Juan V Paleólogo (; noviembre de 1331-16 de febrero de 1391) hijo de Andrónico III y de su esposa Ana. Sucedió a su padre como emperador bizantino en 1341, a la edad de 9 años.

Regencia de la emperatriz Ana de Saboya (1341-1347)

Los años de la minoría de edad de Juan V fueron el escenario de la llamada segunda guerra civil bizantina. A la muerte de Andrónico III, la regencia fue atribuida a la emperatriz viuda Ana de Saboya (19 de noviembre de 1341). Poco después, el primer ministro durante el reinado de Andrónico III, el megas domestikos Juan VI Cantacuceno hizo valer su condición de amigo íntimo del emperador difunto para ocupar el cargo de tutor de la emperatriz en su tarea de regente. Sin embargo, un grupo de políticos influyentes se había agrupado en torno a la emperatriz viuda: dirigido por el megaduque Alejo Apocauco y por el patriarca Juan Calecas, esta facción política se opuso, con el apoyo de la propia emperatriz, a las ambiciones de Cantacuceno. Tras su intento fallido por controlar el rumbo de la regencia, Cantacuceno abandonó Constantinopla y se refugió en la ciudad tracia de Didimoteicos, donde se hizo proclamar emperador el 26 de octubre de 1341. Este acontecimiento marcó el principio del conflicto que opondría durante seis largos años a los partidarios de Juan V al usurpador Juan VI Cantacuzeno. thumb|left|180px|Moneda de Juan V Paleólogo. Los primeros años de la contienda fueron favorables al partido de la Regencia de Ana de Saboya: los repetidos fracasos militares de las fuerzas de Cantacuceno serían aprovechados por sus enemigos para asentar su poder en la mayoría de las ciudades del Imperio y confiscar las propiedades de los denominados "cantacucenistas". Sin embargo, el intento fallido de tomar la ciudad de Didimoteicos durante el verano de 1344 cambió radicalmente el curso de los acontecimientos.

A partir de 1344, los ejércitos de Juan VI, reforzados gracias a las tropas enviadas por el emir turco de Aydın, fueron sometiendo las principales plazas de Tracia y llegaron hasta las inmediaciones de Constantinopla. Por entonces, el gobierno de la Regencia de Ana de Saboya atravesaba una importante crisis a causa del asesinato del megaduque Alejo Apocauco el 11 de julio de 1345. Seguro de la victoria, Cantacuceno se hizo coronar emperador por el patriarca Lazaros de Jerusalén en Adrianópolis el 21 de mayo de 1346, antes de conseguir la rendición de la capital. Esta solemne coronación significaba la legalización del levantamiento iniciado en 1341 y un claro desafío a los derechos de Juan V al trono. Cuando a principios de 1347 las tropas de Juan VI se disponían a iniciar el asalto final contra Constantinopla, el partido de la regencia accedió a firmar un acuerdo, por el cual Juan V y Juan VI gobernarían juntos, como coemperadores. La alianza fue sellada a través del matrimonio entre Juan V y la hija de Juan VI, Helena Cantacucena.

El reinado de Juan VI (1347-1354)

El 13 de mayo tuvo lugar una nueva ceremonia de coronación en la basílica de Santa Sofía, oficiada por el patriarca Isidoros I. Con esta celebración Cantacuceno legitimó su posición, atribuyéndose el papel de "padre espiritual" del emperador Juan V, un parentesco que se reforzaba a través del matrimonio entre este último y Helena Cantacucena, hija del nuevo soberano. En 1350, los dos emperadores viajaron a Tesalónica, capital de la provincia de Macedonia, que por entonces se encontraba asediada por el tsar serbio Esteban IV Dusan. Tesalónica se había declarado desde 1342 a favor del partido de Juan V en la guerra contra Cantacuceno. Un sector de la población de esta ciudad llamado los zelotes (radicales) (ver segunda guerra civil bizantina) había tomado el poder y expulsado de la ciudad a todos los partidarios de Juan VI. Este grupo social ha sido tradicionalmente identificado a una suerte de "clase media", dedicada al comercio y a los negocios, enfrentada a la antigua aristocracia terrateniente, que era, esta última, mayoritariamente favorable al usurpador. Así es como el erudito Demetrios Kydônès relata un episodio de la toma del poder en Tesalónica por el grupo de los zelotes:

Eran arrastrados (los aristócratas) por las calles con una soga al cuello, como esclavos. A veces un criado empujaba a su amo, otras un esclavo al que lo había comprado. El rústico empujaba al general, el campesino al guerrero.

