Instrucción de príncipes o espejo de príncipes (del latín, speculum principium) es un subgénero literario del género medieval denominado espejo, en la escritura durante la Edad Media, con contenido político y de larga tradición en la literatura grecorromana. El espejo para príncipes se define como un manual de instrucciones, enseñanzas históricas, ficciones narrativas con función moralizadora o doctrinal (exempla) y consejos para el comportamiento público apropiado de reyes, príncipes o nobles que iba destinado específicamente a un sujeto particular de este determinado estado y condición. thumb|Orator, bellator et laborator (clérigo, guerrero y labrador): los tres órdenes medievales. Letra capitular de un manuscrito. miniaturadeimagen|Alejandro Magno y Aristóteles. El modelo de "espejo de príncipes" medieval era un tratado compuesto por un gran consejero para un gran rey siguiendo la historia del filósofo estagirita y el rey macedonio, cuyas hazañas eran conocidas en su época enbtre otros por las Historias de Alejandro Magno de Macedonia de Quinto Curcio. En un sentido más amplio, el término también se utiliza para cubrir historias u obras literarias destinadas a crear imágenes de reyes para imitación o evitación. A menudo estaban compuestos por la llegada de un nuevo rey, cuando un gobernante joven e inexperto estaba a punto de llegar al poder. En el podrían ser vistos como una combinación de temas de autoayuda y técnicas de comunicación política.

Historia Es un género muy antiguo y se cultivó en las culturas egipcia (sebayt), china, hindú, griega, helénica, latina, cristiana y musulmana. Constituían un cuerpo de enseñanzas a partir de relatos orales sobre héroes o hazañas legendarias, anécdotas de experiencias personales o testimonios históricos recogidos en el tiempo, destinadas a un sujeto particular de la nobleza y con un propósito de ejecución específico: para educar o simplemente entretener. Estas se basaban en consejos y guías en temas como la guerra, la política y la religión. Así pues, los nobles tenían una educación basada tanto en deberes como en virtudes. Siempre siguiendo como ejemplo el comportamiento de los personajes en las historias, que comúnmente eran guerreros mitológicos, reyes, príncipes, algún caballero de la mesa redonda o bien doncellas ejemplares cuyo carácter había que imitar.

En donde más se conoce el uso del género es en el mundo grecorromano. La Ciropedia del griego Jenofonte ya constituye un tratado en ese sentido; en tanto que Marco Tulio Cicerón escribió muchos tratados centrados en la formación del orador como hombre público perfecto, de los que se sirvió tiempo después Marco Fabio Quintiliano.

En la era imperial se destacan dos obras: De Clementia, de Séneca (año 55 d.C.) y el Panegyricus Traiani, de Plinio el Joven (año 100 d.C.). Ambas son obras encomiásticas que quieren exaltar al emperador viviente y justificar el poder. Así, Séneca destaca la supuesta clemencia de Nerón y justifica la monarquía absoluta recurriendo a la doctrina estoica, que consideró esta la mejor forma de gobierno en el caso en que el monarca fuera un sabio (sapiens). Y la tesis de Séneca es que Nerón lo era. Por su parte, Plinio destaca todas las cualidades de Trajano, entre las que destaca la modestia. El poder de Trajano es legitimado por la posesión misma de aquellas cualidades, que lo convierten en el optimus princeps. Cabe destacar que mientras Séneca habla de clemencia, Plinio se refiere a la modestia. Esta es, en efecto, una virtud más general, premisa para otras como la clemencia.

De todas formas, más allá de la exaltación del príncipe y la obra de propaganda que desarrollan, estas obras son la proyección de las esperanzas de sus autores. Séneca esperaba hacer de Nerón un emperador-filósofo sobre el modelo de la doctrina de la que era seguidor, mejor bajo su guía; Plinio esperaba que, tras décadas de emperadores tiranos, Trajano finalmente restaurase los privilegios del Senado y le reconociese un papel en la gestión del Estado, aunque fuera simbólico a nivel político. Sin embargo, una comparación con la obra De clementia de Séneca pone de relieve que Plinio no propone, como Séneca, un programa de gobierno (aunque sea abstracto y utópico), sino que se limita a aprobar incondicionalmente la política de Trajano. Su figura, de hecho, no es la de un consejero, sino la de un simple funcionario.

La teología cristiana en la Alta Edad Media La literatura especular de la Edad Media es muy extensa. Aunque su contenido y estilo varía según las preocupaciones político-religiosas y las influencias filosóficas de los autores en función de las distintas épocas y circunstancias en las que escribían. Sin embargo, dos hechos centrales condicionan el pensamiento filosófico y la producción literaria de la Baja Edad Media: la invasión y el saqueo de Roma y la cristianización del Imperio Romano de Occidente.

Los romanos quedaron conmocionados por el segundo saqueo sufrido en la historia de su ciudad a manos de los visigodos. Los romanos interpretaron el saqueo como un castigo divino y lo atribuyeron a la religión cristiana y, en particular, a la prohibición del culto a los dioses. El desconcierto que provocó la entrada de los bárbaros en la capital del Imperio Romano, donde residía el Papa, y que había sido referente del cristianismo desde Constantino I y especialmente desde Teodosio I, provocó un cuestionamiento general acerca del hecho de la desaparición de una civilización entera. Pero Agustín de Hipona contradijo aquella opinión y se propuso refutarla a través de una extensa obra de naturaleza teológica en la que trabajó a lo largo de quince años, entre 412 y 426: De civitate Dei contra paganos ("La ciudad de Dios contra los paganos").

