El régimen político de las comunas urbanas de la Italia medieval se refiere a la organización institucional de las comunas medievales en las ciudades-estado italianas.
Origen
Durante el se va a producir la decadencia de las ciudades, ya que en una época de inseguridad, con los mares y costas asolados por los sarracenos, el gran comercio prácticamente desapareció y con ello los grandes mercados. Frente a este panorama, Venecia, vinculada al imperio bizantino, mantuvo un comercio activo con el Imperio bizantino y con los árabes, en disputa con los piratas eslavos narentinos. Este movimiento contagió a las ciudades italianas vecinas a través del río Po con el beneplácito de los emperadores carolingios. Así, al comercio de productos agrícolas se les irían sumando los industriales, de modo que en el norte de Italia hubo una mayor circulación monetaria y comercial respecto al resto de Europa occidental; y además, desde el sur de Italia, Amalfi y Nápoles (aliadas por motivos comerciales con los sarracenos), propagaron su actividad comercial al norte. En este contexto, es en Lombardía donde confluía todo el movimiento comercial del Mediterráneo, al este por Venecia y al oeste por Pisa y Génova; y desde Lombardía, gracias a la fertilidad de su suelo y al resurgimiento de la manufactura industrial, el movimiento comercial se expandió hacia el sur, a Toscana, y hacia el norte, siguiendo el curso de los ríos Ródano, Rin y Danubio. Estas particularidades económicas provocaron que al contrario que en el núcleo del Imperio carolingio, donde los terratenientes al perder sus salidas comerciales tendieron a autoabastecerse permaneciendo solamente pequeños mercados locales, la nobleza italiana no adquirió todavía carácter rural al no residir en sus campos, asolados por las razzias sarracenas, sino que se permaneció en las ciudades (civitas) obteniendo beneficio de sus bienes raíces. Sería ya en el inicio del , cuando Génova y Pisa comenzaron la ofensiva frente a los musulmanes, arrebatándoles progresivamente las bases que les habían permitido cerrar el Mediterráneo al comercio: Cerdeña (1022), Córcega (1091) y la conquista normanda de Sicilia (1058-1090); de este modo, pudieron abrir su influencia hacia Oriente con el inicio de las Cruzadas.
La expansión del comercio en Italia involucró no solo a los judíos sino a mendigos emprendedores, como San Goderico de Finchale, que portaban mercancías de un lugar a otro obteniendo beneficios, los cuales no se atesoraron sino que se invertían nuevamente, extendiendo así el comercio. En la inseguridad de los caminos los mercaderes no viajaban solos, de este asociacionismo surgirían en el , las sociedades comerciales en las que varios socios aportaban capital para desarrollar el negocio como la commenda y la compagnia; de la estabilidad y asentamiento de las mismas daría lugar a la banca en el . La misma nobleza territorial protegía a los mercaderes asegurándose así beneficios por los peajes, y especialmente otorgando privilegios de feria y mercado, e incluso, en Italia, las familias aristocráticas intervinieron como prestamistas en las operaciones comerciales.
Estos mercaderes se establecieron en los aledaños de las ciudades, formando un barrio a extramuros (forisburgus), en un suburbio construido por motivos económicos. En Italia, el desarrollo urbano vino favorecido por la seguridad de la civitas, que de suyo poseía una muralla (si no la tenía, dejaba de ser civitas pasando a ser vicus); y también vino favorecido porque en virtud del edicto de Rotario de 643, la acción delictiva perpetrada dentro de la ciudad era más grave que si era producida en el campo. Desde la segunda mitad del se difundieron los forisburgos, y así se atrajo a más población (como artesanos especializados, panaderos, carniceros, porteadores) y se desarrolló la industria (textil, metalúrgica), a los que se añadían mercaderes ambulantes y estables (incluyendo a cambistas y prestamistas). De la defensa de los nuevos emplazamientos a extramuros (forisburgus) se encargaron los propios habitantes. A la larga, el primitivo núcleo feudal de las ciudades perdieron su sentido y tiraron sus muros, ampliándose el recinto urbano amurallado. De este modo, con la reactivación del comercio comenzaron a aparecer suburbios urbanos dedicados al comercio donde se establecían artesanos y comerciantes, y por conveniencia los mercaderes, puesto que los mercaderes llegaron a ser también propietarios de tierras y por tanto tenían una preeminencia dentro de la sociedad urbana. Así, su riqueza y sus tierras les hicieron introducirse en la aristocracia feudal.
Desde época postcarolingia, los obispos habían asumido no solo funciones religiosas, sino también funciones administrativas comitales como delegados reales en la civitas y sus territorios aledaños, en un área que se podía extender unos 10 kilómetros, lo que incluía a la pequeña nobleza. Contra la concepción feudal, los mercaderes, vinculados entre sí por sociedades, se dieron cuenta de que el ejercicio de sus actividades profesionales exigía que los poderes dominantes tradicionales reconocieran no solo las libertades y los privilegios económicos, sino también las franquicias jurídicas y el poder político para su salvaguarda, con lo que procuraron el cambio jurisdiccional y la limitación de la acción episcopal.