En 1350, la presión ejercida por el ejército serbio sobre Tesalónica, puso a los zelotes en una situación delicada y les forzó a reconocer la autoridad de Juan VI en la ciudad. La entrada de Cantacuceno en Tesalónica y el cambio de gobierno fueron facilitados gracias a la presencia, al lado de Juan VI, del joven emperador Juan V, que por entonces ya contaba con 19 años de edad.

Con el fin de evitar las protestas de Juan V, único emperador legítimo, Juan VI accedió a cederle una parte del Imperio en calidad de apanage: la región de los Rhódopes, franja costera al norte del mar Egeo. Sin embargo, con el tiempo la oposición entre los dos emperadores se acentuó: el deseo de Juan VI de coronar a su hijo Mateo Cantacuceno como coemperador y de expulsar definitivamente del trono Juan V fueron suficientes para retomar las armas. En 1352, Juan V atacó la ciudad de Adrianópolis, donde gobernaba Mateo Cantacuceno. Poco después, llegó el emperador Juan VI Cantacuceno, acompañado de tropas mercenarias turcas. La superioridad militar de Cantacuceno obligó a Juan V a rendirse. En esta difícil situación, Juan V pidió ayuda al tsar serbio. Sin embargo, el resultado final de la batalla siguió favorable a Juan VI y Juan V tuvo que retirarse. El momento no podía ser más propicio para Juan VI, que utilizó como argumento el ataque de Juan V para despojarle de su derecho al trono y coronar a su hijo Mateo (1353).

El triunfo de la dinastía Cantacuceno fue no obstante de corta duración. El uso de mercenarios turcos en el ejército bizantino comenzaba a hacer estragos entre la población autóctona de Tracia. Las numerosas razzias turcas hacían cada vez más impopular al emperador Juan VI. La situación se volvió extremadamente peligrosa en marzo de 1354, cuando un fuerte temblor de tierra dañó las fortificaciones de algunas ciudades de Tracia y las expuso al pillaje de estos mercenarios: el importante puerto de Galípoli, que aseguraba el paso del estrecho de Dardanelos y por tanto la travesía entre Europa y Asia, fue entonces capturado por los turcos otomanos. Comenzaba en estos momentos la instalación firme de este pueblo en suelo europeo. La población de Constantinopla fue presa del pánico, creyendo que la misma capital estaba amenazada: la situación de Juan VI era insostenible y Juan V aprovechó la situación para recuperar el trono. Concluyendo una alianza con el aventurero genovés Francesco Gattilusio, Juan V consiguió entrar en Constantinopla y forzar a Juan VI a abdicar. A cambio de su ayuda, Juan V acordó a Francesco Gattilusio el gobierno de la isla de Lesbos y la mano de su hermana Maria Palaiologina. Juan VI fue obligado a tomar el hábito monástico (bajo el nombre de Joasaph) y a refugiarse en el monasterio de San Jorge de los Manganes. Viviría aún treinta años, hasta el 15 de junio de 1383, durante los cuales escribió su célebre Historia, una obra en la cual intentó justificar sus propios actos políticos.

Los primeros años del reinado en solitario (1354-1376)

Con la abdicación de Juan VI la guerra civil no terminó. El hijo de aquel, Mateo I Cantacuceno se había hecho fuerte en la ciudad tracia de Adrianópolis. Hasta diciembre de 1357, duraría el conflicto entre él y Juan V. Al final los dos llegarían a un acuerdo por el cual Juan V se convertía en el único emperador legítimo, mientras que cedía a la familia Cantacuceno la provincia de la Morea, en el Peloponeso.

