miniatura|Jardín del Generalife, Granada La jardinería en España ha tenido una evolución acorde con los diferentes sellos estilísticos desarrollados en el arte y la cultura española, al tiempo que ha estado marcada por numerosas influencias a lo largo de su historia, desde el jardín romano e islámico, pasando por el italiano, francés e inglés, hasta la aparición de la vanguardia y el uso de nuevas tecnologías en el , que junto al desarrollo del diseño, el urbanismo y la arquitectura paisajista han desembocado en una nueva forma de concebir la jardinería y su ubicación en el entorno.
El jardín español ha estado marcado por su clima y orografía. El suelo es por lo general más seco que en sus países vecinos, Portugal o Francia, y la radiación solar es más intensa, especialmente en verano, lo que llevó a la creación de jardines de pequeño tamaño y acotados en espacios cerrados, no integrados en el paisaje como en otros países. Un factor fundamental ha sido el aprovechamiento del agua, escasa en algunas zonas y de reparto desigual según las diferentes comunidades de la península. La vegetación de España es muy variada, ya que participa de cuatro regiones fitogeográficas diferentes: mediterránea, eurosiberiana, boreoalpina y macaronesiana.
Aunque para algunos autores en España no existe una tipología propia de jardín,Según Ehrenfried Kluckert, «los jardines españoles acusan diversas influencias del exterior: partes de los jardines árabes, juegos de agua y fuentes de Italia y parterres franceses. En cualquier caso nunca se consiguió en España fundir todos estos elementos y conformar con ellos un tipo de jardín nacional unitario. La diversidad de formas de los jardines españoles y su desbordante decoración escultórica pueden constituir en cierta medida una característica típica, pero por otro lado son un síntoma de la falta de formas expresivas propias». definible por unas características distintivas como las del jardín italiano, francés o inglés, los factores heredados de otras tipologías e influencias, así como los diversos aportes provenientes de la idiosincrasia cultural española, permiten hablar con propiedad de un estilo de jardinería propio del país que, si bien resultaría heterodoxo y con multiplicidad de variantes regionales, aportaría unas características reconocibles y unívocas para el arte de la jardinería en el país.Según Francisco Páez de la Cadena, «en un sentido estricto no puede hablarse de jardinería española con estilo propio, si atendemos a una definición de estilo que haga lo reconocible a través de una serie de caracteres fijos, frente a otros ya definidos. Y, sin embargo, España sirvió como campo de experimentación para crear jardines cuyo estilo es universalmente aceptado como tal y que sin crear escuela son admitidos como piezas maestras del arte de la jardinería».
En España, además de parques y jardines de concepción generalista, bien de carácter inespecífico o bien de corte temático o especialista —como los jardines botánicos—, existen numerosas variedades de jardín según la región, como el son, el cigarral, el pazo, el patio o el carmen. La mayoría de estas tipologías, de herencia islámica, surgieron en el Renacimiento, entre los siglos y ; en el caso de los pazos gallegos, aunque hay vestigios anteriores, las mejores realizaciones son de época barroca, en el . Hasta prácticamente el la mayoría de jardines fueron promovidos por la realeza y la aristocracia, hasta que los cambios sociales gestados entre los siglos y —especialmente este último— facilitaron la creación de parques y jardines de titularidad pública para el uso y disfrute de todos los ciudadanos. En el han sido esenciales la vinculación de la jardinería con el urbanismo, así como una mayor concienciación social hacia la ecología, que ha conllevado la creación de proyectos cada vez más vinculados al entorno natural.
Época romana miniatura|Visión moderna de una villa romana Los primeros vestigios de la práctica de la jardinería en España provienen de la época romana, si bien ninguna de aquellas realizaciones ha llegado hasta la actualidad. La conquista de la península ibérica por la República romana se inició en el transcurso de la segunda guerra púnica (218 a. C.- 201 a. C.), aunque no se completó hasta tiempos de Augusto. La Antigua Roma estaba muy avanzada en cuanto a arquitectura e ingeniería, conocimientos que trasladó a todas sus colonias, que se vieron así favorecidas con diversas infraestructuras como caminos, puentes y acueductos. Los romanos fueron una de las primeras civilizaciones que otorgaron gran relevancia a la jardinería, a la que elevaron a la categoría tanto de arte como de ciencia. Así como en otras anteriores civilizaciones los jardines tenían finalidad religiosa y eran evocaciones del paraíso —el «jardín sagrado»—, en Roma su función pasó a ser laica y ornamental. El jardín romano recibió la influencia de los jardines orientales, así como de los griegos no por sus modelos reales, sino por su reflejo en la pintura griega de paisaje. En época romana el trabajo de la jardinería se especializó, y surgió la figura del topiarius o paisajista, encargado de la concepción tanto material como intelectual y estética del jardín.
Los romanos tenían grandes conocimientos agrícolas, y perfeccionaron numerosas técnicas de cultivo, así como herramientas de labranza. Además, perfeccionaron en gran medida la ingeniería hidráulica, lo que les permitía asegurar un aporte regular de agua a sus cultivos y jardines, al tiempo que les posibilitaba la construcción de estructuras vinculadas al agua, como fuentes, piscinas, baños y estanques, que en numerosas ocasiones adquirían carácter ornamental y enfatizaban la belleza de sus jardines.
