La discapacidad intelectual o trastorno del desarrollo intelectual, también llamada deficiencia mental,También retardo mental, aunque no es el término que se utiliza en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) (en inglés, retardation) es una alteración incluida en la clasificación del trastorno del desarrollo neurológico que recoge el DSM-5. La alteración comienza en el periodo de desarrollo del ser humano y se caracteriza por limitaciones significativas tanto en la inteligencia como en las conductas adaptativas en los dominios conceptual, social y práctico; y que se evidencian antes de los 18 años de edad. Afecta alrededor del 2 por ciento de la población general.
Este trastorno, que se ha definido cuantitativamente como un valor de cociente intelectual (CI) menor a 70 -si bien, no es un criterio determinante-, genera anomalías en el proceso de aprendizaje entendidas como la adquisición lenta e incompleta de las habilidades cognitivas durante el desarrollo que conduce finalmente a limitaciones sustanciales en la persona. Se caracteriza por un funcionamiento intelectual muy variable que tiene lugar junto a circunstancias asociadas en dos o más de las siguientes áreas de habilidades adaptativas: comunicación, cuidado personal, vida en el hogar, habilidades sociales, utilización de la comunidad, autogobierno, salud y seguridad, habilidades académicas funcionales, ocio y trabajo.
Definición El término discapacidad intelectual reemplazó el de retraso mental, sin embargo se han utilizado otros términos para referirse al mismo concepto: retraso del desarrollo (utilizado preferentemente en pediatría), trastorno del desarrollo intelectual, trastorno del neurodesarrollo, alteración del desarrollo cognitivo. También se ha empleado subnormal. Los términos «retraso» y «retardo», así como sus derivados «retrasado» y «retardado» han sido reemplazados por su connotación peyorativa y el efecto estigmatizador que conllevan.
La AADID (Asociación Estadounidense de Discapacidad Intelectual y Discapacidades del Desarrollo) desde su fundación en 1876 ha sido un referente mundial en la comprensión y clasificación de la discapacidad intelectual. El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), en su versión V, utiliza como referencia varias de las propuestas del undécimo manual de la AADID del año 2010.
La discapacidad intelectual, según la AADID, supuso desde 2002 una renovación del planteamiento tradicional en favor de un enfoque multidimensional del individuo, definiendo la discapacidad intelectual a través de distintos aspectos de la persona (psicológicos / emocionales; físicos / salud) así como del ambiente en el que se desenvuelve. En este sentido, se parte de premisas que se sustentan en la existencia no solo de limitaciones, sino también de capacidades, de modo que disponiendo de los apoyos necesarios en el tiempo, la persona con discapacidad pueda obtener resultados personales satisfactorios en su calidad de vida. Las que se describen a continuación son una forma de caracterizar que marca niveles pero no es suficientemente objetiva y puede llevar a errores en los resultados.
La discapacidad intelectual, en la escala de medición de la inteligencia está por debajo de 70 de CI (cociente intelectual). Es la contraparte al otro extremo de la inteligencia, que es la superdotación intelectual, esta se encuentra por arriba de 130 de CI.
Hablar de discapacidad intelectual es hablar de vidas diversas, de realidades que desafían cualquier intento de encasillarlas en un molde único. En Diagnóstico y clasificación en discapacidad intelectual, nos invitan a mirar más allá de las frías cifras y los criterios clínicos, para entender que un diagnóstico es mucho más que una etiqueta. Ellos describen cómo, durante años, los sistemas de clasificación han cumplido la función de ordenar, de establecer similitudes y diferencias entre personas, y de abrir —o cerrar— puertas a servicios y apoyos. Sin embargo, advierten que el peligro surge cuando esa clasificación se convierte en un pasaporte rígido, un sello que fija la mirada únicamente en las limitaciones y deja en la penumbra las capacidades, los contextos y los sueños.
Es de suma importancia, un cambio de paradigma: del enfoque puramente médico, centrado en la etiología o en un número de cociente intelectual, hacia una visión más humana y multidimensional. Así, la discapacidad intelectual se comprende desde tres criterios esenciales: un funcionamiento intelectual limitado, déficits en la conducta adaptativa —esas habilidades conceptuales, sociales y prácticas que nos permiten desenvolvernos— y un inicio antes de la vida adulta. Este marco, adoptado por organismos como la AAIDD, la CIE-10 y el DSM-IV, no pretende clasificar para excluir, sino para comprender mejor y actuar con sentido.
Hay que insistir en que diagnosticar no es encasillar, sino abrir un mapa donde se cruzan dimensiones de salud, contextos vitales, niveles de participación y apoyos necesarios. Es un llamado a ver a la persona completa, no solo la suma de sus limitaciones. En ese reconocimiento profundo, la discapacidad deja de ser un muro y se transforma en un espacio de encuentro, donde la sociedad también asume su responsabilidad de allanar caminos y multiplicar oportunidades. Así, el diagnóstico deja de ser un final y se convierte en un punto de partida para construir inclusión y dignidad.
Clasificación Según el DSM-IV la discapacidad intelectual se clasifica en los siguientes tipos:
Discapacidad intelectual leve (CI 50-55 a 70). Se denomina así a las personas que transitan la «etapa educable». Son alrededor del 85% de las personas afectadas por el trastorno. Suelen desarrollar habilidades sociales y de comunicación durante los años preescolares (0-5 años de edad), tienen insuficiencias mínimas en las áreas sensorio motoras y con frecuencia no se diferencian de otros niños sin discapacidad cognitiva hasta edades posteriores. Adquieren habilidades sociales y laborales adecuadas para una autonomía mínima, pero pueden necesitar supervisión, orientación y asistencia, especialmente en situaciones de estrés social o económico desusado. Contando con apoyos adecuados, los sujetos con discapacidad cognitiva leve viven sin inconvenientes en la comunidad, sea independientemente, sea en establecimientos supervisados.
