Isabel Enríquez de Castilla (m. c. 1420). Dama castellana, hija ilegítima del rey Enrique II de Castilla y de Juana de Cárcamo, fue abadesa del convento de Santa Clara la Real de Toledo, al igual que su hermana Inés Enríquez, que también lo fue entre 1393 y 1443. Algunos historiadores destacan que las biografías de ambas son inseparables.
Orígenes familiares Algunos autores señalan que, al igual que su hermana Inés Enríquez, Isabel fue hija ilegítima del rey Enrique II de Castilla y de Juana de Cárcamo, pero en siglos pasados otros afirmaron que se desconocía la identidad de su madre. El padre Enrique Flórez, por su parte, tampoco mencionó el nombre de la misma.
Isabel Enríquez era nieta por parte paterna del rey Alfonso XI de Castilla y de su amante, Leonor de Guzmán, y fue medio hermana por parte de padre, entre otros, del rey Juan I de Castilla y de Fadrique de Castilla, que fue duque de Benavente y murió preso en el castillo de Almodóvar del Río en 1414.
Biografía Juventud y matrimonio con Gonzalo Núñez de Guzmán Se desconoce su fecha de nacimiento. El cronista Francisco de Rades y Andrada afirmó que en una escritura del archivo de la Orden de Calatrava se afirmaba que cuando Isabel Enríquez y Gonzalo Núñez de Guzmán, que llegaría a ser maestre de las órdenes militares de Alcántara y Calatrava, eran jóvenes, ambos contrajeron matrimonio «clandestinamente», lo que también es confirmado por otros autores, y señaló que a causa de ello el rey Enrique II encerró en prisión a Gonzalo Núñez de Guzmán e Isabel Enríquez profesó como religiosa junto a su hermana Inés en el convento de Santa Clara la Real de Toledo.La escritura que Francisco de Rades citó en el siglo XVI es mencionada en la Colección diplomática medieval de la orden de Alcántara, publicada por Bonifacio Palacios Martín, y en esta última obra se afirma que el documento donde se consignó el «matrimonio clandestino» entre Gonzalo Núñez de Guzmán e Isabel Enríquez es anterior al año 1383. Cfr. Palacios Martín (2000), p. 483.240px|thumb|Emblema de la Orden de Alcántara
Conviene señalar que el 26 de mayo de 1383, en Aviñón, el papa Clemente VII absolvió a un individuo llamado Gonzalo, a fin de que este pudiera ingresar como caballero en la Orden de Alcántara, de su delito de bigamia e infamia, y suspendió las sanciones que se le habían impuesto, según consta en un documento publicado en el tomo I de la Colección diplomática medieval de la orden de Alcántara, aunque el historiador Blas Quintanilla Casado señaló que cabe la posibilidad de que ese documento, cuyo original se conserva en el Registro del Archivo Vaticano, no se refiriera a Gonzalo Núñez de Guzmán.
Aunque no hay constancia documental de ese matrimonio entre Isabel Enríquez y Gonzalo Núñez de Guzmán, en una sección del testamento del rey Enrique III de Castilla, otorgado en la ciudad de Toledo el 24 de diciembre de 1406, un día antes de su muerte, sí hay pruebas de que entre Isabel Enríquez y Gonzalo Núñez, que había fallecido dos años antes, en 1404, existían ciertas obligaciones económicas:
Además, el 23 de septiembre de 1395 Gonzalo Núñez de Guzmán, que en esos momentos era maestre de la Orden de Calatrava, fue absuelto de la excomunión que pesaba sobre él por el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, y en el documento se afirma que había sido excomulgado por su «unión», a la que no se califica de matrimonio, con Isabel Enríquez, y el historiador Quintanilla Casado señaló que una unión matrimonial válida jamás es condenada por la Iglesia, sino al contrario, por lo que en su opinión en este caso debió de producirse alguna «irregularidad canónica», aunque también afirma, basándose en los documentos y relatos cronísticos mencionados anteriormente, que no puede dudarse de que hubo una vinculación entre ambos que en cualquier caso quedó rota cuando Gonzalo entró a formar parte de la Orden de Alcántara e Isabel Enríquez se retiró al convento de las clarisas de Toledo.
