El concilio de Nicea I (o Primer concilio de Nicea) fue un sínodo de obispos cristianos que tuvo lugar entre el 20 de mayo y el 19 de junio de 325 en la ciudad de Nicea de Bitinia (actualmente, Turquía) en el Imperio romano. El concilio fue convocado por el emperador romano Constantino I y fue presidido por el obispo Osio de Córdoba,S. Fernández, “Who Convened the First Council of Nicaea: Constantine or Ossius?,” The Journal of Theological Studies 71 (2020) 196–211 https://doi.org/10.1093/jts/flaa036 y el propio emperador asistió a sus sesiones. Es considerado el primero de los siete primeros concilios ecuménicos de la Cristiandad, por lo que su contenido es aceptado tanto por católicos, ortodoxos, ortodoxos orientales, luteranos, anglicanos, reformados y algunos evangélicos modernos.

Sus principales logros fueron el arreglo de la cuestión cristológica de la naturaleza del Hijo de Dios y su relación con Dios Padre, la construcción de la primera parte del Símbolo niceno (primera doctrina cristiana uniforme), el establecimiento del cumplimiento uniforme de la fecha de la Pascua, y la promulgación del primer derecho canónico. Las fuentes primarias para el estudio del Concilio están reunidas en Fontes Nicaenae Synodi.

Convocatoria El emperador Constantino I, convertido al cristianismo, acordó en 313 con el otro emperador Licinio en el «Edicto de Milán» completar el Edicto de tolerancia de Serdica del emperador Galerio de dos años antes, que puso fin a las persecuciones a los cristianos en el Imperio romano, y así asegurar a los cristianos la libertad para reunirse y practicar su culto. Años después se enfrentó a Licinio, que dominaba la parte oriental del Imperio, y lo derrotó definitivamente en 323 en la batalla de Crisópolis. Como Constantino era consciente de las numerosas divisiones que existían en el seno del cristianismo, siguiendo la recomendación de un sínodo dirigido por Osio de Córdoba en ese mismo año, decidió convocar un concilio ecuménico de obispos en la ciudad de Nicea, donde se encontraba el palacio imperial de verano, en cuya sala central los reunió el año 325. Esta ciudad hoy es llamada en turco İznik y forma parte de la provincia de Bursa en Turquía. El propósito de este concilio era establecer la paz religiosa y construir la unidad de la Iglesia, pero también aprovechó el emperador para presentarse ante los obispos de Oriente tras la derrota de Licinio, mostrarles su política religiosa y celebrar de este modo sus Biennales, esto es, sus veinte años como emperador.E. Mitre, Ortodoxia y herejía: Entre la Antigüedad y el Medievo, Cátedra, 2003, págs. 60-61. Eusebio de Cesarea describe con detalle el concilio en su Vita Constantini, II, 10-16; Teodoreto de Ciro lo narra así en su Historia eclesiástica, que continúa la obra homónima del propio Eusebio:

Uno de los propósitos del concilio, cuya lengua fue el griego, fue resolver los desacuerdos surgidos dentro de la Iglesia de Alejandría sobre la naturaleza del Hijo en su relación con el Padre: en particular, si el Hijo había sido "engendrado" por el Padre desde su propio ser, y por lo tanto no tenía principio, o bien creado de la nada, y por lo tanto tenía un principio. Alejandro de Alejandría y su discípulo y sucesor Atanasio de Alejandría tomaron la primera posición, mientras que el popular presbítero Arrio, de quien procede el término arrianismo, tomó la segunda. En aquellos momentos esa era la cuestión principal que dividía a los cristianos. Alejandro y Atanasio defendían que Jesús tenía una doble naturaleza, humana y divina, y que por tanto Cristo era verdadero Dios y verdadero hombre; en cambio, Arrio y el obispo Eusebio de Nicomedia afirmaban que Cristo había sido la primera creación de Dios antes del inicio de los tiempos, pero que, habiendo sido creado, no era Dios mismo.

Asistentes thumb|Icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea I. Este fue el primer concilio ecuménico de la historia de la Iglesia si no se tiene en cuenta como concilio el llamado concilio de Jerusalén del , que había reunido a Pablo de Tarso y sus colaboradores más allegados con los apóstoles de Jerusalén encabezados por Pedro y Santiago el Justo.

