El diccionario metapolis de arquitectura ofrece varias definiciones para este término. La primera dice que habitar la arquitectura se sitúa en el umbral que permite la creación de mundos para el sujeto que vive este final de milenio. Plantear procederes, modos de hacer arquitectura, a través de los que el sujeto llegue a conocer más a sentir más, a ser capaz de construir esas miras desde las que atrape y haga suya una idea de mundo, una interpretación de lo que queda “ahí fuera”.

En la página 10 de los textos contenidos en el cuaderno Acerca de la Casa 2] encontramos que el habitar, en la forma de la casa, es pues la expresión armoniosa de la relación con el lugar preexistente (…) Sin el habitar no hay lugar.

La etimología latina del verbo habitar es habitare, frecuentativo de habere (tener). Por lo que podemos entender este término como “tener de manera reiterada”. En ese sentido, se habla del lugar que tenemos; si estamos de paso o de visita, no lo habitamos; a diferencia de la morada donde estamos todo el tiempo, la cual habitamos. No obstante el término guarda interpretaciones de índole filosófica, las cuales ya han sido retomadas incluso por algunos arquitectos.

Historia

El habitar y la filosofía El filósofo alemán Martin Heidegger, en su texto Construir, Habitar, Pensar –para la conferencia en el Darmsträder Gesprächen en 1951 ante varios arquitectos que deberían reconstruir las ciudades tras el paso de la Segunda Guerra Mundial– contribuye a entender el término desde el origen del lenguaje, revelando el sentido profundo y simbólico que este ha de conllevar. Mencionando en un inicio que las edificaciones destinadas a servir de vivienda no albergan de antemano la garantía de que acontezca un habitar.

Dentro de muchas disciplinas que emplean el término, incluyendo la arquitectura, el habitar no se piensa nunca como rasgo fundamental del ser del hombre, pese a que uno y otro se vinculan estrechamente. Heidegger nos dice que la palabra del alto alemán antiguo correspondiente a construir, buan, significa habitar, que quiere decir permanecer, residir. El buan, siendo la palabra bin (soy), es la manera según la cual los hombres somos en la tierra; por lo que la palabra bauen significa que el hombre es en la medida que habita. Pero habitar significa al mismo tiempo abrigar y cuidar; donde el construir como cuidar y el construir como levantar edificios, están incluidos en el propio término construir que es habitar.

Tras comprender el sentido del lenguaje, el autor nos dice que construir es en sí mismo ya el habitar, y este último significa abrigar y cuidar. Por lo que se tienen dos condiciones en el construir: como cuidar o abrigar –las cosas que crecen– y como edificar o erigir –las cosas que no crecen–.

El término del antiguo sajón wuon y el gótico wunian significan, al igual que bauen, el permanecer, residir; pero Wunian significa, llevado a la paz –permanecer en ella. Y la palabra paz (Friede) significa lo libre, preservado de daño y amenaza, es decir, cuidado. Por lo que el verdadero cuidar acontece cuando dejamos a algo en su esencia. Por lo tanto, el rasgo fundamental del habitar, y por lo tanto del construir, es ese cuidar.

Asimismo, Heidegger nos dice que los mortales habitan solo en el modo como preservan la esencia de la Cuaternidad: “En el salvar la tierra, en el recibir el cielo, en la espera de los divinos, en el conducir de los mortales, acaece de un modo propio el habitar como el cuádruple cuidar”. Habitar es mirar por la unidad originaria: tierra, cielo, divinos y mortales.

Asimismo el autor plantea la relación del habitar con el lugar, nos dice que aquello que es en sí mismo un lugar puede abrir un espacio a una plaza. Habiendo muchos sitios que pueden ser ocupados por algo, no todos pueden considerarse un lugar, pues este ha de coligar la Cuaternidad; por lo tanto solo el habitar puede permitir el acontecer de un lugar. A su vez, se menciona que un espacio es algo aviado, algo dentro de una frontera; siendo ésta aquello a partir de donde algo comienza a ser lo que es, donde comienza su esencia. Así, a las cosas que, como lugares, otorgan plaza (o paraje) a la Cuaternidad, una plaza que había siempre un espacio, el autor las llama construcciones.