El jardín estaba vinculado a la domus, la casa prototípica romana, donde era habitual un pórtico de entrada ornamentado con esculturas, que daba acceso a un jardín de vegetación mediterránea. Este modelo podía darse tanto en la ciudad como en el campo, donde surgió la «villa», una finca rústica que servía generalmente como segunda vivienda de las clases acomodadas, y que aunaba tanto la jardinería en el ámbito más doméstico como la explotación agrícola. Por lo general, los jardines urbanos se organizaban en torno a un patio (atrium), de forma peristilada, configurado simétricamente alrededor de un eje longitudinal, que servía como nexo de comunicación entre las distintas zonas de la casa. En el centro del patio solía haber un pozo, fuente o estanque, y los elementos vegetales se complementaban con detalles ornamentales como mosaicos, jarrones o estatuas, e incluso a menudo los muros se decoraban con pinturas al fresco de tema paisajista. Las villas rurales presentaban dos zonas de ajardinamiento: intensivo en el recinto más cercano a la vivienda, con setos recortados y árboles podados, flores de temporada, fuentes y estatuas; y extensivo en la zona más agrícola, de trazado irregular, con zonas de cultivo y de bosque.
Los jardines solían tener elementos estructurales y arquitectónicos como pórticos y criptopórticos, arcos y columnas, exedras, piscinas, quioscos de madera, pérgolas, cenadores, e incluso grutas artificiales (ninfeos), elementos que pasaron a posteriores tradiciones jardineras. En cuanto a la vegetación, solía agruparse en arriates que adquirían diversas formas, de las que una de las más usuales era la del hipódromo. El agua corría en abundancia a través de canales y pilones, a veces con pequeños surtidores; este tipo de conducciones de agua recibió el nombre de euripo, por el estrecho homónimo que separa Beocia de la isla de Eubea, en Grecia.
Con el tiempo, las villas rurales fueron perdiendo su finalidad agrícola, al ir expandiéndose el imperio y gracias al cultivo intensivo de trigo y otros productos en Sicilia y el norte de África, por lo que se convirtieron en lugares de otium (ocio), donde las clases acomodadas se retiraban para descansar de la vida urbana. La literatura romana de la época llegó a idealizar la vida placentera en el campo, ejemplificada en el tópico horaciano beatus ille.
miniatura|izquierda|Vista de Conímbriga Según diversos testimonios, entre las principales especies vegetales cultivadas en los jardines romanos se encontraban árboles como el boj, el ciprés, el plátano, el pino, la acacia y el laurel, arbustos como el mirto y el acanto, y flores como la rosa, el narciso, el gladiolo, la margarita, el iris y la violeta. Hay constancia de que existían comercios dedicados a la floristería, donde se elaboraban ramos, coronas y guirnaldas de flores, tanto ornamentales como con fines religiosos. También se utilizaban flores para cosmética y perfumería. Asimismo, se cultivaban plantas medicinales, y la farmacopea romana era rica en abundancia.
En el territorio español se encuentran numerosos restos arqueológicos de villas romanas, como la de Cambre (La Coruña), la Villa La Olmeda en Palencia, la de Almenara-Puras en Valladolid, la de Camarzana de Tera (Zamora), la Villa de Camesa-Rebolledo en Cantabria y la Villa de Torre Llauder en Mataró. El modelo de patio peristilado se detecta en algunos restos de villas como las de Las Cuevas de Soria, Montijo, Rienda, El Pumar, El Santiscal, Río Verde en Marbella o la domus número 1 de Ampurias. Se han encontrado restos de canales y fuentes en la Villa de la Dehesa de La Cocosa (Badajoz), o de estanques en Villa Fortunatus, cerca de Fraga (Huesca), o en la Villa de Ujal en Benicató (Nules), El Soldán y Bruñel en Quesada (Jaén).
En Conímbriga, actualmente en Portugal, pero perteneciente en su día a la antigua Hispania, se encuentran algunos de los mejores ejemplos de villas hispánicas, con una planimetría diferente al prototipo de jardín romano —como los apreciados en Pompeya—, ya que en vez de rodear el jardín un estanque central, es al revés: es este el que circunda la zona vegetal. En estas villas el modelo de patio peristilado es más complejo, con series laterales de pequeños patios con peristilos secundarios.
Aparte de las casas y villas romanas, existían numerosas zonas verdes en espacios urbanos como gimnasios, termas y teatros, donde en su parte posterior se solía situar un peristilo ajardinado: un claro ejemplo es el porticus post scaenam del Teatro de Mérida, que incluía un jardín con fuentes, un canal que recorría todo el perímetro, esculturas y un reloj de sol.
La jardinería hispanorromana dejó un legado asumido por las posteriores culturas asentadas en la península, especialmente en cuanto al uso de patios interiores para contener jardines de pequeñas dimensiones, la aglutinación del paisaje exterior a la vivienda, el empleo de los recursos hidráulicos, o el aprovechamiento de especies frutales en el jardín, como la vid o el olivo.
Edad Media miniatura|Patio de los Arrayanes, Alhambra de Granada Jardín islámico La jardinería tuvo un gran desarrollo en la cultura islámica, que valoraba sobremanera el espacio estético proporcionado por el jardín, evocador del Paraíso terrenal. El jardín islámico fue heredero del jardín persa (chahar bagh), del que hay testimonios que lo sitúan con anterioridad incluso al jardín egipcio, y del que han llegado relatos como el de Jenofonte del parque de Sardes construido por Ciro, o del Libro de los reyes de Ferdousí, que describe el parque de 120 hectáreas construido por Cosroes II en Firuzabad, dividido en cuatro zonas separadas por dos ejes perpendiculares, que simbolizan los cuatro ríos del Paraíso (agua, vino, leche y miel), elemento que sería recreado con asiduidad por el jardín islámico. Los abásidas construyeron grandes parques con jardines y pabellones de recreo en Bagdad y Samarra, en torno al año 750. Esta planimetría pasó a la España musulmana tras la conquista de casi toda la península iniciada en 711 por los Omeyas.