La Iglesia católica y la guerra civil española es el relato de la cuestión religiosa en la guerra civil española y del diferente papel que desempeñó la Iglesia católica en los dos bandos en conflicto, pues mientras en la zona republicana más de 6000 miembros del clero católico fueron asesinados, los templos cerrados y el culto católico perseguido, en la zona sublevada la Iglesia católica española apoyó con entusiasmo la «causa nacional», calificando la guerra como una «cruzada» o «guerra santa» en defensa de la religión y otorgando así al bando sublevado y a su jefe supremo el general Franco la legitimidad religiosa.
Antecedentes: el conflicto entre la República y la Iglesia católica
La "cuestión religiosa" fue un tema, entre otros, que contribuyó a polarizar la vida política durante la Segunda República española. El conflicto se produjo entre los republicanos y socialistas que defendían el Estado laico plasmado en la Constitución de 1931, y especialmente en su artículo 26 (en cuyo debate de octubre de 1931, Manuel Azaña, pronunció la frase "España ha dejado de ser católica",El Sol, 14 de octubre de 1931: «España ha dejado de ser católica. El problema político consiguiente es organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica del pueblo español». que luego sería sacada de contexto y tergiversada) y la Iglesia católica en España, cuyo sector integrista mayoritario encabezado por el cardenal Pedro Segura y después por el cardenal Isidro Gomá, defendía a ultranza el "Estado confesional" "que impusiera por la fuerza a todos sus súbditos la profesión y la práctica de la religión católica y prohibiera cualquier otra", oponiéndose frontalmente a cualquier forma de Separación de la Iglesia y el Estado. Así, este sector interpretó las reformas republicanas como un ataque a la Iglesia.
Sin embargo, otro sector de la Iglesia encabezado por el cardenal primado de Tarragona Francisco Vidal y Barraquer y el director del diario católico El Debate, Ángel Herrera Oria, con apoyo del Vaticano a través del nuncio Tedeschini, adoptó una posición prudente ante unas circunstancias adversas basada en el "accidentalismo" según el cual lo importante eran el contenido y la orientación del régimen, no su forma de gobierno.http://www.maravedis.org/2republica.html Este sector "accidentalista" intentó -sin éxito- alcanzar algún tipo de "conllevanza" con la República laica, que había abolido los subsidios al clero, prohibido el ejercicio de la enseñanza a las órdenes religiosas (potenciando en su lugar la enseñanza pública mediante la creación de nuevas escuelas del Estado, a pesar de las dificultades económicas), e introducido el matrimonio civil, la ley de divorcio y el entierro civil.
La Iglesia católica en la zona sublevada Del pronunciamiento a la cruzada La motivación religiosa no aparece en ninguno de los bandos de pronunciamiento del golpe de Estado en España de julio de 1936 (tampoco en el que el general Franco proclamó el estado de guerra en Canarias), ni en la declaración programática de la Junta de Defensa Nacional del 24 de julio se alude a la religión ("es un manifiesto contrarrevolucionario, anticomunista y antiseparatista, en defensa del orden").
Sin embargo el conflicto pronto tomó un cariz religioso. A pesar de que la Iglesia católica española no participó en la preparación del golpe, "no es temerario decir que, en el ambiente tenso de la primavera de 1936, la casi totalidad de los obispos deseaban una intervención del Ejército que pusiera fin a tal estado de cosas". Por otro lado José María Gil Robles, el líder del partido católico la CEDA que durante las elecciones de febrero de 1936 había sido apoyado por la jerarquía eclesiástica española y por el Vaticano, entregó al general Mola unas semanas antes del golpe medio millón de pesetas de los fondos del partido "para los primeros gastos del movimiento militar... salvador de España".
La “sacralización” del pronunciamiento, la conversión del golpe de Estado en una “cruzada” o “guerra santa” en defensa de la religión, se produjo rápidamente, lo que resultó muy oportuno para legitimar y maquillar el golpe militar, aunque “no fueron los sublevados quienes solicitaron la adhesión de la Iglesia, sino que fue ésta la que muy pronto se les entregó en cuerpo y alma”. En Navarra el clero no solo apoyó con entusiasmo a los sublevados sino que muchos sacerdotes se ofrecieron como voluntarios para combatir en las columnas de requetés carlistas que se dirigían a Madrid o a Guipúzcoa. Y la "sacralización" se acentuó sobre todo cuando comenzaron a llegar a la zona sublevada las primeras noticias de la "salvaje persecución religiosa" que se había desencadenado en la zona republicana, donde el alzamiento militar había fracasado.
Enseguida los militares sublevados que en sus bandos de pronunciamiento no adujeron la defensa de la religión la utilizaron como justificación de su alzamiento. En el discurso radiado de agosto de 1936 el general Mola (en el que se refirió a la “quinta columna” interior que iba a tomar Madrid) explicó lo que pretendían los sublevados:
El general Cabanellas, conocido masón y presidente de la Junta de Defensa Nacional, el 16 de agosto en la carta que acreditaba a Antonio Magaz como agente confidencial ante el Vaticano, hablaba de un “movimiento nacional que tanto tiene de cruzada religiosa como de rescate de la Patria frente a la tiranía de Moscú”. Pero no solo los militares sino también numerosos eclesiásticos y laicos católicos proclamaron de forma entusiasta que la guerra que estaba llevando a cabo el bando sublevado era una cruzada. Fray Justo Pérez de Urbel le dijo al general Millán Astray que el objetivo de la guerra era “rescatar a España para Dios”. José María Pemán escribió: “el humo del incienso y el humo del cañón, que sube hasta las plantas de Dios, son una misma voluntad vertical de afirmar una fe y sobre ella salvar un mundo y restaurar una civilización”. Más tarde, en 1938, publicó el “Poema de la Bestia y el Ángel”, tal vez el texto más representativo de la idea de “cruzada” aplicada a la guerra civil.