Discapacidad intelectual moderada (CI 35-40 a 50-55). La discapacidad cognitiva moderada equivale aproximadamente a la categoría pedagógica de «adiestrable». Este grupo constituye alrededor del 10 % de toda la población con discapacidad cognitiva. Adquieren habilidades de comunicación durante los primeros años de la niñez. Adquieren una formación laboral y, con supervisión moderada, pueden adquirir destrezas para su propio cuidado personal. También pueden beneficiarse de adiestramiento en habilidades sociales y laborales, pero es improbable que progresen más allá de un segundo nivel en materias escolares. Pueden aprender a trasladarse independientemente por lugares que les son familiares. En su mayoría son capaces de realizar trabajos no cualificados o semicualificados, siempre con supervisión, en talleres protegidos o en el mercado general del trabajo. Se adaptan bien a la vida en comunidad, usualmente en instituciones con supervisión.
Discapacidad intelectual grave (CI 20-25 a 35-40). Incluye el 3-4 % de los individuos con discapacidad cognitiva. Durante los primeros años de la niñez la adquisición de un lenguaje comunicativo es escasa o nula. Durante la edad escolar pueden aprender a hablar y pueden ser adiestrados en habilidades elementales de cuidado personal. Se benefician solo limitadamente de la enseñanza de materias pre académicas como la familiaridad con el alfabeto y el cálculo simple, pero pueden dominar ciertas habilidades como el aprendizaje de la lectura global de algunas palabras imprescindibles para su autonomía e independencia. Los adultos pueden ser capaces de realizar tareas simples estrechamente supervisadas en instituciones. En su mayoría se adaptan bien a la vida en la comunidad a no ser que sufran alguna discapacidad asociada que requiera cuidados especializados o cualquier otro tipo de asistencia.
Discapacidad intelectual profunda (CI 20-25). Incluye aproximadamente a entre 1% y 2% de las personas con discapacidad cognitiva. La mayoría de los individuos con este diagnóstico presentan una enfermedad neurológica identificada que explica su discapacidad intelectual. Durante los primeros años desarrollan considerables alteraciones del funcionamiento sensorio motor. Puede predecirse un desarrollo óptimo en un ambiente altamente estructurado con ayudas y supervisión constantes, así como con una relación individualizada con el educador. El desarrollo motor y las habilidades para la comunicación y el cuidado personal pueden mejorar si se les somete a un adiestramiento adecuado. Algunos de ellos llegan a realizar tareas simples en instituciones protegidas y estrechamente supervisados.
'Discapacidad intelectual de gravedad no especificada. Se utiliza cuando existe claridad sobre la discapacidad, pero no es posible verificar mediante los test. Dependiendo del nivel de gravedad de la discapacidad cognitiva, el sujeto se puede «educar» y capacitar para que aprenda a vivir en la sociedad; puede dominar ciertas habilidades de lectura global (señalizaciones de Tránsito, por ejemplo: "Pare"), puede trasladarse a lugares desconocidos o familiares, y puede aprender un oficio y trabajar en él, siempre y cuando la sociedad le dé la oportunidad de hacerlo.
Epidemiología Entre 1980 y 2009 la prevalencia de las discapacidades intelectuales a nivel global era de alrededor de un 1%. Posteriormente, diversos estudios establecen una prevalencia un poco más baja que un 1%, aunque la heterogeneidad de estos trabajos no permite precisar este valor.
Etiología La discapacidad intelectual puede tener muchas causas, y esta puede darse durante el embarazo, en el nacimiento o posteriormente. Puede haber causas genéticas, metabólicas, congénita o ambientales (accidente, abuso psicológico y desvaloración de los padres y familiares, enfermedad que provoque daño, malnutrición, efectos de drogas u otros tóxicos, problemas en el desarrollo o educación).
Las causas de discapacidad intelectual pueden dividirse en genéticas y ambientales o no genéticas.
Causas genéticas A su vez las causas genéticas pueden dividirse en sindrómicas y no sindrómicas, en cuanto se presenten o no otras alteraciones clínicas aparte de la discapacidad propiamente tal.
Las causas genéticas representan entre un 30 a un 50% de las causas, e incluyen anormalidades cromosómicas (como el síndrome de Down), características genéticas heredadas (como el síndrome X frágil) y alteraciones genéticas simples (como el síndrome de Prader-Willi).
Gracias a la medicina y a las novedosas pruebas genéticas prácticamente cada día se conocen nuevos genes implicados en la discapacidad intelectual, estas pruebas ya en el 2011 están al alcance de todos.
Deficiencias intelectuales adquiridas Hay un número considerable de apariciones de deficiencias mentales en personas (incluida la infancia principalmente), que no habían nacido con ellas.
Al existir una vulnerabilidad mayor en la infancia,es muy importante el entorno en el que se cría el bebé, los estímulos que le rodean, el vínculo con personas de apego... esto puede afectar a su desarrollo intelectual y a sus funciones cognitivas.
También pueden aparecer deficiencias en la persona, tras sufrir un accidente debido a que la colisión, golpe, etc. le ha causado daños cerebrales irreparables, esto sucede en la gran mayoría de los casos cuando sucede en la vida adulta.
Factores ambientales