La inmigración italiana en Uruguay se refiere a uno de los movimientos migratorios más numerosos que recibió Uruguay. La población italiana, junto a la española, formó la columna vertebral de lo que iba a ser la sociedad uruguaya. La cultura uruguaya expone similitudes importantes con la cultura italiana; en términos de lenguaje, costumbres y tradiciones. Los emigrantes italianos comenzaron a llegar en grandes números a Uruguay en los años 1840 y esta corriente migratoria continuó hasta los años 1960.
Un ítalo-uruguayo es un ciudadano uruguayo de ascendencia italiana, completa o parcial. 137 000 ciudadanos uruguayos poseen la ciudadanía italiana. Las fuentes oficiales italianas estiman que alrededor de un millón de personas tiene algún grado de ascendencia italiana, si bien en una nota periodística de 2017 esa suma alcanza el millón y medio —el 40 % de la población total de Uruguay—. Fuera de Italia, Uruguay es el país con mayor porcentaje de italianos en proporción a su población.
Historia Época colonial y primeros inmigrantes En el año 1527 el explorador veneciano Sebastiano Caboto —conocido en castellano como Sebastián Gaboto— fundó San Lázaro, el primer asentamiento europeo del Río de la Plata. Los primeros italianos llegaron a la colonia española en el . Estos eran, principalmente, ligures de la República de Génova, que trabajaban en barcos mercantes transoceánicos. El primer poblador de Montevideo fue el genovés Giorgio Borghese —Jorge Burgues en castellano—, quien llegó desde Buenos Aires y construyó él mismo una casa de piedra en una estancia donde crio ganado antes de que se fundara la ciudad. Navegando al servicio de la corona española, el marino toscano Alessandro Malaspina emprendió un viaje con fines científicos conocido como la Expedición Malaspina, que lo llevó a explorar la costa de Montevideo en 1789. A bordo de dos corbetas viajaban botánicos, zoólogos, dibujantes, médicos, disecadores, geógrafos, astrónomos e hidrógrafos, que tenían como objetivos realizar una cartografía del Río de la Plata y observar fenómenos astronómicos. Ya entrado el se iniciaron las relaciones entre Uruguay y el Reino de Cerdeña, firmándose posteriormente algunos tratados de comercio y navegación. Tras las revoluciones de 1820 y 1830 en Italia, algunos revolucionarios escaparon hacia América procedentes del Piamonte, los Estados Pontificios y regiones del Mezzogiorno. El número de inmigrantes comenzó a aumentar a partir del año 1830, después de que se eliminaron las trabas impuestas a la inmigración durante la época colonial, lo que además coincidió con la situación política en Argentina que impedía la inmigración.
miniatura|izquierda|El militar italiano Giuseppe Garibaldi triunfó en la Batalla de San Antonio que tuvo lugar en el departamento de Salto en 1846
En 1835 vivían en Montevideo dos mil ciudadanos del Reino de Cerdeña y dos años más tarde se registraron más de dos mil quinientos. Esos primeros inmigrantes se ubicaron en la periferia de Montevideo y eran, en su mayoría, agricultores de Piamonte, quienes llegaron a un Uruguay en ese entonces sin desarrollo industrial, con extensa ganadería pero poca explotación agrícola. Hacia el año 1842 se estimaba que la colonia era de 7 945 italianos, predominando los lombardos, dedicados a la agricultura o a servicios domésticos, y también contando con la presencia de marinos genoveses que se dedicaban al comercio de mercaderías italianas. Hacia el año 1843 los italianos eran el 25 % de los inmigrantes en Uruguay —detrás de los franceses y los españoles—. Los resultados de un censo policial de ese año arrojaron que en Montevideo vivían 6 376 italianos y —de acuerdo con el cónsul Luigi Petich— en esa etapa (1836-1842) los italianos eran casi ocho mil. Durante este periodo, aparecieron en Montevideo tres diarios en italiano, destacándose El Legionario Italiano, publicado entre 1844 y 1846. Posteriormente, arribó un importante número de pobladores de Cerdeña y durante la Guerra Grande varios italianos participaron en la defensa de la región liderados por Giuseppe Garibaldi. Para integrar las filas de la Legione Italiana de Garibaldi se embarcaron en enero de 1851 desde Génova unos cien exmilitares voluntarios italianos y una minoría de tesinos y húngaros. Se refirió al movimiento político que unía a muchos residentes del Río de la Plata con Garibaldi como corriente garibaldina. Como reconocimiento, hubo muchos tributos en su memoria, incluida una avenida con su nombre y monumentos en Montevideo y Salto. La tendencia migratoria empezó a cambiar desde la Guerra Grande, cuando los italianos —junto a los españoles— se ubicaron en el primer lugar en cuanto a número de inmigrantes.
