thumb|Retrato de Carlos IV por Francisco de Goya (1789). El reinado de Carlos IV de España (1788-1808) estuvo marcado por el impacto que tuvo en España la Revolución Francesa de julio de 1789 y su desarrollo posterior, especialmente después de que en 1799 Napoleón Bonaparte se hiciera con el poder.
La respuesta inicial de la corte de Madrid fue el llamado «pánico de Floridablanca» y la confrontación con el nuevo poder revolucionario tras la destitución, encarcelamiento y ejecución de Luis XVI, el jefe de la casa de Borbón que también reinaba en la Monarquía de España, lo que condujo a la guerra de la Convención (1793-1795) que fue un desastre para las fuerzas españolas.
En 1796 Carlos IV y su todopoderoso primer ministro Manuel Godoy dieron un giro completo a su política respecto de la República Francesa y se aliaron con ella, lo que provocó la primera guerra con Gran Bretaña (1796-1802), que se desarrolló en el marco de la guerra de la Segunda Coalición y que supuso otro duro revés para la Monarquía de Carlos IV, además de provocar una severa crisis de la Hacienda Real que se intentó solucionar con la llamada «desamortización de Godoy» —el favorito quedó apartado del poder durante dos años (1798-1800)—.
Tras la efímera Paz de Amiens de 1802 se inició la segunda guerra con Gran Bretaña, en el marco de la guerra de la Tercera Coalición, en la que la flota franco-española fue derrotada por la flota británica al mando del almirante Nelson en la batalla de Trafalgar (1805), lo que abrió la crisis definitiva de la Monarquía de Carlos IV, que culminaría con la conspiración de El Escorial de noviembre de 1807 y con el motín de Aranjuez de marzo de 1808, en el que Godoy perdió definitivamente el poder y Carlos IV se vio forzado a abdicar en su hijo Fernando VII. Sin embargo, dos meses después ambos acabarían firmando las abdicaciones de Bayona por las que cedían a Napoleón Bonaparte sus derechos a la Corona, quien a su vez los cedería a su hermano José I Bonaparte.
La mayoría de españoles, denominados «patriotas», no reconocieron las abdicaciones y siguieron considerando a Fernando VII como su rey en cuyo nombre se inició la guerra de la Independencia española, pero una minoría, formada por los llamados despectivamente «afrancesados», apoyaron a la Monarquía de José I, por lo que aquel conflicto fue la primera guerra civil de la Historia contemporánea de España.
El historiador Pedro Rújula ha destacado que durante el reinado de Carlos IV, lo que puede resultar paradójico por tratarse de «un rey tan poco carismático», tuvo lugar «un proceso de consolidación simbólica de la monarquía como referencia política con la que los vasallos se sentían progresivamente identificados». Es lo que se ha denominado «patriotismo monárquico», o «contrarrevolucionario», por oposición al «patriotismo» de la Revolución francesa, basado en el principio de la soberanía nacional. «El resultado fue un reforzamiento del poder absoluto del monarca apoyado en las excepcionales circunstancias que vivió España en el tránsito del al . El despotismo ministerial, entendido como concentración de poder en manos de la monarquía, fue más cierto que nunca. Sin embargo, esto se producía en una etapa crepuscular de las monarquías absolutas».
El impacto de la Revolución Francesa (1789-1792)
El «pánico de Floridablanca»
Las medidas que tomó José Moñino, conde de Floridablanca, como primer Secretario de Estado y del Despacho, en cuanto tuvo conocimiento del estallido de la Revolución francesa en julio de 1789 respondieron al temor de que en España pudiera ocurrir lo mismo, pues en aquel momento la Monarquía carecía de un dispositivo de seguridad y orden público que pudiera contrarrestar las posibles algaradas revolucionarias. Inmediatamente, pues, Floridablanca tomó una serie de medidas para evitar el «contagio», impidiendo que se conociera lo que estaba sucediendo en Francia y poniendo todo tipo de trabas a la propagación de las «ideas perniciosas» de los revolucionarios franceses. Así, por ejemplo, ordenó, según sus propias palabras, «formar un cordón de tropas en toda la frontera de mar a mar al modo que se hace cuando hay peste para que no se nos comunique el contagio». Asimismo, cerró precipitadamente las Cortes de Madrid de 1789 que desde el 19 de septiembre estaban reunidas para jurar al heredero al trono, debido a los últimos acontecimientos de Francia, pues el 6 de octubre se había producido el asalto al palacio de Versalles por los «patriotas» y Luis XVI se había visto obligado a trasladarse a París junto a la Asamblea Nacional Constituyente —que desde el 14 de julio, tras la toma de la Bastilla, se había convertido en el nuevo poder soberano de Francia—.
thumb|left|Retrato del conde de Floridablanca por Pompeo Batoni.
Además, Floridablanca decidió suspender todos los periódicos, excepto los oficiales (Gazeta de Madrid, Mercurio, Diario de Madrid), los cuales tenían prohibido mencionar los acontecimientos franceses; reforzar el control ideológico de la Inquisición, retornando a su primitiva función de aparato represivo al servicio de la Monarquía; crear en 1791 la llamada Comisión Reservada para perseguir a aquellas personas que defendieran las «ideas revolucionarias» —los miembros de la Comisión debían introducirse en las tertulias de personajes influyentes e informar de los temas de conversación y de quiénes intervenían—; confeccionar un censo de extranjeros para controlar sus movimientos, especialmente de los franceses, y a los que sólo se permitiría la estancia en España a los que jurasen fidelidad a la religión católica y al rey; ordenar a los corregidores que retiraran toda la propaganda que estimaran subversiva; etc.