La actitud inicial de la jerarquía eclesiástica española y de la Santa Sede miniaturadeimagen|Fotografía del papa Pío XI. La mayoría de los obispos españoles esperaron a que el Vaticano se pronunciara antes de hacer pública su visión de la guerra, pero esto no ocurrió hasta el 14 de septiembre de 1936 cuando el papa Pío XI pronunció el discurso “La vostra presenza” en su residencia veraniega de Castelgandolfo en una audiencia pública a un grupo de unos 500 católicos españoles, en su mayoría sacerdotes y religiosos (encabezados por los obispos de Cartagena, Tortosa, Vich y Urgel), que habían conseguido huir de la zona republicana, muchos de ellos gracias a la ayuda de las autoridades republicanas, especialmente de la Generalidad de Cataluña. El discurso empezó lamentando las víctimas que se habían producido en la zona republicana refiriéndose al “esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmos y de martirios; verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra” y condenó el comunismo, pero no utilizó el término de “cruzada” para referirse al conflicto bélico en España sino el de “Guerra Civil” “entre los hijos del mismo pueblo, de la misma madre patria”. Asimismo abrió un interrogante sobre la causa de los sublevados, pues tras bendecir “a cuantos han asumido la difícil y peligrosa misión de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la religión” advirtió que “muy fácilmente el esfuerzo y la dificultad de la defensa la hacen excesiva y no plenamente justificable, además de que no menos fácilmente intereses no rectos e intenciones egoísticas o de partido se introducen para enturbiar y alterar toda la moralidad de la acción y toda la responsabilidad”. Pero lo más duro para los partidarios de la “guerra santa” fue la exhortación final que hizo Pío XI a amar a los enemigos:
La parte final del discurso del papa provocó murmullos de desaprobación entre algunos de los sacerdotes y religiosos españoles presentes porque según ellos equiparaba a los dos bandos contendientes en la guerra civil española. De hecho en la zona sublevada el discurso de Castelgandolfo se difundió ampliamente, pero mutilado. Solo se publicaron aquellos párrafos que parecían ratificar la condición de cruzada de la guerra civil y se suprimió toda la segunda parte en que se exhortaba a amar a los enemigos. Los obispos españoles, que al principio solo conocieron el discurso de Pío XI en esta versión propagandística, hicieron públicas inmediatamente encendidas pastorales a favor de los sublevados, entre las que destacó la del obispo de Salamanca Enrique Pla y Deniel publicada el 30 de septiembre de 1936, solo un día antes de que el general Franco fuera proclamado “Generalísmo” y “Jefe del Gobierno del Estado”, bajo el título “Las dos ciudades” y en la que declaraba la guerra como una “cruzada” (cuando Pla y Deniel conoció la versión completa no se retractó en absoluto de su pastoral, como tampoco lo hicieron el resto de obispos). En la pastoral Enrique Pla y Deniel presentaba la guerra como "una cruzada por la religión, la patria y la civilización", dando una nueva legitimidad a la causa de los sublevados: la religiosa. Así, el general Franco no era sólo el "jefe y salvador de la Patria", sino también el "Caudillo" de una nueva "Cruzada” en defensa de la fe católica y del orden social anterior a la proclamación de la Segunda República española.
De esta forma "Franco contó con el apoyo y bendición de la Iglesia católica. Obispos, sacerdotes y religiosos comenzaron a tratar a Franco como un enviado de Dios para poner orden en la ciudad terrenal y Franco acabó creyendo que, efectivamente, tenía una relación especial con la divina providencia". El cardenal primado de Toledo Isidro Gomá le envió a Franco un telegrama de felicitación por su nombramiento como "Jefe del Gobierno del Estado Español" y el Generalísmo en su contestación, después de decirle que "no podía recibir mejor auxilio que la bendición de Vuestra Eminencia", le pedía que rogara a Dios en sus oraciones para que "me ilumine y dé fuerzas bastantes para la ímproba tarea de crear una nueva España de cuyo feliz término es ya garantía la bondadosa colaboración que tan patrióticamente ofrece Vuestra Eminencia cuyo anillo pastoral beso". El obispo Pla y Deniel le cedió a Franco su palacio episcopal en Salamanca para que lo utilizara como su Cuartel General.
Otras manifestaciones del cardenal Isidro Gomá, arzobispo de Toledo y primado de España, abundaron en la misma idea de "cruzada":
El papa Pío XI volvió a referirse a la situación en España en la encíclica Divini Redemptoris del 19 de marzo de 1937 en la que condenaba el comunismo y en la que dedicaba el párrafo 20 a "Los horrores del comunismo en España", en los que denunciaba los asesinatos de sacerdotes y religiosos en la zona republicana, pero siguió sin mencionar que la guerra de España fuera una cruzada, como esperaban la jerarquía eclesiástica española y las autoridades franquistas, a diferencia de lo que haría pocos días después en la encíclica Firmissimam constantiam del 28 de marzo en la que justificaba el recurso a la fuerza armada de los cristeros mexicanos. Días antes de esta dos encíclicas Pío XI había acabado Mit brennender Sorge del 14 de marzo, "sobre la situación de la Iglesia en Alemania" en la que denunciaba el nazismo. De la misma forma que en la zona sublevada se difundió ampliamente en párrafo sobre "Los horrores del comunismo en España" de la encíclica en que Pío XI condenaba el comunismo, se prohibió la difusión de la encíclica en la que se condenaba el nazismo, uno de los aliados del general Franco.