Los principales puertos de partida se ubicaban en Génova, Savona, Livorno, Palermo y Nápoles. Las travesías en buque a vapor llevaban alrededor de treinta días, mientras que los trayectos en barcos a vela duraban unos cincuenta días. En 1850 la población extranjera de Montevideo era del 48 %, de los cuales 10 000 eran italianos. En 1856 los valdenses llegaron al departamento de Florida, desde donde se trasladaron a Colonia alrededor de 1858. En dicho departamento fundaron Colonia Piamontesa y más tarde Colonia Valdense. Tras la Unificación de Italia, en 1865 se reactivó la llegada de italianos, facilitada por leyes establecidas en los años 1853 y 1858 que favorecían la inmigración a Uruguay. Algunos inmigrantes eran producto de movimientos migratorios que previamente se habían dado en Europa, como es el caso de los ciudadanos nacidos en Gibraltar, hijos o nietos de ligures. Fue a principios de la década de 1860 cuando comenzó a crecer el número de inmigrantes, en su mayoría ligures, lombardos y piamonteses, y más tarde también se registró la llegada de trabajadores provenientes del sur de la península, principalmente de Basilicata y Campania. Durante este periodo la inmigración aumentaba año a año de forma ininterrumpida; en 1868 se registró la llegada de 8 039 italianos, en su mayoría napolitanos y genoveses.
Como consecuencia de la situación económica que atravesaba Italia y el gran número de emigrantes, varios agentes se dedicaron a embarcarlos a América para su beneficio propio, cobrando comisiones por cada uno de los emigrantes transportados. Tales condiciones llevaron a enrolamientos masivos y fueron comparadas con el tráfico negrero por el historiador Juan Oddone. Según Oddone los agentes transportaban «marginales, prófugos, políticos, desertores o renuentes al servicio militar, enfermos y defectuosos no admitidos por las vías regulares; niños exportados y vendidos como mercancías, deudores fallidos, prostitutas» hacia el otro lado del océano. En algunos casos se vendían en Italia pasajes para barcos a vapor que luego resultaban ser embarcaciones a vela; en otras ocasiones los boletos vendidos a los emigrantes hacia el Río de la Plata solamente cubrían el traslado hacia Marsella, donde se los abandonaba, y no era inusual que emigrantes con destino a Montevideo terminaran desembarcando en Nueva York. Solamente en Génova funcionaron, entre 1860 y 1870, alrededor de ciento treinta compañías navieras dedicadas al transporte de inmigrantes al Río de la Plata. El escritor y político Cristoforo Negri llegó a afirmar: «El Plata es nuestra Australia».
Para proteger a la población local de enfermedades que podían traer consigo los inmigrantes, a partir de 1869 —hasta 1935— los recién arribados debían permanecer en cuarentena en la Isla de Flores —similar a la neoyorquina Ellis Island—. El islote, ubicado a veinte kilómetros de la costa de Montevideo, tenía un lazareto donde se trataba a los enfermos, un hotel de inmigrantes, un cementerio y un horno crematorio; cada inmigrante podía llegar a permanecer ahí hasta cuarenta días.