Los acontecimientos franceses también tuvieron su impacto en el Imperio de las Indias porque España ya no pudo contar con la ayuda de la Monarquía francesa vinculada a la española por los «pactos de familia» —así llamados al ser los Borbones la casa reinante en ambas monarquías—, como ocurrió con la disputa mantenida con Gran Bretaña por el territorio de Nutca. El conflicto surgió en 1789 cuando unos exploradores y militares españoles yendo hacia el norte desde California, que entonces formaba parte del Virreinato de Nueva España, llegaron a la isla de Nutca, en la actual Columbia británica de Canadá, y allí se encontraron con militares y exploradores británicos que procedían del Este. Finalmente la monarquía española tuvo que renunciar a aquellos territorios en las Convenciones de Nutca firmadas en los años siguientes. Y también afectaron a la política mediterránea porque cuando las plazas del norte de África de Orán y Mazalquivir fueron atacadas por los piratas berberiscos el gobierno de Madrid optó por abandonarlas, a pesar de que habían resistido los ataques, para centrarse por completo en lo que estaba sucediendo en Francia.
Los acontecimientos en Francia obligaron finalmente a la Monarquía española a dejar en suspenso los «pactos de familia» con la Monarquía de Francia. La detención de Luis XVI en Varennes, tras su intento de fuga de París, en junio de 1791, inclinaron a Floridablanca a intervenir en defensa del rey francés y al envío de una nota diplomática a la Asamblea Nacional francesa en la que exhortaba a los franceses a respetar «la dignidad eminente de su persona sagrada [Luis XVI], su libertad, sus inmunidades y las de la familia real». La nota fue considerada como una injerencia inadmisible en los asuntos internos de Francia y empeoró las relaciones entre los dos estados —un diputado de la Asamblea afirmó que «las potencias de Europa sabrán que moriremos, si es necesario; pero que no permitiremos que intervengan en nuestros asuntos»—. Poco después Floridablanca se negó a aceptar la Constitución francesa de 1791, «por ser contraria a la Soberanía», ni a reconocer el juramento que de ella hizo Luis XVI el 14 de septiembre de 1791.
En un informe titulado Exposición que el señor Floridablanca hizo y leyó a S.M, en el Consejo, dando una idea sucinta del Estado de la Francia, de la Europa y de la España, con fecha 19 de febrero de 1792, el primer secretario resumía así lo que había sucedido en Francia tras el triunfo de la Revolución: «El Estado de la Francia es el de haber reducido al Rey al de un simple ciudadano» convertido en «el primer empleado en el servicio de la Nación»; haber destruido «la jerarquía eclesiástica» y «la nobleza, los blasones y armas, los títulos y todas las distinciones de honor»; haber proclamado «que todos los hombres son iguales, y que así el más infeliz artesano o jornalero es igual al propio Rey» y que la «Asamblea legislativa... podrá dictar leyes y decretos a su mismo soberano y a toda la nación y finalmente, que tendrá una absoluta libertad de hablar, escribir y obrar como le parezca». Su informe concluía con la frase: «En Francia se acabó todo».
La caída de Floridablanca y el ascenso y caída de Aranda (febrero/noviembre de 1792) right|thumb|Conde de Aranda. El 28 de febrero de 1792, pocos días después de presentar su informe, Carlos IV destituía al conde de Floridablanca y nombraba en su lugar al conde de Aranda, partidario de llevar adelante una política menos inflexible con la nueva «Monarquía Constitucional» francesa. La persona que convenció al rey para que cesara a Floridablanca fue el nuevo embajador francés, Jean-François de Bourgoing, que en una entrevista mantenida con Carlos IV justo el día anterior a la destitución del conde, habría amenazado con la ruptura con España si se mantenía la política intransigente de este —que continuaba negándose a reconocer el juramento de Luis XVI de la Constitución de 1791—. En la caída de Floridablanca, un manteísta y por tanto de origen modesto, también intervino el «partido aristocrático» encabezado por el propio Aranda, que según Floridablanca se movía «ya por resentimientos de no ser atendidos en todas sus pretensiones, ya por captarse el aura popular de que resisten a la autoridad, de los que se siguen gravísimos daños para la autoridad real y para la quietud y felicidad pública». Uno de los argumentos que utilizaron los «arandistas» en su contra fue la decisión de Floridablanca de abandonar las plazas de Orán y Mazalquivir que pasaron a soberanía de la Regencia de Argel a cambio de la concesión de ciertos privilegios comerciales.
En Francia el nombramiento de Aranda fue recibido con entusiasmo e incluso Condorcet le envió una carta de felicitación en el que le llamaba «defensor de la libertad contra la superstición y el despotismo». Inmediatamente Aranda desmontó el entramado administrativo creado por Floridablanca y suprimió la Junta Suprema de Estado que fue sustituida por el Consejo de Estado que fue restablecido con Aranda como decano, cargo que acumulaba al de Secretario de Estado y del Despacho, lo que le convertía en una especie de «primer ministro» pues el resto de Secretarios del Despacho pasaron automáticamente a formar parte del remozado Consejo de Estado. Para facilitar la asistencia del rey, su sede se fijó en el Palacio real. Por otro lado, el conde de Aranda se ensañó con «quien había sido su contrincante político durante los últimos quince años» y tras desterrar a Floridablanca a Murcia lo mandó detener el 11 de julio cuando se encontraba en su pueblo natal, Hellín, permaneciendo encarcelado dos años en la ciudadela de Pamplona acusado de abuso de autoridad y de corrupción, hasta que en 1794 fue liberado por orden de Manuel Godoy y rehabilitado al año siguiente.