío Ignacio Bauer funda La Revista de la Raza, dirigida por el filosefardí, Manuel Luis Ortega Pichardo, autor de Los hebreos de Marruecos (1919) y de una biografía de Pulido, que dedica un tercio de sus páginas a la sección "Mundo Sefardí". En 1916, el teniente general Julio Domingo Bazán publicó Los hebreos, que responde a la visión positiva que tenían muchos militares africanistas de los sefardíes, que contrasta con la imagen negativa que solían tener de los "moros", bárbaros y degenerados.

"Desde el inicio del protectorado español en el norte de Marruecos, en 1912, el rey Alfonso XIII y sus Gobiernos apoyaron el filosefardismo promovido por el doctor Pulido, habida cuenta del apoyo de los hebreos de la zona a la penetración española". El fruto más importante de este apoyo fue la concesión por el gobierno español a partir de 1916 del estatuto de protegido a los sefardíes, lo que significaba que podrían recurrir a los cónsules españoles en caso de sentirse amenazados para que defendieran sus derechos y podrían viajar con pasaporte español, aunque eso no significaba que se les concedía la ciudadanía española.

Algunos corresponsales sefardíes de Ángel Pulido

El filosefardismo de derechas de la Dictadura de Primo de Rivera thumb|General Miguel Primo de Rivera.