La Rebelión Tseltal de 1712, también llamada Rebelión de Cancuc, Sublevación tseltal o, en la historiografía de tradición viquerista, Rebelión de Los Zendales, fue un levantamiento indígena multiétnico que estalló en junio de 1712 en la alcaldía mayor de Chiapas, entonces parte de la jurisdicción de la Audiencia de Guatemala, y que las tropas españolas sofocaron a finales de noviembre de ese mismo año con la toma del pueblo de Cancuc. Tomaron parte en él comunidades de habla tseltal, tsotsil y chol de la provincia de Los Zendales, la Guardianía de Huitiupán y el partido de Coronas y Chinampas, que sumaban en total treinta y dos pueblos.

El conflicto se originó a partir del culto a una imagen mariana surgida en Cancuc en torno a María de la Candelaria, una niña tseltal que afirmó haber visto a la Virgen. Al negarse la jerarquía católica a reconocer el culto, los rebeldes proclamaron que «ya no había rey» y establecieron un clero indígena propio que ordenó vicarios y nombró obispos, en abierta ruptura con la autoridad española. Los sublevados se autodenominaron «soldados de la Virgen» y, durante poco más de tres meses, controlaron la mayor parte del altiplano chiapaneco.

Las fuerzas leales a la Corona, al mando del presidente de la Real Audiencia de Guatemala Toribio de Cosío y del capitán Nicolás de Segovia, recuperaron sucesivamente Huixtán, Oxchuc y los pueblos circundantes, hasta tomar Cancuc el 21 de noviembre de 1712. La represión posterior fue severa y dejó la región devastada. La rebelión se considera una de las sublevaciones indígenas más importantes y mejor documentadas del periodo virreinal en Mesoamérica, y la bibliografía especializada —encabezada por las obras de Juan Pedro Viqueira y Kevin Gosner— la ha estudiado tanto desde el punto de vista de su economía moral como de su dimensión religiosa y milenarista.

Marco regional y social

División administrativa de la alcaldía mayor de Chiapas

A principios del siglo , la alcaldía mayor de Chiapas formaba parte de la jurisdicción de la Capitanía General de Guatemala y estaba dividida informalmente en partidos. Su cabecera era Ciudad Real de Chiapa, que albergaba al alcalde mayor, al obispo y a las casas matrices de las órdenes religiosas. Al norte de Ciudad Real se encontraba el partido de Coronas y Chinampas, en tierras altas; al noreste, el partido de Los Zendales —el más extenso— se prolongaba hasta los confines de la selva, en dirección a Palenque; al noroeste se hallaba el partido de Los Zoques, cuyos límites llegaban hasta la jurisdicción de Tabasco.León Cázares (2017), pp. 152-159. A esta división política se superponían dos jurisdicciones eclesiásticas con nombre propio: la Guardianía de Huitiupán, en la zona inmediata al norte de Coronas y Chinampas, administrada desde 1589 por los franciscanos con cabecera en Asunción Huitiupán, y el Priorato de Chiapa, al suroeste de Ciudad Real, en manos dominicas. Los tres partidos donde estalló la rebelión —Los Zendales, Coronas y Chinampas, y la Guardianía de Huitiupán— sumaban los treinta y dos pueblos sublevados con que la documentación judicial colonial designó habitualmente al movimiento.Viqueira (2002), pp. 17-22.

Composición étnica y lingüística

La población indígena de los partidos sublevados era mayoritariamente de habla tseltal —especialmente en Los Zendales y en Coronas y Chinampas, en pueblos como Cancuc, Tenango, Guaquitepec, Bachajón, Yajalón, Oxchuc y Tenejapa—, con presencia también de comunidades tsotsiles —Chenalhó, San Pablo Chalchihuitán, Santa Marta, Magdalena, Santiago— y ch'oles hacia el norte, en la zona de Tila y Tumbalá. En Ciudad Real, la sociedad colonial era heterogénea: además de la minoría española y criolla, residían poblaciones de mestizos, mulatos y afrodescendientes organizados en milicias urbanas, así como barrios indígenas habitados por descendientes de los auxiliares mexicas y tlaxcaltecas de la conquista del siglo .León Cázares (2017), pp. 165-170. Esa heterogeneidad social aportó buena parte de los efectivos auxiliares —chiapanecas, mulatos y mestizos— que combatieron junto a las tropas regulares en la represión de la rebelión.

