Al-Mutádid (857-902) (árabe: المعتضد بالله, al-mu‘taḍid bi-llāh) fue el califa abasí de Bagdad desde 892 hasta su muerte.

Incluso antes de ser nombrado califa, desempeñó el poder supremo durante el reinado de su predecesor al-Mutámid. Bajo su eficaz administración, el Egipto tulúnida volvió al dominio califal. Combatió a los jariyíes en Mesopotamia.

Tras un próspero reinado de diez años, falleció y le sucedió su hijo al-Muktafi, habido de una esclava turca.

Juventud thumb|right|upright=2.5|Árbol genealógico de la dinastía abasí en el siglo

Al-Mutádid nació con el nombre de Áhmad, hijo de Talha, que a su vez era hijo del califa abasí Al‑Mutawákkil (847‑861), y de una esclava griega llamada Dirar. Se desconoce la fecha exacta del nacimiento y se ignora si cuando alcanzó el trono tenía 31 o 38 años, por lo que debió de nacer en el 854 o en el 861.

Al-Mutawákkil fue asesinado en el 861 por su guardia turcos en colusión con su primogénito, Al‑Muntásir (861‑862). Su muerte desató una etapa de inestabilidad, denominada «anarquía de Samarra» por la capital califal, que acabó en el 870 cuando el tío de Áhmad, Al‑Mu'tamid (870‑892), llegó al trono. El poder en realidad, lo ostentaban los mandos de los soldados esclavos turcos (ghilman) y el padre de Áhmad, Talha, que, en calidad de principal jefe militar del califato, era el intermediario fundamental entre el gobierno califal y los turcos. Talha adoptó el título honorífico de Al‑Muwaffaq al estilo de los califas y en poco tiempo devino el señor efectivo del califato; su posición salió reforzada del fallido intento de huida a Egipto de Al‑Mutámid en 882, que determinó que el califa fuese sometido a partir de entonces a arresto domiciliario.

La autoridad califal desapareció de las provincias durante la «anarquía de Samarra», y en la década de 870 el Gobierno central había perdido ya el control de casi todo el territorio salvo en la región de Irak. En el oeste, un soldado esclavo turco, Ahmad ibn Tulun, se había hecho con el poder en Egipto y trataba también de arrebatarle del Levante a Al‑Muwaffaq. En el Jorasán y en casi todo el este mahometano regían los safaríes, dinastía persa que había sustituido a los tahiríes, fieles a los abasíes. Diversos notables aborígenes se habían hecho asimismo con el poder en la península arábiga y en Tabaristán se había implantado la dinastía zaidí. En el mismo Irak, la rebelión de los zanj, esclavos africanos que trabajaban en las plantaciones del bajo Irak, llegó a amenazar Bagdad, y algo más al sur los cármatas empezaban a fortalecerse. En consecuencia, la regencia de Al‑Muwaffaq fue una lucha continua para evitar la disgregación del califato en crisis.

No pudo arrebatar a Ibn Tulun la región de Egipto y del Levante, e incluso hubo de cederle territorio y reconocerlo como señor hereditario de las tierras que gobernaba, pero sí logró conservar el núcleo del Estado tras desbaratar (en la batalla de Dair al‑Aqul) la expedición safarí que pretendía hacerse con Bagdad y sofocar el alzamiento zanj tras una dilatada campaña.

Aspecto y carácter Erguido y delgado, tenía un lunar blanco en la cabeza, que teñía de negro para causar mejor impresión. Tenía gesto altivo y era valiente: corría el rumor que había matado a un león armado únicamente con una daga. Heredó la energía paterna y se labró fama de decidido..

Campañas contra los zanj y los tuluníes

thumb|right|upright=2|Irak en los siglos y

Al-Mutádid —al que por entonces se le conocía por su kunya de Abú'l‑Abás— hizo sus primeras armas y estableció estrechos lazos con los militares, rasgo que luego caracterizaría su reinado, en las campañas contra los esclavos africanos. Al‑Muwaffaq lo había educado marcialmente desde pequeño y el joven príncipe era un excelente jinete y un jefe militar solícito con sus tropas y con sus caballos.

