El grado cero de la escritura (Le degré zéro de l’ecriture) es el primer ensayo importante del teórico y crítico literario francés Roland Barthes. Aunque fue publicado en 1953 en la colección “Pierres Vives” de la editorial parisina Seuil, algunos de los apartados ya se habían publicado como artículos en la revista Combat desde 1947.“El primer artículo sobre ese tema aparece en el número del 1 de agosto de 1947 de Combat; el último, titulado "La troisième personne du roman", se publica en el número del 13 de septiembre de 1951 de la misma revista” Éric Marty, Roland Barthes: el oficio de escribir, p. 99. Se trata de un ensayo sobre la historia de la literatura francesa en donde, a diferencia del común de las historias literarias, Barthes no hace una revisión de autores, corrientes u obras sino que estudia los orígenes y las transformaciones del concepto de escritura literaria misma y su relación con distintos periodos históricos de Francia.
Contexto Por diversas circunstancias, Roland Barthes mantuvo en sus inicios intelectuales una posición sumamente distinta a la de la crítica literaria académica de Francia. Por un lado, la tuberculosis interrumpió y lo obligó a postergar sus estudios universitarios, por el otro, la falta de un Doctorat d’État, una “masiva tesis rara vez terminada en menos de diez años”Jonathan Culler, Roland Barthes, p. 71. pero que era un requisito necesario para progresar como profesor, lo arrojaron a los márgenes de un ambiente académico dominado por los profesores de La Sorbona con prácticas de inclusión y autoridad sumamente rígidas en ese entonces.
Además de esto, las propias convicciones de Barthes, desde textos tempranos como El grado cero de la escritura, se contraponían radicalmente a las nociones críticas de estos académicos de corte positivista. A la postre esto derivaría en una abierta polémica entre Barthes y Raymond Picard, que, en un texto de 1965 llamado Nouvelle critique ou nouvelle imposture atacaba los presupuestos de la llamada “nueva crítica”, con especial énfasis en Barthes y al que este respondería en Crítica y verdad (1966). Picard, en un principio, criticó los análisis que Barthes había hecho de Racine en su libro Sur Racine (1963) a partir de nociones freudianas del inconsciente, pero pronto la discusión derivó en implicaciones teóricas y críticas más amplias, así como en una disputa sobre quién puede ostentar la autoridad interpretativa de un texto literario.
La postura de Picard se puede resumir en la siguiente declaración: “Basándose en particular en las certezas del lenguaje, la coherencia psicológica y los requerimientos estructurales del género, el investigador paciente y modesto logra establecer hechos indiscutibles que en alguna medida determinan zonas de objetividad (es desde éstas que puede –con sumo cuidado– aventurar interpretaciones)”.Citado en: Ibidem., p. 75. Barthes, en cambio, responde con el argumento de que “lo que Picard considera fundamentos (las certezas del lenguaje, las implicaciones de la coherencia psicológica y las exigencias estructurales del género) son de por sí interpretaciones fundadas en una ideología que los académicos quieren presentar como la razón misma. Barthes sostiene que la cuestión principal es la resistencia de la crítica académica a aceptar la naturaleza simbólica del lenguaje, particularmente la ambigüedad y la connotación”.Ibidem., p. 78.
Estas nociones de Barthes, como se explicará más abajo, aparecen de lleno ya en El grado cero de la escritura, en donde se parte del supuesto de que la escritura literaria “siempre parece simbólica”Roland Barthes, El grado cero de la escritura, p. 26. y en donde, por lo mismo, no puede existir una escritura que sea del todo “clara” o que no cargue consigo ataduras históricas o ideológicas de algún tipo identificables por el crítico. De esta forma, se puede ver que las discrepancias entre Barthes y Picard, entre vieja y nueva crítica, iban mucho más allá de grados universitarios o de Racine ya que, en el fondo, lo que se discutían eran formas de entender el lenguaje, la escritura y la noción de literatura misma.
En una declaración donde recuerda estos momentos, Barthes dijo lo siguiente: “Hubo una época en Francia en que la teoría era necesaria. Todas las investigaciones en ciencias sociales y en literatura estaban sumidas en una especie de empirismo y de impresionismo. Y había que reaccionar contra ese impresionismo militando por un discurso teórico. Pero una vez realizado ese discurso teórico, de nuevo ha sido necesario actuar contra él y abrirse sobre una práctica que dialectice a la vez teoría y escritura.[...] Más tarde de nuevo se hará teoría. Es necesario aceptar este va y ven".En Hilia Moreira, La semiología literaria en Francia. Conversaciones con Barthes, Genette, Bremond y Soriano, en , p. 17
Primera Parte: ¿Qué es la escritura? La primera parte del ensayo la dedica Barthes a establecer los conceptos teóricos que después utilizará para clasificar la historia de la escritura literaria en Francia. De este modo, partirá primero de una definición propia de escritura para luego poder explicar cómo es que esta se va construyendo y transformando de acuerdo a distintos momentos históricos y de acuerdo también a sus propias convenciones.
