Blanca de Castilla (Alcocer, agosto de 1319—Monasterio de las Huelgas de Burgos, 1375). Fue hija del infante Pedro de Castilla y de la infanta María de Aragón.

Fue señora, entre otras, de las villas de Aguilar de Campoo y Alcocer y de los castillos de Deza, Serón, Almazán, Monteagudo, Berlanga, Salmerón y Fuempudia, todos ellos en la frontera con el reino de Aragón.

Calificada de «ingenua» por algunos historiadores, como Manuel García Fernández, fue señora del monasterio de las Huelgas de Burgos y nieta de Sancho IV de Castilla y de Jaime II de Aragón, además de un personaje fundamental en las relaciones entre los reinos de Castilla y Aragón en el primer tercio del .

Orígenes familiares Hija del infante Pedro de Castilla y de la infanta María de Aragón, era nieta por parte paterna de Sancho IV de Castilla y de María de Molina, y por parte materna de Jaime II de Aragón y de su esposa, la princesa Blanca de Nápoles.

Biografía Infancia y estancia en el reino de Aragón (1319-1329) Blanca de Castilla nació en Alcocer a mediados de agosto de 1319, un mes después de la defunción de su padre, el infante Pedro de Castilla, que murió a los veintinueve años de edad en el Desastre de la Vega de Granada,El testamento del infante Pedro de Castilla, que fue otorgado en la ciudad de Sevilla el día 9 de mayo de 1317, fue publicado íntegramente por Antonio Benavides Fernández de Navarrete en el tomo segundo de su obra Memorias de Don Fernando IV de Castilla. Cfr. Benavides (1860), pp. 865-868. junto con el infante Juan de Castilla el de Tarifa, hijo de Alfonso X el Sabio. Los padres de Blanca de Castilla contrajeron matrimonio en diciembre de 1311 en la ciudad de Calatayud, o bien en enero de 1312. El padre de Blanca fue señor de los Cameros, Almazán, Berlanga, Monteagudo y Cifuentes y mayordomo mayor del rey Fernando IV de Castilla, que era su hermano, y a la muerte de este último, ocurrida en 1312, fue nombrado tutor de su sobrino, el rey Alfonso XI de Castilla, junto con su madre, la reina María de Molina, y su tío, el infante Juan de Castilla, hijo de Alfonso X.

Hasta su muerte en 1319, el infante Pedro fue, por medio de su matrimonio con la infanta María, hija de Jaime II, el «principal agente de la influencia» en la Corona castellana del monarca aragonés, como señaló el medievalista Manuel García Fernández. Y, de hecho, Jaime II apoyó siempre e incondicionalmente a su yerno en su lucha contra el infante Juan por hacerse con el control exclusivo de la tutoría del pequeño Alfonso XI. Además, la infanta María, madre de Blanca, siguió durante toda la minoría de edad de Alfonso XI las directrices de su padre, Jaime II, y fue uno de sus más firmes apoyos en Castilla desde la muerte del infante Pedro, su esposo. Y para ello la infanta tuvo el apoyo, entre otros, de su hermano Juan de Aragón, arzobispo de Toledo y canciller mayor de Castilla, y en menor medida el de su cuñado Don Juan Manuel, que era nieto del rey Fernando III de Castilla y estaba casado con la infanta Constanza de Aragón.320px|thumb|Sepulcro de la reina María de Molina, abuela paterna de Blanca de Castilla. (Monasterio de las Huelgas Reales de Valladolid).

A la muerte del infante Pedro de Castilla, Garcilaso I de la Vega, que posteriormente llegaría a ser privado de Alfonso XI, comunicó al rey Jaime II de Aragón que el difunto infante le había prometido que cuando naciese su hijo o hija le sería entregada a él para que fuese su ayo y lo criase. El rey Jaime II respondió a Garcilaso de la Vega, por medio de una carta fechada el 7 de agosto de 1319, que por su parte no habría obstáculos para que aquel fuese el ayo de la criatura que naciese, y le recomendó además que continuase sirviendo fielmente a su hija, la infanta María. Y Jaime II también solicitó al señor de los Cameros, Juan Alfonso de Haro, que protegiese las tierras de su nieta Blanca, aunque poco después, cuando fue informado de que los hijos de este noble estaban cometiendo numerosos abusos en los señoríos de Blanca, le reprochó su actitud.