Los zanj se habían apoderado de la mayor parte del bajo Irak en la década de rebelión, que había comenzado en el 869; dominaban las ciudades de Basora y Wasit y parte del Juzistán. La muerte del fundador de la dinastía safarí, Ya‘qub al‑Safar, en el 879 le permitió al Gobierno abasí concentrar sus fuerzas contra los esclavos africanos; el nombramiento de Abú'l-Abás como jefe de las operaciones contra estos en diciembre del 879 con diez mil soldados a sus órdenes supuso un punto de inflexión en la historia de la rebelión. El aplastamiento de este fue largo y arduo: fueron necesarias incluso operaciones anfibias en las marismas de Mesopotamia, y Abú'l‑Abás y sus ghilmān —el principal de los cuales fue su antiguo servidor Zirak al‑Turki— tuvieron un papel crucial en la guerra. Pese al gran tamaño que alcanzó el ejército abasí por los refuerzos, voluntarios y enemigos que engrosaron sus filas, su núcleo lo formaban los escasos pero selectos ghilmān, que copaban los puestos de mando y llevaron el peso de los combates, a menudo acaudillados en persona por Abú'l‑Abás. Tras años de cerco cada vez más estrecho al enemigo, en agosto del 883 los abasíes tomaron por asalto su capital, al-Mujtara, y pusieron así fin a la larga rebelión. El relato detallado de la contienda, escrito por un antiguo rebelde zanj, se conserva en la historia de Al-Tabari, y en el destaca el papel heroico que desempeñaron tanto Al‑Muwaffaq como Abú’l‑Abás en defensa del Estado musulmán, en cuya defensa sofocaron la sublevación; la victoria fue luego un importante instrumento propagandístico de legitimación de su usurpación del trono califal.

El fallecimiento de Ibn Tulun en mayo del 884 hizo que dos generales, Ishaq ibn Kundaj e Ibn Abi’l‑Saj, trataran de aprovechar la coyuntura para atacar a los tuluníes en el Levante; la campaña acabó en derrota, pese a las victorias iniciales. Abú'l-Abás fue enviado para tomar el mando de una nueva invasión en la primavera del 885. Venció rápidamente al enemigo y le obligó a evacuar Palestina, aunque se enemistó con Ibn Kundaj e Ibn Abi'l-Saj, que lo abandonaron llevándose a sus tropas. Se enfrentó al hijo y heredero de Ibn Tulun, Jumamarawaih ibn Ahmad ibn Tulun en la batalla de Tawahin del 6 de abril. La suerte sonrió primero al príncipe abasí, que hizo huir a su enemigo, pero la lid concluyó en derrota abasí; Abú'l-Abás escapó, pero no así gran parte de su ejército, que fue hecho prisionero por los tuluníes. Esta victoria les permitió a la dinastía egipcia adueñarse de la Mesopotamia superior y de las marcas fronterizas (thughur) con el Imperio bizantino. Los dos bandos firmaron la paz en el 886: al-Muwaffaq hubo de reconocer a Ibn Ahmad ibn Tulun como gobernador hereditario de Egipto y el Levante durante treinta años a cambio de que este pagase un tributo anual a las arcas califales. Abú'l-Abás pasó los dos años siguientes colaborando con su padre en el infructuoso intento de arrebatar Fars a los safaríes.

Encarcelamiento y entronización En esta época las relaciones entre Abú'l-Abás y su padre se agriaron, aunque se ignora por qué. Ya en el 884, los ghilmān de Abú'l-Abás se amotinaron en Bagdad contra el visir, Saíd ibn Majlad, posiblemente por no recibir sus soldadas. Finalmente, en el 889, Abú'l-Abás fue detenido y encarcelado por orden paterna; las protestas de sus ghilmān no bastaron para devolverle la libertad. Parece que siguió aprisionado hasta mayo del 891, cuando al-Muwaffaq volvió a Bagdad tras pasar dos años en el Yibal.