Heidegger menciona que “Cuando se habla de hombre y espacio, (…) el espacio no es un enfrente del hombre, no es ni objeto exterior ni una vivencia interior”. Pues al pronunciar al hombre, pronunciamos su ser –el ser el hombre en la tierra– lo que nos remite al aspecto existencial. En otro de sus textos, el autor nos habla del Dasein, infinitivo alemán que significa existir, pero que es ineludible traducir literalmente por ser-ahí.

De esta manera, el filósofo invita a reflexionar en torno a la profundidad del término, en primera instancia, acerca del hacer profesional cuya finalidad es brindar espacios habitables para el hombre, que incluye a los arquitectos y profesionistas afines; y más específicamente, a pensar el propio habitar como la forma en que somos en el mundo.

El habitar y la arquitectura

Christian Norberg-Schulz Gracias al acercamiento del filósofo alemán Martin Heidegger, el término ha sido retomado por algunos teóricos de la arquitectura; el primero de ellos fue el arquitecto noruego Christian Norberg-Schulz, quien, retomando el carácter espacial del habitar, desarrolló diversos estudios en torno a la identidad, la pertenencia, el lugar, así como el sentido mismo de la existencia humana.

El autor menciona que la identidad humana está profundamente relacionada con los lugares y las cosas. Nos habla además de que la identificación y la orientación son aspectos primarios del estar-en-el-mundo del hombre, donde la primera es la base de su sentido de pertenencia. Nos dice que la verdadera libertad humana presupone pertenencia, por lo que “habitar” significa pertenecer a un lugar concreto.

A la usanza de Heidegger, Norberg-Schulz aborda el término desde sus raíces lingüísticas, considerando que “habitar” se deriva del Nórdico Antiguo dvelja, que significa persistir o permanecer. Por lo que habitar significa estar en paz en un lugar protegido. La palabra del alemán correspondiente a habitar Wohnung, deriva de das Gewohnte, que se refiere a lo conocido o habitual. En otras palabras, el hombre reconoce lo que le es accesible a través del habitar. Así, el autor llega al problema de la “reunión” del hombre con su ambiente; donde el reunir acaece cuando cada día de la existencia se vuelve habitual. Por lo que habitar significaría entonces, reunir el mundo en una construcción o cosa concreta.

De esta manera, el hombre habita cuando es capaz de concretizar el mundo en construcciones y cosas. Donde la “concretización” o “concreción” es la función del trabajo del arte, en oposición a la “abstracción” de la ciencia. Creando un imago mundi (imagen del mundo), el trabajo del arte ayuda al hombre a habitar. Citando a Hölderlin, Norberg-Shulz menciona que habitar, en el pleno sentido del término, quiere decir “habitar poéticamente”. Por lo que solo la poesía, en cualquiera de sus formas (también como el “arte de vivir”) hace de la existencia humana algo significativo; siendo esta búsqueda de sentido, la necesidad fundamental humana.

De esta manera, el propósito de la arquitectura –al pertenecer a la poesía–, es ayudar al hombre a habitar; por lo que hacer ciudades y edificios prácticos –o funcionales– no es suficiente. La arquitectura surge cuando “el entorno total se hace visible”, es decir, cuando se concretiza el genius loci. Lo cual sucede solo cuando el sentido de las construcciones reúne las propiedades mismas del lugar y las acerca a los hombres. Asimismo, este “pertenecer a un lugar” es posible solo cuando se tiene un punto de apoyo existencial.

Josep Muntañola El arquitecto catalán Josep Muntañola también ha estudiado la noción de lugar, retomando de cierta manera la profundidad del habitar, no obstante, su abordaje se aleja del sentido heideggeriano, al entrelazar su tesis con la lógica y la sociofísica del lugar.