Monja y abadesa del convento de Santa Clara la Real de Toledo Hacia 1370, aunque otros autores afirman que fue en 1375, tanto ella como su hermana Inés profesaron como religiosas en el convento de Santa Clara de Toledo, que era uno de los más destacados de la ciudad, y aunque se desconoce la fecha exacta en que ambas tomaron los hábitos de clarisas en dicho cenobio, sí hay constancia de que en 1376 ya lo habían hecho, y de que desde 1372 el convento comenzó a llamarse de «Santa Clara la Real».thumb|215px|Retrato imaginario de Enrique II de Castilla. José María Rodríguez de Losada. (Ayuntamiento de León).
La dote que Isabel e Inés Enríquez entregaron al convento de Santa Clara la Real consistió en 100.000 maravedíes de renta, 35 cahices de pan de renta, y numerosas joyas, dinero y obras de arte, entre las que se cuenta la imagen conocida como el Cristo de las Infantas. Y en el Libro de Memorias de Santa Clara la Real consta que «el dicho Señor D. Henrrique de buena Memoria dio por la dote (de sus hijas) 50 dineros por la Señora Dª. Innés y 17 caizes de trigo (en Renta) y por la Señora Dª. Isabel otros 50 dineros y 17 caizes de trigo», lo que coincide por lo manifestado por otros autores, que afirmaron que la dote legada al convento toledano por ambas hermanas fue cuantiosa.
El convento de Santa Clara de Toledo atravesaba una grave crisis económica en esos momentos, ya que había más de 70 monjas sin incluir a las novicias, y en el reino de Castilla, como señalan diversos autores, había una grave inflación que elevó enormemente los precios, por lo que la «generosa» dote aportada al convento toledano por las hijas de Enrique II contribuyó a aliviar la situación financiera del cenobio y permitió que éste pudiera adquirir dos casas que estaban junto a él. Además, tanto Isabel Enríquez como su hermana Inés llegarían a ser abadesas del convento de Santa Clara la Real de Toledo, que disfrutaba del singular privilegio de custodiar las llaves de dicha ciudad por las noches.
El 8 de enero de 1376 Enrique II expidió en la ciudad de Sevilla un privilegio rodado por el que instituía un señorío jurisdiccional y solariego de encomienda regia a favor del convento de Santa Clara la Real de Toledo, y con dicho privilegio el rey no solamente protegía y garantizaba la cuantiosa dote que había proporcionado a sus hijas al ingresar en él, sino a todo el patrimonio que poseía el convento, que recibió además el título de «real», siendo el único que lo poseía en la ciudad de Toledo junto con el monasterio de Santo Domingo el Real. Y conviene señalar que dicho privilegio fue confirmado por los inmediatos sucesores de Enrique II, y así lo hicieron Juan I de Castilla en 1379, Enrique III en 1393, y Juan II en 1442.
En el convento se celebraban todos los años un aniversario con misa, vigilia y responso cantados en memoria del rey Enrique II, que había protegido siempre al convento y estimaba mucho a las monjas clarisas, y de su esposa Juana Manuel de Villena, hija del célebre magnate Don Juan Manuel. Ambos monarcas apreciaban profundamente a los frailes franciscanos y habían sido enterrados en la capilla de los Reyes Nuevos de la catedral de Toledo,La reina Juana Manuel había solicitado en su testamento que su cadáver fuera sepultado en la catedral de Toledo llevando el hábito franciscano, como señaló la historiadora Balbina Martínez Caviró. Cfr. Martínez Caviró (2004), p. 53. y en su testamento, Enrique II cedió a sus hijas 36.000 maravedíes de renta, siendo 20.000 de ellos para Isabel Enríquez y los 16.000 restantes para su otra hija, Inés, y el rey dispuso que a la muerte de ambas esos 36.000 maravedíes de renta serían para el convento de Santa Clara la Real de Toledo.Las donaciones que Enrique II realizó a sus hijas Inés e Isabel en su testamento fueron confirmadas posteriormente, mediante sendos privilegios, por los reyes Juan I y Juan II de Castilla, en 1385 y 1407 respectivamente. Cfr. Pérez de Tudela y Bueso (2002), p. 266.
