Vera Nabókova (de soltera Slónim; San Petersburgo, 5 de enero de 1902 - Vevey, 7 de abril de 1991) fue una editora y traductora rusa, esposa de Vladímir Nabókov.
Biografía Infancia Vera Yevséievna Slónim nació el 5 de enero de 1902 en San Petersburgo en el seno de una familia judía. Fue la segunda de tres hermanas (junto a Helena, 18 meses mayor que ella, y Sonia, nacida en 1908), siendo sus padres Yevséi Lázarevich Slónim y Slava Borísovna Féiguina. Su padre, abogado de carrera, apenas siguió durante unos años esta profesión, seguramente debido a las restricciones y cuotas impuestas a los profesionales judíos. Así, en 1899, coincidiendo con su matrimonio, abandonó la práctica de la abogacía para dedicarse al comercio de azulejos. No sería el único cambio de actividad durante su vida profesional, sino que estos serían variados, implicando en cada salto una mejora en su situación económica. De esta forma, Vera disfrutó de una infancia en un entorno acomodado.
La mayor parte de su formación fue llevada a cabo dentro del propio hogar a cargo de diversas institutrices, aunque también asistió de forma esporádica al Gymnasium de la Princesa Aleksandra Obolénskaya. En los registros de esta escuela queda demostrada la precocidad de Vera, que iba adelantada tres cursos con respecto al que le correspondía por su edad, para lo cual tuvo que recibir un permiso especial por parte del Ministerio de Educación. Se manejaba con absoluta fluidez en cuatro lenguas -además del ruso, inglés, francés y alemán-, estaba versada en los clásicos de la literatura y leía habitualmente la prensa (llegó a declarar que recuerda haber leído su primer periódico con tres años). Igualmente, su memoria era digna de mención: podía recordar de por vida un poema tras sólo dos lecturas del mismo.
Su formación quedó interrumpida por la Revolución de octubre de 1917, tras la cual vivió durante 6 meses en Moscú. Aunque volvieron a San Petersburgo -rebautizada como Petrogrado en agosto de 1914- la estancia fue efímera, pues la familia Slónim abandonó definitivamente la ciudad, mediante un periplo que los llevó a Odesa, Estambul, Sofía, Viena y Berlín, donde se establecieron definitivamente en 1921.
Juventud Los comienzos de la vida de Vera Slónim en Berlín fueron bastante acomodados. Su padre había conseguido vender a buen precio las propiedades que dejó en Rusia tras su huida, al tiempo que actuó de agente en la venta de las de otros compatriotas. La población de exiliados rusos en la capital alemana era, por aquel entonces, de aproximadamente medio millón de personas, lo que implicaba una intensa vida social en la que Vera se integró perfectamente.
A diferencia de sus hermanas, que continuaron sus estudios en el extranjero -Helena obtuvo una licenciatura en Lenguas Modernas en La Sorbona de París y Sonia acudió a un internado próximo a Lausana-, no asistió a la Universidad. Desde 1922, comenzó a trabajar para la empresa de importación/exportación de su padre, realizando trabajos de secretaria y traducción. Por las mismas fechas, en el edificio de dicha empresa y con el apoyo de Yevséi Slónim, se creó la editorial Orbis, en la que Vera trabajó como traductora. Vladímir Nabókov acudiría a dicha oficina, pero no sería allí donde conocería a Vera.
En 1924, se rompió el matrimonio Slónim; Yevséi, el padre, abandonó el hogar para irse a vivir con Anna Féiguina, sobrina de su esposa y veinticinco años más joven que él. Este hecho ocasionó tensiones familiares adicionales: Vera y Sonia se llevaban bastante bien con Anna Féiguina, lo que erosionó la relación con su madre y su hermana Helena. Rota la familia, Vera se trasladó a vivir a una habitación alquilada. Por aquella época, debido a la situación de hiperinflación en Alemania, comenzaron los problemas económicos en las empresas de Yevséi que llevarían a este a la quiebra. Yevséi Slónim falleció el 28 de junio de 1928, víctima de una septicemia causada por una bronconeumonía; su esposa, Slava, fallecería poco después a causa de un infarto, el 18 de agosto.