El sistema doctrinal dominico

Desde mediados del siglo , los pueblos de Los Zendales y de Coronas y Chinampas estaban encomendados espiritualmente a la Orden de Predicadores. Los dominicos administraban los curatos de la región desde dos casas: el priorato de Ciudad Real y el priorato de Ocosingo, creado en el siglo como cabeza de la «Vicaría de Los Zendales», con jurisdicción sobre las doctrinas tseltales orientales.León Cázares (2017), pp. 173-180. En cada pueblo, un cura doctrinero —generalmente un solo fraile— se encargaba de la administración sacramental y, en la práctica, del cobro de derechos parroquiales y diezmos para las cofradías locales. Esta dependencia eclesiástica única, sumada a la lejanía respecto a Ciudad Real, hizo que la presencia española cotidiana en buena parte de los pueblos sublevados se redujera, en los años inmediatamente anteriores a 1712, a la del cura doctrinero y a las visitas episcopales ocasionales. El obispo Juan Bautista Álvarez de Toledo (1708-1712), poco antes del estallido, había intentado retomar un proyecto de secularización de las doctrinas de Los Zendales que su antecesor Bravo de la Serna había planteado en la década de 1670, transferencia que la rebelión y la subsiguiente reticencia del clero secular a residir en la región pospusieron más de cincuenta años.León Cázares (2017), pp. 188-195.

Antecedentes

miniaturadeimagen|izquierda|250px|Localización del actual municipio de San Juan Cancuc dentro del estado de Chiapas. La rebelión se inició en este pueblo y se extendió por las provincias coloniales de Los Zendales, la Guardianía de Huitiupán y el partido de Coronas y Chinampas.

Tributo y obligaciones fiscales

A partir de la conquista, los indígenas se convirtieron en súbditos de la Corona española y se les impusieron obligaciones tributarias. El pago del tributo se hacía en parte en especie y en parte en dinero. El tributo en especie comprendía por lo general maíz, frijol y chile.Viqueira (1994), p. 241; véase también Martínez Peláez (1991), p. 235. En tiempos de escasez, los pueblos debían pagar en dinero la parte del tributo que normalmente entregaban en especie, calculada al precio que tenían los productos en los mercados locales; esto provocaba que en los años de malas cosechas pagaran en la práctica una cantidad muy superior al monto nominal. El tributo en dinero se fijaba en un tostón (el llamado tostón real). Los pueblos más distantes de Ciudad Real —por ejemplo, los del partido de Los Zendales— pagaban siempre sus tributos en dinero, lo cual obligó a muchos indígenas a migrar de sus pueblos para trabajar durante varios meses en las haciendas dominicas de Ocosingo.Viqueira (1995), pp. 111-112. A esta presión fiscal se sumaron las visitas pastorales del obispo Álvarez de Toledo, en las que se cobraron diezmos sobre las cofradías locales; según los testimonios coetáneos, en cada visita el obispo exigía a cada cofradía siete pesos, además de doce más por misa.Ximénez (1931), vol. III, p. 250.

Crisis agrícola

Los años de 1707 y 1712 fueron periodos de malas cosechas que afectaron directamente a los indígenas tributarios. Sus habitantes no solo no lograban obtener cosechas suficientes para asegurar su subsistencia, sino que además el monto efectivo del tributo conmutado a dinero crecía proporcionalmente al alza de los precios del maíz, el frijol y el chile en los mercados, que según la gravedad de la escasez podían duplicarse o incluso triplicarse.Viqueira (1997b), p. 323.