Constantino invitó a unos 1800 obispos cuyas sedes estaban dentro del Imperio romano (cerca de 1000 en el Oriente y 800 en la parte occidental del Imperio), pero solo un pequeño y desconocido número de ellos asistió.Cf. B. Llorca Vives, Historia de la Iglesia católica. I: Edad Antigua: la Iglesia en el mundo grecorromano, BAC, Madrid 1990, 7ª ed., p. 388. Tres obispos que estuvieron en el concilio dejaron estimaciones distintas: Eusebio de Cesarea contó más de 250, Atanasio de Alejandría contó 318 y Eustacio de Antioquía los estimó en cerca de 270. Posteriormente, Sócrates de Constantinopla registró más de 300, y Evagrio de Antioquía, Hilario de Poitiers, Jerónimo, Dionisio el Exiguo, y Rufino de Aquilea registraron 318. Este número es preservado en las liturgias de las Iglesias ortodoxas y de la Iglesia ortodoxa copta.

La mayoría de los obispos eran orientales, si bien participaron también dos representantes del papa Silvestre I. También estuvo presente Arrio y algunos pocos defensores de sus posiciones teológicas. La posición contraria a Arrio fue defendida, entre otros, por Alejandro de Alejandría y su joven colaborador, Atanasio de Alejandría.

Para llegar a Nicea —y retornar luego a su sede— se dio a cada obispo libre y gratuita circulación y alojamiento. Cada uno recibió permiso de concurrir con dos sacerdotes y tres diáconos.

Los obispos orientales formaban la gran mayoría; entre ellos estaban Macario I de Jerusalén y muchos de los padres congregados, por ejemplo, Pafnucio de Tebaida, Potamon de Heraclea, Pablo de Neocaesarea, Eusebio de Nicomedia, Eusebio de Cesarea, Aristakes de Armenia, Leoncio de Cesarea, Jacobo de Nísibe, Hipacio de Gangra, Protogenes de Sárdica, Melicio de Sebastopolis, Aquilo de Larisa y Espiridón de Tremitunte. Desde fuera del Imperio romano asistieron: Juan de Persia e India, el obispo godo Teófilo y Stratophilus de Pitsunda de Georgia.

Desde la parte occidental del Imperio romano asistieron al menos 5: Marcos de Calabria, Caecilianus de Cartago, Osio de Córdoba, Nicasio de Dijón y Domnus de Estridón.

Entre los partidarios iniciales de Arrio estaban Segundo de Ptolemais, Theong de Marmarica, Zphyrio, Dathes, Eusebio de Nicomedia, Paulino de Tiro, Actio de Lydda, Menophanto de Éfeso y Theognis de Nicea.

Constantino estuvo presente durante los debates y escuchó atentamente los argumentos, pero no podía votar y en su papel de emperador le tocaba ratificar las decisiones del clero, ya fueran en favor de los trinitarios o arrianos.

Resoluciones thumb|Fresco de la Capilla Sixtina que representa el Concilio de Nicea I. A pesar de su simpatía por Arrio, Eusebio de Cesarea se adhirió a las decisiones del concilio, aceptando todo el credo. El número inicial de obispos que apoyaban a Arrio era pequeño. Después de un mes de discusión, el 19 de junio, solamente quedaban dos: Theonas de Marmárica en Libia y Segundo de Ptolemais. Maris de Calcedonia, que inicialmente apoyó el arrianismo, aceptó el credo completo. Del mismo modo que Eusebio de Nicomedia, Theognis de Niza también estuvo de acuerdo, excepto por ciertas afirmaciones. El concilio se pronunció entonces contra los arrianos por abrumadora mayoría, pues solo Theonas y Segundo rechazaron firmar el símbolo niceno y fueron —junto con Arrio— desterrados a Iliria y excomulgados.

