thumb| Escudo de Armas de Carlos I de Habsburgo que muestran los Estados que formaban su monarquía compuesta. Las armas de Carlos I añaden a las de Castilla, León, Aragón, Dos Sicilias y Granada, presentes en el escudo anterior de los Reyes Católicos, las de Austria (de gules y una faja de plata), Borgoña antiguo (bandado de oro y de azur con bordura de gules) Borgoña moderno (de azur, sembrado de flores de lis de oro y bordura camponada, cantonada de plata y gules), Brabante (de sable y un león de oro, coronado de lo mismo, lenguado y armado de gules), Flandes (de oro y un león de sable, lenguado y armado de gules) y Tirol (partido de plata y un águila de gules, coronada, picada y membrada de oro, cargado el pecho de un creciente trebolado de lo mismo). Carlos I incorpora también las columnas de Hércules con la leyenda “Plus Ultra”, en representación del Imperio ultramarino, y rodea el escudo con el collar del Toisón de Oro, como soberano de dicha Orden. Al ser coronado Emperador en 1519, timbra el escudo con la corona imperial y acola el águila bicéfala del Sacro Imperio Romano-Germánico.

A partir de 1520 añade al cuartel correspondiente a Aragón y Sicilia, otro en el que se incorporan las armas de Jerusalén, Nápoles y Navarra. La monarquía compuesta (o de «dominium politicum et regale») es un término utilizado por la historiografía para designar a la mayor parte de las monarquías europeas de la Edad Moderna, especialmente las de los siglos y , caracterizadas por el hecho de constituir un conjunto de «reinos, Estados y señoríos», como se decía en la Monarquía Hispánica, bajo un mismo monarca pero manteniendo su identidad institucional y legal.

El tratadista político castellano del Juan de Solórzano Pereira las definió como aquellas monarquías integradas por diversos reinos y Estados, unidos bajo la fórmula aeque principaliter («unión diferenciada»), lo que significaba que «los reinos se han de regir, y gobernar como si el rey que los tiene juntos, lo fuera solamente de cada uno de ellos».

Uno de los ejemplos más acabados de monarquía compuesta fue la Monarquía Hispánica, que nació en 1479 de la unión dinástica de la Corona de Castilla y de la de Aragón por el matrimonio de sus respectivos soberanos Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, conocidos como los Reyes Católicos.

Desde entonces la Monarquía Hispánica o Católica,La denominación de Rey Católico fue atribuida tras la bula papal de Alejandro VI en 1494, históricamente también se le han atribuido las denominaciones Monarquía Hispánica o de España/las Españas como puede recogerse en este documento numismático o en estos boletines oficiales de la gazeta de Madrid: Su Santidad trabaja por unir las dos Monarquías de España y Francia, y los demás Príncipes de Europa contra las Armas del Imperio de los Otomanos. Fallecimiento de los Cardenales Don Juan de Lugo, D. Cristóbal Uvidman, entre otros. Publicación de las paces entre España y Francia. Abastecimiento a España para seguir en la guerra contra Portugal. Pretensión de amistad por parte del Gobernador de Tánger con Cid Gaylan, declarando este que para ello no han de hacer paces con los ingleses hasta que restituyan aquella plaza al Rey de España. fue agregando diversos «reinos, Estados y señoríos» en Europa y en América hasta convertirse bajo los reyes de la Casa de Austria en la monarquía más poderosa de su tiempo.

En 1580 Felipe II incorporó a la Monarquía el Reino de Portugal, con lo que toda España —en una de las acepciones que adquiría este término entonces, aunque era también común, desde los Reyes Católicos, la identificación de España con las Coronas de Aragón y Castilla—Entrevista a Joseph Perez:A mediados del siglo XV, en la Península Ibérica no quedaban más que cuatro reinos cristianos: Portugal, Castilla, Aragón y Navarra. Los cuatro se consideraban originales, distintos, pero hermanos: todos eran españoles. A pesar de las diferencias políticas, existía una solidaridad indudable, se consideraban hermanos y compartían la idea de reconstituir la unidad política perdida (...) Los enlaces matrimoniales estaban destinados a recuperar la unidad peninsular y la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, en 1469, puso los cimientos de ese proceso (...) Es mucho más que una simple unión dinástica [por los Reyes Católicos]. Es una unión política.

Las dos Coronas conservan sus instituciones, su lengua, sus aduanas, etc. Pero, al tiempo, tienen conciencia de formar parte de un mismo grupo y el propósito de que la unidad, existente ya desde el punto de vista cultural, sea política (...) Visto desde fuera, a partir de los Reyes Católicos, España es una unidad. En el exterior se habla de la política española, del ejército español, de la monarquía española. Hay dos Coronas, pero desde fuera, y esto acaba teniendo consecuencias dentro, lo que se fragua es España.»Entrevista a Joseph Pérez Entrevista a Pérez quedó bajo la soberanía de un único monarca. Como advirtió Francisco de Quevedo en España defendida, obra publicada en 1609, «propiamente España se compone de tres coronas: de Castilla, Aragón y Portugal».

Historia La definición del término El primer historiador en utilizar la fórmula «Estado compuesto» (composite state) para referirse a las monarquías de los dos primeros siglos de la Edad Moderna fue Helmut G. Koenigsberger en 1975 en su lección de inauguración de la cátedra de historia en el King's College de Londres titulada «Dominium regale or Dominium politicum et regale». En ella afirmó, según el historiador John H. Elliott, que "la mayoría de los Estados del período moderno fueron Estados compuestos [o de Dominium politicum et regale], los cuales incluían más de un país bajo el dominio de un solo soberano", y a continuación clasificó estos Estados en dos categorías: los Estados compuestos separados entre sí por otros Estados o por el mar, como la Monarquía de los Habsburgo españoles, la monarquía de los Hohenzollern de Brandeburgo-Prusia, o la Corona inglesa con su dominio sobre Irlanda; y los Estados compuestos continuos como Inglaterra y Gales, Piamonte y Saboya o Polonia y Lituania. Entre estos últimos Elliott añade la Francia de los Valois y de los Borbones con su "mosaico" de pays d'élections y pays d'états —como se pudo comprobar en la unión del principado de Béarn a Francia en 1620 bajo Luis XIII—.