A las reivindicaciones de los mercaderes, se añadieron la miseria de los trabajadores industriales, y el misticismo de los patarinos contra la simonía. Pero como dentro del burgo, los mercaderes constituían el elemento más activo y rico de la población, en tanto como patronos y consumidores de productos, fueron ellos el factor determinante en la formación de una conciencia colectiva entre los habitantes del burgo. En Italia, nunca se había perdido el todo el sentido comunitario y urbano de los habitantes de las ciudades, y de esta forma, los habitantes de una ciudad se unieron para emprender una acción conjunta frente a los teóricos representantes del poder central que afectaban a sus propios intereses. Dado que las mentalidades del clero y de los habitantes de la ciudad diferían mucho entre sí, entonces a lo largo del incluso del X, surgieron numerosas rebeliones de las ciudades contra los obispos y los monjes de abadías. Ya en el año 927 está documentado un conflicto entre los habitantes de Cremona y su obispo, y en 991 en Milán.
La formación de una conciencia colectiva urbana precedió a la concesión de privilegios. Estos privilegios hacían referencia a la inviolabilidad de los domicilios, la exclusión del duelo como prueba judicial para los habitantes de los centros urbanos, y la prohibición de someter a los habitantes de la ciudad a una jurisprudencia cuya sede radicase fuera del recinto municipal. Los señores laicos, y sobre todo los reyes, se dieron cuenta de que les interesaba favorecer a los nuevos grupos urbanos, bien para encontrar en ellos apoyo contra sus adversarios o para obtener, mediante imposición de impuestos y tasas, beneficios sustanciales a partir de las actividades económicas a que se dedicaban los ciudadanos. Coincidiendo con un clima de expansión económica con la extracción y la difusión de plata de las minas de Goslar, en el fueron otorgados los primeros privilegios municipales, el primero de ellos a Génova en el año de 958 por los reyes Berengario II y Adalberto, y en 996 consta otro concedido por el emperador Otón III a Cremona, y otro en 1059 a Savona por el rey de Romanos Enrique IV, así como los concedidos a 1081 a Lucca y Pisa. Pero además, los señores laicos también se involucró en los beneficios del comercio, debido a la fragmentación de las propiedades por los repartos de herencias pro cuota y la reducción de ingresos por sus bienes raíces. Pero pese a los beneficios del comercio, aún la riqueza procedía preferentemente de la tierra.
thumb|Las tres torres de Pavía.
Los estamentos dominantes no opusieron un frente unido a tales pretensiones del burgo. Las diferencias de intereses y de fines entre la aristocracia y el clero, diferencias que se ampliaron con la reforma gregoriana contra la simonía y la injerencia de los laicos en el orden eclesiástico, permitieron a los burgueses beneficiarse de estas rivalidades. De esta forma, en las ciudades en las que el obispo ostentaba el poder político, la pequeña nobleza de los alrededores, se alió con los nuevos ciudadanos para sacudirse de la autoridad episcopal y arrancar concesiones al obispo.
Pero como no todos los obispos tenían facultades comitales, el origen de la comuna se halla en la dispersión feudal fruto de repartos sucesorios derivados del derecho de sucesión pro cuota (more longobardico). En la revuelta de Milán de 1035, la pequeña nobleza de los valvasores se levantó contra sus señores los capitanei, fruto de la cual el emperador Conrado II promulgó el Edictum de beneficiis o Constitutio de feudis de mayo de 1037, que regulaba las relaciones entre los grandes señores (seniores), y la pequeña nobleza de feudatarios (milites) de los capitanei y valvasores, a los que se les garantizaba la sucesión en el feudo, impidiendo al señor recuperar el feudo lo que permitió convertir los feudos en hereditarios. Conrado II, de esta forma, intentaba reprimir el poder de los obispos y de los capitanei de Milán ganándose la fidelidad de un grupo de subvasallos, que eran los valvasores. Estos, como propietarios con la seguridad de no ser despojados por su señor, se asociaron in consortium dentro de la ciudad, con la burguesía urbana de mercaderes, jueces, notarios y cambistas, para obtener el gobierno urbano, y formar la comuna, libres de la jurisdicción del obispo o de otro funcionario imperial, y nominaron a sus propios representantes, los cónsules, que tomaron progresivamente el control de la ciudad.
Así que los mercaderes y la pequeña nobleza hicieron causa común para sacudirse del poder episcopal o feudal, y obtener no solo privilegios económicos y jurisdiccionales, sino apoderarse del poder urbano, y hacer que el obispo reconociera la comuna como un pacto para el mantenimiento de la paz. Esta comuna era un cuerpo jurídico en sí mismo que separaba los derechos de obispo y el de los burgueses, de modo que desaparecieron las servidumbres personales y territoriales, se sustituyeron los peajes señoriales por impuesto público, o se estableció un derecho urbano con tribunales específicos para los burgueses. La comuna estaba dirigida por cónsules elegidos periódicamente de entre la nobleza territorial (patricios), y estaban apoyados por un consilium (concejo) de ciudadanos de las familias poderosas denominado credenza, pues al fin y al cabo sobre ellos reposaba la prosperidad de la ciudad.
Lucca poseía ya en el año 1068 una corte de justicia comunal que administraba la ciudad. Milán se había liberado del poder obispal, quizás ya en 1067. Piacenza se vio libre en el 1090. Cremona y Lodi en el año 1095. Pronto se sumarían a la lista Vicenza, Bolonia, Pavía y Génova. Este movimiento se difundió desde Italia a Provenza y el Languedoc; y con la querella de las Investiduras y el conflicto entre güelfos y gibelinos se catalizaría el establecimiento del fenómeno comunal en la Italia medieval.
El desarrollo comunal en Italia en el
Aunque la inoperancia del poder imperial en el reino italiano durante la primera mitad del favoreció el desarrollo de las comunas, lo que realmente decidió este desarrollo de la institución comunal, fue la dinámica entre las distintas facciones y sus fluctuantes alianzas.