Todos los historiadores coinciden en señalar que, desde el momento de la muerte del infante Pedro de Castilla, tanto la reina María de Molina como Jaime II de Aragón comenzaron un prolongado «litigio» para hacerse con la custodia de la pequeña Blanca, ya que ello les daría la oportunidad de controlar sus enormes rentas y también de concertar su matrimonio. Tres elevados personajes del reino de Castilla, el infante Felipe de Castilla, Don Juan Manuel y Juan el Tuerto, miembros todos ellos de la realeza castellana, lucharon desde el momento de la muerte de los infantes Pedro y Juan por hacerse con el control exclusivo de la tutoría del rey Alfonso XI junto con la anciana reina María de Molina, que apoyaba las pretensiones de su hijo, el infante Felipe de Castilla, en detrimento de Don Juan Manuel, nieto de Fernando III el Santo, y de Juan el Tuerto, hijo este último del infante Juan. Cada uno de los tres mencionados magnates controlaba una determinada zona geográfica de Castilla y la situación, en palabras una vez más de García Fernández era de «auténtica guerra civil», lo que se agravó aún más con la muerte de la reina María de Molina, ocurrida en 1321 en Valladolid, y con las Cortes de Valladolid de 1322, que confirmaron la división del reino en tres bandos.thumb|220px|Retrato imaginario del rey Jaime II de Aragón, abuelo materno de Blanca de Castilla, pintado por Manuel Aguirre y Monsalbe. Ca. 1851-1854. (Diputación Provincial de Zaragoza).

En la primavera de 1320 Blanca y su madre, la infanta María, abandonaron el reino de Castilla, posiblemente por sus desavenencias con la anciana reina María de Molina y con la alta sociedad castellana en conjunto, y se dirigieron al reino de Aragón, sin que nadie en la Corte castellana, ni siquiera el infante Felipe o su madre, la reina María de Molina, censuraran esa partida, a pesar de que la infanta María huía llevándose a su hija, que era la heredera de las posesiones del infante Pedro de Castilla. Pero no obstante lo anterior, en otro de sus artículos Manuel García Fernández afirmó que la reina María de Molina reclamó la custodia de su nieta Blanca, que había marchado hacia tierras aragonesas junto con su madre estableciéndose primero en Calatayud y posteriormente en el Real Monasterio de Santa María de Sigena, del que era abadesa en esos momentos la infanta Blanca de Aragón, hija de Jaime II y tía de Blanca de Castilla. Y el mencionado historiador subrayó el hecho de que el «interés político» hacia Blanca no se basaba en su parentesco con la familia real castellana sino en el de que era la heredera de un «vastísimo patrimonio» situado precisamente en la frontera entre Aragón y Castilla.

Ya en 1320 Jaime II intentó conseguir «oficialmente» la entrega de todas las rentas de su nieta Blanca, solicitándolo a la reina María de Molina y a Garcilaso I de la Vega, administrador de las rentas y bienes de Blanca, aunque en 1321 aún no habían sido entregadas, por lo que, hallándose angustiado el monarca aragonés, llegó incluso a aconsejar a su hija, la madre de Blanca, que la administradora del patrimonio de esta última fuera su abuela, la reina María de Molina, y no Garcilaso I de la Vega, que parecía dar «escasas garantías de seguridad».

Para el monarca aragonés, tener bajo su custodia personal a su nieta Blanca constituía un «arma política de vital interés», en palabras de García Fernández, pero a la larga dicho control supuso el final de las buenas relaciones entre Castilla y Aragón, ya que Jaime II retenía a la pequeña Blanca en el monasterio de Sigena, pero la reina María de Molina y el infante Felipe de Castilla administraban sus rentas y señoríos, por lo que, hallándose la niña despojada de sus bienes era de poca utilidad buscarle un posible marido, ya que el monarca castellano, que era el «señor natural» de todas sus villas y castillos, podría incluso despojarla de su herencia.