En su libro La arquitectura como lugar, el autor menciona que su postura rechaza el estudio de la arquitectura como máquina de vivir o como símbolo natural e independiente, aceptando la posibilidad de concebirle “como un proceso permanente de reinterpretación creativa, sensible y racional de nuestro habitar”. Entre otras cosas, el autor aborda la lógica del lugar desde distintos preámbulos, entre ellos el filosófico.

De Heidegger, Muntañola retoma los conceptos de lo “a la mano” y lo “ante los ojos”, junto con la simultanteidad de un “dirigir” –o preferenciar caminos– y un “des-alejar” o aumentar el campo de actuación. Relación que, nos dice, consigue el filósofo sobre la base del habitar. Siendo así, menciona que Heidegger nos ha indicado una aplicación a la arquitectura como lugar de su paradigma esencial del “desalejar construyendo” y el “privilegiar pensando”, estructurados simultáneamente en el habitar. Los cuales, a partir de su correspondencia con los conceptos de espacio de Leroi-Gourham, el autor adopta las denominaciones de “lugar radiante” y “lugar itinerante”.

Aceptando que el lugar es siempre lugar de algo o de alguien, el autor estudia las interrelaciones entre ese algo o alguien que habita el lugar y el lugar en sí. Si la arquitectura consigue lugares para vivir, lo hará solo mediante la transformación de la materia física; transformación que, menciona, no puede estar muy alejada del “espaciarse un espacio” de Heidegger. Muntañola considera que, aunque Heidegger inició sus estudios sobre el lugar humano con análisis etimológicos, su alcance científico es limitado, por lo que no es difícil caer en asociaciones significativas triviales o erróneas.

Asimismo menciona que “el lugar y la arquitectura son objetos privilegiados para estudiar la dialéctica entre la lógica del lugar y la experiencia que tenemos de él”. Retomando también el concepto de Hegel, para quien el lugar es una unión del espacio y el tiempo, en el que el espacio se concreta en un ahora al mismo tiempo que el tiempo se concreta en un aquí, el autor nos dice que el lugar “sólo es espacio en cuanto es tiempo, y sólo es tiempo en cuanto es espacio”.

“La lógica del lugar coincide siempre (…) con el paradigma que en cada época el hombre ha tenido sobre las interrelaciones entre sí mismo y su medio ambiente”. Acuerdo entre movilidad conceptual y forma figurativa, la lógica del lugar marca la medida bajo la cual la humanidad se representa a sí misma, lo cual nos acerca al “corazón de la arquitectura como lugar para vivir”.

Como se ha mencionado, en La arquitectura como lugar, Muntañola considera el término habitar como parte de un todo más grande: el lugar. No llegando a realizar una definición específica del término, pero sí integrándolo a las diferentes dimensiones significativas del lugar. En su análisis del lugar ocupado –sociofísico–, menciona que puede ser el resultado de tres tipos de polaridades estructurales y funcionales: la polaridad habitar-hablar, la polaridad figurar-conceptualizar y la polaridad medio-físico-medio-social. Es decir, “la diferenciación progresiva de lugares produce una diferenciación en el medio físico y en el medio social y, a la vez (…) un “despegue” del hablar desde el habitar”.

Asimismo, en su texto Topogénesis: fundamentos de una nueva arquitectura, el autor aborda el término “topogénesis”, describiéndolo como la génesis del lugar habitado. El cual ha de estudiar desde sus dimensiones complementarias: poética, retórica y hermenéutica. La primera de ellas se encuentra vinculada al concepto de habitar, pues aunque no se mencione literalmente, lo dicho por Heidegger y Norberg-Schulz al respecto, corresponde con los abordajes de la poética que el autor retoma, y que tienen su base además en Aristóteles, Kant y el propio Heidegger.