thumb|Vista de Bayona en 1760. Las abdicaciones de Bayona tuvieron lugar el 5 y 6 de mayo de 1808 en la ciudad francesa de Bayona. Es el nombre por el que se conocen las sucesivas renuncias al trono por parte de Fernando VII de España, que devolvió a su padre la corona obtenida con el motín de Aranjuez, y de Carlos IV, que la víspera había cedido estos derechos al emperador francés Napoleón, quien un mes más tarde designó como rey de España e Indias a su hermano, que reinó con el nombre de José I.

Las renuncias han sido consideradas forzadas, pero algunos historiadores han señalado que ni Carlos IV ni Fernando VII estuvieron a la altura para hacer frente a las presiones y a las amenazas de Napoleón. Algunos autores han afirmado que fueron «secuestrados» por Napoleón, pero otros no emplean este término para referirse a lo acontecido en Bayona.

Las abdicaciones no fueron reconocidas ni en España ni en la América española por los «patriotas» y la explosión de rechazo al nuevo rey José I y de lealtad al cautivo Fernando VII fueron, según François-Xavier Guerra, «generales en todos los lugares de la monarquía», aunque hubo españoles, especialmente entre la élite ilustrada, que le apoyaron por lo que se les llamó inicialmente «traidores» o «juramentados», y con posterioridad «josefinos» o, despectivamente, «afrancesados». Los españoles «patriotas» llamaron a José I «el rey intruso». Pocos días después de que este abandonara precipitadamente Madrid el 31 de julio como consecuencia de la derrota francesa en la batalla de Bailén, el Consejo de Castilla declaró nulas las renuncias de Bayona y el 24 de agosto proclamó rey in absentia a Fernando VII. Posteriormente, el 14 de enero, Gran Bretaña, el principal enemigo del Primer Imperio francés, reconocía en el Tratado Apodaca-Canning a su Majestad católica Fernando VII como rey de España. Gracias a la intervención directa de la Grande Armée comandada personalmente por Napoleón, José I recuperó el trono que mantendría hasta junio de 1813. Como hubo españoles que le apoyaron, la guerra de la Independencia española también tuvo un componente de guerra civil.

Antecedentes: la intervención de Napoleón en España

thumb|Caricatura satírica del Imperio napoleónico y de la Casa Bonaparte titulada "El juego de las cuatro esquinas o los cinco hermanos" (1807). Aparecen José Bonaparte, rey de Nápoles; Luis Bonaparte, rey de Holanda; el Emperador Napoleón Bonaparte (en el centro); Jerónimo Bonaparte, rey de Westfalia; y Joachim Murat, cuñado de los cuatro hermanos Bonaparte.

El momento en que Napoleón decidió intervenir abiertamente en la Monarquía de Carlos IV, aliada de la República Francesa desde la firma del Tratado de Basilea de 1795, ha sido objeto de debate. Miguel Artola lo ha situado después del complot de El Escorial descubierto el 27 de octubre de 1807 ―el intento frustrado del Príncipe de Asturias Fernando de poner fin al gobierno del «favorito» Manuel Godoy y de probablemente obligar a su padre a abdicar en él la Corona de España― porque le demostró al Emperador lo inestable que era su aliado del sur ―cuya política exterior, por otro lado, venía mediatizando desde 1801―. Lo mismo afirma el historiador francés Thierry Lentz: «Es probablemente en esta época cuando la decisión definitiva de intervenir en España, y no sólo para escoger entre Carlos y Fernando, tomó forma». También pudo influir en la decisión el embajador francés François de Beauharnais, que había estado implicado en el complot y que le escribió al emperador: «Es únicamente de Su Majestad Imperial que la nación española espera su salvación y se puede asegurar que en todo el reino no hay más que amigos calurosos de Francia».