La historiadora María Luisa Pérez de Tudela subrayó el hecho de que en 1387, durante el reinado de Enrique III, que era sobrino carnal de Isabel Enríquez, se produjo en el convento de Santa Clara la Real de Toledo el «hecho excepcional» de que fueron elegidas sucesivamente abadesas del mismo tanto Isabel como su hermana Inés, aunque la misma historiadora señaló que siempre fue esta última la que «institucionalmente» ostentó desde 1387 el cargo de abadesa, y de que desde 1393 todos los documentos fueron firmados por Inés y posteriormente aprobados o confirmados por su hermana Isabel.
En 1393 el papa Clemente VII emitió una bula que permitía a Inés Enríquez, la hermana de Isabel, ser elegida para ejercer el cargo de abadesa de Santa Clara la Real a pesar de ser hija ilegítima, y el nuncio apostólico emitió ciertas dispensas por las que ambas quedaban exentas de toda culpa y «limpias de toda ilegitimidad». Y la historiadora María Luisa Pérez de Tudela señaló que el extenso periodo en el que Inés Enríquez fue la abadesa del convento, y que se prolongó hasta alrededor de 1443, en que falleció, fue el de su «máximo esplendor», ya que a la protección que los reyes Juan I, Enrique III y Juan II otorgaron al mismo se sumaron otros privilegios y exenciones otorgados por los papas o por las autoridades eclesiásticas, y las numerosas donaciones de particulares que el convento recibió en bienes inmuebles y raíces y en ornamentos y otros objetos destinados a las ceremonias religiosas.thumb|320px|right|Sepulcro del rey Enrique II de Castilla en la capilla de los Reyes Nuevos de la catedral de Toledo.
Isabel Enríquez y las discretas del convento de Santa Clara ayudaban y asesoraban a Inés Enríquez, que era la encargada de gobernar el convento y administrarlo y de velar por sus intereses financieros, y hay constancia de que fue ella quien se encargó de conseguir para su convento numerosos privilegios por parte de los monarcas castellanos, aunque también se encargaba de suscribir todos los documentos o escrituras notariales relacionados con el mismo.
Enrique III de Castilla, como ya se ha indicado anteriormente, legó en su testamento cien mil maravedís a Isabel e Inés Enríquez, a quienes llamó en dicho documento tías suyas, y el rey Juan II también dejó ciertas «mandas» a las mismas en su testamento y un juro perpetuo procedente de las alcabalas de la ciudad de Toledo. Y al igual que las abadesas que las sucedieron, Isabel y su hermana Inés embellecieron, adornaron y ampliaron el convento de Santa Clara la Real de Toledo y sus claustros y dependencias, y colocaron en algunas de sus partes sus propios escudos de armas y los de su padre, el rey Enrique II.
El 31 de septiembre de 1395, las abadesas Isabel e Inés Enríquez y su pariente fray Juan Enríquez, que era el visitador del convento de Santa Clara la Real y llegaría a ser posteriormente obispo de Lugo, solicitaron al Tribunal del Subsidio que dicho convento quedara exento de abonar el tributo del Subsidio, y el tribunal, basándose en una bula que el papa Clemente VII había concedido en ese sentido al mencionado convento en 1394, falló a favor del convento y les eximió del pago de dicho impuesto.
Por otra parte, conviene señalar que a pesar de que tanto Isabel como Inés Enríquez eran hijas ilegítimas o bastardas del rey Enrique II, ambas estaban muy orgullosas de su linaje y según algunos autores tuvieron el «cinismo» de suscribir numerosos documentos en calidad de hijas legítimas de dicho monarca. Además, en algunos documentos ambas recibían el título de «altezas», en el convento de Santa Clara se las llamaba infantas, y la historiadora María Luisa Pérez de Tudela señaló que tal vez hicieron eso por las bulas que el papa Martín V había emitido a su favor en ese sentido.
El «encierro» de Beatriz Enríquez