El emirato de Creta fue un Estado musulmán que existió en la isla mediterránea de Creta desde finales de los años 820 hasta la reconquista bizantina por parte de Nicéforo II Focas, quien lanzó una gran campaña en su contra entre 960 y 961.

Creta fue conquistada por un grupo de exiliados de Al-Ándalus que llegaron a la isla en torno a 824 o en 827-828, donde se establecieron rápidamente como un Estado independiente. Varios intentos bizantinos por recuperar la isla fallaron desastrosamente y el emirato (llamado Iqrítish o Iqritiya por los árabes) fue uno de los principales enemigos de Bizancio durante los aproximadamente 135 años de su existencia. Creta dominó las vías marítimas del Mediterráneo oriental y según defienden de forma interesada los cronistas bizantinos y los autores que han bebido de ellos, funcionó como una base avanzada y puerto seguro para las flotas corsarias del mundo musulmán. Las investigaciones más actuales señalan que Creta funcionó como uno más de los Estados musulmanes de aquella época, perteneciente a la Umma musulmana y tributario del Califato de Bagdad. Fue fundado por musulmanes y cristianos (mozárabes) de Córdoba, artesanos, mercaderes y funcionarios, en compañía de sus mujeres e hijos, que buscaban asentamiento fijo para su seguridad y para poder ejercer sus oficios urbanos. La historia interna del emirato es poco conocida, pero todas las fuentes apuntan a una prosperidad considerable, derivada de la fundación de su Ceca, de la industria, la reactivación de la minería, su intenso comercio y rica agricultura. Afirma Vassilios Christides: "Las evidencias numismáticas no dejan ninguna duda de que la economía no monetaria de la Creta bizantina se transformó con los musulmanes andalusíes en una fuerte economía monetaria, elevando enormemente el nivel de vida de sus habitantes". El emirato llegó a su fin durante el reinado del bizantino Romano II.

Historia

Antecedentes Creta había sido el blanco de varios ataques desde la primera oleada de conquistas musulmanas de mediados del siglo VII. Sufrió una primera incursión en 654 y nuevamente en 674-675, mientras que diversas partes de la isla fueron temporalmente ocupadas durante el reinado del califa omeya Walid I (r. 705-715). No obstante, la isla nunca fue conquistada y, pese a las incursiones ocasionales en el siglo VIII, se mantuvo firmemente en manos bizantinas; Creta estaba demasiado lejos de las bases navales árabes en el Levante mediterráneo para llevar a cabo una expedición efectiva en su contra.

Conquista de Creta En algún momento de la segunda mitad del reinado del emperador bizantino Miguel II (r. 820-829), un grupo de exiliados de Al-Ándalus llegó a Creta y comenzó su conquista. Estos exiliados tenían una larga historia de andanzas, eran sobrevivientes de una revuelta fallida contra el emir Alhaken I de Córdoba en 818. Los desterrados andalusíes habían sufrido unos episodios históricos plagados de abusos e injusticias, eran sobrevivientes de la represión ejercida contra los ciudadanos del arrabal cordobés de Saqunda por parte del emir Al-Hákem I, a causa de su alzamiento contra los abusivos impuestos —algunos incluso ilegales según el Corán—, motín que se saldó con alrededor de 2000 muertos, 300 ejecuciones en cruz, la demolición del arrabal y el destierro de todos los supervivientes (unas 22 000 familias). Tras un largo éxodo por el norte de África y el Mediterráneo, y tras una estancia de varios años en Alejandría, se asentaron definitivamente en Creta. Investigaciones de historiadores como los griegos Vassilios Christides, Christos Makripoulias y Nikolaos Panagiotakis, así como las Crónicas Arábigas, especialmente las egipcias, aseguran que algunos exiliados se asentaron en Marruecos, pero la mayoría, bajo el liderazgo de Ùmar Abũ Hafs ibn Suhayb ibn Isa al-Ballutī desembarcaron en Alejandría y tomaron el control de la ciudad hasta 827, cuando fueron sitiados y expulsados por el general abasí Abdullah ibn Tahir al-Jurasani.

Es innegable la distorsión y los prejuicios con que las fuentes bizantinas y quienes bebieron de ellas han tratado a la Historia del emirato de Creta y a los cordobeses que lo fundaron, acusándolos de piratería. Nikolaos Panagiotakis escribe: “La imagen que nos ofrecen las fuentes bizantinas sobre el Estado que fundó Abu Hafs no puede ser sin duda una imagen favorable, ya que están influenciadas por el fanatismo y el odio...”. Por su parte, Christides dice: “Muy lejos de ser sanguinarios piratas profesionales, como se ha afirmado continuamente por algunos autores, ellos desarrollaron su propia civilización, a la cual en algo contribuirían, naturalmente, los nativos”.