Don Juan Manuel, aspirante a la tutoría de Alfonso XI de Castilla, y su esposa Constanza de Aragón, que era hija de Jaime II, insistieron ante este último para que la infanta María y su hija Blanca permaneciesen en Castilla bajo su protección. Diversos historiadores señalan la posibilidad de que, al intentar tener a la infanta María y a su hija Blanca en su poder, Don Juan Manuel se proponía asegurarse el apoyo de su suegro, Jaime II, e intimidar al infante Felipe de Castilla y a sus partidarios y, al mismo tiempo, controlar las posesiones de la pequeña. Pero el infante Felipe y sus partidarios nobles pronto comprendieron que, si querían que Blanca fuera devuelta a Castilla, su matrimonio sería un «proyecto político de estado» importantísimo para el reino, ya que con ello conseguirían además amplios apoyos en las Cortes de Valladolid de 1322.miniaturadeimagen|230px|Retrato que se supone representa a Don Juan Manuel, nieto del rey Fernando III de Castilla. (Catedral de Murcia).

A principios de 1322, y sin que Jaime II tuviera conocimiento de ello, la infanta María de Aragón y Garcilaso I de la Vega, que era el administrador del patrimonio de su hija en territorio castellano, acordaron en una entrevista mantenida en DezaEn la entrevista que mantuvieron en Deza a principios de 1322 la infanta María de Aragón y Garcilaso I de la Vega, este último rindió pleito homenaje a la infanta en nombre de su hija Blanca y a cambio la infanta se comprometió solemnemente a no privarle, hasta que su hija cumpliese doce años, del control de las fortalezas que mantenía en su poder y que eran los castillos de Almazán, Berlanga, Morón de Almazán, Soliedra, Deza y Fuempudia. Y gracias a ello, Garcilaso I de la Vega logró reafirmar, en palabras de Diago Hernando, «su posición al frente del estado señorial de doña Blanca en la región soriana». Cfr. Diago Hernando (2005), p. 74. que Blanca de Castilla contraería matrimonio, cuando alcanzase la edad requerida para ello, con su primo Alfonso XI, que aún era menor de edad, aunque el matrimonio jamás llegaría a celebrarse. Y la infanta María se mostró tan entusiasmada ante el hecho de que su hija pudiera llegar a ser reina de Castilla que prometió al infante Felipe que la pequeña pronto volvería a su tierra natal. Y en marzo de 1322 Garcilaso I de la Vega comunicó al monarca aragonés que dudaba de que el papa concediera la necesaria dispensa pontificia, por ser los contrayentes primos carnales, para el mencionado proyecto matrimonial.

En 1323, un año después, el papa Juan XXII se negó a conceder la mencionada dispensa,La historiadora Alejandra Recuero Lista, autora de la tesis doctoral que lleva por título El reinado de Alfonso XI de Castilla (1312-1350), afirma que detrás de la negativa del papa a conceder la necesaria dispensa para el matrimonio de Alfonso XI con su prima Blanca de Castilla pudo estar el deseo del pontífice de que el monarca castellano pusiera sus miras matrimoniales en el reino de Francia, cuyas relaciones eran en esos momentos extremadamente tensas con Inglaterra, y contrajera matrimonio con alguna princesa francesa. Cfr. Recuero Lista (2016), pp. 91-92. sin que el infante Felipe insistiera nuevamente en el asunto y, muy posiblemente, con el consentimiento del rey Jaime II de Aragón. Y cuando en 1323 se proyectó el matrimonio de la infanta Leonor de Castilla, hermana de Alfonso XI, con el infante Pedro de Aragón, hijo de Jaime II, los privados de Alfonso XI, que eran Garcilaso I de la Vega y Álvar Núñez Osorio, exigieron al anciano monarca aragonés, a cambio de la celebración del matrimonio, que Blanca, la hija del infante Pedro y nieta de Jaime II, fuera devuelta a Castilla, aunque su abuelo se negó y el mencionado proyecto matrimonial fue aparentemente «olvidado» por los dos reinos.