Después se ha utilizado más el término monarquía compuesta que el de «Estado compuesto» propuesto por Koenigsberger, aunque algunos historiadores prefieren utilizar sus propias categorías como la de «reinos múltiples» (multiple kingdoms) o incluso el de «conglomerado dinástico» (dynastic agglomerate).

El historiador Xavier Torres destaca dos características de las monarquías compuestas. La primera,que eran el resultado de "un proceso de agregación de títulos y territorios, por una vía u otra (conquista y anexión, matrimonios y sucesiones) bastante aleatoria", como en el caso de la Monarquía Hispánica de los Austrias."Bastará con recordar que fue la muerte sucesiva del príncipe Juan (1497) y la de su padre, Felipe el Hermoso (1507), junto con la "locura" o inhabilitación de la princesa Juana, lo que hizo posible que un joven príncipe borgoñón, Carlos de Gante, pudiese hacer suyos y sin esforzarse mucho los dominios de los Reyes Católicos como los de los Habsburgo, la rama de los archiduques de Austria" (Torres, pág. 16). La segunda, que incluía una multiplicidad de entidades políticas "que tenían o podían tener, cada una, no sólo una lengua o una idiosincracia, sino, y por encima de todo, unas instituciones propias y representativas, unas leyes exclusivas y un régimen fiscal igualmente específico", lo que implicaba que el rey —o el emperador— para gobernar necesitaba la cooperación y el entendimiento con las élites de cada reino o "provincia", "lo que solía implicar el reconocimiento correspondiente de los privilegios o las libertades locales, como también se llamaba entonces a las leyes exclusivas de un determinado territorio". Su fundamento político era, pues, el pactismo o constitucionalismo antiguo.

La realidad de las monarquías compuestas no pasó desapercibida a los contemporáneos aunque no las designaran así. El principal tratadista sobre esta cuestión fue el jurista castellano del Juan de Solórzano Pereira que afirmó que había dos maneras de unirse un nuevo territorio a los dominios de un rey. La primera era la unión «accesoria», según la cual el nuevo reino o provincia quedaba sometido a las mismas instituciones y leyes de la entidad política en la que se integraba —fue el caso de las Indias que fueron incorporadas jurídicamente a la Corona de Castilla o el de Gales unido a Inglaterra en 1536-1543—. La segunda forma de unión, que correspondería a lo que en la actualidad se llaman monarquías compuestas, sería conocida como aeque principaliter, que según el historiador John H. Elliott significaba que "los reinos constituyentes continuaban después de su unión siendo tratados como entidades distintas, de modo que conservaban sus propias leyes, fueros y privilegios. [...] En todos estos territorios se esperaba que el rey, y de hecho se le imponía como obligación, mantuviese el estatus e identidad distintivos de cada uno de ellos".

Las ventajas que tenía la fórmula aeque principaliter o monarquía compuesta ya fue advertida a principios del por Nicolás Maquiavelo en El Príncipe, cuando aconsejaba dejar a los Estados conquistados «vivir con sus leyes, exigiéndoles un tributo e instaurando un régimen oligárquico que los conserve unidos». De esta forma, apunta Elliot, "al garantizar la supervivencia de las instituciones y leyes tradicionales, [la unión la] hacía más llevadera a los habitantes... [y permitía] reconciliar a las élites con el cambio de señores". Y por otro lado "el mantenimiento de un ejército de ocupación era no sólo un asunto costoso, como descubrieron en Irlanda los ingleses, sino que además podía ir en contra de la misma política de integración que trataba de seguir la corona, como se dieron cuenta los austríacos hacia finales del siglo XVII con sus intentos de poner Hungría bajo el control real".

Por su misma estructura, la viabilidad a largo plazo de las monarquías compuestas dependía del grado de colaboración que obtuvieran los monarcas de las élites "provinciales". Como ha señalado Elliott, "las monarquías compuestas estaban construidas sobre un contrato mutuo entre la corona y la clase dirigente de sus diferentes provincias, que confería incluso a las uniones más artificiales y arbitrarias una cierta estabilidad y resistencia. Si a partir de aquí el monarca fomentaba, especialmente entre la alta nobleza de sus diferentes reinos, un sentimiento de lealtad personal a la dinastía, que superase las fronteras provinciales, las probabilidades de estabilidad aumentaban todavía más. Esto era que algo que Carlos V procuró conseguir cuando abrió las puertas a la orden borgoñona del Toisón de Oro a los aristócratas de los diversos reinos de su monarquía compuesta".

Teóricos del como Giovanni Botero, Tommaso Campanella y Baltasar Álamos de Barrientos se ocuparon de cómo conservar una monarquía compuesta e hicieron muchas propuestas como la de fomentar los matrimonios mixtos entre la nobleza del Estado que constituía el núcleo central de la monarquía —Castilla para la Monarquía Hispánica, Inglaterra para Gran Bretaña— con las noblezas de los otros Estados "periféricos" o la distribución equitativa de los cargos entre ellas, lo que haría posible «familiarizarse los unos con los otros», como afirmó Campanella en su libro De monarchia hispanica discursus, una idea que sería recogida por el Conde-Duque de Olivares en su proyecto de Unión de Armas, uno de cuyos fines era acabar con la «sequedad y separación de corazones».