La cronología exacta de su llegada a Creta es incierta. Según las fuentes musulmanas, por lo general, se fecha en 827 u 828, tras la expulsión de los andalusíes de Alejandría; sin embargo, las fuentes bizantinas parecen contradecir esta fecha, al colocar su llegada poco después de la supresión de la gran revuelta de Tomás el Eslavo (821-823). Otras consideraciones sobre el número y la cronología de las campañas bizantinas lanzadas contra los invasores y ensayos prosopográficos de los generales bizantinos han llevado a otros estudiosos, como Vasileios Christides y Christos Makrypoulias, a proponer una fecha más temprana, c. 824.

thumb|left|250px|La flota sarracena parte hacia Creta. Miniatura del manuscrito Madrid Skylitzes. Bajo los términos de su acuerdo con Ibn Tahir, los andalusíes y sus familias abandonaron Alejandría en 40 barcos. El historiador Warren Treadgold estima que sumaban unas 12 000 personas, de las cuales unas 3000 serían hombres en edad de luchar. Sin embargo, la cifra de desterrados más aceptada por ser la que aportan la mayoría de las fuentes árabes, sobre todo las contemporáneas de los hechos, es de un total de 22 000 familias exiliadas, aproximadamente 7000 de ellas se asentaron en Fez, y las alrededor de 15 000 restantes continuaron hacia Alejandría y Creta. Según los historiadores bizantinos, los andalusíes ya estaban familiarizados con Creta, pues la habían asaltado anteriormente. También sostuvieron que el desembarco musulmán fue inicialmente concebido como una incursión y se transformó en un intento de conquista cuando el propio Abu Hafs incendió sus naves. Pero Vassilios Christides, Makripoulias, Carmen Panadero y otros autores defienden que, desde el inicio, lo que los andalusíes procuraron fue asentamiento para las familias desterradas, por lo que no fue planteado como una simple incursión. Los mismos autores y otros muchos en la actualidad defienden que lo del incendio de las naves por el caudillo andalusí es una leyenda bizantina (de origen en Genesios) sin ningún rigor histórico. Christides escribe “Genesios añade un cuento, repetido después por todos los autores bizantinos, según el cual Abū Hafs quemó sus naves para obligar a sus hombres a permanecer en Creta. Esta historia, obviamente un típico cuento popular, pertenece a la tradición oral de la población local”. Y Carmen Panadero añade respecto a esto: “Hemos conocido a un al-Ballutī lo suficientemente sensato y práctico como para que quemara sus naves con la falta que sabía que le harían en adelante; él, precisamente, que llegaría a considerar a su flota «El Pilar del Estado»”.

El lugar de desembarco de los andalusíes tampoco se conoce: algunos académicos consideran que se encontró en la costa norte, bien en la bahía de Suda o bien cerca del lugar donde posteriormente erigieron su ciudad y fortaleza principal, Chandax (, , "Castillo del Foso", la actual Heraclión). Otros piensan que es más probable que llegaran a la costa sur de la isla y que luego se trasladaron al interior y a la costa norte, zonas más densamente pobladas.

Autores actuales como Carmen Panadero, Manuel Harazem y otros defienden que la traducción que se ha hecho hasta ahora del nombre árabe de la capital del emirato, Rabḍ o Rabāḍ al-Jandaq, como “Castillo o Fortaleza del Foso” es incorrecta, pues la traducción exacta debería ser “Arrabal del Foso”; la palabra española “arrabal” procede, precisamente, de aquella otra árabe “rabāḍ”. Manuel Harazem escribe al respecto “Pero el nombre que le pusieron sus primeros fundadores fue ese de Rabḍ al-Jandaq. Y ese nombre de lo que nos habla claramente es del origen de sus fundadores y de su voluntad de recordarlo. Es increíble que la inmensa mayoría de los tratadistas traduzcan el término rabḍ inscrito en el nombre de la ciudad como castillo, fortaleza”.

Tan pronto como se enteró del desembarco árabe, el emperador Miguel II reaccionó y envió sucesivas expediciones para recuperar la isla; sin embargo, la habilidad de Bizancio para responder efectivamente a dicha incursión se vio limitada por las pérdidas sufridas durante la revuelta de Tomás el Eslavo y, si el desembarco se produjo en 827-828, por el desvío de barcos y hombres para hacer frente a la conquista de Sicilia por los aglabíes tunecinos. La primera expedición, bajo Photeinos, strategos del thema de Anatolia, y Damián, conde del Establo, fue derrotada en una abierta batalla, donde Damián pereció. La siguiente expedición fue enviada un año más tarde y comprendió 70 naves bajo el mando de Cráteros, strategos del thema Cibirreota. En un principio la expedición fue victoriosa, pero los confiados bizantinos fueron luego derrotados en un ataque nocturno. Cráteros logró huir a Cos, pero fue capturado por los árabes y crucificado. Ch. Makrypoulias sugiere que estas campañas deben haber tenido lugar antes que los andalusíes completaran la construcción de Chandax, a donde trasladaron su capital desde Gortina, en el interior de la isla.

Emirato cretense andalusí thumb|La fortaleza veneciana de Heraclión, la capital del emirato, entonces llamada Chandax (Rabḍ al-Jandaq en árabe; castillo del foso), construida tres o cuatro siglos después de la salida de los sarracenos.

Este emirato fue fundado por ciudadanos de al-Ándalus (andalusíes desterrados del arrabal cordobés de Shaqunda por el emir omeya al-Hákem I) y gobernado por sus descendientes durante aproximadamente 135 años. Los nativos cretenses participaron y colaboraron con sus aportaciones, integrándose en dicho emirato. El primer emir de Creta, Úmar Abū Hafs ibn Suhayb ibn Isa al-Ballutī, fundó una dinastía que pasó el trono a sus descendientes, de generación en generación, el último de los cuales, Abd al-Aziz ibn Suhayb, tomó el laqâb o sobrenombre de al-Qurtubî (“el Cordobés”), indicio de que, tras casi siglo y medio, aún se sentían orgullosos de su origen y su identidad.