El encuentro entre Vera Slónim y Vladímir Nabókov se produjo el 8 de mayo de 1923 en una fiesta de disfraces benéfica. Nabókov, que era ya relativamente conocido entre la emigración rusa en Berlín por su actividad como poeta escribiendo bajo el seudónimo Sirin, había visto como pocos meses antes su compromiso matrimonial era roto por parte de su prometida, Svetlana Siewert. El amor surgió inmediatamente entre ambos; Nabókov, cuyo éxito entre las mujeres era amplio, al fin encontró en Vera a alguien capaz de entenderlo a la perfección, tanto a él como a su arte, y con quien podía comunicarse de forma franca y sin restricciones (casualmente, ambos eran sinestésicos).
La boda se produjo apenas dos años después, el 15 de abril de 1925, delante de únicamente dos conocidos no especialmente íntimos que actuaron como testigos. La notificación al resto de amistades y familiares -la madre y hermanas de Nabókov vivían por aquel entonces en Praga- se realizó mediante una simple tarjeta: las reticencias que el origen judío de Vera podían generar en alguno de sus conocidos pudo ser una de las causas de la poca publicidad dada al evento. La situación económica del nuevo matrimonio no era en absoluto desahogada: al tiempo que escribía poemas, piezas teatrales y sus primeras novelas, Nabókov, impartía clases particulares de idiomas; Vera multiplicó su esfuerzo, trabajando de secretaria, traductora, mecanógrafa, taquígrafa y maestra. Se convirtió así en el principal sustento económico de la familia, con vistas a liberar a Vladímir, en la medida de lo posible, de otras actividades más rentables y que pudiera dedicar el máximo tiempo a la literatura. Además de estas tareas para terceros, Vera se convertiría, desde el momento de su enlace y hasta su muerte, en ayudante imprescindible de su marido: lectora, mecanógrafa, editora, correctora de pruebas, traductora y bibliógrafa; y, no sólo en el ámbito literario, sino que tomó la responsabilidad de todas la tareas prácticas de la pareja: secretaria, agente, administradora, asesora jurídica y chófer.
El 10 de mayo de 1934, Vera dio a luz en una clínica privada a Dmitri Nabókov, que sería el único hijo de la pareja. Este hecho, al igual que la boda, pilló por sorpresa a muchos de sus conocidos, pues no fue anunciado hasta que tuvo lugar: reserva emocional, discreción y celo por la intimidad serían constantes comunes del carácter de Vera, que sólo permitió que salieran a la luz los aspectos profesionales de su marido. Existen indicios de que este no fuera el único embarazo de Vera sino que hubo otros -al menos uno anterior y otro posterior- que acabaron en abortos espontáneos.
La situación de la pareja en Berlín era cada vez más difícil, tanto en el plano económico -a finales de 1932 había siete millones de parados en Alemania- como en el sociopolítico -con todas las circunstancias derivadas del hundimiento de la República de Weimar y la ascensión al poder de Adolf Hitler. En el caso de Vera la dificultad era triple: como mujer, emigrada rusa y judía. El traslado de la residencia familiar a París era una posibilidad que comenzó a valorarse por aquella época, pues era el nuevo centro de la emigración y, allí, Vladímir era cada vez más conocido, realizando diversas giras para dar conferencias a partir de 1932. Sin embargo, la reticencia al cambio por parte de Vera, así como la imposibilidad, debido a cuestiones legales, de trabajar en la capital francesa fue retrasando dicha decisión, hasta el momento en que la situación se hizo insoportable en Berlín.