Milagros y apariciones previas

Las primeras manifestaciones de inconformidad indígena tomaron forma de devociones religiosas, articuladas en torno a imágenes y personajes que se decía habían aparecido milagrosamente. La primera aparición se produjo en 1708 en Zinacantán, donde un ermitaño se hizo venerar por los habitantes del pueblo.Viqueira (1995), p. 123. En 1711, un indígena de Simojovel decía ser primo de la Virgen de la Soledad y anunciaba su próxima venida al mundo,Viqueira (1995), p. 124. mientras que otro recorría la región afirmando ser san Pablo y predicando el fin de los tiempos.Viqueira (1995), p. 124. En marzo de 1712 se difundió ampliamente el milagro de la aparición de la Virgen en Santa Marta, en la jurisdicción tsotsil de Chenalhó, que atrajo a peregrinos de pueblos muy alejados. Por las mismas fechas, en Chenalhó, la imagen del santo patrono del pueblo «sudó», y por ese motivo los habitantes del lugar no acudieron a venerar a la Virgen de Santa Marta.

Estallido de la rebelión

Aparición de la Virgen en Cancuc

La aparición de la Virgen en Cancuc en 1712 tuvo un fuerte impacto en la zona, en particular en la provincia de Los Zendales. Una indígena llamada María López convenció a los principales del pueblo de que la Virgen se le había aparecido y le había pedido que le construyeran una ermita para vivir entre los indígenas.Ximénez (1931), vol. III, p. 270. A raíz de la rebelión, María López pasó a llamarse María de la Candelaria. Después de la aparición se enviaron convocatorias a todos los pueblos tseltales anunciando que «ya no había rey» y pidiéndoles que se desplazaran a Cancuc con las imágenes y las cruces procesionales.Ximénez (1931), vol. III, p. 276. A raíz de esa convocatoria, casi todos los pueblos de los tres partidos —Coronas y Chinampas, Los Zendales y la Guardianía de Huitiupán— dejaron de pagar tributos. Se ordenaron sacerdotes indígenas, entre ellos Lucas Pérez de Chilón y Jerónimo Saraos de Bachajón,Ximénez (1931), vol. III, p. 275. quienes al principio fueron secretarios de María de la Candelaria.

Reorganización del culto y nuevo orden indígena

Pocos días después de los primeros enfrentamientos, un indígena tsotsil de San Pedro Chenalhó llamado Sebastián Gómez —apodado posteriormente «de la Gloria»— llegó a Cancuc declarando que había subido al cielo, donde, tras conversar con la Santísima Trinidad, la Virgen y san Pedro, este último le habría conferido la potestad de nombrar nuevos obispos y vicarios.Viqueira (2002), pp. 218-220. Los rebeldes convocaron entonces a todos los indígenas que sabían leer y escribir —generalmente sacristanes y maestros de coro— y los ordenaron como vicarios para que regresaran a sus pueblos a predicar el milagro de la Virgen de Cancuc, oficiar misa y administrar los sacramentos. En la ermita de Cancuc se rezaba diariamente el Rosario y se cantaban las Letanías y el Alabado, lo que muestra hasta qué punto el culto rebelde se apoyaba, en su forma, en el ritual católico.Viqueira (2002), p. 224; Ximénez (1931), libro VI, cap. LXIII, vol. IV, pp. 239-240.

A los pueblos de los tres partidos sublevados llegaron despachos firmados por los rebeldes en los que se anunciaba que «ya era cumplido el término y profecía de sacudir el yugo y restaurar sus tierras y libertad»; se ordenaba a los indígenas acudir a Cancuc trayendo las cruces mangas, los ornamentos de la iglesia, las varas de justicia y los grillos de la cárcel.Viqueira (2002), pp. 215-216. Durante casi tres meses, los rebeldes ensayaron una forma de gobierno indígena en la región controlada, con autoridades propias en cada pueblo y una jerarquía religiosa paralela.Gosner (1992), pp. 138-145.

Toma de Chilón y Ocosingo