En su cautiverio en la isla de Santa Elena, Napoleón escribirá: «No podíamos dejar a España a nuestras espaldas, a la disposición de nuestros enemigos. Era preciso encadenarla, de grado o por fuerza, a nuestro sistema». «La nación española despreciaba su gobierno; pedía a gritos el bien de la regeneración. Podía esperar a realizarla sin derramar sangre; las disensiones de la familia real la habían manchado con el general desprecio», escribió también. Thierry Lentz ha indicado que en la idea de intervenir en la política española también influyó «un sentimiento de superioridad respecto de un reino que se le tomaba poco en serio… Esta España tragicómica se resumía, en los espíritus franceses, en un país caracterizado por el oscurantismo religioso, la vanidad de la nobleza, la pobreza y la ignorancia del pueblo… Lo peor es que estos sentimientos se podían encontrar palabra por palabra en los numerosos informes que llegaban al despacho del emperador».

Artola ha señalado que en aquel momento Napoleón no se planteó la sustitución de los Borbones sino anexionarse las «provincias» españolas al norte del Ebro, trasladando a este río la frontera franco-española, como en los tiempos del Imperio Carolingio ―operación que se completaría con el casamiento del príncipe Fernando con una princesa de su familia pero que no se llevaría a cabo por la negativa de Luciano Bonaparte a dar su consentimiento a que la elegida fuera su hija mayor Carlota―. Para realizar su plan de desmembración de España, Napoleón aprovechó la oportunidad que le ofrecía el Tratado de Fontainebleau, firmado el mismo día en que se descubrió el «complot de El Escorial», que permitía que un ejército francés atravesara España para conquistar el Reino de Portugal. A pesar de que el 30 de noviembre el mariscal Junot ya había entrado en Lisboa, entre el 22 de diciembre de 1807 y el 6 de febrero de 1808 cruzaron la frontera franco-española tres nuevos cuerpos de Ejército mandados por los mariscales Dupont, Moncey y Duhesme. El 20 de febrero el mariscal Joachim Murat era nombrado lugarteniente general de las tropas francesas que se encontraban en España (entre 80 000 y 100 000 hombres).

thumb|Carlos IV, que se vio obligado a abdicar en su hijo Fernando como consecuencia del motín de Aranjuez. Mientras tanto Napoleón intentaba estar bien informado de lo que sucedía en el país. Un ayudante suyo que había enviado a España le dijo a su vuelta el 20 de diciembre: «España, en sus desgracias, mira a S.M.I. [Napoleón I] como el único que puede salvarla; se espera que se dignará tomar al príncipe de Asturias bajo su protección, elegirle una mujer y librar a España de la tiranía que la oprime… No puede hacerse idea de la ruina en que se encuentra España». En un documento que hace llegar a Carlos IV a finales de febrero de 1808 bajo el título Especies y cuestiones proponibles, Napoleón «descubre su juego», en palabras de Miguel Artola, y le plantea intercambiar Portugal por las provincias fronterizas con Francia. Para sellar el acuerdo le propone el restablecimiento de «un pacto equivalente al viejo pacto de familia… y aún más perfecto todavía».

El «caos», en palabras de Artola, provocado por los sucesos conocidos como el «Motín de Aranjuez» ―la destitución de Godoy y la abdicación de Carlos IV a favor del heredero al trono, Fernando―Gazeta de Madrid, 25 de marzo de 1808, pp. 297 y 298 es lo que decide finalmente a Napoleón a sustituir a los Borbones por un miembro de su familia. «Ya carecía de sentido la anexión de una parte del reino, porque el emperador no podía confiar en Fernando tras sus reprobables manejos para destronar a su padre y la crueldad mostrada con Godoy. Sólo cabía prescindir de la Casa de Borbón y aplicar en España el sistema seguido en otros lugares, esto es, situar en el trono a un miembro de la familia de Napoleón», ha afirmado Emilio La Parra López.