Definición de escritura Para Barthes, existen tres realidades formales de las que dispone el escritor para su expresión: la lengua, el estilo y la escritura. La lengua es un horizonte compartido por todos los hablantes, es el límite de lo que se puede decir, es un objeto social por definición, no por elección; por lo tanto, no es un lugar de compromiso para el escritor, sino una naturaleza. El estilo es la expresión de su mitología personal, la historia de su pasado; su origen es más bien biológico, ya que nace y se desarrolla junto con él; sin embargo, dado su origen, no se trata de una elección sino de una naturaleza, como la lengua. Barthes plantea que el verdadero lugar de elección y compromiso es la escritura: a diferencia de la lengua y el estilo, la escritura no es naturaleza sino función: une a la creación con la sociedad y se adhiere a las grandes crisis de la historia. Ya que no es naturaleza, su configuración es de índole simbólica: encierra al discurso en un signo total que expresará una postura frente a la realidad. Para resaltar esta característica de la escritura, Barthes la opone a la palabra (la lengua); así, se ve que la primera, al ser simbólica, encierra una intención que está más allá del lenguaje; ya que se configura como un signo total, su significado es dado en su unidad y no en la sucesión de sus signos. La palabra, por otro lado, cobra su significado en la sucesión, en su movimiento de signos vacíos, y su intención es solamente comunicar. La escritura nace de la reflexión del escritor sobre el uso social de la forma y será, por lo mismo, un modo de pensar y entender la literatura.
Escrituras e Historia El escritor no tiene un cúmulo abstracto de escrituras de donde pueda escoger una a cada momento: la historia y la tradición lo empujan a hacer una elección. En tanto que elección, se trata de una libertad. Pero esta elección y esta libertad del escritor se desvanecen en su duración, ya que el eco de escrituras pasadas e incluso del pasado de su propia escritura comienzan a hacer resonancia. No obstante, el momento de la elección, en tanto gesto significativo y toma de posición, es un punto significativo en la historia “ya que la Historia es siempre y ante todo una elección y los límites de esa elección”,Roland Barthes, op. cit., p. 25. dice Barthes. De esta forma, se traza la relación entre la escritura y la historia, y se ve cómo la primera nace de las circunstancias de la segunda.
Las escrituras políticas son un ejemplo: en ellas, afirma Barthes, “la escritura está […] encargada de unir con un solo trazo la realidad de los actos y la idealidad de los fines”.Ibidem., p. 27 Se trata de escrituras de definición, es decir, que valoran qué es el bien y el mal y juzgan de acuerdo a su posición. Las escrituras del poder y las escrituras de combate funcionan igual. Así, tanto la escritura clásica francesa, como las escrituras marxistas, leninistas o la del comunismo francés tienen una estructuración similar. Las llamadas escrituras intelectuales, las de los militantes políticos, representan más que la posición del escritor (o mejor dicho “escribiente”Ibidem., pp. 33-35.) a toda una colectividad. Estas escrituras nacen también como un compromiso social, pero la autonomía de su forma es más grande en tanto que reciben una firma que borra la historia de la conversión del escribiente a ese compromiso y representa a la colectividad.
Una vez definido su concepto de escritura y después de plantear que la elección de un tipo de escritura entre varias posibles está siempre en relación con una elección ideológica o con una coyuntura histórica particular, Barthes se adentra ya propiamente en la escritura literaria en sí.
Si, como vimos, la escritura literaria no puede ser reducida a la lengua en la cual se escribe, ni tampoco puede ser simplificada a la noción individual de estilo, entonces la escritura literaria debe de tener y construir sus propias características, sus “marcas”. Como dice Barthes, “ésta [la literatura] también debe señalar algo distinto de su contenido y de su forma individual, y que es su propio cerco, aquello por lo que se impone como Literatura”.Ibidem., p. 11 Estas “marcas” que, según Barthes, sirven para designar e identificar a ciertos textos como literarios las llama “convención-tipo”.Ibidem., p. 40. Las convenciones de la literatura se construyeron históricamente con el desarrollo de la escritura literaria y se fueron consolidando al irse repitiendo y renovando. Es decir que no existe algo que sea “naturalmente” literatura sino que esta es una institución que se va construyendo poco a poco a lo largo de la historia. El concepto teórico de convención es sumamente importante para entender la periodización de la escritura francesa que propone el autor en la segunda parte de su ensayo pues justamente son las convenciones las que se repiten, refuerzan, niegan o rompen de acuerdo a distintos momentos de la historia francesa.
Los ejemplos que Barthes propone los toma del género de la novela. Por un lado, menciona el caso del pretérito indefinido. Este tiempo verbal, virtualmente excluido del francés hablado, es, no obstante esto, el tiempo favorito de la novelística (sobre todo la de antes del ). Si en un principio se utilizó este tiempo como una forma de presentar hechos acabados, en el pasado, pronto pasó a significar algo más: el hecho mismo de que el texto que se leía se trataba de una novela. De esta manera, Barthes sugiere que “el pretérito indefinido significa una creación: es decir que la señala y la impone”.Ibidem, p. 38. La paradoja está en que este tiempo a la vez que construye hechos posibles (sobre todo en la novela realista) los designa como parte de una ficción .