La obra es una apología del cristianismo, en la que se confronta la "Ciudad Celestial", que representa el cristianismo, y por tanto la verdad espiritual, y la "ciudad pagana", que representa la decadencia y el pecado. Agustín trató la religión de la Antigüedad como supersticiosa: por un lado, refutó que se adore a los dioses por el simple motivo de las ventajas que reporten (libros 1 a 5), y por otra parte, contradijo a los que buscan por esa misma vía la felicidad eterna (libros 6 a 10). Los libros 11 a 22 se consagran al origen y la oposición entre ambas ciudades.

El tema del Libro V, titulado El destino y la Providencia, es la verdadera felicidad consistente en "la satisfacción de todos los deseos"; felicidad que es un don de Dios, razón por la "que ningún otro dios debe ser adorado por los hombres más que aquel que los puede hacer felices". Agustín realiza un reformulación de la historia romana: atribuye los aciertos y avances a la intervención del Dios cristiano, y carga los desaciertos y fracasos al culto de los falsos dioses del templo romano. En ese contexto literario, Agustín expone acerca de la verdadera felicidad de los emperadores romanos (Capítulo XXIV) y propone a los emperadores Constantino, legalizador de la religión cristiana por el Edicto de Milán en 313, y Teodosio, responsable de establecer al cristianismo niceno como religión única y oficial de Roma por el Edicto de Tesalónica en 380, como modelos de recto gobernante (capítulos XXV y XXVI).

En el análisis de Prelot, el obispo de Hipona muestra confianza en el modelo del emperador cristiano. Se guarda cuidadosamente de identificar al Estado con la Iglesia. Discierne con claridad el carácter legítimo de las instituciones políticas. Proclama el papel que Dios ha querido atribuirles para mantener el orden y afirma la necesidad de someterse a él para obedecer los designios providenciales, incluso cuando los reyes o emperadores son apóstatas o paganos.

A partir de Agustín, la filosofía estaba subordinada a la teología. La Biblia Septuaginta era la principal fuente de conocimiento. Todo pensamiento debía someterse al "principio de autoridad" y el discurso cristiano se limita en principio a la repetición de los textos antiguos, sobre todo de los textos bíblicos. Los sacerdotes y monjes fueron los mayores productores y copistas de manuscritos (hoy llamados códices) en Occidente. Su tema era la religión: Dios como figura central, la Iglesia y las virtudes que todo creyente debía practicar. La responsabilidad sacerdotal implicaba aconsejar al rey sobre la mejor forma de actuar en su faz privada y en su faz pública para no defraudar ni ofender al Dios de la cristiandad. La principal herramienta literaria para este cometido fue el speculum princeps, en el que se mostraba un retrato ideal del gobernante con virtudes y valores cristianos como el mejor ejemplo de comportamiento a seguir.

Ahora bien, en Agustín no hay un programa político en sentido estricto, sí un planteamiento moral. Sin embargo, la cristianización del imperio y la concepción “ministerial” del poder secular en que se funda, traen aparejado la calificación del bien y del mal como virtud o como pecado. El ministerio religioso de que están investidos los reyes y los emperadores cristianos los hace caer bajo la obediencia de los jefes de la Iglesia. La Iglesia Cristiana de Occidente pasó a ocupar un importante rol político en la Europa Latina que deriva en interpretaciones disímiles de las sagradas escrituras y desviaciones doctrinarias respecto del pensamiento de Agustín.

La reforma cultural carolingia Con arreglo a lo enseñado por Agustín de Hipona en su Ciudad de Dios, solo había una ciudad cristiana en la que estaba incluido el mundo entero. Esta sociedad tenía, bajo Dios, dos cabezas, el papa y el emperador; dos principios de autoridad, el gobierno espiritual de los sacerdotes y el temporal de los reyes; y dos jerarquías de magistrados, pero no existía división en dos cuerpos o sociedades. No había un cuerpo que formase el reino secular y otro que constituyese la Iglesia, ya que todos los hombres estaban incluidos en ambos. El problema versaba sobre los límites propios de la autoridad en caso de controversia entre el Papa y el Emperador y sobre lo que podía legítimamente hacer cada uno de ellos dentro de los límites expresos o implícitos de su cargo.

En los días de la decadencia de Roma, Gregorio Magno había ejercido un gran poder temporal. Tanto los sínodos eclesiásticos como los sacerdotes individualmente habían seguido el precedente sentado por Ambrosio de Milán, amonestando a los reyes por su mala conducta; los obispos figuraban de ordinario entre los magnates con cuyo consentimiento se promulgaban las leyes; y los eclesiásticos habían ejercido gran influencia en la elección y deposición de los gobernantes. Ciertamente, Pipino el Breve buscó y obtuvo la aprobación papal para descartar a la dinastía merovingia en el Reino de los francos. La famosa coronación de Carlomagno en el año 800 podía interpretarse con facilidad como traslación del imperio a los reyes francos por intermedio de una autoridad de que estaba investida la iglesia, por analogía con la institución de la monarquía por Samuel. Más aún, se consideraba universalmente que la administración del juramento de la coronación tenía significado religioso y, como todos los juramentos, podía caer dentro del poder disciplinario de la iglesia.

Desde otro costado, desde la caída de Roma innumerables líderes eclesiásticos, por su posición como grandes terratenientes, había sido el depósito principal de los antiguos ideales de autoridad pública y orden civil, y es también probable que fuesen los agentes más capacitados para desarrollar una política regia que necesitase un control del monarca en cualquier grado que fuese. Con todo, hasta la época en que estalló la controversia entre las jurisdicciones eclesiástica e imperial en el , conocida como "querella de las investiduras", el control del emperador sobre el papado fue más ostensible y efectivo que el ejercido por el papa sobre el emperador.