Al parecer fue su ministro Talleyrand el primero que le aconsejó que tomara esa determinación. En una Memoria que le entregó a Napoleón le decía: «No hay en el trono más que una sola rama de la casa de Borbón, la de España que, colocada a nuestras espaldas cuando se trate de hacer frente a las potencias de Alemania, será siempre amenazadora… Ha llegado el momento de declarar que la última casa de Borbón ha cesado de reinar… Un príncipe de la casa imperial ocupando el trono de España completaría el sistema del Imperio… Para todo esto bastaría un ejército de 30 000 hombres». El ministro Jean-Baptiste Nompère de Champagny, tras el «motín de Aranjuez», le presentó a Napoleón un amplio informe, en cuya redacción intervino el propio emperador, en el que concluía: «He expuesto a V.M. las circunstancias que le obligan a tomar una gran decisión. La política lo aconseja, la justicia lo autoriza, los disturbios de España fuerzas la necesidad. V.M. debe, pues, proveer a la seguridad de su Imperio y salvar a España del influjo inglés».

Al encuentro del emperador: el viaje de Fernando VII a Bayona thumb|Retrato de Fernando VII por Goya (1808). Nada más acceder al trono, Fernando VII envió al duque del Parque a cumplimentar al mariscal Joachim Murat, lugarteniente general de las tropas francesas situadas en España, pero este no hizo lo mismo cuando el 24 de marzo Fernando VII hizo su entrada triunfal en Madrid, ni el embajador francés François de Beauharnais lo saludó. Tampoco Napoleón le envió ninguna nota. De hecho ninguna autoridad militar ni civil francesa le dispensó el tratamiento de «Majestad» sino el de «Su Alteza Real», la misma fórmula que habían utilizado para dirigirse a él cuando era Príncipe de Asturias, lo que, según Emilio La Parra López, «era muy revelador sobre la actitud de Francia» y «muy preocupante para él, consciente de que el mantenimiento de su corona dependía del reconocimiento del emperador francés. Obtenerlo fue, en consecuencia, su obsesión». El 26 de marzo Fernando le escribe al embajador francés: «Mis intenciones son la felicidad de ver a S.M.I. y R. [Su Majestad Imperial y Real, es decir, Napoleón] y seguir sus consejos». Una semana después, el 2 de abril, el Consejo de Castilla hacía público un bando en el que reiteraba que los franceses estaban en España «para ejecutar los planes convenidos con S.M. contra el enemigo común» [Inglaterra] y anunciaba que se castigaría a quien «con el menor exceso» perturbe «esta amistosa y recíproca correspondencia». Por otro lado, la propaganda fernandina seguía afirmando que el ejército imperial había entrado en España para proteger al nuevo rey de los manejos de los «godoyistas». Pero en aquel momento Napoleón ya había decidido la sustitución de los Borbones por un miembro de su familia, aunque no se lo había dicho ni siquiera a sus colaboradores más cercanos. Tampoco a su lugarteniente en España, el mariscal Murat.

El 3 de abril Fernando VII comunicó a Murat que iba a salir al encuentro de Napoleón, de quien el día anterior aquel había anunciado que pronto estaría en España. «Tratar personalmente con Napoleón era vital para Fernando, porque no sólo necesitaba de manera urgente su reconocimiento, sino también contrarrestar los informes desfavorables sobre él que iban llegando al emperador e impedir los posibles movimientos de Carlos IV. En el entorno de Fernando se sabía ―o al menos se sospechaba― que Carlos IV había protestado su renuncia al trono». En efecto, solo dos días después de su abdicación el 19 de marzo le había entregado al general Monthion, enviado por Murat a Aranjuez, una nota en la que declaraba que se había visto forzado a renunciar a la Corona, «para evitar males mayores y la efusión de la sangre de mis queridos vasallos». Y el 27 de marzo le había escrito una carta a Napoleón en la que le pedía su protección y le explicaba que había abdicado «en fuerza de las circunstancias y cuando el ruido de las armas y los clamores de una guardia amotinada me hacían conocer bastante que era preciso escoger entre la vida y la muerte, que hubiera sido seguida de la de la Reina». El historiador Emilio La Parra López comenta: «Con el lenguaje del Antiguo Régimen, el ex rey venía a calificar lo sucedido de golpe de Estado». La carta enviada a Napoleón decía lo siguiente:Gazeta de Madrid, 13 de mayo de 1808, pp. 453, 454 y 455.