Otro resultado del concilio fue un acuerdo sobre cuándo celebrar la Pascua, la fiesta más importante del calendario eclesiástico, decretada en una epístola a la Iglesia de Alejandría en la que se afirma simplemente:

La supresión del cisma meleciano fue otra cuestión importante que se presentó ante el concilio de Nicea. Se resolvió que Melicio de Licópolis permaneciera en su propia ciudad de Licópolis en Egipto, pero sin ejercer la autoridad o el poder para ordenar nuevo clero. Se le prohibió entrar en los alrededores de la ciudad o entrar en otra diócesis con el propósito de ordenar. Melecio conservó su título episcopal, pero los eclesiásticos ordenados por él debían recibir nuevamente la imposición de manos, ya que sus ordenaciones fueron consideradas como inválidas. Los melecianos se unieron a los arrianos y causaron más disensiones hasta que se extinguieron a mediados del .

Entre otras decisiones, se procedió a organizar jerárquicamente la Iglesia en regiones y diócesis, guardando la superioridad de las sedes de Roma, Alejandría y Antioquía, cuyos titulares recibieron el nombre de obispos metropolitanos o arzobispos junto con el de Jerusalén.

Cánones El concilio promulgó veinte nuevas leyes de la Iglesia, llamadas "cánones" (aunque el número exacto está sujeto a debate), es decir, reglas de disciplina inmutables: Canon 1: Sobre la admisión, apoyo o la expulsión de clérigos castrados por elección o por violencia (prohibición de la autocastración). Canon 2: Reglas que deben observarse para la ordenación de catecúmenos conversos evitando la prisa excesiva, y la deposición de los culpables de una falta grave. Canon 3: Prohibición a todos los miembros del clero de morar con cualquier mujer, excepto una madre, hermana o tía. Canon 4: Respecto de las elecciones episcopales la ordenación de un obispo debe realizarse por todos los obispos de la provincia, pero en caso de urgencia por al menos tres obispos. La confirmación debe ser por el obispo metropolitano. Canon 5: Respecto a la excomunión. Canon 6: Prevalecimiento de las antiguas costumbres de la jurisdicción del obispo de Alejandría en Egipto, Libia y Pentápolis, lo mismo que las del obispo de Roma, el de Antioquía y los de las demás provincias. No se deben nombrar obispos sin el consentimiento del metropolitano. Canon 7: Confirmación del derecho de los obispos de Jerusalén a disfrutar de ciertos honores, reconociéndole el segundo lugar en su provincia después del de Cesarea. Canon 8: Respecto a la readmisión de novacianos. Canon 9: Quienquiera que sea ordenado sin examen, será depuesto si se descubre después que había sido culpable. Canon 10: Los lapsis que han sido ordenados a sabiendas o subrepticiamente deben ser excluidos tan pronto como se conozca su irregularidad. Canon 11: Penitencia a imponer a los apóstatas de la persecución de Licinio. Canon 12: Penitencia que se impondrá a aquellos que apoyaron a Licinio en su guerra contra los cristianos. Canon 13: Indulgencia a conceder a las personas excomulgadas en peligro de muerte. Canon 14: Penitencia a los catecúmenos que apostataron bajo persecución. Canon 15: Los obispos, sacerdotes y diáconos no deben pasar de una Iglesia a otra y deben ser devueltos si lo intentan. Canon 16: A todos los clérigos se les prohíbe salir de su iglesia. Prohibición formal para los obispos de ordenar para su diócesis a un clérigo perteneciente a otra diócesis. Canon 17: A los clérigos se les prohíbe prestar a interés. Canon 18: Recuerda a los diáconos su posición subordinada con respecto a los sacerdotes. No administrarán la Eucaristía a presbíteros, ni la tocarán delante de ellos, ni se sentarán entre los presbíteros. Canon 19: Los paulianistas (partidarios de Pablo de Samósata) deben ser rebautizados y las diaconisas contadas entre los laicos. Canon 20: Los domingos y en Pentecostés todos deben orar de pie y no arrodillados.

El papel de Constantino en el concilio Constantino, tras haber derrotado a Licinio y haber restablecido la unidad del Imperio bajo Cristo, se propone restaurar la unidad de la verdadera fe reuniendo un concilio que supondrá, escribe, «la renovación (ananneôsis) del mundo». Constantino esperó ante la puerta todavía cerrada de la iglesia donde iba a celebrarse el concilio y le pidió a los obispos, «mis muy queridos hermanos», que le permitieran participar exponiéndoles sus motivos (según Paul Veyne, muestra el convencimiento de haber cambiado la suerte de la humanidad):