Consolidación de la inmigración En la segunda mitad del en Uruguay se produjo el mayor porcentaje de crecimiento poblacional de Sudamérica: la población en el país se multiplicó casi por siete entre 1850 y 1900, gracias a la inmigración, mayoritariamente italiana. El historiador argentino Fernando Devoto identificó el tercer cuarto del como la «época de oro de la emigración italiana en Uruguay». Hacia 1870 el número de italianos en Uruguay era de entre sesenta y setenta mil; no solo se ubicaban en la capital sino también en el interior del país: en la ciudad de Mercedes unos seis mil se dedicaban al comercio, en Paysandú eran dos mil y se dedicaban al cabotaje naval y a la agricultura, mientras que en Salto eran la mitad dentro de una población total de nueve mil personas. Los napolitanos solían desempeñar tareas más rústicas, adaptándose al estilo de vida del campo, en cambio, según observó el vicecónsul en ese entonces, Luigi Petich, los genoveses hacían valer su «instinto mercantil» y su «vocación marítima» en el litoral.
Entre 1870 y 1872, debido a los daños sufridos por los trabajadores italianos como consecuencia de la Revolución de las Lanzas, se produjeron momentos de tensión diplomática entre Italia y Uruguay. En ese entonces, el ministro italiano Della Croce se refirió al asunto: «los extranjeros son los solos que vienen a fertilizar sus suelos, los únicos que sufren más que los otros de las continuas guerras civiles y de la constante amenaza que, por obra solamente de los nacionales, azotan desgraciadamente estas comarcas». En 1873 la firma de un acuerdo diplomático entre ambas partes subsanó los reclamos de los trabajadores italianos. Coincidiendo con la agitación económica y política que sufría la región, se produjo un descenso en la llegada de inmigrantes italianos. De hecho, muchos recién llegados preferían dirigirse hacia áreas rurales de países vecinos e incluso algunos ya establecidos en Uruguay se trasladaron hacia territorios con más posibilidades, como en el caso de los italianos que fundaron la colonia Alessandra (Santa Fe) en 1871, que provenían de la Banda Oriental. Según Fernando Devoto, el uso de Uruguay como puente entre Italia y Argentina por parte de los inmigrantes se consolidó a partir de 1876 con la aprobación de la «Ley Avellaneda», una ley argentina que regulaba la migración a gran escala. Entre enero y agosto de 1880, doscientos obreros italianos realizaron una huelga en la represa de Cuñapirú por falta de seguridad en la usina, en la que fue la primera huelga en el país.
miniatura|izquierda|Los inmigrantes recién llegados debían ingresar en cuarentena a la Isla de Flores, donde podían permanecer hasta cuarenta días.
A pesar de que se negó el desembarco a los transatlánticos «Matteo Bruzzo» —proveniente de Génova con mil quinientos pasajeros— y «Nord America» debido a algunos casos de cólera en el barco, en el año 1885 arribaron a Uruguay unos 8805 italianos. En 1887 los italianos llegaban a ser entre el 20 % y el 30 % de la población total de Montevideo. Fue durante esta década que se produjo el boom de la inmigración italiana al Uruguay y se dieron los primeros intentos de parte de ambos países por incentivar la llegada de inmigrantes. Se firmó el «Contrato Taddei» que preveía trasladar al país entre dos mil y tres mil familias italianas, principalmente agricultores y jornaleros de origen lombardo, aunque muchos de los que finalmente iban a llegar poseían otros oficios —muchos de ellos fueron reembarcados de vuelta a Italia por el gobierno uruguayo—. Tal ley discriminaba según la región, favoreciendo los italianos del norte y excluyendo a los nativos de Nápoles y Sicilia. Se continuó estimulando la llegada de italianos mediante propagandas consulares.