Después de años de guerra civil la situación del Imperio era crítica: el territorio del Imperio estaba reducido en estos momentos a la provincia de Tracia (con la capital Constantinopla), las islas del norte del Egeo (Lemnos, Imbros, Thasos, Tenedos y Samotracia), la ciudad de Tesalónica (aislada por las conquistas serbias) y la provincia del Peloponeso (en manos de los Cantacuceno). Pero la dramática reducción territorial no fue la peor consecuencia de la guerra: la población campesina y urbana del Imperio había conocido los horrores de la guerra; las actividades agrícolas, que constituían la fuente de riqueza principal, fueron seriamente afectadas (según el historiador de la época Nicéforo Grégoras el país parecía ahora un desierto). Y por si fuera poco, en 1348, llegó la Peste Negra que redujo notablemente las poblaciones de Constantinopla y Tesalónica.

La difícil situación en la que se encontraba el Imperio a finales de los años cincuenta determinó la actuación política de Juan V durante los primeros años de su reinado: en el plano internacional, el emperador llevó a cabo una intensa actividad diplomática orientada a acercar posiciones con los países de la Europa católica y sobre todo con Roma con el objetivo de organizar una cruzada para liberar el Imperio de la amenaza turca. Para ello Juan V estaba dispuesto a sacrificar la fe de su pueblo y convertirse al catolicismo.

Mientras Juan V empeñaba toda su voluntad en conseguir la ayuda de Occidente, los Turcos devoraban los últimos restos del Imperio: en 1361 conquistaron la ciudad de Didimoteicos y en 1368 o 1369 Adrianópolis. Entre tanto, la deseada ayuda de Occidente llegó al Imperio: en 1366, el conde Amadeo VI de Saboya llegó a aguas bizantinas al frente de una flota y capturó Galípoli que cedió en seguida a los bizantinos; acto seguido, ayudó a Juan V a consolidar su posición en la región búlgara de la Zagoria, franja costera a orillas del mar Negro al norte de Constantinopla.

Estos éxitos políticos devolvieron la iniciativa al Imperio: los Otomanos no podrían en lo sucesivo atravesar los Estrechos, impidiendo la coordinación entre la parte europea y asiática de su joven imperio. De esta manera, los territorios turcos en Europa se sacudieron la tutela del emir otomano y actuaron de forma independiente, organizados en tribus, cada una dirigida por un caudillo o bey.

Animado por estos triunfos, Juan V viajó hasta Roma en 1368, donde se convirtió al catolicismo..<ref>"...en presencia de cuatro cardenales reconoció, como verdadero católico, la supremacía del papa, y la doble procedencia del Espíritu Santo. Después de esta purificación, fue introducido a una audiencia pública en la iglesia de San Pedro; Urbano, en medio de los cardenales, estaba sentado en su trono; el monarca griego, después de tres genuflexiones, besó devotamente los pies, las manos, y finalmente la boca del santo padre, que celebró la misa mayor en su presencia, le permitió llevar la brida de su mula, y le obsequió con un suntuoso banquete enel Vaticano." – Edward Gibbon, The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, Chapter 66 (Visit of John Palaeologus to Urban V. at Rome, A.D. 1369, 13 October etc.), via the Christian Classics Ethereal Library</ref> Se trató de un acto personal que no implicaba la conversión del pueblo bizantino,Alexander Vasiliev History of the Byzantine Empire 324–1453. University of Wisconsin Press, 1952. pp. 671 pero sí la buena voluntad del soberano por iniciar el proceso de unión de las iglesias católica y ortodoxa. El viaje de Juan V en Italia debía llevarle a Venecia, para renovar el tratado de paz con la república. Allí el emperador tuvo problemas para pagar las deudas que había contraído con algunos banqueros venecianos, lo cual le impidió emprender su viaje de regreso a Constantinopla. Juan V pidió ayuda en vano a su hijo primogénito Andrónico IV, que se había quedado como regente en Constantinopla. Fue su hijo, Manuel II, entonces gobernador de Tesalónica, quien acudió hasta Venecia para pagar las deudas del emperador y permitir su regreso.