Al-Muwaffaq sufría de gota, estaba moribundo y el visir Ismaíl ibn Bulbul y el jefe militar de la ciudad Bagdad, Abú'l-Saqr, convocaron a al-Mutámid y a sus hijos, entre ellos al heredero al-Mufawwad, a la ciudad, con la esperanza de aprovechar la situación en su favor. El intento de preterir a Abú'l-Abás fracaso debido a las simpatías con que contaba entre los soldados y el pueblo llano. Fue liberado para que pudiese acudir a lecho de muerte de su progenitor, y se hizo con el poder inmediatamente después del fallecimiento de este el 2 de junio. La turba bagdadí pilló las casas de sus adversarios e Ibn Bulbul fue destituido y encarcelado; falleció meses más tarde a causa del maltrato sufrido. El sino de los partidarios del exvisir atrapados por los secuaces de Abú'l-Abás fue similar al de este.

Habiendo acaparado el poder, Abú'l-Abás sucedió a su difunto padre en todos los cargos y adoptó el título de al-Mutádid bi-llah; quedó segundo en la línea de sucesión califal, tras al-Mufauad. Tras apenas unos meses, el 30 de abril del 892, al-Mutádid eliminó a su primo de la línea sucesoria. En consecuencia, cuando al-Mutámid falleció el 14 de octubre del 892, al-Mutádid fue exaltado al trono califal.

Reinado thumb|upright=2.5|Mapa de la disgregación del imperio abasí a comienzos del reinado de al-Mutadid: en oscuro, las regiones dominadas directamente por el Gobierno central del califato; en claro, las autónomas, que solo estaban sometidas nominalmente a la autoridad califal. Como en el caso de su padre, el poder de al-Mutadid se debía a sus estrechas relaciones con los militares. Obtuvo el trono mediante la usurpación, pues carecía de derecho a él, pero contaba, sin embargo, con el respaldo de sus ghilmān, que allanaron su entronización y se aseguraron de eliminar al tiempo a sus rivales en las filas del ejército. Debido a ello, concentró su actividad en asuntos marciales y a menudo dirigía en persona el ejército durante las campañas. Esto le granjeó fama de califa guerrero y campeón de la fe islámica (gazi); el papel de califa campeón de la fe, que había creado Harún al-Rashid y perfeccionado al-Mutasim, alcanzó la perfección en la persona de al-Mutadid, incansable batallador.

El nuevo califa se dedicó desde el principio de su reinado a acabar con la fragmentación del Estado abasí, mediante una mezcla de diplomacia y uso de la fuerza. Militar activo y entusiasta, al-Muatadid era también un hábil diplomático, siempre dispuesto a pactar con aquellos enemigos demasiado poderosos para ser vencidos por las armas.

Relaciones con los tuluníes Esta actitud conciliadora fue desde el principio evidente en las relaciones del califa con sus poderosos vasallos tuluníes. En efecto, reconoció la autonomía del emir Ibn Ahmad ibn Tulun en Egipto y el Levante en la primavera del 893 a cambio de recibir de él un tributo anual de trescientos mil dinares, un pago de otros doscientos mil por los atrasos y dos provincias de la Mesopotamia superior (Diyar Rabi'a y Diyar Mudar. Para sellar el pacto Ibn Ahmad ibn Tulun le ofreció a su hija Qatr al-Nada («Gota de Rocío»), que había de desposar a uno de los hijos del califa, pero este decidió finalmente desposarla él mismo. La princesa tuluní trajo una dote de un millón de dinares, y un regalo de bodas que se considera el más suntuoso del Medievo árabe, según Thierry Bianquis. El lujoso y extravagante séquito que la acompañó a Bagdad evidenció la pobreza de la corte califal. Según una historia de la época, el eunuco principal del califa solo pudo encontrar cinco candelabros de oro y plata para decorar el palacio, mientras que la princesa trajo consigo ciento cincuenta criados, cada uno de los cuales portaba uno consigo; esto hizo que el califa ordenase que todos se escondiesen, para no mostrar la pobreza de la corte ante la comitiva tuluní.