En enero de 1937, Vladímir Nabókov abandonó, para no volver durante el resto de su vida, definitivamente Alemania: el plan era visitar Francia, Bélgica y Reino Unido para dar una serie de conferencias y reunirse con editores y otros contactos literarios; Vera se reuniría con él unas pocas semanas después, ya en Francia, donde se establecerían. Sin embargo, en la correspondencia que mantuvieron durante ese periodo, Vera fue retrasando cada vez más la decisión, intentando incluso cambiarla, con diversas excusas (viajar a Praga a visitar a la madre de Nabókov o acudir a un balneario para curar su reuma); hasta que en una de las misivas se descubrió la causa de estas reticencias: Vera acusó a su marido de que le estaba siendo infiel en París con otra emigrada rusa, Irina Yúrievna Guadanini, lo que este negó categóricamente. Vladímir terminó cediendo a los deseos de su esposa y se trasladó a Praga, donde pasaron unos días con la madre de este; tras ellos se desplazaron primero a París y luego a Cannes, a pasar unas breves vacaciones. Es aquí donde Nabókov confesó a Vera que, efectivamente, le había sido infiel. La pasión amorosa no había terminado y Vladímir continuó escribiéndose con Irina e incluso llegaron a verse de nuevo en Cannes; sin embargo, finalmente, rompió de forma definitiva toda relación con ella para intentar salvar su matrimonio. Este fue el momento más crítico de los Nabókov como pareja.
La situación económica durante su residencia en Francia no haría sino empeorar; ninguno de los dos Nabókov disponía de documentación que les permitiera obtener un puesto de trabajo y los ingresos por las actividades literarias de Vladímir eran muy limitados, teniendo que pedir dinero prestado a amistades y diversas asociaciones de ayuda a emigrados. La situación política en el continente tampoco era mejor, con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial; así, la madre de Nabókov murió un Praga en un hospital de ínfima categoría, sin que su hijo pudiera ir a visitarla ni enviarle dinero. Finalmente, el matrimonio Nabókov tomó la decisión de trasladarse a los Estados Unidos; no fue fácil ni la obtención de la documentación (para la consecución del permiso de salida Vera llegó a sobornar a un funcionario) ni del dinero para el traslado (consiguieron billetes a mitad de precio gracias a una asociación de ayuda a judíos), pero el 19 de mayo de 1940 -pocos días antes de la invasión alemana de Francia- consiguieron embarcar en Saint-Nazaire en el navío Champlain, llegando a Nueva York el 27 de mayo de 1940. Dmitri se encontraba enfermo, con fiebre de 40°, pero no era posible retrasar el viaje; en Francia dejaron amistades y familiares, algunos de los cuales murieron en campos de concentración nazis -como Serguéi, el hermano de Vladímir- así como bienes, libros y manuscritos.
Madurez De los distintos cambios de país de residencia que había sufrido Vera a causa de la convulsa historia del , la llegada a Norteamérica fue el que más dificultad le supuso: de los idiomas que hablaba, el inglés era el que menos dominaba y, además, las costumbres en Estados Unidos eran muy distintas a las europeas en general y a las rusas en particular. En Alemania y Francia, los Nabókov estuvieron inmersos en el mundo de la emigración, en América eran extranjeros. Pese a estos impedimentos y a su carácter -introvertida, orgullosa y un tanto inflexible a la hora de plegarse a las costumbres locales-, más pronto o más tarde, Vera llegó a integrarse en cierta medida en su país de acogida. El 12 de julio de 1945, realizaron las pruebas para obtener la ciudadanía estadounidense.
Los comienzos no fueron fáciles: Vladímir pasó de ser una cierta celebridad en Alemania y Francia a ser casi un completo desconocido en Estados Unidos. Pero, poco a poco, comenzó a ser reclamado desde Universidades y otros centros de enseñanza para impartir conferencias y cursos, aunque aún sin plaza fija y con unos ingresos no excesivamente elevados. Así, durante la mayor parte de la década de los cuarenta el matrimonio Nabókov residió en Wellesley y Cambridge debido a los cursos dados en el Wellesley College.